domingo, 20 de noviembre de 2011

La Paciencia.

    Considerada por la mayoría de los sabios como la más dura de las ascesis, es sin duda, una de las virtudes más difíciles a desarrollar.
    La paciencia irrumpe en la persona para apaciguar los ánimos a la espera, por ejemplo, de un resultado. La paciencia proviene de una actitud de equilibrio, en el cual, le permite ser catapultada y así desplegar su potencial más oculto.


    Las vivencias no son igualmente vividas sin paciencia, pues en su ausencia hay un afán impulsivo de querer adelantar los acontecimientos. La falta de paciencia es agitación, desasosiego y una actitud de no aceptación sobre el curso natural de los hechos. Ante la falta de paciencia se procede mecánicamente y sin la posibilidad de ser consciente, pues el marco de acción queda reducido y su falta de espacio no permite disfrutar el transcurso de una situación.
    Nada bello puede surgir de la impaciencia, pues de manera externa todo lo que se realiza en base a ella deja la duda de poder ser corregible, y de manera interna, la persona experimenta una externalización que le impide proceder en consecuencia sin analizar los posibles puntos de vista que, en cambio, sintonizado con la paciencia, estos puntos son más visibles y permiten detectar su demarcación.

    La paciencia puede ser en algunas personas innatas, y en otras, deberá ser ganada. Quien nace con ello vislumbrará destellos contemplativos sin proponérselo y encontrará su ángulo de quietud aun en las situaciones más extremas. Quien no dispone de esa virtud, deberá identificar las situaciones que disparan su impaciencia para tratar de aplacarla con la genial ecuanimidad. Ésta anestesiará la agitación que produce la impaciencia y el sujeto observará cómo cambia su visión, ya que al estar esclarecida como las aguas calmas de un lago, permitirá ver reflejada la realidad tal cual es, sin la distorsión que producen las ondas de la tribulación. Los frutos que produce la paciencia internamente son: sosiego, claridad de mente, pensamiento correcto, visión de transitoriedad de todo lo fenoménico y una ubicación en el propio eje de quietud. De manera externa: acción más diestra, analítica asemejada a la realidad tal cual es y fluidez asociada a la naturaleza de lo acontecido.


    Todo recorrido requiere paciencia, todo florecimiento necesita un espacio de tiempo donde desarrollarse. La paciencia a veces es ardua, árida..., pero sus frutos son selectos, regidos a un orden de sincronización con la dinámica existente.
    Impacientarse es desarrollar la desesperación frente a la inaceptabilidad de lo procesable. El querer buscar atajos a cualquier situación o circunstancia dada, es caer en la necedad de sentirnos excluidos de la naturaleza de las cosas no viéndolas como son, y perdiendo el carácter relevante de la espera consciente.

    La paciencia no es dejadez o resignación fatalista; es comprensión y entendimiento de que si se puede agilizar algo se hará, pero si no,  nos rendiremos sin resistencias inútiles ante el margen necesitado y no haremos de nuestra impaciencia una ilusión de naturaleza intrínseca que pueda resolver por sí misma el desacelerado ritmo que sentimos desajustado. La paciencia embellece a la persona, pues adquiere un rasgo categorizado de Sabiduría. Envuelto en un halo de paciencia, la persona ejecuta sus acciones, palabras y pensamientos, filtrándolo por el colador del entendimiento correcto y la aceptación consciente.

   La impaciencia acartona, enfurruña, se proyecta una agitación que proviene de lo más interno, se instala un mecanismo de conducta que nace de las creencias erróneas de cómo deben ser las cosas. Esa sensación fricciona y produce malestar y una exclusión temporal de la circunstancia vital presentada. Una vez pasa la impaciencia, el sujeto deja de estar enemistado con su entorno para conectar de nuevo con la sucesión cambiante de los hechos. La impaciencia contrae, deriva a emociones insanas como la ira, impotencia, indignación..., ante lo que lo provoca, como la intolerancia, rechazo, resentimiento y animadversión, entre otras.

    Para el arte, la creatividad, la relación con los otros seres, el trabajo y conocimiento de uno... Para todo ello se requiere paciencia. La paciencia es la disponibilidad de un entendimiento correcto que impera ante el afán de ir más allá que el propio ritmo marcado en la dinámica envolvente. Es un bálsamo ante el frenético ritmo de vida que a veces desarrollamos, pues de alguna manera cubre la pulsión inconsciente de desarrollar una acción agitada y torpe, lejos de la consciente y diestra. Ser paciente produce menos aversión, menos reacción anómala ante estímulos externos e internos, y se gana margen al núcleo de quietud del que todos disponemos y que, por identificación a los sucesos cambiantes y su falta de observación, solapan su ubicación en lo más recóndito de uno.

    La paciencia debe servir para el deleite de quien accede a ella y pueda alcanzar a quienes les rodea. No debe servir para la conveniencia de los demás y su posterior reproche por falta de la misma en circunstancias que se alejan de nuestros intereses. La persona que trabaje en la paciencia deberá darle el uso debido y no derrocharla en fines alejados de la realización personal. Decidirá cuándo o no disponer de ella, sobre todo a ojos de los demás, ya que incluso en posicionamientos de firmeza deberá hacerlo con actitud paciente y arreactiva. De ese modo la paciencia no se torna moneda de cambio ni de exigencias impositorias.
    No entender la paciencia es caer en colorearla de desistimiento o actitud negligente, perdiendo su fragancia balsámica que se esparce desde el centro de la serenidad. Su ausencia es irritabilidad que desencadena en todo tipo de enfados, cambios de humores y una escéptica visión panorámica del hecho, pues se acaba en la creencia condicionada de que todo confabula invisiblemente hacia nosotros.


 ANTÍDOTOS CONTRA LA IMPACIENCIA  


    - Detectar la agitación interna y observar como igual que ha surgido se desvanece.
    - No ver la paciencia como una espera asfixiante, sino como una manera de retirar nuestra implicación emocional, para así no malgastarlas en inútiles resistencias y aplicar la aceptación de LO-QUE-ES, sabiendo de antemano que hemos hecho lo mejor posible en cada momento y circunstancia.
    - Chequear el origen de la impaciencia para detectar, en muchos casos, el desasosiego que almacenamos y que se refleja con actitud impacientada.
    - A nivel externo, comprender que todo pasa y transita, incluso nuestra impaciencia; a nivel interno, entender que somos procesos en continuo cambio e impermanencia.
    - Aderezar con humor muchas situaciones tratando de no dramatizar, y así, ir enfriando la irritabilidad.
    - La práctica de la meditación para observar los procesos psicofísicos y observar su naturaleza.
    - La práctica, incluso dentro de la acción, de contemplar la envoltura externa en la que estamos inmersos y crear un puesto de observador que se aleje de los afanes y permita la observancia de los sucesos tal y como son.
    - Entender que por más que se tire de la planta, ésta no crece antes.
    - Una vez pasada la impaciencia, observarla como una nube que nos ha tomado pero que no nos ha llevado a ninguna parte.
    - Comprender que por un lado van nuestros deseos, ideas y creencias; y por otro, la vida.
    - No hacer de la impaciencia un argumento para justificar extorsiones o manipulaciones frente a los demás.
    - No hacer de la paciencia una virtud manoseada por los demás, y que justifique el aprovechamiento consciente o inconsciente por parte de personas que no les dan valor a tan valiosísima perla.
    - No hacer de la paciencia una justificación para no poner los medios en la resoluciones, y caer en autoengaños que nos convenzan de que es aceptable ir a la deriva.


FRASES PARA REFLEXIONAR PACIENTEMENTE.



¨ Disciplinaos en calma, pues el discípulo que ha conseguido la serenidad ve las cosas como son.¨
                                                                                                                                        Buda.

¨ Al corazón no protegido por la atención debe verdaderamente considerársele del todo indefenso. Se asemeja a un ciego que camina sin guía por un terreno escabroso.¨
                                                                                                                                     Asvaghosa.

¨Si uno quiere moverse y hablar, debe primero considerarlo en la mente y luego actuar con habilidad y energía; pero cuando se note que la mente está siendo influenciada por el apego o la aversión, no debe uno actuar ni hablar.¨
                                                                                                                     Texto de: Anguttara Nikaya.

¨Cuando la persona prudente, bien afincada en la virtud, desarrolla consciencia y comprensión, entonces, como persona ardiente y sagaz, consigue desenredarse de la atadura.¨
                                                                                                                                               Buda.

¨Uno no se someterá al dominio de la mente, sino que ejercerá dominio sobre la mente. Si se domina la mente   se dominan todas las cosas.¨
                                                                                                                          Texto Arya-Rarnamegha

¨Apresurémonos lentamente.¨
                                                                                                                                                  Tilopa.



    El buscador se ha topado con una gema difícil de tallar. Su ansia de búsqueda se cruza con la Sabiduría de la paciencia, siendo ésta quien la frene para armonizar y equilibrar sus mejores energías. Una y otra vez perderá la paciencia, dándose de bruces con la naturaleza que posibilita la sostenibilidad de todo lo manifestado. Ese golpe le mandará de nuevo al punto de partida, pero algo habrá cambiado en él, siempre y cuando instrumentalice el error de impacientarse y lo emplee para ganar consciencia de la inutilidad de su actitud.
    A medida que gana paciencia va obteniendo sus frutos, pues estos son dulces a diferencia de la amarga espera. Observa que ha conectado con el ritmo cósmico que todo lo alcanza, para así ir de la mano y no desfallecer en la senda que se ha propuesto recorrer.



     

martes, 1 de noviembre de 2011

La actitud del líder.



   A lo largo de la historia de la humanidad siempre se ha reconocido la necesidad de pertenecer o convivir en un sistema grupal. A partir de ahí,  se derivan posiciones y grados dentro de ese orden jerárquico, que siempre eran medidos por el que más fuerte fuese de todos los demás. Esa fortaleza le posibilitaba a la persona que lideraba un grupo a  imponer sus normas al resto, y los demás debían acatarlas. Así ha perdurado la humanidad, en una escala de fortaleza donde la ley era la del más fuerte.
    Los tiempos han cambiado. Ahora la fortaleza no sólo es medida por la que proviene de la capacidad física, sino por muchas más cualidades que deben estar integradas en la persona que se desenvuelve en el liderazgo de personas. Ahora la supervivencia no se basa en la lucha a vida o muerte, ya no se necesitan ese tipo de destrezas. Ahora sobrevivir es salir a flote del cúmulo de situaciones que se van presentando incesantemente.
    Cabría preguntarse qué es un líder. Diríamos que es la persona que se encarga de llevar a un equipo, grupo de personas, etc, no a lo más alto, sino a dar lo mejor de sí mismos. Esto conlleva a que el primer grado de liderazgo comienza en liderarse a uno mismo. Para ello hay que entender que un líder representa un status, pero no es un status, sino un complejo cuerpo/mente en el que se conglomera una serie de factores que le configuran. La principal función del líder es reservar un espacio para auto observarse, porque de él emanarán una serie de decisiones que afectarán a muchas personas.
    Vamos a analizar diversos puntos para resumir los distintos factores que pueden afectar el liderazgo. Vamos a hacer hincapié en las actitudes, pues al fin y al cabo, a diferencia de la fuerza que antes prevalecía, ahora es la mejor arma para ser reconocido como líder dentro de un entramado grupal.



    Liderarse a sí mismo.

    Vivimos tan externalizados que nos cuesta tomar un tiempo para nosotros mismos. Aunque decidamos detener el cuerpo, nuestra mente sigue enredada en pasado y futuros que en la mayoría de los casos desgastan nuestras más valiosas energías. ¿Cómo puede pretender una persona liderar un equipo si no se lidera a uno mismo? Sería como tratar de tapar la boca de un volcán. Tarde o temprano éste estalla y verte su lava en los demás. Liderarse no es implantarse correctores o autoexigencias. Es chequear nuestros estados anímicos, entre otros, y tratar de relacionarnos con ellos sin que obstaculicen la comunicación con los demás. Liderarse es no estar a la deriva de las corrientes externas y saber encontrar un equilibrio en medio de las eventualidades. Amigar con uno mismo es reconocer sus limitaciones y evitar imponer sus criterios, sino concienciar de la validez de los mismos. El líder se maneja con la frustración y lo enfría tratando de no engordarlo con pensamientos repetitivos. Evita que sea un detonante para reprochar o hacer oportunismo del mismo. Halla consuelo en su libertad de conciencia, chequeando que haya dado lo máximo que podía dar y entendiendo que no por ello los resultados están a la vuelta de la esquina. Trata internamente de mantener la alerta en sus pensamientos, palabras y obras. Evita la preocupación y canaliza más la acción. Observa como todo surge y se desvanece y a medida que lidera va captando enigmas vivenciales. Aparta el ego inmaduro por el resolutivo. Se quiere pero no se idolatra. Sabe que ha ganado ese puesto por su esfuerzo, no por orden divina. Entiende que es humano, sabe poner limitaciones y dosifica sus energías en la diferenciación de lo que es urgente de lo importante, porque a veces lo importante no es urgente y viceversa. No aparenta más de lo que es. No trata de justificar su valía ante los demás. Instrumentaliza su puesto como una vía de desarrollo y aprendizaje, y dándose la oportunidad de hacer crecer a los demás, incluso con el riesgo de ser sobrepasado. No hay heridas de orgullo, sabe llenarse de sí mismo y no necesita la consideración constante. Está satisfecho con lo que hace y disfruta de su camino.


    Actitudes válidas para liderar.

    El líder trata de crear una atmósfera, en el cual sus actos, sean un sistema de ejemplo. Aquí no sirve: ¨ Yo predico pero no practico ¨. Del mismo modo que una fragancia perdura allá por donde pasa, las acciones del líder dejan una estela, que aunque invisible en su materialización, el componente de un equipo tratará de emular para así, por su parte, tener la certeza de que sus pasos son fiables. Otras veces no hace tan visibles sus actos, pues deja un espacio reservado y apartado de los ojos del equipo. Para muchas personas que componen un equipo, el líder es su meta personalizada, por ello tienen que ver una relación muy estrecha en lo que se dice con lo que se hace. También dichas personas se vuelven muy vulnerables hacia el líder, y por eso el tacto y la manera de liderarle debe ser con total humildad y empatía. Si no, el liderazgo se convierte en una caricatura que acaba deshaciendo la máscara que todos ignoraban.
    El líder entiende que la acción no es agitación, y trata de mantener en todo momento la calma y la serenidad. También comprende que la disciplina no es rigidez y sabe dar su peso específico a cada momento. Los rasgos de carácter deben ser comedidos y aunque en muchos casos hay que sacar los dientes, esto será el fruto de una respuesta viva dada las circunstancias, pero alejada de la respuesta reactiva que acarrea nocivos estados mentales y condicionamientos de humor en la persona que lo padece.
    Miedos, inseguridades, codicia… Todo ello debe ser contrapuesto por empatía, entendimiento correcto, comprensión, ecuanimidad… Si un líder no aprende a relacionarse con sus miedos (porque todo el mundo los tiene), estos se impondrán en cualquier actividad o situación que se produzca. El miedo o la inseguridad hace ver lo que no es, todo es una amenaza constante. La persona se vuelve susceptible, todo le hiere, todo le salpica. Se convierte en el ¨ gran ojo ¨ que todo lo ve. Ve rivalidades donde no las hay. Acaba siendo presa de una atmósfera extraña, rozando lo paranoide y donde todo confabula en contra suya. Un líder que cargue con una mente así sólo producirá desdicha y desvirtuará cada acontecimiento que se presente.
    En cambio, la serenidad deberá ser integrada. Del mismo modo que las calmas aguas de un lago permiten verse reflejados en él, la calma de la mente permitirá visualizar mejores respuestas y decisiones. El líder tratará de saber ponerse en el lugar de los demás. Comprenderá y será compasivo sin caer en la debilidad o en el altruismo inservible. Desarrollará una de las cualidades más difícil: la paciencia. Ésta a su vez le permitirá desarrollar la sabiduría del proceder, cuando actuar y cuando no; cuando intervenir y cuando dejar que se desarrolle el curso de los acontecimientos. Todo sigue su dinámica y con paciencia se vivencia de otra manera. Se siembra, pero no se estira de la planta para que ésta crezca antes. Se permite el desarrollo natural de los acontecimientos. El líder con paciencia regará con sus cualidades positivas, sabiendo que todo ello también germinará en sí mismo.


    Visión de futuro sin obviar el presente.

    El líder debe planificar, no controlar. Volviendo al símil del campesino, éste hace todo lo posible, pero una vez hecho ya poco queda en su mano. Aprender a manejarse con lo imprevisible es fundamental porque permite adquirir una visión panorámica de los hechos. El líder adquiere la capacidad para desarrollar propuestas de futuro, sabiendo que este vendrá en forma de presente, y es por ello que no lo obvia y vive las circunstancias actuales intensamente. Invita a los componentes a disfrutar de cada situación porque en muchos rangos existe la creencia ciega de que serán más plenos cuando alcancen otro posicionamiento en la integración grupal. El líder señala una meta pero insiste en disfrutar del camino, porque en sí ya es la meta. La meta es un objetivo fijado, una dirección a seguir, pero la meta también es aquí y ahora, y en esa ubicación se vivencian las cosas de otro modo. El futuro sirve como recreación de un presente no vivenciado, por eso se puede proyectar en él como manera de visualizar de lo que ahora no disponemos, pero no debemos caer ni hacer caer en la trampa de tener las vistas exclusivamente puestas en el alejamiento de la realidad. Hay un arma de doble filo en la proyección del futuro, pues al ansiarlo se cae más fácilmente en la frustración y el desánimo. Se debe proceder a dar una visión al resto del equipo, pero partiendo del ahora y valorando lo que ya se es.
    Las variables están ahí y nadie las puede frenar. El futuro debe ser realista y acorde a la realidad sin caer en expectativas inciertas o infantiles. Recordemos que un integrante del equipo, al igual que un niño, recuerda cada una de las promesas dadas. Por ello el líder no se debe perder en promesas que ni él mismo cree.
    El futuro debe servir como un recipiente hueco donde se mezclaran cada esfuerzo aplicado. Eso permite ir más allá de los méritos personalistas y en el caso del líder, no caer en triunfalismos ni derrotismos. Todo se auna para un fin común, y el liderazgo permite que se desarrolle.


    Relaciones de liderazgo.

    Un conjunto de personas componen un equipo, y un equipo sostiene la posibilidad de haber un líder, con lo que inevitablemente, su figura será más resaltada. Eso no debe empañar la visión de que los demás siempre estarán ahí para sostenerle, porque cada persona cuenta con su propia historia. Lo que el líder debe valorar es la extracción que se le puede a hacer a cada una de las personas que sostienen su liderazgo. Del mismo modo que sostienen a un líder, es fácil que se proceda a derribarle. Por ello tiene que haber un compromiso, sino la carga puede hacerse muy pesada y que la persona integrante de un equipo tienda a recortar esfuerzos. De esa manera se produce un paralelismo entre las indicaciones de un manager a las acciones que se realizan, pues con desajuste de sintonía, es imposible encontrar la frecuencia.
    El líder debe desarrollar la habilidad de detectar perfiles con sus connotaciones. Cada persona es un mundo, y al igual que el líder, está compuesto por miedos, angustias, ilusiones y todo un arsenal de particularidades que lo sostienen. Para poder haber una buena relación, el líder, no debe quedar atrapado en su liderazgo, pues como recalcamos, es una posición y no un don. Endiosarse cuesta un gran diezmo, pues acaba derrumbando toda posibilidad de crecimiento. Un líder recubierto de una armadura sólo termina por asfixiarse, pues al final está tan rígido que no dispone de la apertura para relacionarse con los demás. Eso genera una distancia más lejana que la puramente física, pues esa cualidad de inaccesibilidad enquista lazos afectivos sanos. Todo ello no debe confundirse con saber dejar las distancias oportunas y no caer en excesivas confianzas que al final pueden ser utilizadas para desprenderse, por parte del equipo, de sus obligaciones.
    Una clave importantísima de aprender en cualquier parcela de la vida es la impermanencia. Nada es para siempre, todo pasa, todo transita. Las personas buscan su propia evolución y el líder debe tratar de enfocar sus esfuerzos en que se produzca dicho avance. El manager debe ser imparcial a la hora de relacionarse con los demás. Tener afinidades es lógico, pero debe equilibrar para no caer en inclinaciones. Es de todos y de nadie. Para todos tiene tiempo, y a nadie se lo da en exclusiva. Trata de no caer en proyecciones que le alejen de ver a la persona tal cual es y vea sólo los beneficios que pueden repercutir en su liderazgo. No exige obediencia ciega y permite que se produzca la equivocación como un instrumento más de aprendizaje, pues después no lo recrimina, sino les despierta la consciencia mediante el error y después lo resume en una conclusión. El manager entiende que siempre será motivo de halago o de crítica, por ello no se deja rebozar en elogios para no acabar siendo mendigo de los mismos. De ese modo tomaría la costumbre de ajustar aprobaciones a cualquier acto que realice y encadenando las acciones a un reconocimiento. Tampoco se identifica con las críticas destructivas, pues muchas son proyecciones de las personas que las realizan, dejando al descubierto sus propias deficiencias anímicas.
    En todo ese huracán de interrelaciones, el líder parte de un entendimiento holístico que abarca todas sus relaciones.




    Tipos de liderazgo.

    Al igual que los componentes de un equipo, el líder tiene su propio carácter y naturaleza, además de circunstancias que lo insuflan. La diferencia es que si solamente el equipo se amolda a las cualidades del manager, se pueden producir beneficios a corto plazo, porque el margen es mínimo para la fructífera evolución individual. El espacio quedaría reducido a un solo compás. Si el manager tiene la capacidad de profundizar en cada una de las personas, el beneficio se puede extender a medio y largo plazo, pues recordemos que estaría abonando y el tiempo permitiría florecer lo ya sembrado. Tiene que haber un ritmo sincrónico entre, por un lado, el compás que manda el manager, y las habilidades que cada uno puede alcanzar. Por ello, el líder, basa su liderazgo de una manera camaleónica, para así adaptarse a los distintos perfiles que lidera. Sobreentiende que no todos disponen de la misma capacidad, pero que igualmente todos tienes alguna cualidad que al integrarlas con el resto, producen más resultados que el puramente personal. Ahí reside su principal función. Orquestar y a la vez aportar el mejor instrumento para cada uno. Sólo así se produce el mejor ritmo y la mejor melodía.
    Para ello, el líder, basa su entrenamiento en ajustarlo al perfil, y a la vez, a las situaciones personales de cada uno. En cambio para otros aspectos si se basa en generalizar, pero el trabajo individual provocará una toma de consciencia de la persona en desarrollar sus potenciales ocultos. Hay muchos tipos de liderazgo: flexible, controlador, carismático… El líder comprende que si utiliza sólo un tipo, no podrá abarcar a otra parte.
    Por ejemplo, el liderazgo controlador tiene su eficacia en un determinado perfil. Si un componente empieza, siente la necesidad de sentirse controlado, pues su mayor inquietud es hacer algo mal. El control se basaría en determinar las pautas que debe realizar, y después se deja un marco de actuación seguida de un seguimiento de los resultados. Esto da a la persona una sensación de arropamiento, que con el tiempo se irá aflojando para ganar en autonomía en sus funciones. Este tipo de liderazgo controlador se basa en pautas y correcciones, no en ¨ hazlo porque yo lo digo ¨. Este liderazgo no sirve siempre, pues una persona experimentada no necesita un orden controlado de pautas, sino que su libertad de acción y su opinión de las cosas sean tomadas en cuenta e integradas a la evolución. Si a una persona eficiente y que ha demostrado su responsabilidad se le procede con actitudes controladoras, no estará siendo beneficioso, sino más bien desmotivador, pues la persona no enlaza sus esfuerzos anteriores con las exigencias actuales. Pierde la sensación de aval de todo lo anteriormente recorrido. Por ello es importantísimo el tacto y la empatía.
     El liderazgo flexible sería acceder a la opinión de los demás para hacerles partícipe en las decisiones. Implica que la verdad no es absoluta, y que aunque  la decisión final será tomada por una persona, se ha escuchado y tenido en cuenta al resto. Liderar con flexibilidad es muchas veces esperar a que el entorno se enfríe para rectificar algo. En los momentos de mayor tensión, el líder puede caer en utilizar modos agresivos o palabras acres que posteriormente son más difícil de sanar que el hecho en cuestión a reconducir. Ser flexible es tratar de buscar soluciones y no culpables. La flexibilidad no es debilidad ni falta de firmeza, sino saber en determinados momentos plegarse como un lirio en mitad de una tempestad y no quebrar como el más robusto de los árboles.
    El liderazgo carismático esconde un doble filo. El líder provoca atracción al resto de forma innata, pero puede caer en la trampa de engordar su ego, y si el componente cae en la dependencia de su manager, paradójicamente también engorda su ego. Nada provechoso emerge de este tipo de relaciones, pues se basa en dependencias, tanto del que idolatra, como del idolatrado. Por parte del que idolatra porque vive en base a un ideal dependiente y pierde toda capacidad de crecer por sí mismo. Por parte del idolatrado porque cae en el velo ilusorio de que los demás orbitan a su alrededor. Se necesita mucha visión clara y discernimiento para no quedar atrapado en la neblina de las adoraciones. Lo peor es que tanto para uno como para otro, atrapados en sus roles, no desarrollan la capacidad de impermanencia, y de ahí la desilusión cuando se rompe este tipo de vínculos dependientes.
    Hay muchos más tipos, pero lo importante es detectar cual puede ser necesario en un momento dado. Los perfiles deben ser detectados para su desarrollo y la táctica derivará a un liderazgo determinado.


    La actitud mental incorrecta.

    Puesto que hablamos de actitudes, cómo no apuntar hacía la procedencia de las mismas. La actitud emana de lo más profundo de nosotros mismos, incluso de lo más subliminal. A veces la procedencia parte del impulso del inconsciente, que basados en condicionamientos generan respuestas automáticas (o robóticas podríamos decir) ante estímulos tanto externos como internos. Todo parte de la mente y hacia ella se dirige todo. Impresiones, reacciones, sensaciones… Todo un bombardeo que va dejando huella según nuestra capacidad de absorber y desenvolvernos con las circunstancias.
La actitud mental incorrecta es la que se basa en interferir en las situaciones produciendo confusión, torpeza en las decisiones y sumando en todo ello la ausencia de  paz mental. A veces la inclinación a este tipo de actitudes produce que la persona se familiarice tanto con ellas que las tenga dentro de un marco de normalidad. Lo que no sospecha es que hay medios y herramientas para corregir ciertas carencias emocionales y ganar en plenitud y calma. Todo ello deriva en una acción más diestra y más eficiente para la persona que asume el cargo de líder.
Todo lo contrario a una actitud mental correcta son los estrechamientos mentales y de miras, que no van más allá de los propios puntos de vista. La persona queda atrapada en sus conceptos dándoles la oportunidad, una y otra vez, hasta que al fin consigue darles una carga de efectividad. Se basa también en reacciones que se alejan de la meramente funcional. Es la que se repite una y otra vez hasta extinguirse en el desgaste. Eso provoca que una parte de la atención desemboque en alimentar dicha reacción, dejando de lado las verdaderas ocupaciones y cayendo en descuidos de lo más absurdo. Es una actitud que desconfía constantemente y no consiente aquello que le contradiga. Sólo utiliza la indulgencia consigo mismo cayendo en justificaciones que todo el mundo debe comprender. Es la actitud que juzga, mide y compara y no da margen a las variables. Todo debe estar en base a ser considerado y ni por asomo se pone en el lugar del otro. Una mente así sólo genera conflicto y desdicha, tanto a sí mismo como a los demás. Una actitud que proviene de este tipo de mente consigue todo, pero a corto plazo. No siembra en terreno fértil. Se derrochan las semillas como si hubiera en abundancia. Después la actitud se convierte en queja y autocompasión, pues ante los demás es víctima de las peores circunstancias.
El antídoto ante este tipo de actitudes es chequear la mente que la emana. Rectificar en lo posible, enfriar emociones. Tratar de contraponer otras actitudes, que aunque al principio son forzadas, terminan por convertirse en conductas habituales. La humildad es el gran bálsamo, aunque a veces queda olvidada como una actitud dispensable ante el posicionamiento de liderazgo, lo que nos recuerda que somos una pequeña ola en medio del inmenso océano.


    La actitud entusiasta.

    El manager debe impregnar a los demás un clima de ganas de consecución de resultados, que no hay que confundirlo con la obsesión de los mismos, pues estos encadenan y ligan.  El entusiasmo no es exaltación febril, sino una dosis de energía extra que se le añade a la actitud de ecuanimidad. La ecuanimidad es equilibrio de ánimo y sobre ese equilibrio se deposita dosis entusiastas.
    Un entusiasmo equilibrado es un empuje realista sin caer en triunfalismos. El equipo se alimenta de esas ganas, pues sería una similitud a regar un jardín. Pero ¿cómo regarse uno mismo? Si esperamos a que todos los factores estén dispuestos para motivarnos, la espera se puede hacer eterna. Si esperamos cuando alcanzamos un objetivo que éste nos proporcione una satisfacción permanente, estamos alimentando algo ilusorio. Es cuestión de elección.
Le preguntaron a un maestro:
-         Maestro ¿por qué siempre está contento?
Y el maestro respondió:
-    Cada mañana al despertar tengo dos elecciones, estar contento o no estarlo, y siempre elijo lo primero.
No hay que confundir la actitud entusiasta con ese afán de verlo todo y ser siempre positivo, pues nuestros estados de ánimo también fluctúan y proyectar un positivismo permanente puede derivar a la frustración. Se trata de ejercitar la fuerza que impulsa el arranque. Imaginemos un carruaje, el carro nos lleva a todos (equipo) hacia un lugar, el caballo es la fuerza entusiasta que empuja del carruaje, y el cochero  (líder) dirige con sus riendas (actitudes/aptitudes) la dirección y la precisión de la impulsividad del caballo.
     La actitud entusiasta no debe dejar paso a estados de ánimo de abatimiento cuando se produce un resultado negativo, porque de la misma manera el ambiente se torna apesadumbrado. Por ello insistimos en el equilibrio aderezado de entusiasmo, para así no caer en extremos oscilantes y mantener los ánimos en su propio centro.


    Saber escuchar. De dentro afuera y de afuera a dentro.

     Todos en un momento dado hemos bajado el volumen del televisor para escuchar a la persona que nos hablaba. Si la atención no está focalizada es muy difícil que las palabras del interlocutor entren dentro de nosotros. Un factor decisivo es la calma mental. Saber escuchar no es fácil, no por perversidad, sino por la costumbre que tenemos de atender a cada uno de los pensamientos que van interfiriendo.
    Saber escuchar implica que uno deje de serlo para ser el otro. No es utilizar el turno de silencio para preparar lo siguiente en decir, sino para absorber todo aquello que entra por los oídos y crear el estado de comprender. Si una persona no se siente escuchada mucho menos se sentirá comprendida, y sino se siente comprendida se creará una herida abierta difícil de cerrar.


    Escuchar es dejar espacio abierto para explayarse, sin restricciones, sin culpabilizaciones y que propicie un clima de confianza y la expulsión por parte del interlocutor de todo lo que en un momento dado puede o ha podido cargar. Una vez se ha producido la escucha se debe reflexionar conscientemente en todo aquello que se va a decir, pues una vez expulsadas las palabras no ofrecen ningún retorno.
    Saber escuchar hacia dentro es desarrollar la capacidad de que una parte de nosotros no esté externalizada. Esa parte debe girar hacia dentro y mantener una observancia de todo aquello que va surgiendo, para así, en el caso de emociones negativas, saber dejar distancia y no implicarnos. Escuchar hacia dentro exige remitir el ego, desbloquearse y estar en apertura hacia uno mismo y hacia los demás. Observarse en propiciar estados laudables positivos, desde la amabilidad hasta la alegría compartida.


    Brindarse una oportunidad.

    Aprender a liderar es una carrera de por vida. Es, al igual que la autorrealización, una senda que comienza pero no finaliza.
    Saber delegar, dar responsabilidades, predicar con el ejemplo… Todas son factores del liderazgo que como decíamos al principio, comienza liderándose a uno mismo.
    A veces el líder se enfrenta a una cierta soledad difícil de explicar. No entra en el marco de lo razonable, pero la sensación inunda a la persona. Es la principal cabeza visible pero se siente excluido; hace por todos pero siente que nadie hace por él. Esa soledad abarca la emoción de la persona, pues tiene que desprenderse de la misma para continuar su camino. Un camino en el que afectará a muchas personas, y él, como principal líder, deberá endurecer un camino de barro para que los demás transiten.
    Muchos son los obstáculos, muchas las frustraciones, pero el deseo de hacer mejorar a los demás será lo que haga mejorar al líder. ¨ El mismo suelo que te hace caer te permite levantarte ¨ reza el Tantra. Por ello hay que ser también flexible con uno mismo y no sólo con el equipo. Brindarse una oportunidad, no sólo de cuando en cuando, sino a cada momento, a cada instante. Evitar que la vieja psicología no interfiera con sus recuerdos petrificados. Que la mirada sea hacia futuro pero anclada en el presente.
Que la meta sea el disfrute de ir hacia ella. Que la obsesión sea desprenderse de todo lo obsesivo y con fluidez atajar el camino.
 Que el equipo recuerde a su líder como alguien que le inspiró y le alentó a creer en sí mismo. Que le devolvió la mirada hacia dentro para no desperdiciar lo mejor que podía dar. Que le dio a entender que no era cuestión de victorias lo que engrandecían, sino que las derrotas nos recuerdan que nuestras fragilidades pueden ser superadas.




   Que el líder recuerde al equipo como esas personas, que aun dándole quebraderos de cabeza, fueron capaces de despertar sus más valiosas potencias gracias al despertador del compromiso. Que pueda recordar el líder cómo su equipo luchó en las vicisitudes, que lo acompañó en los malos momentos y que lo zarandeó en los buenos.

    En definitiva, que cada cual aprenda desde su posición. Que el líder se base en un liderazgo genuino y pueda permitir que los demás, no sólo florezcan, sino que además, exhalen su propio aroma.







          NOTA: artículo publicado el 9/10/11 en http://www.modernsoccer.net/

domingo, 9 de octubre de 2011

La llamada de la Mística.

    Toda persona con inquietudes o sensibilidad mística ha experimentado en algún momento una llamada o toque de atención, que descolocándole por completo, ha removido algo en su interior.
    La razón queda doblegada ante la inmensidad de anhelo hacia aquello que no es visible en el plano ordinario. El por qué de que algunas personas dispongan de la capacidad para intuir algo que está más allá de lo que pueden de ver sus ojos, es un misterio. La persona, bombardeada por algo que no se explica, acaba suscitando cierta consciencia para descifrar sensaciones que se van presentando y procede a dejar de darle la espalda.
    A veces la llamada puede ser tan incesante que uno termina por rendirse hacia ella y emprende la larga búsqueda de sí, pues la llamada nunca proviene del exterior, sino del interior, y hacia ahí se dirigen todos los esfuerzos y poder acceder hacia la fuente que dispara la alarma.
    Unas veces hay quien experimenta la inclinación espiritual desde pequeño, otras empero, a la edad adulta. La mía experiencia es que desde pequeño tendía al ensimismamiento y a la necesidad de refugiarme en soledad. Era ya una sensación de incomprensión por parte del resto y la incapacidad de reflejar en palabras algo que se manifestaba en vislumbres muy fugaces. Quizás lo que realmente me desveló con los años de mi sonambulismo psíquico, era el recordad algo que en su momento inadvertí por completo, no queriendo dada mi edad, darle mayor peso específico. Entre los trece y catorce años tuve unos presentimientos muy fuertes hacia la extinción de un ser querido. No oía voces, nadie me decía nada, no se presentaba ante mí ninguna figura celestial a darme ningún mensaje. Simplemente estando en compañía del ser querido, experimentaba en lo más profundo de mí que debía aprovechar lo máximo que pudiera el tiempo con él, pues inevitablemente acabaría por desaparecer. Todo esto irrumpía en medio de lo cotidiano y dejándome perplejo por instantes, quedaba preso de un bloqueo que duraba segundos. A todos les pasaba inadvertidos, nadie caía en la cuenta de lo que sucedía en mi interior. Al no ser este un mensaje claro y conciso reducido a la lógica, no era capaz de darle significado alguno. Por ello y por aquél entonces trataba de ignorar esas sensaciones y seguir mi vida de aquellas edades. Al tiempo, se diagnosticó un cáncer en la persona intuida, pero inmerso en mi tsunami emocional no le daba ningún enlace a lo anteriormente presagiado. La enfermedad duró dos meses, y mi padre con tan solo cuarenta y cinco años de edad, murió inmerso en una sedación de morfina. En ese momento mi recorrido existencial quedo quebrado debido al terremoto que produce la extinción de un familiar. Sin ser consciente utilicé a lo largo de todos estos años en adelante, los cimientos del derrumbe para volver a construir. No hay nada peor que limpiar escombros, y mucho más los del interior. Necesité la adolescencia para incorporar la ausencia de mi padre a una vida en plena reconstrucción. Experimenté que el verdadero duelo es el que se lleva dentro y no el moral o religioso que trata de exponer hacia los demás un penar que dignifique y justifique. De ahí en adelante la vida dio giros muy bruscos que en mi mano estaba equilibrar.
    Las intuiciones o llamadas se sucedían con los años, pero igualmente me eran ajenas viviendo externalizado en el mundo exterior y dando por hecho que el interior se reorganizaba solo. Independientemente a las etapas o situaciones de vida, la llamada mística me asaltaba en cualquier instante, dejándome una fisura que me revelaba una realidad más allá de la meramente aparente. Era como si algo me susurrase que no me conformara con lo que se ve o se materializa, sino que algo oculto aguardaba y esperaba mi atención. ¿Por qué motivo? Aún no lo sé pero trato de ser yo quien le de sentido.
    Por otra parte, algo de mí recelaba con lo instituido o religiones petrificadas que caían en rituales estériles. Cada vez desconfiaba más de adoctrinamientos y creencias impuestas desde pequeño. No conseguía dar en la diana. Desorientado continuaba un camino de oscuridad que se juntaba con las adversidades de la vida cotidiana.
    Era mi fascinación por la figura de Jesús, cuando salía en las películas proyectadas de Semana Santa; pero no por ese Jesús que viene a salvarnos, no por ese Jesús que se proclama en dones, sino por el Jesús que ha conectado con una esencia que se me escurría de las manos. Más adelante serían las figuras de Buda, Lao-tsé, Sócrates…, las que me llamarían profundamente la atención.
   Años más tarde caigo en la cuenta de mis intuiciones de la adolescencia, que sumadas a otras de menor relieve, consigue avivar las llamas de la indagación. Me decido a expresarlo, convenciéndome a mí mismo de que si se toma como objeto de burla o escepticismo me sería de lo más indiferente. Había sido una experiencia vivencial que escapa a ideas o creencias, con lo cual esa huella perdurará hasta mi final del recorrido.
La suma de experiencias de este tipo más la convicción de que sufría más de lo necesario, me hizo caer en la cuenta de que necesitaba girar mi mirada hacia dentro y penetrar en lo más profundo de mí ser. No es fácil, no es sencillo. Había temporadas antes de mi decisión de indagar, que me sentía invadido por una mística inconmensurable, otras en cambio me inclinaba hacia el mayor de los tormentos debido a la confusión de mi mente, experimentando algo que me sirve de despertador: las crisis de ansiedad.
    Ese huracán ya era el determinante de que algo en mí no estaba bien, y no era cuestión de purificar el exterior ni de auto convencerse de que todo va bien, sino de limpiar todo lo almacenado y drenar la mente de sus condicionamientos. Aunque tocaba fondo constantemente, me iba dando cuenta de todo un mundo de aprendizaje por desplegar. Apuntaba a la mente como principal causa de sufrimiento innecesario, y no iba mal encaminado, pues las grandes sendas de autorrealización de todas las épocas se dirigen hacia ella en primer lugar. Era ver algo de luz en medio de una oscuridad en la que nada ni nadie me podía orientar.
    Comencé a leer libros que me mantuvieran ocupados, pero aún así nada se removía en mí. Fue en unas vacaciones en Punta Cana, cuando visitando la librería del hotel me llamó la atención uno titulado: ¨ Revolucione su calidad de vida ¨ del Dr. Augusto Cury. Lo ojeé pero su precio me hizo descartar su compra, ya lo compraré al llegar a España, pensaba para mis adentros. Me dirigí a la sala de espera donde nos iba a recoger un bus y llevarnos al aeropuerto para tomar el avión. Nuevamente experimenté la ensordecedora llamada que en este caso se manifestaba con la impulsividad de hacerme con el libro. No se acallaba la atracción y no tuve por menos que comprarlo dejándome indiferente el precio que momentos antes me promovió a descartarlo. Una vez en España me decidí a leerlo, faceta todavía no desarrollada y que por aquél entonces me exigía un gran esfuerzo. Ni que decir tiene que el libro despertó en mí el disfrute de la lectura, y que sus consejos sobre el cuidado de la emoción terminaron por despertar en mí una curiosidad inacabable. 
    Ese fue un salto de gigante, pues de alguna manera se acoplaba a mi intuición el deseo de mejora interior. Más adelante, en mi faceta de ojear libros en cualquier tienda o grandes almacenes, descubrí una gran cantidad procedentes de Ramiro Calle, pionero del yoga en España y mi actual maestro de dicha disciplina. Me sonaba de haberle visto en la televisión, pero me era un gran desconocido. Veía mucha relación con el yoga, y mis prejuicios y mi alergia a todo lo soteriológico hacia que de igual modo descartara su adjudicación. Pero un día un libro me llamó la atención, se titulaba: ¨ El arte de la paciencia ¨. Algo en mí se volvía a remover. Me preguntaba ¿cómo es que alguien se preocupa por la paciencia, que para mí es muy valiosa? Decidí comprarlo, y nuevamente algo se modificaba en mi mundo interior. Fue comenzar a leerlo, y aunque una gran cantidad de palabras me eran desconocidas, sentía una profundidad que me atravesaba. Me decía mi mismo que, o bien él me entiende o bien, yo le entiendo. Desde luego veía en palabras lo que ni por asomo yo era capaz de expresar. Sentía una verdad colosal y de alguna manera ya fui capaz de identificar la fuente que podía aplacar mi sed. La esperanza se abrió paso en mí. La sensación de dar con algo que realmente me sacara de mi dormidera emocional no me dejaba indiferente.
    Todo ello se fue ajustando hasta conocer la práctica del yoga, meditación, etc, que no antes de haber pasado por un riguroso sentido de experimentación, no fui capaz de incorporarlo a mi vida. Fue la indocilidad de la mente lo que me enganchó a su práctica para aquietarla. Todo ello me ha permitido por un lado, desarticular una mente fluctuante y aportar un sentido a la vida proveniente de lo más interno.
    Todavía queda mucho, muchísimo por recorrer… Pero jamás imaginaría, cuando estaba en profundas depresiones, que acabaría narrando lo que me ha empujado a indagar en lo más escondido de uno. Jamás imaginaría que utilizaría el medio de la escritura (yo que no había cogido un libro en mi vida)  para expulsar mis sensaciones y poder compartirlas. Lo que menos me imaginaría es que fuera capaz de compartirlo sin sentir los prejuicios del qué pensarán. Lo más gracioso es que una vez emprendí la senda de la búsqueda, esas llamadas han desaparecido. Es como estando inmersos en el agua, ésta no te puede salpicar.
    A veces me siento buscador, otras encontrador, porque de todo se aprende y el sentido místico (no soteriológico) hace que todo se vuelva instrumento y se convierta cada momento en un caudal de sabiduría. He perdido toda enemistad con la existencia, y ahora trato de profundizar en ella.
    El yoga te hace descubrir no solo una practica o una disciplina para agotar un tiempo, sino que el cuerpo o la mente, tan cercano a nosotros, se puede volver un laboratorio, y que la vida siendo tan misteriosa e imprevisible, puede ser una manantial de madurez y un banco de pruebas de lo  Uno. Todo es aprovechado, todo son planos a desarrollar, uno se desenvuelve disfrutando de una completud que no experimentaba con lo procedente del exterior (eso no significa que no se disfrute de lo proveniente de fuera), y una renovación de la mente que apropia energías sin derrochar.
    No sé lo que durara esta etapa, tampoco me importa. La vida no me ha cambiado, sino el enfoque y la actitud que tenía hacia la misma. Todo sigue su curso, su dinámica. No estoy excluido, también me asaltan las dudas, el miedo, la inseguridad, el sufrimiento… Pero al menos dejo en lo posible una distancia y sé que el hecho de querer llegar ya me empuja a ir. Ardua es la empresa de querer automejorarse, y más la de querer encontrar un significado último a todo lo existente. Sin caer en abstracciones que nos alejen los pies del suelo, debemos tratar de caer en la cuenta de aquello que nos pasaba por alto, no por el hecho de descifrarlo, sino porque su transformación nos aporta destellos de un conocimiento profundo y revelador. Una transformación que luego deberá ser aplicable a la vida de cada día, pues ahí, como reza el adagio zen: ¨ se esconde la verdad que unos ven y otros no ven ¨.
    Cada uno es su maestro y su discípulo. Me siento aprendiz en todo momento. El mecanismo lleva tiempo activado, lo que dure a durado. He conseguido guiñarle un ojo a la vida, ahora es cuestión de que ella me lo devuelva.

lunes, 3 de octubre de 2011

El contento interior.

    Toda persona desea hallar estados de dicha y felicidad, y por contra, alejar todo lo que se pueda el dolor y el sufrimiento.
    Al buscar la felicidad estamos proyectando hacia el futuro, y es más, posponiendo la que podríamos disfrutar ahora. La felicidad sería otro gran tema a tratar, pero sucintamente... ¿Qué es la felicidad? ¿Ausencia de sufrimiento? ¿Alegría eterna?

    Son cuestiones que parecen enfocadas a que llegarán más tarde o temprano, si hacemos esto o lo otro, o si alcanzamos estos objetivos o aquellos. La verdad es que, aun logrando lo que nos propongamos, algo en nosotros no varía. Todos los esfuerzos nos han permitido ir, pero no llegar.




    Habría entonces que diferenciar entre goce y gozo.

    El goce está influenciado por factores externos y su cambiante dinámica. Éste se verá coloreado en función de los acontecimientos externos,  y además,  de nuestra interpretación mental, ya que para lo que algunos no es preocupante , para otros es la mayor de las fatalidades. El goce, que también puede ser sensorial, llega a veces a ser muy exaltado, provocando un posterior decaimiento debido a un reequilibrio de opuestos. Entonces, lo que se torna como una felicidad perdurable se convierte en pasajera, ya que al igual que los acontecimientos, está sometida a la transitoriedad. Además de disolverse dicha felicidad, nos deja el anhelo de la misma, ya que se provoca un apego al disfrute y un rechazo de su ausencia .
    El gozo viene de dentro. No está sometido al exterior, aunque eso no impida que el sujeto experimente todo tipo de sensaciones. No es alegría desbordante, no es felicidad compulsiva por consecución de resultados. Es un estado de contento equilibrado que no oscila entre sus extremos, permitiendo disfrutar con claridad mental y sin crear resistencias a las influencias del exterior. Nace de lo más interno; por ello es necesario el cultivo interior y su armonización. Éste permanece como un poso mientras se van sucediendo las eventualidades que ya no nos arrastran ni nos colorean.

    Alcanzar el contento interior siempre se verá precedido por cultivar la ecuanimidad, el discernimiento y la visión clara. Es cuestión de actitud, de dar a la cosas su peso específico sin enredar más de la cuenta.
    Un discípulo siempre veía contento a su maestro y éste le preguntó:
    - Maestro, ¿cómo que siempre que te veo estás contento?
    El maestro sin perder la media sonrisa, contestó:
    - Cada mañana al despertar me propongo dos opciones para durante el día. Estar contento o no estar contento, y mira, siempre elijo estar contento.

    Para muchos de nosotros esta actitud se nos resiste constantemente, pues nos vemos arrastrados una y otra vez por lo que nos sucede y no terminamos de anclarnos en nuestro eje. El contento debe surgir tan espontáneamente como una flor exhala su aroma. Debemos drenar la mente de impurezas, descodificar condicionamientos y, algo muy importante, evitar reacciones que producen samskharas, es decir, latencias subliminales. Ésta definición en el yoga es muy importante, ya que dichas latencias o impresiones que se van depositando en el inconsciente son muy poderosas y roban paz interior. La huella queda a través de la reacción, precedida de una percepción y una sensación. Para erradicar dichas impresiones se necesita la herramienta de la meditación, ya que ésta que consiste en la observación sin reacción, permite ir resolviendo conflictos del inconsciente y no permitiendo su incorporación al consciente.

    La persona que intuye un mejoramiento vital se pregunta una y otra vez cómo alcanzar ese contento, pues de todo lo que ha experimentado, no consigue sentir la plenitud que dicha experiencia debe proporcionar. Todo lo que hasta ahora denominaba contento estaba basado en exaltaciones que después daban paso a decaimientos; otras, alegrías que eran muy fugaces y en su desgaste afloraba y daba paso a la implacable insatisfacción.
    A veces, el buscador,  accede a estados de ánimo renovado y de completud, y trata en las vicisitudes de mantener un talante sosegado y equilibrado. Esos estados los experimenta de manera intermitente y no consigue alcanzar la vía directa hacia aquello que no esta sujeto a condiciones y se le denomina incondicionado.
    Una esfera donde la pantalla se mantiene al margen de lo proyectado en ella. Se proyecta fuego pero ésta no se quema, se proyecta lluvia, pero nunca es salpicada por el agua.

    El trabajo espiritual germina la semilla del contento interior, pues no se alcanza, sino es el resultado de un florecimiento. Las emociones negativas se van enfriando y las reacciones, grandes causadoras de sufrimiento, se van debilitando. Todo ello permite el acceso de estados más ecuánimes que no dejan ser interferidos por aquellos que agitan y roban la paz interior. La ecuanimidad, deja a su vez, paso a la visión clara y la mente ubicada en el aquí y ahora. Todo ese desarrollo hace percibir en el sujeto que las vivencias pueden ser catalogadas desde otro prisma allende a ley sujeta de los opuestos.

    En definitiva, el contento interior hay que ganarlo, y a su vez, dejarse ganar por él. No es cuestión de idealizar un estado de dicha permanente, porque no hay nada que no esté sujeto al cambio, sino corregir actitudes para no inclinarse en extremos estados de ánimo y mantenerse en el centro de quietud. Ese puesto permite atestiguar todo aquello que surge y se desvanece, no dando mayor sustancia a lo insustancial, y no tomando por permanente aquello que se disolverá.
Así se gana menos distancia a la libertad interior, y permitimos que brote en nosotros mismos aquello que nos pertenece, que no es más que un estado pleno de contento y satisfacción interior.

martes, 13 de septiembre de 2011

La relación con los demás.

    Somos seres de relación, y eso es algo indudable. Todos estamos abocados a relacionarnos con el resto de personas y seres que ocupan este planeta. Desde que nacemos requerimos atenciones; mientras vivimos podemos prestar las mismas y, en las postrimerías, necesitaremos nuevamente cuidados de los demás. Esto indica que, de uno u otro modo, la vida se encarga de acercarnos a los demás, y es ahí donde la calidad de las relaciones dará sus frutos.

    La relación, a diferencia del encuentro, debe ser moldeada y perfeccionada, pues el encuentro es casual y el modo de relacionarnos, causal. Esto indica que muchas veces el resultado de una relación es la mezcla de los contenidos de las personas que la componen, y otra parte, es la ley de impermanencia que también condiciona el desgaste de las relaciones, pues éstas no escapan a su naturaleza de transitoriedad.


    Por ello, las relaciones son el claro reflejo de nuestra capacidad de manejarnos e interactuar con las demás personas, ya que permite en muchos casos, dejar visibles nuestras carencias o erróneos puntos de vista, y trazan una vía de aprendizaje que comienza siempre en uno mismo.

    Nos podemos relacionar desde el ser o desde el ego. Si permitimos que el ego medie, nos veremos atravesando continuas veces una neblina que no nos dejará ver la otra persona en cuestión, pues ésta se verá coloreada, rotulada, etiquetada y le arrogaremos cualidades incluso de las que carece. El ego desde su autodefensa, tratará de proyectar en los demás connotaciones que surgen muchas veces de nuestras propias deficiencias, pues ante la inseguridad y el miedo de enfrentarnos a ellas, preferimos verlo argumentado en los demás. Esa visión empañada nos hace creer lo que no es y no nos permite ver lo que es. Así se pierde la fluidez en el canal de comunicación (que no siempre es verbal), pues con tanto tráfico de ideas, se produce un alejamiento de la realidad.

    Este motivo nos dirige, primero, a amigar con nosotros mismos. Eso permitirá que la relación no se convierta en una negociación, y no se produzca la excesiva demanda de ajustar a los demás nuestras ideas preestablecidas y configuradas. De otro modo, la otra persona lo deja de ser para convertirse en un objeto con la responsabilidad de rellenar aquello que, por nosotros mismos, no somos capaces de insuflar.

    Otras veces, uno puede ser la víctima de esa transacción, viendo que nuestras necesidades siempre están solapadas por la de los demás y convirtiéndonos en meros figurantes de la escena. Entonces queda mermada nuestra participación en la relación, siempre a merced de la figura que resalta, y haciendo de la misma, una inclinación hacia el mismo lado y perdiendo lo genuino de lo que podría ser un encuentro de seres. Es cuando la relación se torna una pose, un teatro de títeres, una fotografía que nunca termina de ser enmarcada.

    En otras ocasiones, las relaciones o amistades pueden ocultar un interés escondido, pues lo que se ve en la otra persona es en sí los beneficios que nos reporta asociarnos a ella a través de fijar unos lazos que, aunque son en apariencia, se maquilla al exterior como de únicos y genuinos. En ese caso todo estará en la superficie de las apariencias y no habrá capacidad de ahondar en la esencia. La relación se convierte en un escondite, un juego de ahora sí y ahora no, pues no hay base donde sustentarla y al no haber sido sembrado en terreno fértil, jamás podrá dar sus frutos.

    Hay otras relaciones que observamos empiezan con un exacerbado apego por ambas partes, como si su canal de enlace fuera desconocido para el resto. Esa exaltación acaba declinando con el tiempo, pues también se observa con qué facilidad el amigo se convierte en enemigo. Otra cosa es la sensación de familiaridad que uno experimenta con un determinado tipo de personas que escapa a la comprensión racional, ya que más que un conocer, se trata de un reconocer, y queda creada una cercanía adelantada al patrón general de la amistad.

    Muchas más relaciones se van cruzando en el recorrido existencial, desde las de trabajo o la paterno/filial, que pueden servir, en el caso de un padre,  para hacer de la vida de un hijo una extensión de la suya propia, que al no haber alcanzado diversos propósitos, lo proyecta como parte de la responsabilidad que debe ser acometida y rellenada por su descendiente.

    Si comenzamos por integrarnos en nosotros mismos será más fácil la interrelación con los otros, pues en esa abundancia, estaremos más capacitados para dar sin la necesidad de ser rellenados por los demás.

    Hay incluso en las relaciones de pareja que el principal sentido es conocer a la otra persona, ¡qué paradoja! Uno pretende conocer a otro cuando apenas hace por conocerse a sí mismo, y lo que es más curioso, uno quiere conocer a otra persona que tampoco se conoce a sí misma. ¿Entonces, dónde quedaría la fusión? Serían dos hojas a merced del viento, y en este caso, de las circunstancias.

    Relacionarnos es compartir el mismo escenario vital con los demás seres. Hagamos por reconciliarnos primero con nosotros mismos y estaremos más capacitados para intercalar con los demás. Hagamos del ego un secretario, pero que no se inmiscuya más de lo necesario. Hagamos de las relaciones un aprendizaje para explorarnos y aprender. Todos tenemos algo que contar. Veamos que emociones negativas emergen cuando nos relacionamos, como envida, rabia, celos..., y tratemos de amplificar otras cualidades positivas como paciencia, comprensión, ecuanimidad... Relacionémonos desde la firmeza, sin aprovecharnos y sin ser aprovechados, sin desconsiderar y sin ser desconsiderados.



    Somos un planeta conformado por seres sintientes que necesitamos todos de todos. Hagamos por equilibrar y armonizar cada una de nuestras relaciones, para así, enriquecernos de las mismas.

    El buscador entiende que en el camino no se halla solo, pues parte de él se basa en interactuar con los demás. Sabe que es de todos y de nadie,  y que aunque ha emprendido un viaje de relación hacia dentro, comprende que son las externas en donde se verá reflejado el equilibrio que emana de uno.

domingo, 14 de agosto de 2011

El destino.

    ¿Qué es el destino? ¿Es un camino ya instalado que sólo consiste en recorrerlo, o un camino que creamos a cada paso? ¿Libre albedrío o determinismo?
    Todos estamos inmersos en una corriente empujada hacia una dirección, pero ésta a veces ofrece alternativas o desvíos que escapan a nuestra comprensión. Querer profundizar en ello es afinar la agudeza de la atención, para no dejar escapar ninguna pista que deje al descubierto, el posible mecanismo que permita orientarnos hacia lo que consideramos que es bueno para nosotros. En ese momento, todo puede tener sentido, o quizás tendrá el que le demos nosotros.

    Si todo está determinado, en cierto modo es una imposición, pues no hay posibilidad de elección, ya que todo está supeditado a un orden superior. Si fuera así, habría que desarticular cuáles son las reglas del juego y predecir cuál es el sendero ya marcado, para adelantarnos a los sucesos que puedan producirse.
 ¿Qué o quién regiría esas pautas? La respuesta está oculta en el mundo de lo ignoto; lo cierto es que tendríamos que manejarnos con esas reglas para sincronizar más con las pruebas que se van presentando, y así no perder la sintonía que nos hace fluir con los acontecimientos. Habría que detectar cuáles son verdaderamente nuestros objetivos y nuestros potenciales, pues como en un juego, éstas serían nuestras cartas, y deberíamos elegir con certeza en que momento arrojarlas.
    Si todo está ya organizado, queda poca capacidad de acción, pues incluso la que realizáramos ya estaría predestinada. Y si aun descubriendo la manera de acoplarnos a ese ritmo, desistiéramos de hacerlo, también entraría dentro del marco de lo determinado.

    Otra posibilidad es el libre albedrío. Sería no estar sujeto a ninguna ley invisible, y desenvolvernos de una manera individual en un escenario que no esté compuesto de una observación que dicte nuestras conductas.
    Todo cabe en el libre albedrío, no hay represalias futuras que evidencien nuestras faltas, no hay un equilibrio aparente que pretenda corregir una y otra vez hasta dejarnos situados en nuestro sendero correspondiente. El libre albedrío representa la individualidad de cada ser dentro de un colectivo, y el manejarse con esa libertad, implica un miedo inherente que, a través de los siglos, se ha visto solapado por toda clase de inclinaciones soteriológicas.
    El libre albedrío puede producir indignación, pues lo que muchas veces consuela en un mundo despiadado es que al final la persona malevolente purgue sus faltas en presencia de un régimen superior y, en cambio, la persona de acciones nobles, estará condicionada por la retribución de sus buenos actos. En el libre albedrío se debe potenciar la responsabilidad, porque sin ella, la libertad se convierte en libertinaje.

En el libre albedrío también hay cabida para la evolución, porque por ejemplo, si venimos al mundo con ciertos rasgos de carácter que imposibilitan nuestra relación con los demás, eso estaría determinado, pero si lo modificamos a través de nuestras conductas, estaríamos manejándonos en el libre espacio para nuestro favor y el de los demás.

    De ahí que para muchos sabios, yoguis y gente realizada, el destino sea como un río que fluye y en el que estamos inmersos. El río empuja hacia adelante, eso está determinado y no tenemos elección. Luego inmersos en la corriente podemos optar y decidir nuestro avance, fluir a la velocidad de la corriente, o sin embargo, resistirnos en la misma. De ahí que en la vida cotidiana experimentemos ir a contracorriente y perdamos la sensación de rumbo. A veces, la fluidez es más lenta, otras, mucha más acaudalada; de ahí que nos pille por sorpresa y sintamos el agua hasta el cuello. Nosotros optamos a veces por bucear, sumergirnos en lo más profundo, ver sobre qué se mantiene todo, de ahí que por instantes nos separemos del resto. Otras, nos impulsamos hacia arriba para ver hacia dónde nos dirigimos y captar una visión más panorámica de todo el asunto, ahí estaríamos sacando pecho. Todo un mundo de opciones que se van abriendo a cada instante y que se van entrelazando entre sí, para con su consecuencia, deliberar un resultado a nuestro favor o en contra.
    Pistas que se van presentando y a lo que Jung llamó ¨Casualidades significativas¨, y que se funden en el inconsciente colectivo.



    Cabría observar dentro de la particularidad del destino, la gran necesidad que experimentamos de exigir seguridad en un mundo donde nada es seguro, excepto la inseguridad. Esa demanda puede anestesiar el desarrollo de la intuición y el manejo con la misma, perdiendo el potencial de desenvolvimiento en el plano vivencial de cada instante.
    Hay que aprender a manejarse con la imprevisibilidad, pues siendo el destino determinado o no, se ejecutará sin previo aviso y nuestra capacidad de elasticidad en los acontecimientos hará que no quebremos frente a ellos.
                                         
    En la vía de la búsqueda y realización de sí, el destino abruma por su capacidad de ser escurridizo y sentirnos siempre con las manos vacías, dejando a veces entrever destellos de orientaciones, y otras, sin embargo, sumiéndonos en una oscuridad absoluta en la que nos sentimos absorbidos por completo. Sea como fuere, no debería ser: ¨¿por qué estamos aquí?¨, sino ¨ya que estamos aquí¨, y hacer del destino un inquebrantable aliado, pues aun con sus caprichos, siempre nos tiende algún recoveco para no estancarnos.




domingo, 7 de agosto de 2011

La soledad.

    La soledad es algo inherente al ser humano, pues a través de ella venimos al mundo y sobre ella le abandonamos. En ella nos relacionamos con nosotros mismos, por eso muchas veces la rechazamos por completo.

    La soledad que no es deseada puede ser abrumadora y absorber por completo al sujeto que la padece. No es la soledad en sí la que puede desagradar, sino el sentimiento que produce la misma. Inmersos en ella no hay escapatoria ni con lo que entretenerse, por ello, emergen todas las sensaciones de insatisfactoriedad, sobreponiéndose ante la persona y eliminando por completo la capacidad de disfrute consigo misma.
    Por no disponer de un sosiego interior y un talante equilibrado perdemos la oportunidad de relacionarnos con la soledad, ya que como hemos dicho, se verá entorpecida con impedimentos que brotan de lo más profundo de nosotros mismos, y sabotearán toda intención de establecernos en ella. La soledad provoca vernos cara a cara excluidos del escaparate exterior.

    Si amigamos con ella podemos ver la otra cara de la moneda, pues es en esa dimensión donde nacen todos los potenciales creativos. Es en ella donde la inspiración encuentra su canal de acceso, y es en ella donde hallamos la puerta hacia el silencio interior.


     El poeta, el místico, el pintor... Todos ellos se dejan abrazar por ella para después sentirse renovados, rellenos, realizados... En ella encuentran el manantial de lo que todo brota y la dimensión en la que poder expresarse.
    La soledad siempre está ahí, a veces solapada por los acontecimientos del exterior, pero en el momento en el que se disipan nos vuelve a envolver y acaparar.

     A veces, frente a la soledad se produce lo contrario, es decir, en vez de rechazo o aversión, un profundo apego, pues en ella encontramos un refugio más elevado que el puramente renovador. Lo que puede ser un espacio para uno, se convierte en una armadura infranqueable o un refugio donde aislarnos. Entonces la soledad sirve de escapatoria ante los hechos del exterior, queriéndolos excluir y provocar mediante su propio desgaste, extinguir.



     La inclinación a la soledad constante es fruto de miedos, evasión y falta de disponibilidad para enfrentar los sucesos que se van presentando en el escenario exterior. La persona se vuelve más y más adicta a ese refugio, creyendo que está segura de acontecimientos negativos, cuando en realidad no hay nada seguro y todo sigue su dinámica fluctuante. La persona inmersa en esa burbuja, aun teniendo deficiencias anímicas, ha aprendido a familiarizarse con ellas y pierde la oportunidad de, mediante esa soledad, poner los medios para remediarlos, pues identificada con sus automatismos mentales pierde la intuición de mejoramiento vital. La soledad se desvanece entonces como instrumento válido para la instrospección consciente y se pierde en el sonambulismo psíquico. La persona convierte su rutina en una foto en blanco y negro, mutila sus posibilidades de relación, debilita el crecimiento que deriva de la interactuación de relacionarnos con los demás, y convierte
su libertad en un grillete que le encadena, pues lo que comenzó sintiéndose como dueño de su libertad, acaba siendo presa de la misma. En el estancamiento ha perdido la capacidad de fluidez, permanece repostando en vez de continuar su viaje, ha caído en la tela que anteriormente ha tejido.

    La soledad debe ser un apartado más de nuestra configuración existencial. Nos debe servir como ¨un alto en el camino¨, reorganizar nuestro mundo interior y nuestra psiquis. Es signo de salud emocional no darle la espalda a la soledad, sino saber darle su peso especifico. En ella pondremos a examen todo lo que se vaya presentando: tedio, aburrimiento, angustia, rabia, pensamientos repetitivos... Y después, mediante técnicas de interiorización como el yoga o la meditación, purificar dichos estados para enfriarlos en lo posible. Es un gran autoconocimento observar qué reacciones se producen estando inmersos en la soledad, pues se abren todas las compuertas que, mediante entretenimientos y quehaceres cotidianos, manteníamos cerradas.

    En ella se revela la angustia existencial, el vacío que en algún momento todos hemos sentido. Gracias a ella chequearemos nuestras deficiencias emocionales para, constructivamente, darles un giro y armonizarlas. En ella veremos nuestra radiografía, veremos lo que aflora de nosotros mismos, que hasta ahora cubierto por el  ruido de fuera, no éramos capaces de escuchar.
   En ella sentiremos plenitud una vez nos pongamos manos a la obra en trabajar nuestro interior; completud una vez desarrollada. En ella encontraremos el espejo que nos refleja fielmente. Será nuestra fiel confidente, nos procurará renovación anímica y un espacio para poder así, desplegar las alas de la Sabiduría.


lunes, 25 de julio de 2011

La muerte.

     La muerte ha sido, es, y será, el mayor misterio jamás vivido por nadie. La muerte conlleva el recordatorio de finitud, y ante ella, como diría Buda, todo palidece.
    Ante ella no hay distinciones, todos somos iguales y hacia ella nos dirigimos. Nadie la vence, sólo por capricho te  deja tu vida de ventaja. Es la aduana hacia lo desconocido, es el paso fronterizo o el final de un recorrido, y ahí la mente se golpea contra el muro de lo incognoscible.

     La muerte no puede ser comprendida mediante racionalizaciones ni especulaciones, sino mantener el recordatorio de que ésta llegará dejando cosas sin terminar, palabras sin pronunciar y vivencias sin experimentar. Ese recordatorio hace que no caigamos en sus engaños que son: ¨Los demás son los que mueren¨ y ¨Cuando muramos siempre será mañana, nunca hoy¨.
     Vemos en lo demás la muerte como algo ajeno a nosotros, como algo que siempre sucede de miras al exterior. Pensamos (sin que nadie nos diagnostique lo contrario) que la muerte está muy lejos y que ni siquiera ha reparado en nosotros, que nos ha excluido de su programa de actividades. Tomar conciencia de que en cualquier momento se puede presentar no es obsesionarse por el tema ni recrearse en pensamientos mortificantes, sino avivar la llama que se mantiene encendida para vivir con mayor plenitud cada instante.


         
    Para aprender a morir, primero se debe aprender a vivir. Cara a cara con la muerte sólo nos encontraremos con nosotros mismos, y ahí veremos en que hemos invertido o en que nos hemos convertido. Jerarquías, posesiones, estatus ¿dónde quedan ante la muerte? Queda todo en la antesala, pues hay que pasar desnudos y sin lo que apoyarse. Atrás habrá quedado todo con lo que nos identificábamos y tendremos que soltar todo aquello en lo que nos reflejábamos. Ante ella, al igual que en un paredón, todos tenemos el mismo valor y eso debe humildarnos. ¿Realmente es miedo a la muerte o a perder lo que conlleva con la misma?

    Nadie puede morir por nosotros. Es algo que nos concierne de forma individual. Aun en el caso de que varias personas muriesen a la vez cada uno lo haría en su propia vía de muerte.
    La muerte no sólo afecta a la persona que desencarna, sino los que quedan en vida, pues uno de los sufrimientos más profundos es el de la perdida de un ser querido. Cada persona tiene su propia manera de vivenciar su duelo, más allá de petrificados convencionalismos y patrones morales, pues el dolor será vivenciado por uno, aunque los demás se empeñen en acompañarnos en el sentimiento. Las personas que quedan se enfrentan a la gran tarea de aceptar lo inexplicable y de ir, poco a poco, incorporando esa ausencia en sus vidas cotidianas. Asumir la muerte de una persona afín no es fácil, pues se necesita una gran dosis de aceptación y ecuanimidad, rota en la mayoría de los casos por el shock adicional y el estado de aturdimiento que provoca en nosotros asistir a la bajada de telón, en la representación final, de una persona allegada.      

    La muerte puede tener su lado constructivo aunque no lo creamos, pues ese recordatorio es el que nos debe motivar para hacer de nuestro recorrido una senda y un instrumento constante de aprendizaje. Que haya algo después o no debería ser lo de menos, pues lo que realmente hay, es lo que debe ser vivido. Dependiendo de cómo hayamos instrumentalizado el recorrido estaremos más capacitados, para como un buen anfitrión, recibir la muerte como una parte más de nuestra circunstancia vital.
En la antigüedad los buscadores espirituales utilizaban métodos de alquimia para alargar la vida, pero no por apego a la existencia, sino para disponer de un tiempo extra en el que autorrealizarse. Esa actitud de aceptación es la que libera de ese miedo inherente a la última exhalación.

     
    El buscador trata de no perderse en teorías referentes al abandono de la envoltura carnal a la que pertenece y al plano fenoménico en el que se desenvuelve. Trata, en cambio, de utilizar el recordatorio de disolución para hacer un trabajo interior de desapego, incremento de la consciencia y desarrollo de la sabiduría. Como la ola que acabará fundiéndose en la totalidad del mar, no trata de resistirse ni de defenderse, pues es en la misma inmensidad de la que surgió, donde acabará desvaneciéndose.

    La muerte iniciática ( la que siempre han insistido todos los sabios desde la noche de los tiempos ), es la que se trata de llevar a la práctica, aún estando insuflado de vida. Es morir a cada instante, dejando atrás nuestra petrificada psicología, renaciendo a cada momento, nuevos, renovados, sin condicionamientos y experimentando la frescura vivencial. Es no acarrear la mente anquilosada. La mente y su charloteo es lo primero que ha de morir, junto con su representante que es el ego, porque frente a la muerte no hay ningún discurso que le haga convencer, ni ningún ego que le haga empequeñecer.
    Esa muerte es la que utiliza el buscador para renovarse a cada momento y la que le sirve de familiarización, para así llegar más integrado en sí mismo a su punto y final de su trayectoria vivencial.

jueves, 21 de julio de 2011

Elevar lo cotidiano al rango de sublime.


    Por identificación tendemos a colorear nuestro mundo interior con las acciones que llevamos a cabo en el plano exterior. Por querer renovar nuestra capacidad de asombro a cada instante, nos perdemos la frescura del momento, dejando pasar aquello que ya no podemos atrapar y por lo que tanto habíamos esperado.
    La verdadera monotonía no es aquella que rige la repetición de nuestros actos, pues es deber de uno el rotularlo como novedoso y no tedioso, como es la mayoría de los casos. La monotonía se halla en el pensamiento repetitivo, en la mecanicidad de nuestras actitudes.
    Vemos el mundo tal como refleja el nuestro propio. Según nos sentimos, nos relacionamos, desarrollamos , etc. No hay que esperar un derby para vivir un partido con intensidad. No hay que esperar al seleccionador para entregarnos en un entrenamiento.. No hay que esperar un pase para meter un gol.
    ¨ Cada momento cuenta ¨ dicen los maestros zen, cada instante es una manifestación que debemos elevar a la categoría de sublime.  El sopor del día a día es un arrastre de nuestra mente condicionada, que regida por pares de opuestos, salta de lo agradable a lo desagradable; de lo placentero a lo displacentero; de la euforía al abatismo.
    Sin cargar con la memoria del pasado, sin proyectar cómo debe ser un futuro idealizado, la mente toma consciencia de que cada paso cuenta, que el camino ya es en sí la meta , que el hecho más corriente lleva una carga de realización, y que los actos cotidianos pueden ser magnificados si los iluminamos con la  ¨ lampara de la atención ¨.
    Cuando sentimos rutina en el día a día, debemos chequear el material de dentro. Todo un mundo de miedos, temores, frustraciones, entremezclandose entre si y alternandose el protagonismo para recrearse en nuestro espacio mental. ¿Acaso eso no es rutina? ¿Es que no se repiten los mismos automatismos?
    Pretender hacer de nuestro exterior un entretenimiento continuo es alienarse del centro que nos ancla y no potenciar ciertos desarrollos que tenemos en latencia. La actitud de vivir el instante es un bálsamo para no caer en el sopor de lo cotidiano, y de ese modo elevar cualquier acto aparente al escalafón de la sublimidad.



     

 Nota: artículo publicado el 20 de junio de 2011 en la página de entrenadores de fútbol:    http://www.modernsoccer.net/