martes, 4 de agosto de 2015

La virtud de la insignificancia.

    En el afán del hombre, el ¨significado¨ procura rellenar el sentimiento de vacío que puede llegar a producirse en él. La evolución es una cualidad existencial y es noble buscar el mejoramiento y avanzar en los grados que propone la vida, ya que el potencial de un individuo es profundamente desconocido.
    Pero, y más en estos tiempos, la persona proclama y crea a su alrededor una vida que no le corresponde, que desearía pero no le pertenece, que rechaza su sencillez porque da valor a las apariencias. Entonces en la búsqueda de lo extraordinario el sujeto se convierte en ordinario, porque se sumerge en el arroyo colectivo que espera, mediante su empuje, ser llevado a un lugar en exclusiva.
    Puede darle la compulsión de aparentar, de fingir que todo va bien cuando en el fondo hay malestar, de querer transmitir lo maravilloso que es todo cuando a lo mejor quedan restos de miseria.
    La insignificancia no es carencia de sentido, no es conformismo ni rechazo a mejoras, no es apatía, desilusión, pereza, holgazanería, resentimiento ni derrotismo. La insignificancia, si jugamos con la palabra, podíamos conjugar: ¨significancia intrínseca¨, es decir, significado propio, esencial y natural.
    Esa insignificancia -en apariencia- es el valor cualitativo que subyace sin la necesidad de ser reconocido por nadie. Desde pequeños nos educan para que seamos ¨hombres de provecho¨, que lleguemos a lo más alto y que alcancemos prestigio. Es como tomar el relevo de otras personas adultas que no lo han conseguido, y con ello, cumplir una meta que en muchos de los casos no nos pertenece.

    El significado de una persona cuando se convierte en escaparate se torna como un adorno, una máscara y una pose de la que no se puede deshacer. La felicidad podrá ser fingida pero al final es una demanda de ser considerados, tomados en cuenta y ubicar un espacio único dentro de la multitud. Ese espacio único ya se crea en el centro de tu ser, sólo hay que reconocerlo. Tu propia individualidad es irreemplazable, no hay dos copias, la existencia no tiene pensado volver a repetirte. Entonces ¿por qué esa carrera para llegar a ninguna parte?
    Está bien prosperar, avanzar, evolucionar y querer ser mejores de una versión nuestra de la que no nos conformamos. Es lícito descubrir nuestro potencial, ver nuestras limitaciones y mejorar nuestros aspectos, tanto internos como externos. Pero ¿por qué ese rechazo a ser común? Es como si nuestro ego nos dijese: << Tú vales mucho más que todos ellos>>. Es como si las voces de todo el mundo se reunieran en nuestra cabeza para decirnos: << ¿Es que te vas a quedar ahí parado, sin hacer nada?>>.
    Al final un individuo puede quedar enajenado en la búsqueda de un posicionamiento que hable de él hacia los demás, que sirva de portavoz y resuma en un momento su valía sin necesidad de dar más explicaciones. Pero si nos fijamos en la naturaleza, vemos que es mucho más sabia. Nadie compite con nadie. Un árbol no lucha por ser un pájaro ni viceversa; una rosa no exhala su aroma dependiendo de quién la perciba. Rigen sus propias leyes pero no verás agitación ansiógena en nada, tan sólo una profunda aceptación de lo que es y que permite la fluidez continua.
    Cada participante en la naturaleza está a gusto siendo lo que es, disfrutando de su momento y adaptándose a los cambios que ofrece el curso natural de los acontecimientos. Pero para el hombre un hormiga no tiene significado, por eso la pisa, siente su poder sobre ella. Un árbol quiere alcanzar las estrellas, por eso asciende hacia arriba, pero no abandona nunca sus raíces. Hasta donde llegue lo habrá disfrutado. Todos los seres humanos quieren alcanzar la cima de la montaña, pero no existe espacio para todos, de hecho muchos quedarán a medio camino y nadie les advierte de la posible frustración que puedan sentir. Es el precio de no alcanzar la proyección de lo extraordinario y verse empujado y forzado a fundirse en el colectivo donde nadie destaca de nadie.


    Pero cuando una persona decide ser insignificante -en el contexto que estamos empleando-, no significa que no quiera arriesgar por miedo, que no se atreva a dar ningún paso, sino que siente una gran liberación, de hecho observa cómo unos se van pisando a otros para subir a esa cima en el que él está ausente de participar. Se vuelve un don nadie, se sumerge en el anonimato, pero eso le convierte en extraordinario para sí mismo. Escala su propia cima, se eleva sobre sí mismo, y trata de conquistar lo que nadie le puede sustraer. Ve en la sencillez su modo de expresar, sin galones, sin sofisticación, sin un repertorio de todo lo anteriormente conquistado para mostrar. La sencillez le permite ser como es en este momento.
    Pero el ego necesita alimento para reforzarse, retos para existir. Y la persona común no evita el reto, no se esconde, lo vive y experimenta con consciencia, pero no se descentra, no se abandona a sí misma y más que un reto donde sólo predomina un resultado, trata de verlo como un juego que debe ser curioseado.
    El sentimiento de la insignificancia es un gran ejercicio para nuestra vanidad. Es observar que en nuestra ausencia las cosas siguen existiendo, siguen su curso, que la existencia no se detiene hasta que nos decidamos a reconocerla o no. La existencia te invita a participar a cada momento, pero extraviados en lo que podemos obtener en otro, rechazamos dicha invitación.
    La insignificancia es reconocer que somos una parte del todo. Que estar a la espera de la llegada de lo extraordinario empaña la visión, porque esa misma cualidad se encuentra en lo ordinario, en el alrededor, en la brisa que roza tu cara. Hay belleza en lo común, en lo corriente, en el simplemente ¨estar¨. Toda fricción por querer forzar algo por compulsividad es ruidoso, agitado, ampuloso, antinatural. Todo ello genera una lucha con uno mismo y todo lo que le envuelve; se deja de formar parte del todo para convertirse en una pequeña isla. La lucha es tensión, rudeza y siempre está viendo amenaza en ver perdida su valía. Cuando hay relajación se atribuye siempre a derrota, debilidad y falta de valentía. Pero era Lao Tse, el padre del Tao, quien nos instaba a reconocer que la aparente fragilidad de un lirio era fortaleza, y que la robustez de un roble puede ser fragilidad porque entran de lleno en los contextos. En los contextos es donde se pone a prueba las etiquetas que otorgamos a las cosas. Si llega un vendaval, el lirio se pliega y resiste, sin agarrarse a nada que no sea él mismo. El roble está rígido, estático -cualidades del miedo- y puede quebrar con facilidad sin posibilidad de ser reconstruido. La robustez que imponía y despertaba tanta admiración no sirvió ante la llegada del vendaval, y en cambio el lirio, sin llamar la atención pudo ser flexible, agacharse sin sentirse humillado por bajar la cabeza y volver a resurgir con total esplendor.

    La insignificancia es significado total pero en otra dimensión. Si buscamos ser insignificantes a la espera de que nos lo reconozcan, estaremos en el mismo juego. Es más que una actitud, es un reconocer la banalidad, la futilidad de ciertas cosas que, al fin y al cabo, nunca nos llegarán a trasformar.
    Por ello, la virtud de la insignificancia es la comprensión profunda de nuestra verdadera esencia, lejos de los parámetros que impone esta sociedad en la que se determina nuestro valor en la apariencia que logramos hacer llegar a los demás.

    En la búsqueda de uno mismo, la insignificancia no es un término negativo, sino la ausencia de capas que creemos que configuran nuestro significado.
































sábado, 4 de julio de 2015

El placer.

    El placer se convierte en un denominador común en la búsqueda de satisfacción del ser humano. Es el momento culmen que aplaca la demanda de los sentidos, embriaga con su cualidad placentera y aleja por instantes cualquier tipo de malestar.
    El placer es momentáneo, tiene su propia durabilidad. Consigue en el sujeto determinar sus acciones en pos de una nueva dosis, alcanzando con ello un clímax que lo saca por momentos de su realidad ordinaria.
    El fenómeno del placer ofrece curiosidades: nos satisface, pero queremos más; buscamos su disfrute, pero una vez llega a veces no tenemos la capacidad para hacerlo plenamente. Es algo que cuando llega vemos cómo se nos escurre de nuestras manos y estamos más en lo que se escapa que en lo que tenemos. Se produce un fuerte apego, una neurosis por eternizar algo que tiende a diluirse como un fenómeno transitorio más.
    Por placer la persona puede estar fuera de sí, forzar los medios para llegar a él, e incluso darse la espalda a sí mismo con tal de saciar su sed. La adicción puede condicionar, dirigir el rumbo y verse truncado una y otra vez, pues el placer puede ir acompañado del dolor y viceversa. Una vez el placer se consuma, la atmósfera puede rellenarse nuevamente de insatisfacción. Entonces se despierta un ansia, un rechazo a cualquier otro estado interior que no sea el placentero. La manera en que se quiere poseer el placer convierte a la persona en poseída.

    ¿Qué nos empuja a un placer compulsivo?
    Es tal su seducción que nos hipnotiza por completo. Vemos en el placer la huida del dolor, la contrariedad del sufrimiento. Queremos situarnos en un placer contrapuesto y equidistante hacia el rechazo de lo que no nos gusta. Cuando se torna pulsión, el placer es un cebo. Nunca se sacia y somete al individuo. Acaba por ser de todo menos satisfactorio. Se vuelve una brecha por la cual escapar del momento, una puerta escondida hacia un paraíso del que somos rechazados y empujados de vuelta cuando ya lo hemos consumido.
    Tanto huimos de algo que al final se puede tornar placentero. El dolor puede convertirse en placer. Así cambia la perspectiva, el enfoque, se extrae un jugo de lo que parecía imposible. Entonces una penitencia, en el fondo, puede ser disfrutable. Nace el masoquismo. También ver el dolor en los demás puede ser motivo de placer; nace el sádico.
    El placer, lejos de ser un momento de peso específico, se convierte en un embaucador. Nos saca de un eje y su búsqueda nos distancia de una serenidad ganada. Es la píldora hacia el escapismo sin movernos del lugar. Nos promete algo perdurable cuando en realidad no podemos agarrarlo con las manos.
    ¿Debemos dar la espalda al placer?
    No, pero sí experimentarlo con consciencia, observando el proceso fenoménico, cómo surge, cómo se desvanece. Sabiendo soltar para no ser un esclavo y para que no sólo vibremos con el goce, sino que aprendamos a deleitarnos con el gozo, que a diferencia de un placer que proviene de fuera, éste emerge de dentro. Entonces la relación con el placer no es conflictiva. No genera culpas. Es una dimensión a la que podemos acceder anclados en nosotros mismos. Es una dimensión de la que podemos salir sin el impulso de mirar atrás temiendo el no haberlo amortizado.

    Evitar el placer sólo engorda el deseo de culminarlo. Reprimir un anhelo placentero es querer tapar la boca de un volcán. Por eso la relación con el placer debe estar impregnada de desprendimiento, consciencia y desapego. De este modo la red que obnubila la visión no nos termina por atrapar y en ningún momento nos aprisiona  encadenándonos sin poder escapar.
    Hay placeres nobles que debemos potenciar. El placer de disfrutar un pequeño momento, un rato de tranquilidad, una lectura que nos deleita. Hay placeres que nos completan sin la necesidad de forzar su duración: una taza de té, oler la fragancia de una rosa, una caricia... Por eso también se requiere capacidad de disfrute frente al placer sin volverlo ávido ni ansiógeno. A menor necesidad de placer, más placentero se vuelve cualquier nimiedad, convirtiendo lo más trivial en extraordinario.


    Convirtamos el placer en una vía más de autoconocimiento, para que, como dicen los tántricos: ¨Juguemos con el fuego pero sin quemarnos¨.













domingo, 14 de junio de 2015

Entrevista al escritor Raúl Santos Caballero.

Raúl Santos Caballero es una persona polifacética y singular. Se desarrolla de manera multidisciplinar y en su faceta de escribir ha publicado con su última obra, tres libros de temática espiritual, psicológica y de autoconocimiento. Su único afán es la de ayudar y la de compartir una búsqueda a todos los demás. No trata de entretener, sino de remover todo lo que anidamos en el interior y por ello se sirve en todo momento de su propia experiencia. ¨Las sandalias del Buscador¨ es su última publicación, y en Universo La Maga queremos saber de él:
 ¿Tu afición por la escritura empezó tarde, qué la impulsó? ¿Tienes algún escritor que te inspira o eres de los que absorben muchos géneros?
Fue algo que surgió de una manera natural. Llevaba tiempo sintiendo esa necesidad, la de expresar y dejar impreso en papel ideas y reflexiones. Cuando vi que lo que empezó como algo que sólo quería probar estaba finalizando un libro, sentí la necesidad de compartirlo para el que le pudiera servir, lejos de si gustaría o no.
No soy de los que leen todo lo que cae en sus manos. De hecho me he vuelto más selectivo. SI una obra no me engancha le doy sucesivas oportunidades, pero si veo que mientras lo leo mi mente se evade, cambio enseguida de libro. Intento leer de todos los géneros pero como un imán caigo en la espiritualidad, la psicología y el autoconocimiento. Como curiosidad decir que novelas no leo muchas, y fue el primer género que publiqué.
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El vecino de al lado fue tu primera novela. ¿Cómo surgió la idea?
Un día me senté frente al ordenador y dije: a ver qué pasa.. La historia es completamente ficticia. Me serví de dos personajes principales para crear conversaciones y poco a poco lo demás se fue creando sólo. Es toda una experiencia convivir con la historia y con los personajes. Es como si uno fuese un intermediario al relatar lo que sucede. Por eso muchas veces digo que el libro ya está creado, simplemente hay que escribirlo como Miguel Ángel ya veía la escultura en el mármol.
En qué ha influido tu blog de temática espiritual es esta última obra – Las sandalias del Buscador-? Háblanos de ella.
Completamente en todo ya que es una recopilación de los tres primeros años. No he cambiado absolutamente nada. Son una serie de artículos sin hilo conductor donde se investiga muchas parcelas de la psicología humana y la esfera de la búsqueda interior. Todo desde los pies en la tierra, sin nada soteriológico ni dogmático, al revés, desde la visión de que en lo cotidiano se encuentra la verdadera enseñanza de la vida. También recalcar las dos entrevistas realizadas al músico, escritor y profesor de yoga Chema Vilchez, y a la escritora y psicóloga Mª Jesús Álava Reyes.
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¿Qué hay de ti en cada una de estas obras? ¿Es sólo imaginación o partes desde alguna experiencia personal?.
Hay todo y nada. Soy todos los personajes y ninguno. Claro que las historias vehículan experiencias, pero no son copias de la realidad. La imaginación tampoco se puede forzar porque ésta tiene que aparecer a veces como inspiración o como vislumbres de encadenamiento en el argumento. Lo importante es estar receptivo, abierto para recibir como un buen anfitrión todo lo que se va desarrollando. Si que es cierto que la faceta de escribir sirve para drenar, para sacar a la luz cosas que ni sabes que tienes dentro. Es toda una terapia y por ello recomiendo a todo el mundo a que al menos, lo pruebe.
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Tienes obras sin publicar, ¿serán tu próximo objetivo?
Sí. Como digo yo: ¨están en el horno¨. Me gusta hacer una revisión cuando ha pasado el tiempo suficiente como para que casi se me olvide lo que escribí. Al leerlo soy un lector más, fuera de la frecuencia que en su momento me permitió escribirlo. En esa frescura me encuentro más objetivo para decidir hacer cambios o no, aunque soy de respetar bastante lo que en su momento plasmé.
¿Cuál es tu próximo proyecto?
Espero publicar a finales de año una novela con muchas sorpresas. Me gusta que el lector sienta que lo que tiene entre manos no tiene por qué ser lo que ya esperaba. Lo único que puedo adelantar es que la historia girará en torno a la mendicidad y a la vida entre cartones que existe en la calle.

La cárcel emocional.

    Todos nos sentimos libres ¿pero es así del todo?
    Quizás no tengamos barrotes que nos aprisionen, pero el mundo interior con el que cargamos puede convertirse en un lastre difícil de soltar. Es curioso ver cómo teniendo las necesidades cubiertas ese bienestar que tanto anhelamos se puede ver distorsionado por factores emocionales del que no tenemos ningún tipo de control.
    Se va forjando en todos nosotros una estructura basado en creencias, en sentimientos, puntos de vista..., en suma, todo un arsenal que paradójicamente no nos orienta hacia nuestro favor. El nudo de emociones que llega a forjarse nos termina por aprisionar dejándonos incapacitados para recibir el más mínimo disfrute. Entonces buscamos la escapatoria, los placeres que puede reportarnos un mundo externo al que emigramos dejando de lado un territorio interior aún sin explorar. Nos saciamos por instantes, pero de nuevo, como una sombra, nos engulle una insatisfacción que parece no tener fin.
    Somos prisioneros de nosotros mismos. Quedamos atrapados en nuestra propia red de conceptos y no logramos vislumbrar un destello de libertad que nos libere de nuestra percepción truncada de la felicidad. La mente se vuelve ama en una mansión de la que desconocemos todos sus recovecos. Ordena y manda y quedamos a su merced, pues su poder hipnotizador acaba por someter nuestros estados de ánimo. Somos esclavos pero no de un dueño externo, sino de nuestra propia cadena mental. El grillete se va solidificando a través de los pensamientos que acaban por anular una soberanía de nuestro yo desfragmentado. Quedamos en tierra de nadie y desde ahí buscamos una orientación.
    Las emociones cogen pulsión y convierten las tranquilas aguas en remolinos, la calma en tempestad. Puede llegar a sobrepasarnos, pues presos de una prisión de la que no podemos huir, la sensación de impotencia o de cómo proceder sabiamente queda en una mera intención. Pasamos de la alegría al abatimiento, de la risa al llanto, del bienestar al malestar. Surgen recuerdos, memorias cristalizadas, acciones por realizar, traumas por curar, heridas abiertas por cerrar. Toda la emoción se pone al servicio de un conflicto interior del que apenas somos capaces de recordar cómo se originó, y del que sin darnos cuenta estamos sumidos sin poder asomar la cabeza para respirar.

    Los ojos miran, pero no ven, pues toda la atención está desviada hacia los adentros, pero no como atención plena o consciencia mental, sino como una manera de rumiar una y otra vez surcos repetitivos de pensamientos. El ego está oculto, se maneja bien a nuestras espaldas. Va creciendo a medida que escuchamos su argumento sin tener en cuenta su identidad, su falsedad, su informe no ajustado a una realidad que acaba solapada por nuestra discapacidad de estar en apertura a la situación presente.
    Los momentos así son horizontales. Uno deja paso a otro pero en el mismo nivel. Es como estar en un cochecito para niños donde se le echa monedas; parece que se mueve pero no avanza. La saturación de emociones negativas convierte el espacio mental en una prisión muy sutil, donde las energías se van perdiendo en atender a cada una de ellas de manera personal.
    El ego no ve fin a todo ello. Nunca ve colmado esa ambición, por ello debemos dejar pasar otra manera de manifestar lo que consideramos que somos. Luchar con la mente puede dejarnos agotados. Se las arreglará para sacar un nuevo tema en el cual dejar ver todas las miserias. Es nuestra identificación lo que promueve su propia existencia de su lado menos constructivo y desde una consciencia que debemos despertar a cada instante, se convierte más fácil el acceso a un punto más elevado donde divisar esas corrientes submarinas en el estamos tan fácilmente atrapados.
    Voluntad y firme determinación es fundamental para no dejarnos aprisionar por la cárcel emocional. La observación sin reaccionar permite ir ganando terreno a las energías que tan mal aprovechamos en atender algo que aunque surge en nosotros; no nos pertenece. Todo es un ciclo con su propio dinamismo; obsérvalo. A la noche le sigue el día y viceversa. Querer mantener un estado de ánimo perenne es caer en una frustración, porque no existe nada que no esté bajo la ley de lo transitorio. ¿Entonces? Hay que saltar de la dualidad para que no nos arrastre de la manera en que nos condiciona y somete. Hay que observar y dejar pasar, y así entonces ganar terreno a nuestra parte doliente emocional. Las emociones viven de nosotros, no nosotros de ellas. Podemos dejarlas pasar y que estén un rato, pero no estamos obligados a cederles una habitación para que hagan noche. Si están que sea hasta que se cansen y se vayan por sí mismas, sin nuestra implicación, sin que por nuestra parte las atendamos, porque entonces así es cuando ganan poder en nosotros.


    La libertad interior no es ausencia de toda clase de fricción, malestar o sensaciones ingratas. Es la observación que se adelanta para no quedar atrapados y poder tener una visión más nítida al respecto, sin caer presa, sin vender nuestro bienestar a una parte de nosotros, que sin saber por qué, confabula para que nos seamos plenos como realmente merecemos.











domingo, 10 de mayo de 2015

Las sandalias del Buscador.

    Ya está a la venta el libro recopilatorio de los tres primeros años del blog En busca del Ser.

    Este libro homenaje a todos los seguidores y a todo aquel con inquietudes espirituales o de mejoramiento, incluye tres artículos inéditos y las entrevistas en exclusiva del escritor y músico Chema Vilchez, y de la psicóloga y escritora Mª Jesús Álava Reyes.




Editorial Círculo Rojo. PVP 15€ 


SINOPSIS

¨Debo decir que la obra de Raúl Santos Caballero rezuma honestidad y veracidad, como no podría ser de otra forma viniendo de él. Esa actitud sincera, esta energía noble es la que impregna su trabajo y le confiere validez y sentido. Por ello recomiendo al lector que utilice el libro para liberarse de su burbuja y atravesar la estructura que le separa de la visión lúcida, para así, poder adentrarse a los senderos que de ella divergen: la bondad, la generosidad y el amor
Las verdades y las respuestas útiles sólo surgen de la propia experiencia, pero es de agradecer que los buscadores como Raúl compartan, de forma tan bella como él lo hace, parte del camino transitado¨.

Tres años de investigación en todo lo que envuelve la psicología y la mística del ser humano, se recopila en esta obra donde el lector podrá sumergirse en artículos esenciales como ¨La paciencia¨, ¨El sentimiento de culpa¨, o ¨La soledad¨.  En otros más reflexivos como ¨La muerte¨, ¨La amistad¨, o ¨La autoestima¨. Y también en artículos que tratan de atravesar la realidad aparente como ¨La despersonalización¨, ¨La desrealización¨, o ¨El destino¨.

Reflexiones que nacen de un sentimiento de búsqueda y de la propia experiencia, con el fin de arrojar luz y facilitar, en lo posible, el sendero a todo aquel que sienta una llamada hacia la indagación.



    ¿Deseas un ejemplar con dedicatoria personalizada?
    Ponte en contacto: raulyogos@gmail.com








jueves, 23 de abril de 2015

Los estrechos puntos de vista.

    Todos nos basamos en inclinarnos en opiniones, clasificar situaciones y hacer comparativas. Nuestra base de entendimiento y captación permite elaborar una demarcación ante lo que acontece y, desde ahí, elaborar un posicionamiento firme y determinado.

    Es entonces cuando nos aferramos a puntos de vista, preferencias o creamos distanciamiento mediante el rechazo. Pero a veces todo lo que consideramos creer, todo lo que damos por hecho, todo el conocimiento que damos por sentado, no es más que un margen que separa y llega a distanciarnos de un entendimiento más amplio y panorámico. Nuestro saber abarca hasta un punto y depende de nuestra actitud el querer ampliarlo. Para ello debemos estar en apertura, dispuestos a soltar todo aquello que creemos ser lo que nos sostiene y define. Es reciclar continuamente nuestros patrones de comprensión y lanzar unas miras que abarque hasta el infinito.

 Si no, de otro modo, se van coagulando y petrificando todo aquello que en su momento pudo haber tenido su validez. Pero todo es fenoménico y transitorio (no irreal), e incluso nuestro punto de vista en un momento determinado puede haber alcanzado su fecha de caducidad.

    También entran de lleno los contextos, pues ese decorado permite rellenarse con nuestras preferencias e ideologías. Y cómo no, nuestro estado de consciencia, pues es lo que determina la discriminación de los hechos y sus consecuencias.

    Discernir no es fácil, y menos cuando estamos apegados a estrechos puntos de vista. Son estos una parcela en la que nos sentimos familiarizado y seguros, y creemos coger en ella con nuestra personalidad configurada en sus creencias.

    Un punto de vista erróneo no tiene más consecuencias que la posibilidad de ser cambiado, pero su apego desmesurado es lo que hace sacar lo peor de una persona.

    Ideologías, creencias, dogmas, clichés, y un largo etcétera, han cambiado siempre la historia de la humanidad. No mirar más allá de un estrecho punto de vista, es estancarnos en un sitio que no ofrece una visión más ampliada, y con ello, la posibilidad de manejarnos con más variables que determinan razones, consecuencias o vislumbres.

    Nuestro grado de lucidez también repercutirá en ampliar la periferia de nuestros amasijos de conceptos, juicios y prejuicios. A veces se derretirán; otros, se solidificarán, porque se reafirma más su fuerza y hacemos todo lo posible por sustentarlo.

    No salir de los estrechos puntos de vista es como no actualizar nunca un reloj. El tiempo se queda detenido, la vida se mantiene en pause, y nuestra capacidad de entender se acoge y no se suelta de la solidificación en nuestra postura. Abrir la mente no significa perder nuestros valores, ni la ética, ni destruir nuestras consideraciones. Pero sí es dejar correr el río de las opiniones y fluir con ellas sin sujetarnos siempre a la misma rama, porque esta puede quebrar y el curso de los acontecimientos nos terminaría por arrastrar sin tener más alternativas donde sujetarse.

    Hagamos por ampliar el horizonte, humildemos nuestras opiniones, relevemos lo que creemos es fijo e inamovible. La vida abarca mucho más de lo bueno y malo, lo bonito y lo feo. La comprensión no tiene límites, no es raciocinio únicamente, es también existencial, y su lenguaje escapa de lo meramente racional.

    El punto de vista que solamente es estrecho, debe derrumbar sus barreras para oxigenar y dar paso a otro tipo de percepciones, pero nuestro desconocimiento que genera una ignorancia que además es atrevida, no intuye ni por asomo.

    A veces es la propia vida, la que con sus adversidades, nos otorga la lección. A veces son las contrariedades las que nos hacen descabalgar de nuestro ego "sabelotodo".

    No esperemos a que una situación cataclismal nos derrumbe para volver a edificar. Tengamos una actitud de buen anfitrión para recibir opciones y posibilidades que hasta ese momento obviábamos por completo. Es un gesto de grandeza, de sabiduría en potencia, de salud emocional y de psicología sana que se actualiza por sí misma.


    Examinemos lo que escapa a nuestras manos y también lo que podemos controlar, y con todo ello, expandamos nuestra consciencia para eliminar fronteras y que pueda abarcar dimensiones que no vemos por estrechez de miras, y sí en cambio, con apertura mental.
 

jueves, 26 de marzo de 2015

La autoobservación.

 
Existe una capacidad derivada de la atención, que nos permite desplegar en todo momento unas miras hacia nosotros mismos.
    Es la autoobservación una acción que permite direccionar una visión que redirige una y otra vez a nuestro mundo interior, psicológico, y a nuestras reacciones más íntimas y personales
    La aotoobservación es el mantenimiento de una mirada que nadie puede jamás captar, clavada en nuestro núcleo más profundo para revelar y detectar todo lo que se va generando sin que nos pase desapercibido o se produzca a espaldas de nuestro estado de consciencia. Autoobservarnos es una ejecución individual en la que nadie jamás nos puede reemplazar.
    Uno puede observar a otra persona, como puede también analizarla y estudiarla, y a través de todo ello, sacar una conclusión clara, pero aún no existe una radiografía que permita ver cómo realmente se siente una persona.
    Autoobservarnos es la herramienta práctica del autoconocimiento. Es conocer al conocedor, indagar en quien indaga. Sin la autoobservación no hay posibilidad de detectar todo el amasijo de emociones que nos toman o las distintas reacciones que nos sacan de nuestro eje. La aotoobservación no puede ser una acción mecánica, porque precisamente rompe el automatismo para observarnos, y de esa manera, comenzar a dejar cierta distancia con todo aquello que creemos que es sumamente esencial en nosotros, cuando en realidad son capas y capas de personalidad creada.

    Esa indagación en primera persona nos permite atestiguar para detectar y, con ello, modificar o enfriar actitudes o emociones que nos friccionan y entorpecen el crecimiento interior. Si damos la espalda a la posibilidad de autoconocernos, viviremos únicamente para un yo superficial, prestado, centrifugado y desinflado de una esencia que no advertimos. La aotoobservación no debe ser obsesiva ni que nos sirva para coercitarnos, autoreprocharnos o sumar más caos en nosotros. Tampoco para obsesionarnos ni convertir la observancia en un juez refractario de toda nuestra composición anímica y psicológica.
    La autoobservación debe ser como una flecha de dos lanzas; una que apunte hacia afuera, y otra, hacia los adentros. Su alcance nos debe situar en un puesto de testigo que mira pero no se implica. Ve, pero no reacciona. Modifica, pero no se violenta.
    Sin autoobservarnos, se alimenta la tendencia a ser más mecánicos, pues no se implica una atención que detecte los automatismos que nos condicionan. La importancia de autoconocernos es vital, y el primer inicio es la autoobservación. Es el  preliminar para extraer un conocimiento de primera mano de nuestra configuración albergada por deseos, temores, inclinaciones, rechazos, apegos... Es el primer paso para evaluar, corregir y transformarnos. Dará pie a ver un comportamiento espontáneo que muchas veces no sale a la superficie, pero que anida en lo más visceral de todos nosotros. Nos permitirá, una vez detectemos distintas reacciones, a comenzar a distanciarnos con una acción pasiva, sin luchar, sin sumar más conflicto a nuestro lado más destructivo, para ir accediendo a una fragancia solapada de personalidad, útil en muchos contextos, pero insuficiente para autodesarrollarnos.
 
Esto no significa luchar por no ser nosotros mismos, sino ser más conscientes, estar más alerta y comprendernos. La aotoobservación se convierte en una introspección sana, lejos de la egocéntrica, desplegando atención y aprendiendo a diferenciar la posible reacción que podamos tener, de lo que es una respuesta viva a lo acontecido. Al principio es una llama muy débil, pero con la práctica va ganando en intensidad. El ejercicio más directo es la meditación sentada, pero después se debe hacer extensible a cualquier escena de la vida diaria.
    La autoobservación da paso al autoconocimiento, y éste permite el autodesarrollo. A medida que captamos y comprendemos las leyes que rigen nuestro universo interior, estaremos más capacitados para entender todo el entramado exterior envuelto en su propia dinámica.
    El buscador sabe que para conocerse debe observarse previamente. Sin ese ejercicio directo vive de espaldas a sí mismo, dejando escapar toda una cantidad de información que sólo él mismo puede recopilar, y posteriormente transformar.


    El autoconocimiento no es dentro de unos años, ni los logros ni lo adquirido. Comienza ahora, en este instante, y el canal de transformación es la aotoobservancia, que derivará con ello un acercamiento más profundo a nuestra propia esencia.