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domingo, 31 de julio de 2016

La angustia existencial.

A veces la existencia parece convertirse en un teatro donde uno no sabe qué función tiene que representar. Lo que entendemos por vida, va cogiendo forma de embudo hasta dejarnos aprisionados por completo. Es ésta una sensación de angustia interior donde el mismo hecho de existir ubicados en un plano vivencial sin capacidad de elección o escapatoria, despierta en el sujeto una ansiedad indescriptible donde un argumento racional no dispone de su propio renglón para ser depositado.

    Entonces no hay un foco, un objeto o un síntoma en sí al cual atajar la displacentera sensación angustiosa. Es el propio hecho de existir, el simplemente sabernos vivos junto al misterioso juego de la vida lo que puede llegar a despertar autentico pavor en quien lo experimenta. Es cuando el propio océano que da de respirar al pez, se convierte en una angosta pecera de la cual toma abrupta consciencia.

    La mente parece llegar a un límite en el que parece toparse con un muro que no puede derribar para ver qué hay más allá. Es el bloque de lo ignoto, la configuración de lo incognoscible. Pero la desazón que le despierta ¨conectar¨ con esa realidad subyacente, y no aparente, hace que su ser se constriña y aleje del núcleo que permite emanar la vida. Esa diferenciación y separatividad fragmenta la integración del individuo. Su ser se vuelve pedazos, su esencia se diluye entre el polvo de sus propios escombros. Ya no hay capacidad de asirse.

    Cuando se experimenta la angustia existencial, la vida ya no es sólo misteriosa y enigmática, sino que despierta miedo y parálisis. Es como si por momentos fugaces pero muy intensos, pudiéramos asomar la cabeza hacia algo más real de lo que entendemos como tal. Es la sensación de caída libre hacia lo más abismal de uno mismo, y en donde la percepción común ya no nos sirve para poder agarrarnos.

    Lo que hasta ahora entendíamos por vida se convierte en una gran mentira. La realidad pierde consistencia, el envoltorio empieza a romperse y ante nuestros ojos parece que la película en la que estamos inmersos fuese a dar los créditos finales. Se percibe una falsedad sobre lo constituido, una puerta entreabierta hacia una realidad desconocida pero que está ahí, pero sin una sustentación que pueda ser verificable.

    Quien percibe también nos da la espalda, el yo se inmola, se ausenta, se desvanece sin que podamos acogernos a nuestra identidad como vía de fiabilidad. La existencia entonces nos mantiene secuestrados en una dimensión en el que parece que detectamos sus márgenes divisando un límite que no podemos traspasar. Entonces el sinsentido lo percibimos como agresivo, golpea la cognición, destruye el raciocinio, aterra con su sola presencia y desbanca cualquier intento de acceder a la ¨normalidad¨.

    La conciencia parece desprogramarse y desajustarse; no encuentra la salida del backstage al que ha accedido y se genera la sensación de cortocircuito. Las preguntas golpean. ¿Y ya está? ¿Esto es todo? ¿Es que no hay más? Y en ese cuestionamiento la percepción irrumpe como un cataclismo sobre uno.

    Es como querer traspasar una puerta prohibida, conocer de primera mano el misterio en el que estamos incluidos, todo ello sin una autorización, como si la existencia nos dijese: ¨¡Ah no! Tú no, no vas a llegar a donde no ha llegado nadie¨, y se nos devolviera a la antesala, a la función donde estamos obligados a representar nuestro papel. Al percibir la totalidad de ese modo, todas las estructuras egóicas se desintegran, el yo que conocemos se derrite, y el ser que creemos sentir pierde su puesto dejándolo hueco y ausente.La zozobra nos abraza, nos envuelve en ese saber que algún día alcanzaremos la finitud.

    Entre nosotros y la realidad parece haber una pantalla proyectando una película de la que no podemos salir. La interrogante aplasta como un devastador tornado que pasa por nosotros llevándose consigo aquello que parecía consistente.

    Pero una vez pasa el ciclón, comienza de nuevo el reajuste, la construcción de nuevo de uno mismo conllevando una integración en esta dimensión de vida. La angustia, que parece inacabable e infinita, debe ir dejando paso a algo más allá que una experiencia aterradora. Puede ser fácil caer en lo banal, en los entretenimientos, en realizar más actividades e incluso en las adicciones. Al principio parecerán calmantes que nos sacan del infierno que parecemos estar viviendo, pero al final no habrán sido sino que escapes fugaces para no enfrentar la inquietud de saber quiénes somos y qué sentido tiene todo esto.

    Entonces hay que regresar de nuevo, volver de ese viaje sin brújula que es la angustia, incorporarnos después de habernos asomado al abismo que trató de engullirnos. Necesitamos divisar de nuevo la orilla en mitad del océano, reconstruir lo que parece haberse disuelto. La angustia que no  todo el mundo percibe ni experimenta, deber ser una motivación y darle un carácter transformativo. No podemos quedarnos indemnes observando nuestro interior fragmentado, no podemos dejar caer en terreno fértil el sentimiento de tan angosta dimensión.

    Sobre el mismo debe florecer otro tipo de comprensión, de entendimiento, de sensibilidad. El yo del que parece habernos quedado huérfanos debe volver a cimentarse pero desde otro enfoque, otra óptica, otra manera de sostenerse, ya que el ego, la identidad permanente que creemos ser, la identificación del yo que parecía ser invencible, no nos ha servido de nada. Se esfumó, se desvaneció entre la neblina de la confusión. No pudimos agarrarnos a él como una rama fiable; quebró, y con él se despedazó todo lo que parecía que creíamos que daba sentido. Entonces más allá de las apariencias comenzamos a denotar lo insustancial, lo impermanente de los fenómenos (incluida dicha angustia), la ausencia de una yoidad fiable, la percepción de que nuestra identidad no es fija e inamovible, sino transitoria e inconsistente.

    En esa especie de ¨nadas¨, de vacuidad que nos disuelve, debemos empezar a rellenarlo con nuestro sentido. Las interrogantes deben dejar paso a las exclamaciones, la angustia a la relajación, la incertidumbre de no saber a bucear en el mar de lo misterioso. Podemos llegar a sentirnos afortunados habiendo cruzado la angustia existencial (difícil de creer ¿verdad?) porque nuestra visión del Todo se ha ensanchado, ha ido más allá de la panorámica corriente y ha atravesado la cortina de lo común.

    Entonces comienza una reconciliación, incluso un estado de profunda gratitud. Comenzamos de nuevo a amigar con aquello que nos producía enemistad, comenzamos a asentarnos con aquello que nos provocaba desestabilización. Entonces todo lo que te envuelve y rodea comienza a recibirte, vuelves a abrirte a ello. Ya no eres un extraño en este escenario de obras inconclusas que es la vida, la existencia te acoge como el hijo pródigo que quiso aventurarse y echar la mirada más allá. Pero la existencia no hace concesiones y te limita el paso (eso parece) para no saber más de la cuenta. Entonces recibes la invitación para vivir el misterio, no para resolverlo; para adentrarte en lo desconocido sin cargar con tantas preguntas, viviendo y viviéndote, y entonces la vida se regocija ante tu presencia, los pájaros cantan más fuerte, los árboles te reconocen al pasar y asientan.

    Este nuevo renacer da paso a otro enfoque, quizás menos negativo para entendernos, pero tuvimos que atravesar el túnel. Ya no se trata de ¨adónde vamos¨ o ¨de dónde venimos¨, sino quiénes somos en este momento. Lo metafísico se echa a un lado para que podamos zambullirnos en la corriente de lo común, apreciando la sencillez, lo cotidiano, haciendo de lo más pequeño lo más grandioso, y con ello, accediendo de nuevo a integrarnos a la vida que no es sin que seamos, fundiéndonos en un fuerte abrazo sin límites y agradecido.

    La angustia deja paso a un florecimiento de realización, donde uno vuelve a coger las riendas para confiar en la existencia en completa apertura y con un especial tipo de agradecimiento que vibra en lo más profundo de nuestro interior.







 

domingo, 22 de noviembre de 2015

La hipocondría.

Dentro de los estados de neurosis, existe uno muy llamativo denominado ¨Hipocondría¨. Puede llegar a ser una enfermedad obsesiva que, paradójicamente, surge del miedo a estar enfermo y donde la persona comienza a presagiar y a infundirse temores sobre su salud.

    Presupone que algo no va bien y anticipa un deterioro de enfermedad catalogándolo de calamidad. Todo puede comenzar con una pequeña hipótesis, una teoría por evolucionar, una breve idea de lo que está por llegar y acabar la persona por convencerse a sí misma de que contiene un mal de salud que ya no se puede remediar. La pequeña suposición acabar convirtiéndose en una sospecha continua que va quedando en el trasfondo de manera residual sobre la cotidianidad del día a día. Acaba enquistándose y petrificándose como un pensamiento fijo volviéndose un eje central a medida que se van sucediendo los acontecimientos.

    Esa tortura de no saber a ciencia cierta si uno está enfermo pero acabar convencido de ello, roba frescura, vitalidad y ensombrece el ánimo. Es la etiqueta invisible que lleva el hipocondríaco colgada a todas partes, es la posibilidad aún no materializada en un diagnóstico por realizar. La imaginación se desborda y se pone al servicio de la ¨terribilidad¨. La vida ya no parece tener ningún sentido estando desarrollando una enfermedad, y se convierte lo que queda por vivir, en un tránsito a la espera del proceso del padecimiento. << ¿Para qué voy a disfrutar si seguramente estoy enfermo? >>. Se repite una y otra vez el hipocondríaco.

    Todo comienza con el menor síntoma. El sujeto se informa de cualquier indicio de enfermedad, trata de anticiparse y acaba atando cabos hasta llegar incluso a experimentar en su cuerpo los presagios amenazantes. Puede llegar a convertirse en algo muy perturbador, en una conducta en la que la persona acaba atrapada y no puede salir sólo por el simple hecho de proponérselo. La preocupación se va enraizando y cualquier mínimo dolor, cualquier erupción en la piel, cualquier contacto con agujar u objetos de vías de transmisión, cualquier gesto en el rostro del doctor, todo ello, se vuelven detonantes que despiertan el miedo atroz a una enfermedad que pudiese estar en latencia.

    El desarrollo vivencial se vuelve, pues, en una cuenta atrás hasta el desenlace final. Vivir se convierte en la oportunidad perdida que fue robada por una supuesta enfermedad. Es el no retorno hacia un estado de salud que diese por merecido el derecho a ser feliz. Pero el hipocondríaco que se pone siempre en el peor de los casos, convierte la enfermedad en la mayor catástrofe que le pudiera suceder. Siente que ha quedado huérfano de plenitud, ningún instante merece ser completado de satisfacción siempre y cuando perdure la duda y ensombrezca la sospecha con su acto de presencia. Es un temor camaleónico que se reviste de cualquier momento y circunstancia.

    Si el hipocondríaco se viese desde fuera, se echaría a reír, pero inmerso en su prisión psicológica, lo que siente y experimenta no le saca la más leve sonrisa. No se trata con ¨no lo pienses¨ o ¨vive la vida¨, como seguramente le aconsejen en su entorno. Cuando el miedo se retroalimenta sobre una enfermedad, la sensación no es sólo mental, sino que impregna el cuerpo, los órganos, se adhiere convirtiendo el esquema corporal y el sistema orgánico en una caja de resonancia donde retumba una y otra vez el eco del aviso del desorden o malestar.
 

  Ante el augurio hipocondríaco se deben razonar varios aspectos. El primero a nivel interno, es decir, de dónde proviene realmente la actitud alarmante. Quizás hay condicionamientos o improntas que quedaron en nuestras retinas y que despertó un pavor en nosotros. Quizás la idea de no ser merecedores de nada bueno y que estamos condenados a un mal mayor. También puede existir un sentimiento de culpa derivado de haber convivido con alguien con una larga enfermedad o haber visto morir a personas cercanas. También el no haber cuidado la salud o haberla puesto en riesgo, y con ello, esperar una sentencia diagnosticada.


    Otro aspecto a razonar o comprender, es el factor externo a convivir con una enfermedad. Si a un enfermo real le contasen la experiencia de un hipocondríaco, cuanto menos soltaría una carcajada o puede que le diese una lección de superación personal y de encarar la adversidad. Era el sabio Ramana Maharshi quien decía: <<El cuerpo ya es en sí la enfermedad>>. En efecto, donde hay cuerpo ya existe la enfermedad. Él mismo tuvo cáncer de brazo y no perdió su talante equilibrado. Y es que enfermedad y salud son dos caras de la misma moneda en donde
Buda también declaraba que nadie escapa a la enfermedad, vejez y muerte.


    Nadie, absolutamente nadie, está excluido. Por eso hay que hacer un gran trabajo de aceptación y fluidez con esa incertidumbre, e incluso es más, si no hay nada que realmente lo diagnostique, poner la mente a nuestro favor trabajando el contra convencimiento de que estamos sanos (aunque un hipocondríaco pensará que las pruebas hechas son fallidas o que ha habido un traspapeleo de resultados) y que sentirnos bien y plenos viene derivado de que pongamos los medios emocionales adecuados.

    Si la enfermedad llega, se despertaría un reto, que es el de estar sanos y recuperar la salud o vencer la enfermedad. El reto sería también en convertir el recorrido de lo que nos quedase de vida en instantes plenos y felices. Nada fácil, pero debemos reconducir actitudes y puntos de vista porque en el peor de los casos, todos tenemos recursos que desconocemos por completo. Incluso aceptar la muerte, que será siempre el desenlace final, puede eliminar esa carga excesiva de temeridad, ya que de esta vida con tanta demanda de salud, nadie saldrá viva.
    La hipocondría puede ser tratada por grandes profesionales, pero no para convencerlas de que no tienen ninguna enfermedad, sino para hacerles ver que en el caso de tenerla pueden ser plenos, felices y completos.

























sábado, 22 de septiembre de 2012

El sentimiento de finitud.

    El ser humano puede alcanzar grados profundos de percepción, entre ellos se sitúa como de los más teméricos el de finitud.

    El estallido abrupto de esa concienciación, permite al sujeto identificar el final de un recorrido al que está abocado a transitar. Se percibe un sentimiento envuelto en verdad, donde la indiferencia queda ausente por el zarandeo de la inexorable realidad. La mente queda paralizada, pues ante ese encontronazo con el punto donde se clausura nuestra existencia, la lógica y los razonamientos quedan silenciados ante el tsunami demoledor que ofrece nuestro plano de vida.


    Hasta ese momento, la vida acaparadora nos muestra una alfombra roja extendida hasta el infinito. El mañana está alejado de nuestro presente. Nuestra extinción no está incluida en el programa de actividades existencial. Tenemos la creencia errónea de que son los demás los que van quedando atrás. Vivimos con la creencia autoimpuesta de eternidad perdurable en nuestra manifestación como seres humanos.

    De repente se produce una fisura que permite detectar que todo ello no es así. Nos alcanza la brisa de una realidad a la que no podemos escapar, con sus leyes y con sus rígidos sistemas de dinamismo. El instante alcanza eternidad, no por su durabilidad, sino por su profundidad ante el encuentro cara a cara con un sentimiento que detecta un margen hacia lo lejos. La mente queda bloqueada, inoperable e inutilizada, porque su mecanismo de espacio/tiempo queda reducido ante la inmensidad de lo finito. La mente divisa el precipicio, el borde del acantilado. Habrá un punto en el final del camino en el que se enfrentará al acceso hacia lo Inmenso. Sabe que llegará un momento que no pueda dar un paso atrás, y que los ya dados, no podrán volver a ser utilizables.



    Esta comprensión puede paralizar, pero también nos puede activar. La mente deja paso a otro enfoque, a otra percepción. Se desarrolla una intuición que para nada debe ser inclinada a la lamentación ni al flagelo interno. Se debe utilizar esa comprensión de nuestra última actuación para poner los medios que nos mejoren bienestar interior y toda clase de utilidades para nuestro crecimiento emocional y mental. También el recordar que no somos eternos ni inmortales nos debe servir para hacer de cada momento una firma en nuestra representación vivencial.


    Estamos inmersos en una vida que tiene un principio y un fin. Por mucho que nos guste o no, que nos aterre la idea o no, esto es así. El desenlace no nos debe obsesionar ni mucho menos, pero de lo que trata este artículo es de la manera en la que, a modo de destello, se puede experimentar dicha observación de nuestro principio de finitud. Éste nos debe servir para aumentar la capacidad de mejora, ya que el tiempo del que disponemos en vida debe ser instrumentalizado para, como en un cuenco vacío, llenarlo de nosotros mismos. Así la vida no se convierte en un camino recto monótono. Todo es exprimido.
    La vida exterior se convierte en un juego, un gimnasio donde ponernos a prueba; la vida interior en un encuentro con nuestra esencia, lejos de las capas adquiridas de la personalidad. Todo adquiere otra tonalidad, otra intensidad. Y en ese disfrute, en esa satisfacción, la finitud se vuelve un misterio que explorar. Entonces nuestra extinción no es un punto y aparte, no es un párrafo descolgado. Es el acercamiento a un misterio en el que la carga de material o de conocimientos no permite su acceso.



    El buscador trata de comprender, sin la ayuda de la mente intelectual, el principio al que estamos abocados de finitud. Lo emplea para saber de su paso por esta existencia y no caer en la creencia de que dispone de toda la vida, sino que es la vida de la que dispondrá de él y que si emplea el tiempo otorgado,  se dejará impregnar por la fragancia que en sí mismo se haya despertado.








domingo, 14 de agosto de 2011

El destino.

    ¿Qué es el destino? ¿Es un camino ya instalado que sólo consiste en recorrerlo, o un camino que creamos a cada paso? ¿Libre albedrío o determinismo?
    Todos estamos inmersos en una corriente empujada hacia una dirección, pero ésta a veces ofrece alternativas o desvíos que escapan a nuestra comprensión. Querer profundizar en ello es afinar la agudeza de la atención, para no dejar escapar ninguna pista que deje al descubierto, el posible mecanismo que permita orientarnos hacia lo que consideramos que es bueno para nosotros. En ese momento, todo puede tener sentido, o quizás tendrá el que le demos nosotros.

    Si todo está determinado, en cierto modo es una imposición, pues no hay posibilidad de elección, ya que todo está supeditado a un orden superior. Si fuera así, habría que desarticular cuáles son las reglas del juego y predecir cuál es el sendero ya marcado, para adelantarnos a los sucesos que puedan producirse.
 ¿Qué o quién regiría esas pautas? La respuesta está oculta en el mundo de lo ignoto; lo cierto es que tendríamos que manejarnos con esas reglas para sincronizar más con las pruebas que se van presentando, y así no perder la sintonía que nos hace fluir con los acontecimientos. Habría que detectar cuáles son verdaderamente nuestros objetivos y nuestros potenciales, pues como en un juego, éstas serían nuestras cartas, y deberíamos elegir con certeza en que momento arrojarlas.
    Si todo está ya organizado, queda poca capacidad de acción, pues incluso la que realizáramos ya estaría predestinada. Y si aun descubriendo la manera de acoplarnos a ese ritmo, desistiéramos de hacerlo, también entraría dentro del marco de lo determinado.

    Otra posibilidad es el libre albedrío. Sería no estar sujeto a ninguna ley invisible, y desenvolvernos de una manera individual en un escenario que no esté compuesto de una observación que dicte nuestras conductas.
    Todo cabe en el libre albedrío, no hay represalias futuras que evidencien nuestras faltas, no hay un equilibrio aparente que pretenda corregir una y otra vez hasta dejarnos situados en nuestro sendero correspondiente. El libre albedrío representa la individualidad de cada ser dentro de un colectivo, y el manejarse con esa libertad, implica un miedo inherente que, a través de los siglos, se ha visto solapado por toda clase de inclinaciones soteriológicas.
    El libre albedrío puede producir indignación, pues lo que muchas veces consuela en un mundo despiadado es que al final la persona malevolente purgue sus faltas en presencia de un régimen superior y, en cambio, la persona de acciones nobles, estará condicionada por la retribución de sus buenos actos. En el libre albedrío se debe potenciar la responsabilidad, porque sin ella, la libertad se convierte en libertinaje.

En el libre albedrío también hay cabida para la evolución, porque por ejemplo, si venimos al mundo con ciertos rasgos de carácter que imposibilitan nuestra relación con los demás, eso estaría determinado, pero si lo modificamos a través de nuestras conductas, estaríamos manejándonos en el libre espacio para nuestro favor y el de los demás.

    De ahí que para muchos sabios, yoguis y gente realizada, el destino sea como un río que fluye y en el que estamos inmersos. El río empuja hacia adelante, eso está determinado y no tenemos elección. Luego inmersos en la corriente podemos optar y decidir nuestro avance, fluir a la velocidad de la corriente, o sin embargo, resistirnos en la misma. De ahí que en la vida cotidiana experimentemos ir a contracorriente y perdamos la sensación de rumbo. A veces, la fluidez es más lenta, otras, mucha más acaudalada; de ahí que nos pille por sorpresa y sintamos el agua hasta el cuello. Nosotros optamos a veces por bucear, sumergirnos en lo más profundo, ver sobre qué se mantiene todo, de ahí que por instantes nos separemos del resto. Otras, nos impulsamos hacia arriba para ver hacia dónde nos dirigimos y captar una visión más panorámica de todo el asunto, ahí estaríamos sacando pecho. Todo un mundo de opciones que se van abriendo a cada instante y que se van entrelazando entre sí, para con su consecuencia, deliberar un resultado a nuestro favor o en contra.
    Pistas que se van presentando y a lo que Jung llamó ¨Casualidades significativas¨, y que se funden en el inconsciente colectivo.



    Cabría observar dentro de la particularidad del destino, la gran necesidad que experimentamos de exigir seguridad en un mundo donde nada es seguro, excepto la inseguridad. Esa demanda puede anestesiar el desarrollo de la intuición y el manejo con la misma, perdiendo el potencial de desenvolvimiento en el plano vivencial de cada instante.
    Hay que aprender a manejarse con la imprevisibilidad, pues siendo el destino determinado o no, se ejecutará sin previo aviso y nuestra capacidad de elasticidad en los acontecimientos hará que no quebremos frente a ellos.
                                         
    En la vía de la búsqueda y realización de sí, el destino abruma por su capacidad de ser escurridizo y sentirnos siempre con las manos vacías, dejando a veces entrever destellos de orientaciones, y otras, sin embargo, sumiéndonos en una oscuridad absoluta en la que nos sentimos absorbidos por completo. Sea como fuere, no debería ser: ¨¿por qué estamos aquí?¨, sino ¨ya que estamos aquí¨, y hacer del destino un inquebrantable aliado, pues aun con sus caprichos, siempre nos tiende algún recoveco para no estancarnos.




lunes, 25 de julio de 2011

La muerte.

     La muerte ha sido, es, y será, el mayor misterio jamás vivido por nadie. La muerte conlleva el recordatorio de finitud, y ante ella, como diría Buda, todo palidece.
    Ante ella no hay distinciones, todos somos iguales y hacia ella nos dirigimos. Nadie la vence, sólo por capricho te  deja tu vida de ventaja. Es la aduana hacia lo desconocido, es el paso fronterizo o el final de un recorrido, y ahí la mente se golpea contra el muro de lo incognoscible.

     La muerte no puede ser comprendida mediante racionalizaciones ni especulaciones, sino mantener el recordatorio de que ésta llegará dejando cosas sin terminar, palabras sin pronunciar y vivencias sin experimentar. Ese recordatorio hace que no caigamos en sus engaños que son: ¨Los demás son los que mueren¨ y ¨Cuando muramos siempre será mañana, nunca hoy¨.
     Vemos en lo demás la muerte como algo ajeno a nosotros, como algo que siempre sucede de miras al exterior. Pensamos (sin que nadie nos diagnostique lo contrario) que la muerte está muy lejos y que ni siquiera ha reparado en nosotros, que nos ha excluido de su programa de actividades. Tomar conciencia de que en cualquier momento se puede presentar no es obsesionarse por el tema ni recrearse en pensamientos mortificantes, sino avivar la llama que se mantiene encendida para vivir con mayor plenitud cada instante.


         
    Para aprender a morir, primero se debe aprender a vivir. Cara a cara con la muerte sólo nos encontraremos con nosotros mismos, y ahí veremos en que hemos invertido o en que nos hemos convertido. Jerarquías, posesiones, estatus ¿dónde quedan ante la muerte? Queda todo en la antesala, pues hay que pasar desnudos y sin lo que apoyarse. Atrás habrá quedado todo con lo que nos identificábamos y tendremos que soltar todo aquello en lo que nos reflejábamos. Ante ella, al igual que en un paredón, todos tenemos el mismo valor y eso debe humildarnos. ¿Realmente es miedo a la muerte o a perder lo que conlleva con la misma?

    Nadie puede morir por nosotros. Es algo que nos concierne de forma individual. Aun en el caso de que varias personas muriesen a la vez cada uno lo haría en su propia vía de muerte.
    La muerte no sólo afecta a la persona que desencarna, sino los que quedan en vida, pues uno de los sufrimientos más profundos es el de la perdida de un ser querido. Cada persona tiene su propia manera de vivenciar su duelo, más allá de petrificados convencionalismos y patrones morales, pues el dolor será vivenciado por uno, aunque los demás se empeñen en acompañarnos en el sentimiento. Las personas que quedan se enfrentan a la gran tarea de aceptar lo inexplicable y de ir, poco a poco, incorporando esa ausencia en sus vidas cotidianas. Asumir la muerte de una persona afín no es fácil, pues se necesita una gran dosis de aceptación y ecuanimidad, rota en la mayoría de los casos por el shock adicional y el estado de aturdimiento que provoca en nosotros asistir a la bajada de telón, en la representación final, de una persona allegada.      

    La muerte puede tener su lado constructivo aunque no lo creamos, pues ese recordatorio es el que nos debe motivar para hacer de nuestro recorrido una senda y un instrumento constante de aprendizaje. Que haya algo después o no debería ser lo de menos, pues lo que realmente hay, es lo que debe ser vivido. Dependiendo de cómo hayamos instrumentalizado el recorrido estaremos más capacitados, para como un buen anfitrión, recibir la muerte como una parte más de nuestra circunstancia vital.
En la antigüedad los buscadores espirituales utilizaban métodos de alquimia para alargar la vida, pero no por apego a la existencia, sino para disponer de un tiempo extra en el que autorrealizarse. Esa actitud de aceptación es la que libera de ese miedo inherente a la última exhalación.

     
    El buscador trata de no perderse en teorías referentes al abandono de la envoltura carnal a la que pertenece y al plano fenoménico en el que se desenvuelve. Trata, en cambio, de utilizar el recordatorio de disolución para hacer un trabajo interior de desapego, incremento de la consciencia y desarrollo de la sabiduría. Como la ola que acabará fundiéndose en la totalidad del mar, no trata de resistirse ni de defenderse, pues es en la misma inmensidad de la que surgió, donde acabará desvaneciéndose.

    La muerte iniciática ( la que siempre han insistido todos los sabios desde la noche de los tiempos ), es la que se trata de llevar a la práctica, aún estando insuflado de vida. Es morir a cada instante, dejando atrás nuestra petrificada psicología, renaciendo a cada momento, nuevos, renovados, sin condicionamientos y experimentando la frescura vivencial. Es no acarrear la mente anquilosada. La mente y su charloteo es lo primero que ha de morir, junto con su representante que es el ego, porque frente a la muerte no hay ningún discurso que le haga convencer, ni ningún ego que le haga empequeñecer.
    Esa muerte es la que utiliza el buscador para renovarse a cada momento y la que le sirve de familiarización, para así llegar más integrado en sí mismo a su punto y final de su trayectoria vivencial.