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domingo, 16 de abril de 2017

El coraje.

El coraje es el impulso que nos moviliza a actuar aun sintiendo miedo. Por ello, el coraje, es una palabra de gran connotación, pues a diferencia de la ¨valentía¨, tiene la cualidad de poder transformar a la persona.

    Ser valiente puede implicar la interpretación de estar exento de miedo, pero el miedo a veces es necesario. El coraje es arriesgar yendo de la mano con el temor, porque en cierto modo, el miedo implica un grado de temeridad necesaria.

    Con coraje uno sale de su comodidad, explora lo desconocido, se adentra en lo misterioso. Permite ir con lo que uno es en ese momento, con sus limitaciones e inquietudes, pero con ello emerge la voluntad de dar el primer paso. El coraje no es exponerse a un peligro ni ser un kamikaze, sino que puede abarcar la firme resolución de abandonar los patrones que ya no nos sirven. El coraje de soltar para también agarrar, cambiar para poder evolucionar, despegarse de lo que uno es para volverse a crear.

    La valentía sin más puede estar envuelta de arrogancia, orgullo, altivez o altanería. El coraje es humildad no sometida, es la libertad comenzando a ser esculpida, es el potencial de cada individuo eclosionando en su metamorfosis personal. Sin coraje no hay capacidad de crecer. La persona se encierra en sus limitaciones y está a la espera de que las cadenas que le someten se rompan por sí solas.

    El coraje implica determinación, esfuerzo y dosis de una motivación dispuesta a perder al ¨doble o nada¨ todo aquello importante y que a la vez le esclaviza. El coraje no puede ser algo mecánico; se necesita estar presente. Se involucra entonces la consciencia y se requiere salir del yo robotizado. Es sin duda una fragancia en el individuo que lo puede respirar por sí mismo cuando sus pasos se aproximan hacia un terreno que no conoce, y por el que nunca ha transitado. Es también la rebelión que se va generando en el interior de una persona cuando se siente obligado a transmutarse, a mudar la piel que le asfixia, a renovar su psicología cuando ésta no es fructífera.

    El coraje es un primer acto, lo demás vendrá dado por la circunstancia y los factores, pero lo que está claro es que esa fuerza que emerge de dentro no deja indiferente a quien lo experimenta. Dicho recurso se puede ofrecer cuando la situación es límite o insostenible, o cuando las circunstancias cierran alternativas dejando como única la opción de ser más fuerte desarrollando coraje. Supeditado a la consciencia, no es una reacción desorbitada ni anómala, como tampoco una respuesta vengativa; de hecho, puede aflorar dicha actitud sin hacerla visible a los demás convirtiéndola en un sano derecho a querer salir de cualquier arena movediza en el que se esté atrapado.

    El coraje puede configurarse en base a la necesidad de derrumbar creencias, códigos, estados de ánimo y un sinfín de mecanismos en los cuales denotamos que nos mantienen atascados y empujados por su inercia. Es entonces cuando un ¨no¨ contiene más coraje que ceder a lo que nos repulsa o detestamos.

    En la dimensión espiritual, el coraje es inevitable. La existencia no hace concesiones, no tiene miramientos ni ¨ojitos derechos¨, y la manera de acceder a su núcleo es saltando al océano de la vida. Su acceso no es un camino de rosas, sino un acantilado al que con asomarnos sentimos el abismo que parece engullirnos. Por ello, el buscador no puede recorrer su senda sin desarrollar coraje, porque forma parte intrínseca de su evolución espiritual. La valentía se echa a un lado, porque esa carcasa visible como una tarjeta de visita, queda quebrada ante la decisión de zambullirse al corazón mismo de la vida, sin paracaídas, sin amortiguadores, tan sólo con una esencia que no tiene con qué protegerse salvo su ser real, y para ello, se requiere mucho coraje.

    La existencia nos propone inseguridad; nada es seguro, nada es cien por cien fiable. Y si una de las cualidades más intrínsecas de la vida es la inseguridad, deberemos reunir todo el coraje para poder adentrarnos en el desafío que nos propone. Si no, no hay crecimiento; si no, no hay capacidad de transformación. Todo se vuelve un barrizal que nos va atrapando poco a poco y, el coraje en última instancia, debe resurgir.

    La ausencia de coraje da como resultado un abandono de soberanía en la esencia de la persona. Uno queda al arrastre de la inercia; las riendas nunca son tomadas, las huellas son pisadas por otros. El resurgir del coraje activa un tipo de potencial, crea un anclaje de un yo firme y resolutivo dispuesto a darlo todo cuando la situación lo requiera, sin vacilaciones, sin titubeos, con la sana creencia de que puede darse un paso más.

    Sin coraje uno se convierte en un resultado de contrariedades sin poder remar hacia donde quiere dirigirse. Sin coraje se derrumba las posibilidades, se estrechan los sueños y gana la partida lo que consideramos injusto. Con coraje el ser humano se integra en una interactuación existencial sabiendo tomar el ritmo y ajustándose a su compás.


















jueves, 21 de abril de 2016

La necesidad de conflicto.

En las relaciones humanas parece ser el conflicto una dimensión que se mantiene presente. En su latencia todo va bien, todo fluye y es armónico, pero en su despereza todo se desencaja, todo chirría y nada parece volver a reajustarse.

    El conflicto puede surgir al cruzarse intereses, al chocar puntos de vista dispares, pareceres antagónicos. Es su esfera un marco que representa división, lejanía en las personas, el inicio de confrontaciones. El conflicto puede perdurar o ser puntual, reconciliable o incurable, ser pasajero o permanente.

    Todos tenemos y pasamos por conflictos. No sólo entran en juego los que se reproducen en el marco externo, también están los conflictos internos, los desgarros de dentro. Pero la inclinación al conflicto es algo que merece indagación.

    Hay personas que tienden a agarrarse al fuego antes que esperar a que se apague, y así, la vida se consume en una fuente inagotable de insatisfacción de la que no se es consciente. La externalización en conflictos exteriores no es más que la celebración del conflicto que se mantiene dentro. A veces es inevitable caer en un conflicto, en una discusión, pero otras se torna como una válvula de escape para sacar el malestar de dentro.

    El conflicto externo es la representación teatral de la función escenificada de los adentros, que surge de una retroalimentación de dolor y miedo. Toda la carga de confusión, de sufrimiento, de insatisfacción, de baja estima, entre otras, son las anillas que se tiran cuando provienen circunstancias adversas del exterior. Entonces estalla la bomba de dentro y se vierte en las relaciones, en la interactuación con los demás.

    La necesidad de ese conflicto surge cuando nos hemos identificado tanto en ese mecanismo de dolor que parece ser nuestra verdadera identidad. Como una parte más de nuestra personalidad, buscamos alimento en el conflicto para nutrirlo, para mantener viva esa identidad que se ha ido construyendo en nosotros. Entonces la capacidad de estar en perfecta armonía se corrompe, se disuelve, el malestar se sitúa en primera fila y se manifiesta en la conducta, en la contrariedad, en el inconformismo crónico, en la irritabilidad permanente.

    Todo se vuelve motivo de conflicto, todo merece una discusión, nada escapa sin que se mastique con los dientes del remordimiento. Si no hay conflicto, se busca. Si no hay motivos, se encuentran. Se convierte el exterior, las personas, las relaciones, todo, como una gran confabulación orquestada para hacernos desgraciados. Salen las autodefensas, el ego permanente, la guardia siempre mantenida.

    La necesidad no es sólo en cuanto a discutir con alguien, también hay personas con la necesidad de, precisamente lo que más teme, sacarlo a relucir para roer ese cierto malestar, sentir que hay un motivo que le empuja a ello, y autoconvencerse de su desdicha.

    Por no mirar de frente al dolor, al malestar que está sin drenar, el sufrimiento que tanto queremos evadir, todo nos zarandea y nos acaba atrincherando. Lo que más tememos que se repita, acabamos generándolo a través del conflicto. Lo que más queremos tener lejos, más lo acercamos a través de propiciar el conflicto. Al final el dolor se alimenta una y otra vez, y parece que todo se coordina para nuestra fatalidad.

    Primero, el conflicto debe resolverse dentro. Así, la identidad del dolor no se perpetúa a través del conflicto. Se puede sentir dolor al soltar esa parte nuestra a la que tanto nos aferramos, y empero, comenzamos a ser conscientes de lo negativo que resulta mantener su hospedaje en nosotros. Se requiere también bajo esa mirada de autoconocimiento, no hacer responsables al resto de cómo nos sintamos, y neutralizar de ese modo los factores de discordia.

    Cuando el conflicto es crónico como su necesidad de expresarlo, no es más que el reflejo de un tornado que se crea en un océano agitado de dentro. Son personas víctimas de sí mismas, albergando en ellas una naturaleza de crispación que deroga la verdadera esencia de una personalidad solapada por un manto de ofuscación. El conflicto acaba convirtiéndose en adicción; se necesita del mismo para satisfacer el impulso incontrolado de saciarlo. Se crea en uno una parcela destinada a recrearlos, un área de atención al conflicto, para así, disponer de recursos y poder ser resolutivos con ellos dentro del margen de la contraposición.

    Entonces del conflicto ya no se evade, produce en el sujeto una atracción. Todo es una constante disputa, un reproche permanente, una altura a la que nadie está. Toda comunicación es una intransigencia, un ¨como deben ser las cosas¨ en lo que nada encaja.

    Ninguna armonía de fuera va a resolver la inarmonía de dentro. Por ello, el trabajo debe ser interior para deshacer el nudo de lo conflictivo. Debemos rellenar el vacío que se recarga de debates fuera de tono, pérdidas de maneras, chismes continuados, olfateo constante de disputas.

    Resolver esa identidad desgarradora que busca el enfrentamiento para sostenerse, es soltar una parte que ha secuestrado la que mira por la concordia, la ausencia de problemas, la capacidad de acuerdos, y el afán resolutivo. Surge entonces otro tipo de presencia, sujeta en uno, afincada al ser, y no presta a perderse enseguida en el círculo repetitivo del conflicto. Al ir poco a poco desligándonos de esa emanación de constante dolor, sufrimiento y queja, el conflicto carece de atractivo, deja de ser estimulante, y cuando aparece es como un tren que dejamos pasar porque sabemos que en la mayoría de los casos no nos conduce a nada y crean un campo de negatividad en nuestro entorno.

    Eso no significa evadirlos y evitar mostrar la defensa de intereses lícitos en uno, sino determinar la prioridad de que la paz interior y la dicha no deben de alterarse por participar en rencillas que no nos transforman en nada y que nos desgastan por completo.
 








viernes, 8 de enero de 2016

La acción desinteresada.


 Realizar acciones es inevitable en cada ser humano. Toda acción va ligado a un resultado, a veces buscado, y otras, viene dado por la naturaleza intrínseca de la ejecución.

    Existen acciones muy sutiles como puede ser pensar, observar; otras más burdas, como puede ser empujar un coche. Pero en ambas nos identificamos con el ¨hacedor¨. En ese ¨hacer¨ hay voluntad, intención, volición y deseo noble, pero también puede esconder soberbia, codicia, ambición y egoísmo. Con lo cual no sólo interviene la acción y todo lo que lo catapulta, sino la actitud con la que lo realizamos.

    ¿Qué diferencia, pues, puede existir entre la actitud y la acción por hacer?

    Que nos pueden esclavizar, o no, sus resultados.

    Tu corazón late sin que se lo pidas, pero no clama que se lo agradezcas; tu respiración natural no precede a reprochártelo en cara. La acción se vuelve natural. Pero puede surgir el sentimiento de posesión respecto a la acción ¨yo lo hago¨, y sucede entonces que no sólo es lo que pueda derivar esa acción, sino lo que nos apegamos al resultado. Si éste es favorable nos sentimos dichosos; si no lo es, defraudados y frustrados; pero en ambos polos dejamos de lado nuestro núcleo central de ser.

    Es el afán de dar un sentido al acto lo que nos arrastra obsesivamente al resultado. Sería demagogia expresar que cuando realizamos algo no buscamos una obtención, es decir, si bebemos agua queremos eliminar la sed, pero de lo que se trata es de investigar en cómo aflora y repercuten ciertas tendencias individualistas, ególatras y personalistas, referente a lo que nos incita a la hora de realizar una acción.

    Por ello, la acción desinteresada es un gran ejercicio para romper las cadenas del sentimiento de control y posesión. Permite ir derritiendo el mecanismo de ¨hacer¨ por y para algo, y convertir el acto de la acción en una recompensa por sí misma. Pero nuestro lado acumulativo y voraz no termina de entender este término, de hecho, buscará en esta actitud otro tipo de recompensa, quizás el  futuro reconocimiento por parte de los demás de desprenderse de los resultados.

    Se dice que lo importante es participar, pero a veces esta frase llega cuando no se ha conquistado el primer puesto. Antes lo que se escuchaba es ¨¡Tú puedes!¨, ¨¡No has llegado hasta aquí para nada!¨, ¨¡No nos puedes defraudar!¨. ¿Está mal alcanzar o luchar por un primer puesto o lograr el pódium? Igualmente entra de lleno la actitud desprendida hacia los resultados. Puedes quedar primero, valorarlo, no sentirte superior y olvidarte, y puedes quedar el último y generar rencor y culpar a todos los demás de tu derrota. El mendigo puede ser rico y el monarca puede ser pobre.

    Pero mucha parte de ese sentimiento interior de falta de estar completados surge cuando hemos alcanzado una meta, o se crea el miedo a perder algo cuando lo hemos obtenido, por falta de consciencia en su desarrollo y tener en todo momento las miras puestas en la conclusión final del acto. Entonces el ¨hacer¨ es una negociación, pierde su totalidad y entorpece la transformación de la persona. Sólo consigue acumular y acumular actos sin penetrar en una verdadera riqueza que no es la que puede estar por llegar, sino la que viene ligada por el simple placer y disfrute de hacerlo.

    En el yoga esta vía de emplear los actos como entrenamiento y acrecentamiento de la consciencia se le denomina ¨Karma yoga¨. Entonces no sólo hay que retirarse a contemplar o refugiarnos en la soledad del silencio, sino que la vida de cada día, lo cotidiano, todo ello, es un banco en movimiento de meditación.

    La acción y el hacedor se vuelven uno; la expectativa y la conclusión final se funden sin oscilar en extremos de pérdida o ganancia. Por lo tanto, cualquier acto de la vida diaria puede convertirse en soporte meditacional, en transformación espiritual, porque abocados a actuar ¿qué mejor que convertirlo en néctar para nuestra evolución personal?




    En el camino de la búsqueda el desapego hacia los resultados no es significado de que no nos importen o no deseemos que sean favorables, sino que aun sabiendo que hemos hecho todo lo que estaba en nuestro alcance, no disponemos del absoluto control sobre los mismos. Por ello, la acción desinteresada es un noble ejercitamiento de la falta de personalismo en la ejecución de las acciones, y el recibimiento en ausencia de ego como anfitrión de los resultados.