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domingo, 31 de julio de 2016

La angustia existencial.

A veces la existencia parece convertirse en un teatro donde uno no sabe qué función tiene que representar. Lo que entendemos por vida, va cogiendo forma de embudo hasta dejarnos aprisionados por completo. Es ésta una sensación de angustia interior donde el mismo hecho de existir ubicados en un plano vivencial sin capacidad de elección o escapatoria, despierta en el sujeto una ansiedad indescriptible donde un argumento racional no dispone de su propio renglón para ser depositado.

    Entonces no hay un foco, un objeto o un síntoma en sí al cual atajar la displacentera sensación angustiosa. Es el propio hecho de existir, el simplemente sabernos vivos junto al misterioso juego de la vida lo que puede llegar a despertar autentico pavor en quien lo experimenta. Es cuando el propio océano que da de respirar al pez, se convierte en una angosta pecera de la cual toma abrupta consciencia.

    La mente parece llegar a un límite en el que parece toparse con un muro que no puede derribar para ver qué hay más allá. Es el bloque de lo ignoto, la configuración de lo incognoscible. Pero la desazón que le despierta ¨conectar¨ con esa realidad subyacente, y no aparente, hace que su ser se constriña y aleje del núcleo que permite emanar la vida. Esa diferenciación y separatividad fragmenta la integración del individuo. Su ser se vuelve pedazos, su esencia se diluye entre el polvo de sus propios escombros. Ya no hay capacidad de asirse.

    Cuando se experimenta la angustia existencial, la vida ya no es sólo misteriosa y enigmática, sino que despierta miedo y parálisis. Es como si por momentos fugaces pero muy intensos, pudiéramos asomar la cabeza hacia algo más real de lo que entendemos como tal. Es la sensación de caída libre hacia lo más abismal de uno mismo, y en donde la percepción común ya no nos sirve para poder agarrarnos.

    Lo que hasta ahora entendíamos por vida se convierte en una gran mentira. La realidad pierde consistencia, el envoltorio empieza a romperse y ante nuestros ojos parece que la película en la que estamos inmersos fuese a dar los créditos finales. Se percibe una falsedad sobre lo constituido, una puerta entreabierta hacia una realidad desconocida pero que está ahí, pero sin una sustentación que pueda ser verificable.

    Quien percibe también nos da la espalda, el yo se inmola, se ausenta, se desvanece sin que podamos acogernos a nuestra identidad como vía de fiabilidad. La existencia entonces nos mantiene secuestrados en una dimensión en el que parece que detectamos sus márgenes divisando un límite que no podemos traspasar. Entonces el sinsentido lo percibimos como agresivo, golpea la cognición, destruye el raciocinio, aterra con su sola presencia y desbanca cualquier intento de acceder a la ¨normalidad¨.

    La conciencia parece desprogramarse y desajustarse; no encuentra la salida del backstage al que ha accedido y se genera la sensación de cortocircuito. Las preguntas golpean. ¿Y ya está? ¿Esto es todo? ¿Es que no hay más? Y en ese cuestionamiento la percepción irrumpe como un cataclismo sobre uno.

    Es como querer traspasar una puerta prohibida, conocer de primera mano el misterio en el que estamos incluidos, todo ello sin una autorización, como si la existencia nos dijese: ¨¡Ah no! Tú no, no vas a llegar a donde no ha llegado nadie¨, y se nos devolviera a la antesala, a la función donde estamos obligados a representar nuestro papel. Al percibir la totalidad de ese modo, todas las estructuras egóicas se desintegran, el yo que conocemos se derrite, y el ser que creemos sentir pierde su puesto dejándolo hueco y ausente.La zozobra nos abraza, nos envuelve en ese saber que algún día alcanzaremos la finitud.

    Entre nosotros y la realidad parece haber una pantalla proyectando una película de la que no podemos salir. La interrogante aplasta como un devastador tornado que pasa por nosotros llevándose consigo aquello que parecía consistente.

    Pero una vez pasa el ciclón, comienza de nuevo el reajuste, la construcción de nuevo de uno mismo conllevando una integración en esta dimensión de vida. La angustia, que parece inacabable e infinita, debe ir dejando paso a algo más allá que una experiencia aterradora. Puede ser fácil caer en lo banal, en los entretenimientos, en realizar más actividades e incluso en las adicciones. Al principio parecerán calmantes que nos sacan del infierno que parecemos estar viviendo, pero al final no habrán sido sino que escapes fugaces para no enfrentar la inquietud de saber quiénes somos y qué sentido tiene todo esto.

    Entonces hay que regresar de nuevo, volver de ese viaje sin brújula que es la angustia, incorporarnos después de habernos asomado al abismo que trató de engullirnos. Necesitamos divisar de nuevo la orilla en mitad del océano, reconstruir lo que parece haberse disuelto. La angustia que no  todo el mundo percibe ni experimenta, deber ser una motivación y darle un carácter transformativo. No podemos quedarnos indemnes observando nuestro interior fragmentado, no podemos dejar caer en terreno fértil el sentimiento de tan angosta dimensión.

    Sobre el mismo debe florecer otro tipo de comprensión, de entendimiento, de sensibilidad. El yo del que parece habernos quedado huérfanos debe volver a cimentarse pero desde otro enfoque, otra óptica, otra manera de sostenerse, ya que el ego, la identidad permanente que creemos ser, la identificación del yo que parecía ser invencible, no nos ha servido de nada. Se esfumó, se desvaneció entre la neblina de la confusión. No pudimos agarrarnos a él como una rama fiable; quebró, y con él se despedazó todo lo que parecía que creíamos que daba sentido. Entonces más allá de las apariencias comenzamos a denotar lo insustancial, lo impermanente de los fenómenos (incluida dicha angustia), la ausencia de una yoidad fiable, la percepción de que nuestra identidad no es fija e inamovible, sino transitoria e inconsistente.

    En esa especie de ¨nadas¨, de vacuidad que nos disuelve, debemos empezar a rellenarlo con nuestro sentido. Las interrogantes deben dejar paso a las exclamaciones, la angustia a la relajación, la incertidumbre de no saber a bucear en el mar de lo misterioso. Podemos llegar a sentirnos afortunados habiendo cruzado la angustia existencial (difícil de creer ¿verdad?) porque nuestra visión del Todo se ha ensanchado, ha ido más allá de la panorámica corriente y ha atravesado la cortina de lo común.

    Entonces comienza una reconciliación, incluso un estado de profunda gratitud. Comenzamos de nuevo a amigar con aquello que nos producía enemistad, comenzamos a asentarnos con aquello que nos provocaba desestabilización. Entonces todo lo que te envuelve y rodea comienza a recibirte, vuelves a abrirte a ello. Ya no eres un extraño en este escenario de obras inconclusas que es la vida, la existencia te acoge como el hijo pródigo que quiso aventurarse y echar la mirada más allá. Pero la existencia no hace concesiones y te limita el paso (eso parece) para no saber más de la cuenta. Entonces recibes la invitación para vivir el misterio, no para resolverlo; para adentrarte en lo desconocido sin cargar con tantas preguntas, viviendo y viviéndote, y entonces la vida se regocija ante tu presencia, los pájaros cantan más fuerte, los árboles te reconocen al pasar y asientan.

    Este nuevo renacer da paso a otro enfoque, quizás menos negativo para entendernos, pero tuvimos que atravesar el túnel. Ya no se trata de ¨adónde vamos¨ o ¨de dónde venimos¨, sino quiénes somos en este momento. Lo metafísico se echa a un lado para que podamos zambullirnos en la corriente de lo común, apreciando la sencillez, lo cotidiano, haciendo de lo más pequeño lo más grandioso, y con ello, accediendo de nuevo a integrarnos a la vida que no es sin que seamos, fundiéndonos en un fuerte abrazo sin límites y agradecido.

    La angustia deja paso a un florecimiento de realización, donde uno vuelve a coger las riendas para confiar en la existencia en completa apertura y con un especial tipo de agradecimiento que vibra en lo más profundo de nuestro interior.







 

martes, 1 de marzo de 2016

La tristeza.

La tristeza es una emoción que se caracteriza por ir generalmente acompañada de melancolía. Cuando la tristeza embarga, ésta nos advierte de un desahogo, pues a veces hay una gran masa de energía concentrada que necesita salir de nuestro interior.

    La tristeza es un estado emocional más, pues al igual que la alegría y la ira, viene y va, nos toma y nos suelta, pero puede generar autoengaños como pensar que somos los que más sufrimos y que los demás deben estar a nuestra disposición para consolarnos. Puede teñir de blanco y negro cualquier evento, impidiendo la capacidad de disfrute y debilitando cierta vitalidad que se encuentra ausente en ese momento.

    Según la medicina tradicional china, el pericardio es la zona donde se reflejan las emociones, y de ahí que sintamos cierta presión en el pecho cuando sale la tristeza de su letargo. Entra dentro de los ciclos vitales; un día te levantas y te encuentras triste, escuchas una canción y te abraza la melancolía, lees una historia y te conmueve. La tristeza tiene su grado de importancia, nos invita al recogimiento y guarda una belleza intrínseca que jamás tendrá la alegría.

    Lo que sucede es que la tristeza está censurada. Es como un artículo de lujo que no nos podemos permitir porque se asocia a un descontento, a un inconformismo, a un abatimiento que nos ciega de ver las cosas buenas. Es como un invitado que apenas puede avanzar más allá de la entrada de la casa. Pero la tristeza es mucho más, siempre y cuando no sea crónica y acerque a estados depresivos, la tristeza guarda su propio embelesamiento.

    Un toque de tristeza puede despertar las miras a la generosidad, puede refinar el espíritu humano, puede ralentizar los pasos cuando el viaje es compulsivo sin saber a dónde. La tristeza tiene su propia cualidad, tiene distintas vías de canalizarse, por eso tiene a su disposición variedad de accesos, diversas antesalas que permiten que la emoción alcance un grado álgido de sentimiento. La música, la poesía, el arte... Todo ello puede despertar a través de la sensibilidad, la melancolía, el triste sentir sobre lo que se percibe, sobre lo que se transmite y logramos captar.


    La tristeza que no es neurótica, continua, que no está adherida al carácter de la persona y no condiciona su calidad de vida psíquica, tiene mucho que ofrecer en su indagación. Normalmente huimos, buscamos entretenimientos para escapar de ella, pero al igual que la soledad, son estados que se dan la mano en el sentido de ser dos dimensiones con puntos en común, siempre que  miremos hacia ellas con visión nítida sin condicionar. Pero al rechazar la tristeza también rechazamos una parte de nosotros que no consideramos digna de pertenecernos.

    Para sentirnos completos no podemos huir de las esferas emocionales que nos asaltan y que, incluso, es necesario profundizar en ellas con el fin de autoconocernos y aprender a relacionarnos con las mismas. La profundidad de la tristeza es una energía distinta a la que nos lleva otras emociones. La alegría, por ejemplo, es más centrífuga, la tristeza, más centrípeta. Por eso nos gira a la introversión, a cierta detención en uno, a un recogimiento hacia los adentros. Es como una resaca que nos arrastra, sin que queramos, de nuestra marea emocional.

    Quizá la tristeza sea un recordatorio puntual que al tomarnos nos recuerda que también hay que sentir a quien siente dentro, que también hay que expresar en lágrimas lo que otra forma de comunicación es insuficiente, y que dicha masa de sentimientos también requiere ser atendida. La tristeza riega la sequedad que a veces se enraíza en nosotros, derrite el frío con el que nos revestimos para protegernos, destruye la armadura en la que nos escondemos para representar una imagen de seguridad hacia el resto.

    Pero cuando la tristeza comienza a querer mantener su presencia, debemos atenta y amablemente despedirla, invitarla a que abandone nuestro hogar interior porque la velada no debe extenderse más. Su visita, o el acceso a ella, ha regado terrenos que parecían fértiles, ha dejado en el ambiente un aroma que tiene su propia fragancia. Una vez se retira la tristeza nos aborda cierta calma, cierta ausencia de impulso, nos embarga una serenidad más asentada porque la tristeza se ha llevado consigo una carga que nos oprimía, que constreñía nuestra alma y asfixiaba nuestro ser.

    La tristeza puede acercarnos hacia más seres, puede destruir barreras egocéntricas, puede traernos el mensaje de lo fútil en una relación inarmoniosa, puede dar sentido cuando no lo encontramos a un hecho. La tristeza es emisaria de que no dejemos las cosas hasta su final, de que el tiempo pasa y que en su ausencia no damos valor a lo que sí deberíamos.

    Abracemos la tristeza sin apegarnos, saboreemos su néctar sin querer eternizarlo, disfrutemos de su presencia sin confundirla con la nuestra. La tristeza es mucho más que un berrinche, es mucho más una aguda angustia melancólica. Es la capacidad de saber relacionarnos con una parte esencial del ser humano, es la belleza de un agudo sentimiento que rocía con sus gotas las hojas marchitadas de nuestro florecimiento.
















domingo, 22 de noviembre de 2015

La hipocondría.

Dentro de los estados de neurosis, existe uno muy llamativo denominado ¨Hipocondría¨. Puede llegar a ser una enfermedad obsesiva que, paradójicamente, surge del miedo a estar enfermo y donde la persona comienza a presagiar y a infundirse temores sobre su salud.

    Presupone que algo no va bien y anticipa un deterioro de enfermedad catalogándolo de calamidad. Todo puede comenzar con una pequeña hipótesis, una teoría por evolucionar, una breve idea de lo que está por llegar y acabar la persona por convencerse a sí misma de que contiene un mal de salud que ya no se puede remediar. La pequeña suposición acabar convirtiéndose en una sospecha continua que va quedando en el trasfondo de manera residual sobre la cotidianidad del día a día. Acaba enquistándose y petrificándose como un pensamiento fijo volviéndose un eje central a medida que se van sucediendo los acontecimientos.

    Esa tortura de no saber a ciencia cierta si uno está enfermo pero acabar convencido de ello, roba frescura, vitalidad y ensombrece el ánimo. Es la etiqueta invisible que lleva el hipocondríaco colgada a todas partes, es la posibilidad aún no materializada en un diagnóstico por realizar. La imaginación se desborda y se pone al servicio de la ¨terribilidad¨. La vida ya no parece tener ningún sentido estando desarrollando una enfermedad, y se convierte lo que queda por vivir, en un tránsito a la espera del proceso del padecimiento. << ¿Para qué voy a disfrutar si seguramente estoy enfermo? >>. Se repite una y otra vez el hipocondríaco.

    Todo comienza con el menor síntoma. El sujeto se informa de cualquier indicio de enfermedad, trata de anticiparse y acaba atando cabos hasta llegar incluso a experimentar en su cuerpo los presagios amenazantes. Puede llegar a convertirse en algo muy perturbador, en una conducta en la que la persona acaba atrapada y no puede salir sólo por el simple hecho de proponérselo. La preocupación se va enraizando y cualquier mínimo dolor, cualquier erupción en la piel, cualquier contacto con agujar u objetos de vías de transmisión, cualquier gesto en el rostro del doctor, todo ello, se vuelven detonantes que despiertan el miedo atroz a una enfermedad que pudiese estar en latencia.

    El desarrollo vivencial se vuelve, pues, en una cuenta atrás hasta el desenlace final. Vivir se convierte en la oportunidad perdida que fue robada por una supuesta enfermedad. Es el no retorno hacia un estado de salud que diese por merecido el derecho a ser feliz. Pero el hipocondríaco que se pone siempre en el peor de los casos, convierte la enfermedad en la mayor catástrofe que le pudiera suceder. Siente que ha quedado huérfano de plenitud, ningún instante merece ser completado de satisfacción siempre y cuando perdure la duda y ensombrezca la sospecha con su acto de presencia. Es un temor camaleónico que se reviste de cualquier momento y circunstancia.

    Si el hipocondríaco se viese desde fuera, se echaría a reír, pero inmerso en su prisión psicológica, lo que siente y experimenta no le saca la más leve sonrisa. No se trata con ¨no lo pienses¨ o ¨vive la vida¨, como seguramente le aconsejen en su entorno. Cuando el miedo se retroalimenta sobre una enfermedad, la sensación no es sólo mental, sino que impregna el cuerpo, los órganos, se adhiere convirtiendo el esquema corporal y el sistema orgánico en una caja de resonancia donde retumba una y otra vez el eco del aviso del desorden o malestar.
 

  Ante el augurio hipocondríaco se deben razonar varios aspectos. El primero a nivel interno, es decir, de dónde proviene realmente la actitud alarmante. Quizás hay condicionamientos o improntas que quedaron en nuestras retinas y que despertó un pavor en nosotros. Quizás la idea de no ser merecedores de nada bueno y que estamos condenados a un mal mayor. También puede existir un sentimiento de culpa derivado de haber convivido con alguien con una larga enfermedad o haber visto morir a personas cercanas. También el no haber cuidado la salud o haberla puesto en riesgo, y con ello, esperar una sentencia diagnosticada.


    Otro aspecto a razonar o comprender, es el factor externo a convivir con una enfermedad. Si a un enfermo real le contasen la experiencia de un hipocondríaco, cuanto menos soltaría una carcajada o puede que le diese una lección de superación personal y de encarar la adversidad. Era el sabio Ramana Maharshi quien decía: <<El cuerpo ya es en sí la enfermedad>>. En efecto, donde hay cuerpo ya existe la enfermedad. Él mismo tuvo cáncer de brazo y no perdió su talante equilibrado. Y es que enfermedad y salud son dos caras de la misma moneda en donde
Buda también declaraba que nadie escapa a la enfermedad, vejez y muerte.


    Nadie, absolutamente nadie, está excluido. Por eso hay que hacer un gran trabajo de aceptación y fluidez con esa incertidumbre, e incluso es más, si no hay nada que realmente lo diagnostique, poner la mente a nuestro favor trabajando el contra convencimiento de que estamos sanos (aunque un hipocondríaco pensará que las pruebas hechas son fallidas o que ha habido un traspapeleo de resultados) y que sentirnos bien y plenos viene derivado de que pongamos los medios emocionales adecuados.

    Si la enfermedad llega, se despertaría un reto, que es el de estar sanos y recuperar la salud o vencer la enfermedad. El reto sería también en convertir el recorrido de lo que nos quedase de vida en instantes plenos y felices. Nada fácil, pero debemos reconducir actitudes y puntos de vista porque en el peor de los casos, todos tenemos recursos que desconocemos por completo. Incluso aceptar la muerte, que será siempre el desenlace final, puede eliminar esa carga excesiva de temeridad, ya que de esta vida con tanta demanda de salud, nadie saldrá viva.
    La hipocondría puede ser tratada por grandes profesionales, pero no para convencerlas de que no tienen ninguna enfermedad, sino para hacerles ver que en el caso de tenerla pueden ser plenos, felices y completos.

























domingo, 20 de septiembre de 2015

La susceptibilidad.

¿Quién no se ha sentido susceptible en un momento dado? Es éste un sentimiento de vulnerabilidad ante ciertos hechos. Es un moratón mental que recibe todos los golpes, el gran ¨ojo¨ que todo lo ve, la sospecha continua buscando ser reafirmada.

    La susceptibilidad nace de un sistema propio de creencias de cómo deben hacernos sentir los demás. Es origen de animadversión, odio y rencor. Hace de cualquier situación una amenaza directa, un desamparo que nos hace sentir desprotegidos de los demás, un blanco fácil que nos convierte en diana.

    El susceptible desconfía sin cesar, ve donde otros no llegan, interpreta lo que nadie ha traducido. Es su obsesión por encontrar ¨pistas¨ que atenten contra él lo que le lleva a versionar las circunstancias hasta ajustarlas a sus temores infundados. La susceptibilidad atrinchera el alma de la persona, desgasta sus energías en racionalizar cada situación, bloquea todas sus relaciones y retroalimenta su necesidad de sentirse considerado. Para él todo confabula en contra suya, todas las piezas encajan sin estar nunca a su favor y jamás nadie le tiene en cuenta como él quisiera.

    La susceptibilidad hace que la persona enfrente el mundo como si ya hubiera realizado un pacto predeterminado sin haberle preguntado; actúa como si ya se sintiera excluido de antemano. Debido a ella -la susceptibilidad-, se logra malinterpretar cualquier frase, cualquier tono, cualquier gesto o mirada, distorsionando todo canal de comunicación. Se establece una ¨alerta máxima¨ que nunca baja la guardia. Entonces el sujeto susceptible intenta proteger lo que no es visible pero que parece que todo el mundo desea atentar.

    No existe una armadura para proteger la susceptibilidad, pues incluso la misma se quedaría desmedida para abarcar la cantidad de ofensas, posibles conjeturas en contra, y un sinfín de supuestos que parecen no tener agotamiento en la mente descontrolada de la persona susceptible.

    Los acontecimientos por llegar son un desafío, cualquier encuentro se vuelve una posibilidad de aunar críticas destructivas hacia su persona, e incluso cuando no hay amenaza aparente, rastrea cualquier señal para convertirlo en hallazgo reiterativo. La persona suspicaz convierte todo su ser en un radar, la susceptibilidad se vuelve un revestimiento y su actitud siempre a la defensiva, invade su espacio emocional y boicotea cualquier intento de interactuación.

    Detrás de toda esa configuración se encuentra un orgullo siempre herido, inmaduro, y falto de ajustarse a una realidad inmediata. El ego acaparador quiere sentirse tomado en cuenta, considerado y valorado. Es la suya una conquista por agradar, por hacerse un hueco en la empatía de los demás. No existe mayor sentido que el de alimentar esa idea de ¨imprescindible¨, pero por otra parte, la sensación de no estar a la altura desvela una inseguridad que lo trunca por completo.

    El exceso de susceptibilidad acaba por espantar a todo aquel que no siga sus dictados proyectados, y termina por cansar al que tiene a su alrededor. El susceptible va forjándose en una pequeña isla personal de la que no permite acceso a  nadie pero en la que todos deben estar.

    En el camino del autoconocimiento, la susceptibilidad se convierte en un bache que puede hacer tambalear cualquier posibilidad de construcción de la personalidad noble, llegando a derrumbar en un segundo el sustento de apreciación que soporta una relación, o imposibilitando lazos afectivos sanos siempre afectados por la interpretación suspicaz.

    Para vencer dicha susceptibilidad, se debe proceder a una autoobservación muy rigurosa donde se ponga en tela de juicio cualquier apreciación que se considere atenuante hacia nosotros. El dardo emocional no podemos remacharlo con nuestra reacción desorbitada fruto de un condicionamiento así. Se pueden realizar altos introspectivos donde nuestro estado de alerta verifique si realmente hay indicios de sentirse atacado. La mayoría de las veces el propio miedo hace que la consciencia se atrinchere creando rareza en el ambiente. Utilizar un pensamiento racional también sirve de ayuda, y sobre todo, la capacidad de aceptar a los demás tal y como son, eliminando ese principal protagonismo que se arroga nuestro ego en cada función a la hora de actuar.

    Soltemos las armaduras que creemos que nos protegen y en realidad nos asfixian y oprimen. Eliminemos la fortaleza interior en la que creemos estar resguardados y salgamos al mundo abrazando cada situación, protegiéndonos si hace falta, pero relajados y receptivos. Un desarrollo integral no puede verse mancillado por un estado emocional susceptible, pues al final es una herida abierta que todo le va rozando.

    La libertad interior debe soltar dicho lastre que no permite evolucionar a ningún ser humano y que le condena de por vida a mantenerse rígido, centripetado e investigando como un detective neurótico, cada prueba que pueda ir en su contra.












sábado, 4 de julio de 2015

El placer.

    El placer se convierte en un denominador común en la búsqueda de satisfacción del ser humano. Es el momento culmen que aplaca la demanda de los sentidos, embriaga con su cualidad placentera y aleja por instantes cualquier tipo de malestar.
    El placer es momentáneo, tiene su propia durabilidad. Consigue en el sujeto determinar sus acciones en pos de una nueva dosis, alcanzando con ello un clímax que lo saca por momentos de su realidad ordinaria.
    El fenómeno del placer ofrece curiosidades: nos satisface, pero queremos más; buscamos su disfrute, pero una vez llega a veces no tenemos la capacidad para hacerlo plenamente. Es algo que cuando llega vemos cómo se nos escurre de nuestras manos y estamos más en lo que se escapa que en lo que tenemos. Se produce un fuerte apego, una neurosis por eternizar algo que tiende a diluirse como un fenómeno transitorio más.
    Por placer la persona puede estar fuera de sí, forzar los medios para llegar a él, e incluso darse la espalda a sí mismo con tal de saciar su sed. La adicción puede condicionar, dirigir el rumbo y verse truncado una y otra vez, pues el placer puede ir acompañado del dolor y viceversa. Una vez el placer se consuma, la atmósfera puede rellenarse nuevamente de insatisfacción. Entonces se despierta un ansia, un rechazo a cualquier otro estado interior que no sea el placentero. La manera en que se quiere poseer el placer convierte a la persona en poseída.

    ¿Qué nos empuja a un placer compulsivo?
    Es tal su seducción que nos hipnotiza por completo. Vemos en el placer la huida del dolor, la contrariedad del sufrimiento. Queremos situarnos en un placer contrapuesto y equidistante hacia el rechazo de lo que no nos gusta. Cuando se torna pulsión, el placer es un cebo. Nunca se sacia y somete al individuo. Acaba por ser de todo menos satisfactorio. Se vuelve una brecha por la cual escapar del momento, una puerta escondida hacia un paraíso del que somos rechazados y empujados de vuelta cuando ya lo hemos consumido.
    Tanto huimos de algo que al final se puede tornar placentero. El dolor puede convertirse en placer. Así cambia la perspectiva, el enfoque, se extrae un jugo de lo que parecía imposible. Entonces una penitencia, en el fondo, puede ser disfrutable. Nace el masoquismo. También ver el dolor en los demás puede ser motivo de placer; nace el sádico.
    El placer, lejos de ser un momento de peso específico, se convierte en un embaucador. Nos saca de un eje y su búsqueda nos distancia de una serenidad ganada. Es la píldora hacia el escapismo sin movernos del lugar. Nos promete algo perdurable cuando en realidad no podemos agarrarlo con las manos.
    ¿Debemos dar la espalda al placer?
    No, pero sí experimentarlo con consciencia, observando el proceso fenoménico, cómo surge, cómo se desvanece. Sabiendo soltar para no ser un esclavo y para que no sólo vibremos con el goce, sino que aprendamos a deleitarnos con el gozo, que a diferencia de un placer que proviene de fuera, éste emerge de dentro. Entonces la relación con el placer no es conflictiva. No genera culpas. Es una dimensión a la que podemos acceder anclados en nosotros mismos. Es una dimensión de la que podemos salir sin el impulso de mirar atrás temiendo el no haberlo amortizado.

    Evitar el placer sólo engorda el deseo de culminarlo. Reprimir un anhelo placentero es querer tapar la boca de un volcán. Por eso la relación con el placer debe estar impregnada de desprendimiento, consciencia y desapego. De este modo la red que obnubila la visión no nos termina por atrapar y en ningún momento nos aprisiona  encadenándonos sin poder escapar.
    Hay placeres nobles que debemos potenciar. El placer de disfrutar un pequeño momento, un rato de tranquilidad, una lectura que nos deleita. Hay placeres que nos completan sin la necesidad de forzar su duración: una taza de té, oler la fragancia de una rosa, una caricia... Por eso también se requiere capacidad de disfrute frente al placer sin volverlo ávido ni ansiógeno. A menor necesidad de placer, más placentero se vuelve cualquier nimiedad, convirtiendo lo más trivial en extraordinario.


    Convirtamos el placer en una vía más de autoconocimiento, para que, como dicen los tántricos: ¨Juguemos con el fuego pero sin quemarnos¨.













miércoles, 1 de octubre de 2014

La ira.

    La ira es un estado emocional destructivo, donde el primer perjudicado es el sujeto en el que brota y se manifiesta.
    La ira surge y obnubila la visión, desencadenando una furia incontenible. Es una emoción negativa, donde sus raíces se esconden en las profundidades de nuestros códigos evolutivos y de nuestra psicología más visceral. El desencadenante puede ser múltiple o aislado, dejando una fuerte impronta, tanto en el estado emocional, como en los actos ejecutados que se puedan producir.
    Es un torbellino que nos va acaparando hasta cegarnos y conseguir poseernos, quedando a merced de pensamientos irracionales o disparatados. El acceso a veces es tan directo que nuestra consciencia no es capaz de captar, ni mucho menos, controlar. Es un arrastre a nuestro lado más conflictivo, hambriento de saciar su malestar.
    Su hermano pequeño es la irascibilidad, donde parece que todo nos molesta, todo nos sobra. Se crea así un panorama de rareza, de rabia a punto de ser desbordada. Si se acrecienta da paso a la ira, donde la energía a su disposición erupciona queriendo expandir su esfera de negatividad. El margen de escapatoria se estrecha, pues el volcán está dentro de nosotros mismos, su lava poco a poco nos va alcanzando. Podremos culpar, podremos señalar, pero es en nuestro interior donde se libera el estado emocional.
    Un hecho externo puede ser el detonante, como algo que nos parezca injusto o donde nos sintamos ofendidos o agredidos, pero no son pocas las veces que la batalla se experimenta en nuestro universo interior, mezclándose las sensaciones con el enredo de imágenes y ensoñaciones. Es ahí donde el recuerdo de lo que nos hicieron, la impotencia de no haber actuado o la impunidad que goza lo que consideramos injusto, suscite una liberación de ira contenida. El desfogue se asocia a una realidad alternativa, donde acometemos los actos o ponemos los medios para reajustar aquello que ha quedado impreso en nosotros como una herida abierta.
    Una vez pasado el vendaval, nos damos cuenta de la transitoriedad de todo el asunto. La ira ha venido, nos ha tomado y se ha marchado. Nos hemos ausentado de nuestro eje, de nuestro quicio, porque la emoción nos ha arrastrado. En ese zarandeo hemos experimentado una parte de nosotros que no es la habitual. Es una voz reivindicativa, un modo de violentarnos que no es nuestro comportamiento ordinario, pero que en su disolución, nos deja una sensación de liberación, de haber expulsado un huésped que nos somete y nos mantenía poseído.
    Si llegamos a la conclusión de que la ira no nos beneficia en absoluto - aunque creamos que descargamos un malestar -, debemos comenzar a investigar sobre la misma para desenmascararla. No hay que confundir carácter o cierto temperamento, respuestas firmes acordes a la situación del momento, como tampoco ser contundentes o salvaguardar nuestros intereses. La ira es un arrebatamiento de nuestra lucidez, nuestro discernimiento y una solapación de nuestra consciencia. Es actuar de una manera desmedida -salvo casos extremos, como por ejemplo, defender nuestra vida- por dejarnos abrazar por nuestro instinto más irracional.
    El ego es uno de los principales asesores, pues su consejo continuo de cómo debemos actuar o tomarnos las cosas, deliberan una acción justificada al pensar, sentir o ejecutar llevados por la ira. Su repercusión en lo que nos encontremos después, una vez pasada la tormenta, puede ser encontrar nuestro plano existencial devastado, pues ya no se puede volver atrás, y cómo hayamos actuado dejará un antes y un después en el propio devenir.
    Por ello, luchar contra la ira puede convertirse en algo más difícil que en tratar de debilitar todo aquello que lo provoca: enfoques erróneos, manera de tomar las situaciones, falta de estima, nula asertividad, condicionantes de cómo deben ser las cosas, irritabilidad continua, y un largo etcétera.
    Una persona iracunda buscará pretextos para salpicar con su ira que se cuece a fuego lento en su interior. Los canales por los que se manifiesta no son sólo violencia física, sino también violencia verbal, ademanes, acoso, bullying, mobbing..., y otros más sutiles como la indiferencia o el silencio excluyente.


    La ira debe estar bajo control, amparado por nuestro grado de consciencia frente a la misma, dejando cierta distancia para que no nos salpique. Es como ver un tornado desde lejos, observar desde un avión el mar enfurecido. La energía de esa manera no se disemina, quedando a buen recaudo para otros fines más constructivos. Esa vehemencia puede quedar resguardada - tampoco reprimida -, para derivarla en otros objetivos, como realizar deportes que requieran de explosividad, o para ser más pro-activos en nuestro día a día.
    En la búsqueda del autoconocimiento, deberemos sortear el escollo de la ira, para que no nos estanque y prosigamos con fluidez. Además, tendremos que profundizar para ver qué lo desencadena, sin obsesionarnos por sus raíces, y sí en cambio, por elevar nuestro umbral de consciencia para que el tigre que nos somete, tan sólo sea un cachorrillo ladrando.










domingo, 14 de septiembre de 2014

El perdón consciente.

    Perdonar puede ser un gesto noble, pero incluido en un formalismo, el acto queda en un trámite burocrático superficial.
    Así entonces, el perdón se desliza por el barniz de las situaciones y, las emociones, quedan marcadas a lo largo de nuestra vida. Un perdón así es estéril, franqueable, vulnerable, y tan sólo parchea lo que verdaderamente sentimos o pensamos.
    Este tipo de perdón es, en apariencia, sin peso específico, teniendo el mismo valor que hacer una firma en el agua -desaparece mientras se hace-.
    Perdonar no significa olvidar, pero nos libera de arrastrar. Perdonar porque sí, no transforma en nada, y se requiere de mucho poder interior para soltar todo ese nudo de sensaciones que nos mantiene enredados anímicamente.
    El perdón consciente no es justificar ni empatizar, ni relativizar al máximo hasta disolver el hecho que consideremos injusto. Tampoco es ofrecer impunidad ni quedar al alcance para que nos vuelvan a hacer daño. No es significado de acallar ni ser sumisos ante abusos, ni está reñido con una asertividad sana. Es soltar la brasa que mantenemos en puño cerrado y mirar de frente para sentir de nuevo la brisa fresca en el rostro.

    Si el perdón no va acompañado de consciencia, no hay verdadera alquimia, es como realizar un acto desde la somnolencia. El perdón mecánico es un placebo que nos aleja de la realidad y alimenta nuestro autoengaño. Es lanzar un boomerang que nos es devuelto por la espalda.
    El perdón comienza en uno. Algo antagónico a lo que realmente pasa, pues a veces somos nuestro principal torturador. El latigazo viene con nuestros pensamientos obsesivos, nuestra demanda de cómo deben ser las cosas, y así un largo etcétera. El conflicto que anida en nuestro interior se retroalimenta con nuestra manera de roer las cosas, y esa fricción impide desarrollar la capacidad de perdonar.
    El perdón no nace de un desinterés, sino de una capacidad muy profunda de comprensión ligada a la fluidez. Guardar rencor es un veneno que fluye por nuestras células, encapota nuestra visión y nos estanca en un suceso. Odiar sólo daña al que lo siente, pues la persona odiada se mantiene al margen de cómo nos sintamos. Lo justo e injusto se debate en nuestro juicio interior, donde a veces somos víctima y acusado. Parece que perdonar beneficia a todos menos a nosotros, pero es una ilusión que nos atrapa, pues el lastre nos mantiene anclado.
    Es muy difícil soltar aquello por lo que nos sentimos heridos, pero ejercitar un perdón consciente nos libera de un sufrimiento inútil. Esto es muy debatible, porque en este mundo se cometen actos muy atroces donde es imposible quedarse indiferente. Ahí el perdón queda en utópico, en un acto que jamás puede llegar a consumarse. Pero en un nivel más cotidiano, más ordinario, el ejercicio del perdón consciente nos puede liberar de nuestra cárcel emocional.
    Arrojar consciencia al hecho en sí, lejos de pares de opuestos, no es tarea fácil, pero debemos atestiguar para no implicarnos en un círculo vicioso de emociones negativas. Proceder a un perdón interior es cerrar, de algún modo, capítulo. El hecho de querernos lo suficiente nos debe motivar para proceder a esta liberación que sólo podemos hacer nosotros.
    ¿Y, entonces todo el daño cómo se repara?
    Extrayendo el aprendizaje y haciendo lectura de qué aspectos podemos cambiar, o aceptar lo que es inmodificable rindiendo el ego que reclama venganza.

    No es fácil, ni algo que se aprenda de la noche a la mañana, pero si queremos paz interior, debemos reparar el daño emocional que interpretamos que nos han hecho. Hay que ser realistas, ya que la impotencia que sentimos ante la impunidad de ciertas personas parece que no nos va a dejar desarrollar esta parcela de autoconocimiento.
    El perdón consciente es fortaleza psíquica, sabiduría y un bálsamo para el espíritu. El buscador sabe que lo debe desarrollar, pues es un obstáculo no debilitar sus crispaciones dadas, e impide recorrer el camino hacia dentro que luego debe conciliar con el plano exterior.
    La carga de odio procura una ausencia de aroma en nuestro ser, se agotan nuestras mejores energías y se merma la capacidad de disfrutar con lo que uno es. Las personas aviesas que carguen con lo que son, pero que no deterioren nuestro florecimiento interior.
    De ese modo, el perdón que se produce con consciencia, es el mayor aliado para esquivar el propósito de aquel, o aquello, que quiso hacernos daño.











viernes, 18 de julio de 2014

La felicidad.

   Al hablar sobre la felicidad, primero, habría que preguntarse qué es, porque cada uno a nuestra interpretación, podemos ofrecer connotaciones distintas.

    La felicidad, comúnmente, es lo que constantemente buscamos, lo que deseamos o anhelamos según nuestro paradigma, entendiéndolo como una experiencia culmen permanente e idónea, para así transitar el recorrido en esta vida.
    Es una aspiración humana, un estado que nadie aborrece y con el que, según entendemos, concluiría todo el sufrimiento o gran parte de él. La felicidad puede ser enfocada desde muchos puntos de vista. Para unos puede ser momentos de entusiasmo; para otros, obtención material, y así un largo etcétera.
    ¿Pero realmente existe la felicidad como tal? ¿Es una quimera? ¿Es una dicha que nos pertenece como derecho propio?
    Cada persona tenemos una manera de entender y vislumbrar lo que consideramos ser felices. Hay quien lo establece como lograr una estabilidad, rango o un cierto estatus. Desde otra visión, el alcanzar un cierto equilibrio o armonía, también puede ser catalogado como felicidad o como predisposición a la misma. Quizás la felicidad no sea el mismo tipo de cima para todo el mundo, pues cada uno recorre su propia montaña. Lo que sí debería de ser un común denominador es que no dañemos por alcanzar lo que consideremos en ese momento por felicidad, pues teñida de dolor o sufrimiento ajeno, nunca podrá ser una felicidad noble.
    Existe el fenómeno de que el resultado de ser felices siempre viene dado por un esfuerzo requerido o un sacrificio llevado a cabo. Así, la felicidad, se convierte pues, en una recompensa merecedora, y en muchas ocasiones, diferenciada del resto. Pero ¿y qué sucede cuando la felicidad no llega o cuando creemos haberla encontrado se evapora?
    Puede ser una antesala a la frustración, o una desmotivación total ante el recorrido empleado en esa búsqueda incansable de la dicha suprema. También cabe valorar que vivimos en una vida de fenómenos transitorios, que puede hacer que un estado que consideremos de felicidad cambie, y por otro, que el contexto que empleamos para rellenar la etiqueta de felicidad también esté sujeto al cambio.
    Podemos profundizar e indagar en qué es lo que en un momento nos pudo haber hecho felices y por ello ya no lo somos tanto. ¿Por qué esa felicidad no perdura hasta nuestros días? Primero tendríamos que ver si realmente éramos felices o nos lo parecía; y segundo, que también nosotros estamos en ese cambio permanente y las predilecciones van variando como todos los aspectos que conforman la felicidad ensoñada.
    ¿Podría ser entonces el sosiego o la paz interior -como dijera Buda- la verdadera felicidad? Dependerá todo ello de la escala de valores del sujeto. También surgen más preguntas: ¿Es la felicidad un derecho, una opción o un espejismo? ¿Existe la felicidad innata? ¿Es una actitud para encarar la vida que elegimos a cada instante?
    Y otra de las preguntas que más nos puede asediar sería: ¿Qué nos impide ser felices en este momento?
    Investigar sobre este tema es complejo, porque a cada paso salen más caminos y a cada respuesta se formulan más preguntas. Quizás ser feliz sea la cosa más simple, la más sencilla y fácil, pero puede convertirse en la zanahoria que está delante del burro. Puede que proyectemos una felicidad futura acorde a unas circunstancias favorables en las que entendemos no se dan en el instante presente. Solemos estar en una espera de ser merecedores de la ansiada felicidad que nos debe de llegar como justicia a como somos o nos comportamos.

     Podemos sentir felicidad cuando algo va a nuestro favor. Nos elogian y nos sentimos pletóricos, efusivos, todo vuelve a vibrar. La felicidad, entonces, se convierte en exaltación febril  y momentánea, que puede dar paso a otros estados de ánimo o emociones. Es difícil no caer en comparativas de otras personas y buscar paralelismos para ¨valorar¨ esa felicidad que se nos escapa de las manos.
    Puede, por seguir ahondando, que incluso teniendo la felicidad de frente, no estemos capacitados para sentirnos acorde a ella, o no nos parezca el instante lo más preciso para abrazarla. Pero esa incapacidad para hacer un espacio a la felicidad en este momento presente tampoco se podrá dar en momentos futuros, porque llegará como el ¨ahora¨, del que no aprendemos a relacionarnos por completo. Ello deriva a que a lo mejor debemos ¨adiestrarnos¨ para ser felices. Puede sonar raro: ¨Aprender a ser felices¨, pero lo cierto es que muchas personas tienden a desarrollar una gran capacidad para ser infelices.
    Nuestra percepción, nuestro grado de consciencia, nuestra manera de relativizar, el apego a ideas preestablecidas o la facilidad de culpar a todo lo externo de nuestro malestar, todo ello y más, se conglomera para darnos un informe de cómo nos sentimos y que proximidad o lejanía existe con lo que consideramos ser felices.
    Quizás se nos escape por no tener bien definida su naturaleza, o porque cuando la sentimos, lo damos por sentado creyendo que es lo mínimo que podemos merecer. Cuando sentimos la desdicha, toda una fila de supuestos nos sirven como motivo de nuestra infelicidad, y ahí empieza el círculo vicioso de la queja.
    Tengamos propósitos, motivaciones... Quizás la felicidad no sea una suma, sino una ausencia. Quizás se componga de un equilibrio que vamos ajustando a cada instante, entre lo que sentimos e interpretamos, con lo que nos va llegando y vivenciando. Un exceso de externalización y embote de los sentidos, nos aliena y aleja de nuestro eje; un exceso de interiorización y retraimiento también nos puede separar del corazón de la vida.


    Por ello hagamos de la felicidad, no una meta que concluye un camino, sino la manera en que damos los pasos. Disfrutemos de las opciones, de las alternativas y las preferencias en cada etapa. Lo que en un momento nos pudo haber hecho felices no significa que nos haga ahora, por ello no tratemos de estirar lo que ya no nos alcanza. Rastreemos el sendero sintiendo la pisada que vamos dejando.
    Al fin y al cabo, cómo nos sintamos, será la huella impresa que marque nuestro estado.
















jueves, 22 de mayo de 2014

La insatisfacción.

    La insatisfacción es la insoportable sensación de sentirnos vacíos, de tener un hueco en nuestro interior que no termina de ser colmado.
    El sentimiento de insatisfacción viene acompañado del desconcertante entendimiento de que, aun teniendo cubiertas nuestras necesidades, queda algo por llenar. Miramos hacia afuera y vemos todo acompasado, a un ritmo, pero adentro hierve el desasosiego incesante de que algo está a medio camino. Es difícil mirar con claridad ese hervor que nos hace oscilantes y que nos arrastra del momento presente y su disfrute, pero ese punto de ebullición acapara nuestra atención como una llamada a gritos.

    Dependiendo de la persona, ésta puede hacer caso omiso, o por el contrario, despertarse un deseo de colmar ese sentimiento de profunda insatisfacción en el que parece que nada puede servir para mitigarlo. En un estado así, la felicidad parece una utopía, Se produce una gran capacidad de malestar interior muy permanente, y donde todo estimulo exterior queda reducido a un juguete abandonado por el aburrimiento de un niño.
    Nada parece que pueda rescatarnos de esa insatisfacción. Las dudas giran sobre nosotros mismos porque ponemos en tela de juicio nuestra actitud y agradecimiento con todo aquello por lo que deberíamos estar contentos. Suponemos que nuestro estado actual es más que suficiente para tener saciadas todas nuestras expectativas y que, como no, son muchas las personas que están en peor estado.
    Pero eso no consuela a la persona alcanzada por la insatisfacción profunda o interior, porque su sentimiento no viene dado de todo lo orquestado en el exterior, ni de los logros, ni de lo conseguido ni adquirido. Su sensación promueve una movilización hacia adentro, pues es ahí el núcleo, la boca del volcán que estalla en erupción como una señal, como una alarma que trata de desviar la mirada del sujeto hacia una profundidad lejos del alcance de los ojos.

    No hay nada que se pueda poner delante que sacie o colme la insatisfacción. Tampoco el compararnos con otras personas, pues la batalla es interna y nadie la puede resolver por nosotros. Las sensaciones se van turnando; unas son de vacío, otras de malestar e incluso cierta ira ante la falta de comprender lo que nos sucede; otras son las intuiciones que se van generando de que podemos rellenar ese cuenco que habita dentro de nosotros, pero que por poca capacidad de visión, nos es ajeno a nuestra percepción.
    A nada que observemos, la insatisfacción tira de nosotros, nos ancla a un mundo interior al que no queremos mirar, pero que sí debemos ordenar si deseamos optar por utilizar estas sensaciones como un trampolín para nuestra evolución consciente.
    ¿Por qué en unas personas sí y en otras no? Es todo un misterio, porque en muchos individuos este estado no se produce, y si fuera así no lo toman con consciencia. La persona que lo experimenta y además toma consciencia, ya consigue un gran logro, porque de ahí se pasa a dar los primeros pasos de una movilización a mirar aquello que hemos dejado descuidado en nuestro interior. No es nada fácil ni cómodo, porque ya el movimiento, el desplazamiento no es hacia adelante, sino hacia adentro.
    Una insatisfacción bien instrumentalizada convierte las sensaciones vividas en combustible para sumergirnos en una búsqueda que nada tiene que ver con alcanzar logros o estatus. Sentirnos completos ya no es una quimera, pues si algo está vacío, es que puede ser rellenado.
    Es difícil no asociar una sensibilidad mística sin ser abordados por la insatisfacción. Son las llamas que desprenden un deseo de hallar algo que se escapa a nuestra razón, una sed que no se disuelve con cualquier agua.


    La insatisfacción es la llave en marcha que activará un rastreo en el buscador. Sin dicha sensación no hay combustible para iniciar un camino de realización espiritual, y quien rastrea dicho sendero, entiende que ese vacío experimentado, puede ser colmado por sí mismo.








viernes, 28 de febrero de 2014

La sensibilidad.


 La sensibilidad es un alto grado de percepción, donde las barreras personalistas son derribadas para dar paso a un enfoque distinto de vivenciar y vivenciarnos.

    Se sensible no es ser ñoño, ni dramático, suspicaz, o tener facilidad para caer en el lamento o la sensiblería pusilánime, ni tampoco el tener lágrima fácil. Alcanzar la sensibilidad es una comprensión muy profunda donde no anteponemos el ego, y las miras van más allá, alcanzando a todos los seres y penetrando en los misterios que ofrece la vida.
    La sensibilidad derrite la lógica, transciende las razones y desclasifica lo establecido. Es un acceso a captar la belleza que se esconde en las apariencias, la melodía en la naturaleza, el compás en el ritmo existencial. Es detectar los márgenes que encapsula la realidad aparente y desplegar una intuición que los transcienda.
    La sensibilidad permite el acceso a niveles más altos de cierta lucidez, que sin soltarse de su lado más hiriente, logra una visión más ampliada. Ser sensible no es ser débil. Se puede ser sensible y, a la vez, firme, porque no es sólo una actitud, sino una capacidad de entendimiento. Alguien puede llorar viendo una película y ser insensible al pisar una flor. Puede sentirse identificado con el dolor de una celebridad, y en cambio, mostrarse indiferente con los suyos.

    La sensibilidad no es un escaparate ante los demás, ni debe servirnos para crearnos toda una envoltura de engaños. Es un florecimiento en nuestro interior que rocía a los demás con su fragancia. Es ponerse en la piel del otro ser, ver desde su óptica, pisar sus huellas con sus sandalias. Es eliminar juicios y prejuicios, ajusticiadas condenas, deliberados veredictos. Es apreciar lo pequeño como inmenso, lo sencillo como grandioso, lo fugaz como eterno. Es atravesar la vida aceptando el misterio, bailar con el desafío, arriesgar en lo desconocido. Es coger de la mano a la existencia y dejarse llevar por ella, sin resistencias, sin oponencias. Es regresar a cierta inocencia -que no ignorancia-, y desde ahí, transitar disfrutando pisar el barro, saltar en los charcos.
    La sensibilidad funde armaduras, fraterna a los hermanos, humaniza a las criaturas. Es el bálsamo que desprende hacia la compasión, a la ayuda desinteresada, al amor incondicional.

    A veces, esa sensibilidad a flor de piel parece preocuparnos, como si nos alejara de los patrones establecidos. Parece que siendo sensibles fuéramos a ser más vulnerables, más rechazados por la sociedad. Ser sensible es desarrollar cierta rebelión, no contra nadie, sino contra lo impuesto a cómo uno debe ser. Ser sensible es no dejarnos atrapar por esa agresividad que debemos llevar a cuestas, es romper esa hipnosis en la que estamos inmersos. Sin sensibilidad todos se convierten en enemigos; sin sensibilidad, todos son  culpables de cómo nos sintamos. La sensibilidad no es sufrir constantemente, sino comprender que ese sufrimiento está ahí, y que dependiendo de cómo uno lo reciba, se hace más o menos fuerte.

    Sin sensibilidad no puede haber vislumbres, golpes de intuición, porque no hay el suficiente suelo germinado. La sensibilidad es la semilla eclosionada.
    Si nos eliminan la sensibilidad somos más manejables, porque sin ese rasgo de carácter nos unimos al pensamiento en masa, y desde esa perspectiva colectiva, la sensibilidad individual no tiene cabida. Reivindicar nuestra sensibilidad, o hacer por desarrollarla, es salirnos de una somnolencia establecida y mirar con unos ojos distintos.
    La sensibilidad no debe servirnos como un traje de quita y pon, ni como una tarjeta de visita. Es mucho más de lo que uno sienta, sino también, de cómo ejecute sus acciones. No escuchar a la otra persona puede ser un acto de poca sensibilidad; no dejar un asiento en el metro a una mujer embarazada, también. La falta de sensibilidad enfría los corazones, petrifica las opiniones, nos hace esclavos de la rigidez más constreñida.

    El buscador necesita desplegar su sensibilidad, porque es el peaje a un tipo distinto de entendimiento. También, porque es la manera de fumigar todo lo opuesto a un carácter sensible. Es la manera de no dañar, de apreciar lo sagrado en lo más cercano, de darse un afectuoso abrazo con la existencia.

    El camino debe ser engrasado para que no se produzca fricciones, y nada mejor que apostar por una sensibilidad sana, cooperante y donde la ternura consciente dé paso a un autoconocimiento más profundo e integral, y salpique todo ello a todo ser y criatura sintiente.














sábado, 20 de abril de 2013

La despersonalización.

    La despersonalización junto con la desrealización, son sin duda alguna, los estados más álgidos de la ansiedad. Alcanzan el grado de delirium tremends, y se escenifica el estado ansiógeno en su versión más fantasmagórica.
    Si en la desrealización es el exterior lo que pierde consistencia, en la despersonalización es el propio cuerpo, la persona, el yo, la envoltura corpórea en la que estamos inmersos lo que se insustanciabiliza, o bien, lo aprisiona dejando al sujeto preso de su estructura psicofísica. En ese culmen derivado por factores de ansiedad, la percepción de nuestro yo alcanza otro relieve sintiendo cómo se fracciona desgarrando un malestar indescriptible.
    La persona se despersonaliza, se trocea todo su ser y pierde la capacidad de asirse a sí mismo. Se produce un sentimiento de, por unos momentos, dejar de reconocerse en uno adquiriendo una sensación de desintegración, de nulo control de desbordamiento que produce una crisis de estas características.
    Las sensaciones son de las más variadas. A veces son unos segundos, pero de una carga de intensidad que parece interminable. Explicarlo no es fácil, pues parece sacado de una película de ciencia ficción. La palabra pierde alcance, no está capacitada para transportar el significado que sólo es reproducible en el interior de uno.
    La emoción es arroyada, los razonamientos fuera de contexto, la percepción no diferencia lo percibido, no ajusta lo que es vivido a los patrones establecidos. La persona siente una desorientación descomunal, pues no se siente perdido en un lugar, sino dentro de sí mismo. Quiere escapar pero no puede, pues es su sí mismo lo que se convierte en su peor prisión. La angustiosa sensación de por instantes sentir cómo se disuelve el cuerpo, o bien cómo nos aprisiona, crea una conmoción de parálisis temérica, ya que se retroalimenta el miedo a que vuelva a producirse. El reajuste a la realidad no deja indiferente al sujeto. Ha transitado por las calles del infierno. Ha conocido de primera mano la angustia más radical.

    Ese extremo abrupto de desrealidad produce desconcierto y dubitativas sensaciones sobre lo experimentado. La despersonalización cala en lo más profundo de un ser. El yo se siente vulnerable, frágil, zarandeado sin previo aviso, diluido.
El pavor, el pánico, el sentimiento de huida..., son características comunes de este tsunami invisible hacia los ojos de los demás. La experiencia vivida sobrecoge, atrinchera y trata de predecir constantemente el suceso. Se despierta una predisposición de alerta rígida, una suposición anticipativa alimentada por la imaginación descontrolada, donde toda situación vivida despierta sospechas inherentes a una conclusión fatalista.
    Definir este estado no es sencillo, porque en ese momento el que observa ve un cataclismo que derrumba la cognición habitual. Se puede sentir una separatividad y un desreconcocimiento de uno mismo. Es como si uno se hallara de súbito inmerso en un cuerpo-mente que no le corresponde y que desconoce por completo. Atestigua sobrecogido como sus extremidades -por ejemplo- operan sin ningún control, pues es como si le hubieran retirado de su control de sí.
    El yo parece inmolarse. Es como si la estructura corpórea de la persona quedara translucida. La huella, la impronta, quedan registradas de una manera muy profunda y vivencial. Cambia el enfoque, el prisma, la manera de ver la existencia, pues nos hemos zambullido en un laberinto que no parece tener fin. Algo se transforma en quien lo vive. Ha topado con una crudeza de la que nadie le puede salvar. Puede llegar a sentirse marginado, excluido de la normalidad de lo que él consideraba que era vivir. Esa noche oscura del alma no deja indiferente. Es un shock de saberse vivo, una fiebre que delata un espíritu fragmentado.
    La despersonalización aborda cuando menos lo esperamos. Se produce una contradicción entre lo que creemos ver y lo que percibimos o sentimos. Vemos el cuerpo, pero parece desintegrarse, desmenuzarse. La agitación parece eternizarse. Se puede llegar a proyectar una sensación de locura pasajera, un atisbo de muerte inminente. Pero nada de ello ocurre, ni ha ocurrido jamás. Nadie ha traspasado el umbral de la locura ni menos aún ha muerto por experimentar crisis de angustia pánica.
    ¿Entonces, qué sentido tiene experimentar algo tan atroz? Dependerá de la persona y de su manera de arrojar sentido a lo vivido. Habrá quien lo quiera derivar a factores exclusivamente ansiógenos o predepresivos, u otras querrán incluirlas al saco de los interrogantes existenciales y con ello despertar una búsqueda en sí mismo. Dependerá de la sensibilidad o de los anhelos de carácter místico-espiritual, lo que determinará el origen de estos factores el hecho de tomarlo como una llamada a la autorrealización. De esta manera, lo experimentado de manera tan angustiosa toma un relieve distinto, se emplea para despertar interiormente a un rastreo de sentido fuera de lo ya adquirido.
    No hay adónde acudir, dónde resguardarse. De uno emerge todo y en uno debe solucionarse. Aunque lo que lo provoque pueda venir de afuera, la crisis de despersonalización se produce dentro y se vive dentro, dejando inerme la capacidad para evadirlo. Es por ello que las miras se deben dirigir al interior, a las brasas que aún no se han enfriado. Ese trabajo urge, pues lo que se experimenta no es un plato de buen gusto, y con ello, si las crisis persisten, tomarlo como un termómetro que nos alerta cada vez que se disparan las mismas.


    A nivel personal he de decir, que estas crisis angustiosas, junto con otras sensaciones, son las que me hicieron determinar el emprender senderos de búsqueda interior. Solía acabar en urgencias con veinte años, y me iba del hospital igual que como entre, sin ninguna respuesta. Las preguntas engordaban dentro de mí. Me preguntaba qué era lo que me pasaba, si eran rasgos de locura que nadie podía catalogar por mí. Llegaban a sacudirme de tal manera, que llegué a convencerme de que no iba a ser capaz de hacer vida normal como yo la entendía. Era tal su brusquedad que me petrificaba en el momento en que realizaba cualquier tarea, cualquier función. Cuando menos quería, más me daba, porque mi mente hacía de aliado anticipando lo que pudiera ocurrir.
    Es un sufrimiento innecesario. Solo conduce a una agitación desmesurada en el que el cuerpo físico también paga un coste elevado. Por ello, ahora, puedo decir que puede ser controlable, que hay esperanza, que no es la maldición de la vida haciéndonos vudú.
    Hay que movilizarse y apuntar a la mente para que se convierta en aliada nuestra y no quede en manos de la ansiedad. Hay métodos. Hay yoga, tanto físico como mental, ejercicios de control respiratorio -estos son con los que he notado bastante mejoría-, realizar ejercicio físico, cambio de actitudes y de tomar las cosas, y una larga enseñanza que nos va transformando y realizando. También, cuando a veces me asalta este tipo de crisis, trato de vivirla -que es muy difícil- o de recordar a la mente que si hace tan sólo cinco minutos me encontraba bien, ¿por qué no ahora? Es un truquillo que de alguna manera me vuelve a reajustar a mi realidad presente. Después trato de olvidarlo y simplemente recordarme que debo intensificar mis prácticas porque aún quedan residuos.
    Si estás leyendo este artículo y todo esto te sucede, no te sientas víctima, al contrario, tienes ante ti la mayor excusa para comenzar a conocerte e investigarte. No veas a la existencia como un teatro en el que no representas nada, quizás te lance pistas para integrarte en un camino.
    Yo quise llevar estas experiencias al marco de la espiritualidad, del autoconocimiento, de realizar una realidad que aún se me escapa... Jamás pensé siquiera que lo reconociera, pero es algo que ha conformado mi personalidad y mis anhelos, mis prioridades y mis afanes.
    ¿Y tú? ¿Qué sentido piensas darle?