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viernes, 18 de agosto de 2017

Hacia el encuentro de seres.

En un mundo de incontables seres individuales, la comunicación permite enlazar y promover una interactuación necesaria para posiblitar el sustento de las distintas especies. El ser humano regido por su raciocinio, lógica y consciencia, parece el que más destaca en cuanto a la variedad de vías en las que puede expresarse.

    Entre nuestro modo de relacionarnos existe la comunicación verbal, la comunicación escrita, la no verbal a través de gestos y lecturas corporales, y modos de expresión que se recopilan en las numerosas maneras de enfocar el arte. Pero a veces la comunicación que entablamos parece un mero proceso mercantil, donde existe un protocolo, unos modales, unas formas, unos roles y cierto talante que nos posiciona ante nuestro interlocutor. Este tipo de comunicación sólo barniza un encuentro. Es superficial y estudiado, acompasado en turnos y supeditados a unos márgenes que restringen una comunicación más profunda. Sobre esa pose no hay escucha activa, sino la espera ansiada de un turno que parece no llegar para que podamos exponer nuestros argumentos.

    La comunicación entre seres -no sólo humanos- se expande mucho más. Entonces no se incluyen sólo las interpretaciones o las exposiciones a la hora de expresarnos, sino que una comunicación invisible se encarga de transmitir lo que no llega a traducirse en palabras. No nos referimos a la comunicación no verbal, de la cual hay mucho estudiado, sino de un lenguaje que no viene incluido en ningún diccionario, un lenguaje en el que no hay que analizar frases, oraciones, ni tiempos verbales.
    Es un lenguaje que nace de la sensibilidad de seres, de la energía de un amor que puede llegar a eclosiones y expandirse. Es un lenguaje que no necesita subtítulos ni traductor porque es universal, acoge a todos los seres y va más allá del significado. Es la comunicación de una madre con su bebé en el vientre,  después al nacer, y como no, cuando le tiene en brazos. Es el lenguaje que implica un cariño que ninguna imprenta puede convertir en libro. Es la vía en la que nuestros hermanos los animales, reconocen cuando son queridos.

    Convertir esta comunicación en palabras es como hacer una firma en el agua; es imposible. Pero esta supracomunicación también se da a golpes de intuición, de corazonadas que traspasan las distancias, en la lejanía de los cuerpos físicos. Este tipo de comunicación hace que sobren las palabras, que el silencio se torne revelador. Una brisa, un lirio plegándose ante el viento, un paseo sintiendo la arena de la playa... Todo ello forma parte de un mensaje en el cual la existencia se puede expresar. La belleza, la armonía, la serenidad al contemplar las estrellas, todo ello, son vislumbres de un mensaje que está ahí, perenne, no reconocido ni a la espera de ser descifrado, sino vivido. Sus renglones no disponen de gramática, sino que se sitúan en nuestra consciencia.

    Abrir un libro es fácil; el espíritu o alma parece no serlo tanto. Si el ser humano se desprendiera de esa sensación de superioridad en el planeta, este hogar terrenal de tantas familias de seres sería muy distinto. El propio ritmo de la vida se encargaría de lo que no está bajo control, como sus propios ciclos o los desastres naturales, pero no impondríamos nuestra dudosa inteligencia sobre todo lo que conglomera el soporte existencial.

    Así es como hemos perdido el contacto con la naturaleza, hemos dejado de escuchar el canto de los pájaros, el susurro de los árboles cuando tratan de alcanzar las nubes. Más sordos que nunca en este sentido, hemos dejado de sentir el sufrimiento ajeno de otros seres, el grito de dolor cuando maltratamos animales, deforestamos bosques y contaminamos el océano.

    La codicia del hombre hace de cortocircuito entre la comunicación y relación de seres. Prepondera su orgullo ante las cuitas de cualquier otra criatura, y acaba debilitándose en él cualquier indicio de acercamiento a sentir el palpitar de un lenguaje que va más allá de sus sentidos.

    Pero esperemos que el privilegio de ser conscientes de que somos conscientes, nos haga de nuevo preescribir la historia. Entonces no habrá diferenciación de seres -aunque en términos especificativos, sí-, no existirá una superioridad ante lo débil y todo formará parte global de un Uno. Será cuando vuelva a vibrar esa energía que intermedia para que nos comuniquemos con nuestro entorno; será cuando sintamos en una brizna de hierba lo más sagrado que puede abarcar una mano; será cuando al mirar el cielo nos veamos reflejados en el espacio cósmico que nos envuelve. Entonces, sólo entonces, el llamado ser humano se verá como una pieza dentro de un puzzle universal, donde cada cual ocupará su propio espacio.


    Todos estaremos formando parte de una inmensa familia donde con tan sólo mirarnos nos veremos formando una sola unidad, y en donde la consciencia, cuando se purifica, se comunica y ennoblece de manera natural, espontánea y por sí sola. El ser humano logrará abrazar a cada ser sintiente más allá de lo que consiguen abarcar sus brazos, dejando una huella impresa en lo más profundo de su ser interior.













miércoles, 14 de junio de 2017

El maestro.

La figura de un maestro ha representado siempre la sal viva sobre esta tierra. Son y han sido muchos los que han apostado por una visión distinta del hombre, y consecuentemente, del mundo.

    Muchos fueron perseguidos, otros acusados, otros sentenciados, otros quedaron en el anonimato, pero cada uno dejó impresa su huella, supo esparcir sus semillas en terreno fértil.

    Un maestro orienta, indica, reconforta, motiva, marca una dirección, transmite una enseñanza, pero no puede hacer el trabajo por ti. No puede traspasarte su experiencia, su lucidez, su discernimiento ni sabiduría, pero puede reavivar tu llama para reducir a cenizas tu ignorancia, tu atolondramiento. De ahí que a veces los métodos no sean iguales para cada persona, porque el maestro no responde preguntas, sino a quien las formula.

    El maestro es una luz que guía en la oscuridad, un faro que permite que veas los objetos con los que chocas, pero no le pidas que los aparte, que los retire, porque él también los tiene que sortear. Un maestro puede ser amable, noble y cercano, pero también firme, tajante y exigente. Eres tú quien se ha cruzado en su camino; él se mantiene en el suyo. Eres tú el que necesita beber de su fuente; él ya está saciado.

    Un maestro no trata de convencer. No impone, sino expone. Sus argumentos pueden no ser consistentes porque no quiere ir hacia tu mente, sino hacia tu corazón. Por ello su lenguaje no es el de un erudito que trata de adoctrinar, de imponer criterios, sino que provoca que llegue una brisa en tu rostro que obligue a girarte, a percatarte de otros vientos que pueden provenir de otras direcciones. El maestro sabe que si te rellenas de conceptos crearás un muro alrededor de ti, te aferrarás a ellos, te ocultarás tras los mismos. Su misión es destruir todo lo que crees que te protege; te deja inválido hacia una experiencia que debe ser tuya y nunca prestada por nadie. Pero para que la receptividad no provenga sólo de los pensamientos, el maestro provocará en ti una conmoción. Provocará que el discípulo deje a un lado su mente para que haya un acercamiento de seres, de almas.

    El maestro no intenta cambiarte, sino que por ti mismo te hagas más consciente. Respeta la base esencial sobre la que te sustentas: tu propio ser. Sin embargo, un maestro carga con todas las proyecciones y expectativas que puedan generarse hacia él. Es de todos y de nadie, escurridizo y también cercano. Su actitud descoloca porque es imprevisible. No encaja en ningún esquema mental, desprende contradicciones porque es la manera de complementarse. Deroga cualquier responsabilidad exigida hacia su persona, porque en última instancia, el maestro, es una llama en sí misma, una luz que se autoilumina y que puede irradiar a quien esté receptivo y abierto. Es su energía lo que atrae, nunca su ego. Se sirve de símiles y comparativas porque sabe que el lenguaje es incompleto para expresar lo que está más allá de las palabras.

    Todo ello provoca un golpe de luz, destruye los cimientos de las creencias y las estructuras de cómo deben ser las cosas. Hace añicos lo que consideramos permanente para asomar la visión más allá de los muros que hemos creado alrededor. Es su manera de expresar su compasión, su amor. La compasión de un maestro no va ligada al apego ni a la docilidad perpetua. Por ello despierta celos, animadversión, y se despiertan los detractores. El maestro puede pasar de ser el más querido al más repudiado, porque falló en la expectativa generada, porque sigue su propio camino, porque no tiene en cuenta tu proyección. La manera de expresar su amor no es la convencional, por ello desconcierta a todos a su alrededor.

    Existe una leyenda hermosa sobre Buda. Se dice que cuando iba algún erudito a preguntarle, alguna persona cargada de conocimientos sin afán genuino de búsqueda, sin más intención que el de un cruce dialéctico, Buda invitaba a esa persona a estar a su lado durante dos años en completo silencio. Una vez pasaran esos dos años, aquella persona podía preguntarle sobre lo que quisiera. El tiempo pasaba, dos años junto a Buda sin preguntar nada, buceando en el silencio interior, profundizando en los recónditos recovecos del ser. Una vez pasaba ese tiempo, Buda les recordaba que ya podían iniciar la rueda de preguntas, comenzar a cuestionar todo lo que quisieran. Era algo muy significativo porque las personas que permanecieron durante esa temporada bebiendo de la misma fuente sintieron que las preguntas se desvanecían, se desintegraban, porque por contra, otro tipo de integración sucedía, otro tipo de comprensión se creaba, y ya las preguntas dejaban de ser relevantes, sustanciales. No preguntaban nada, no había nada que preguntar. Se postraban a sus pies y tan sólo le expresaban su agradecimiento, su manera de atajar la experiencia de la verdad. Así pues, Buda, que en apariencia podía parecer esquivo a atender preguntas, daba la oportunidad a través de la experiencia a que la respuesta surgiera dentro de cada persona, sin implicar la mente intelectiva, sino la comprensión profunda. Así evitaba el enredo discursivo, y en ese gesto, en ese acto, era la manera en la que se expandía su compasión.

    El maestro puede parecer frágil, débil, pues su fortaleza no está al alcance de los ojos de los demás. Puede parecer ingenuo, pues su saber es el florecimiento de una inocencia recuperada sobre una experiencia. Te puede hacer sentir incómodo, puede que no encaje en tu modelo de lo que es un maestro, puede que le veas cotidiano, mundano, terrenal. Puede que no sea solemne, sino jovial. Puede que disfrute de los pequeños placeres sin la espera de una recompensa celestial, y convertir así lo más sencillo en divinidad.

    Así evita el pedestal, el rango de superioridad. Así está en un mismo nivel al igual que el de cada uno, porque al fin y al cabo, maestro y discípulo subyacen en sí mismo.

    Al maestro también hay que saber soltarle, puede ser un lastre en la evolución personal y espiritual. Puede convertirse en un apego, en una barrera que nos vuelve dependientes, que entronca con la madurez individual. Como dijera Krishnamurti: ¨Al fin y al cabo lo importante es trabajar con uno y no con alguien¨.

    Aunque el maestro es una máxima ayuda, un reconfortante vehículo de la enseñanza, se debe utilizar como la indicación y no como el camino en sí, pues en definitiva, uno mismo es su propio maestro y en uno mismo reside su propio discípulo.

 

















domingo, 7 de mayo de 2017

La capacidad de asombro.

Asombrarse es la capacidad de mirar siempre con los ojos renovados. Es un acto en peligro de extinción en el momento en que nos basamos y regimos siempre desde la lógica de las cosas.

    El mero acto de asombrarse va ligado a una actitud de cierta ingenuidad e inocencia; virtudes asociadas a la ausencia de conocimientos. Disponer de una capacidad de asombro no significa buscar el renovarlo constantemente, quizás el mismo hecho de observar el transcurso de los acontecimientos dispara el apreciar hasta el más mínimo detalle. Significa, pues, encontrar un significado en lo puntual, una carga de contenido en lo sencillo, y un asombro interior incluso en lo que damos por sentado.

    Reservamos el asombro para cuando ocurra lo extraordinario, desperdiciando así un proceso de florecimiento en lo ordinario. Dependiendo de la mirada, dependerá nuestra receptividad. El asombro de un niño es una buena prueba de ello. Para él todo es nuevo, grandioso, majestuoso, y su curiosidad se expande en todo aquello que le asombra.

    Esa capacidad la perdemos, se desinfla o la corrompen. Se deja paso al tedio, el aburrimiento y la familiarización con las cosas que nos rodea, perdiendo un renacer a lo que se va presentando. No logramos identificar el milagro frente a nuestras narices, porque lo analizamos, lo diseccionamos, y extraemos una conclusión reducida a la razón.

    Nuestra mente ha resuelto el misterio. ¿Para qué más extender el asombro? Algo vivo como una flor ha quedado enumerada en partes, en clasificaciones, en tipos de flores. El misterio de exhalar su aroma ya no es sorprendente, porque como ella, hay millones más. Hemos asesinado lo asombroso, hemos reducido en una parte algo en lo que se manifiesta la totalidad.

    Nuestra carga de conocimiento puede entorpecer el asombro. En el momento en que ¨sabes¨, te cierras a saber; en el momento en que ¨conoces¨, te niegas a dejar entrar el conocimiento. Se van acumulando memorias y en cuanto lo sorprendente se posiciona delante de nosotros, giramos la mirada. No podemos cargar con más, es mucho lo acumulado. Es mucho lo que todavía no nos ha dado tiempo a digerir como para ingerir más. Pero esa es la visión de la mirada que pertenece al pasado, o la visión de la expectativa del futuro. Si soltamos ambos extremos, podemos juntar las manos y sucede el milagro.

    De una manera espontánea, en apertura, en actitud relajada, accedemos al asombro. Dejamos la identidad que tanto enjuicia para ser consciencia dejándose embriagar; operamos con la inocencia del niño que aún no necesita reducir todos los contextos a una experiencia racional. Así la vida es un asombro continuo de momentos, incluidos los menos deseados, incluidos los más detestados.

    El asombro no es sólo por los estímulos del exterior, también el misterio de vivir, de pertenecer a una existencia. El milagro de ver nacer a un bebé, la observación del rocío al amanecer, el ensimismamiento de un silencio al atardecer. Asombrarse no significa exaltarse continuamente, ni acceder a la euforia desmedida, es una comprensión más profunda de ver lo milagroso en lo que nos rodea, lo divino en lo que nos alberga. Es estar despiertos a lo que es, recibiéndolo con una fuerte carga de alerta y receptividad, porque sabemos que su connotación de sentido no se volverá a repetir.


    La capacidad de asombrarnos se pierde en cuanto nos llenamos de decepciones, de desencantos, de frustraciones, de una supuesta madurez hermética de la que no podemos escapar. La capacidad de asombrarnos es recuperar la mirada del niño, pero sin su ausencia de ¨saber¨. Es volver a descender a los grados en lo que todo conformaba un espectáculo lejos del raciocinio. Es el saber de una ausencia de conocimiento que se perpetúa inmaculado y que permite asombrarnos en la propia instantaneidad, aportando con nuestro asombro color a lo incoloro, curvas a lo lineal e intensidad a lo monótono.

    Recuperemos el asombro que hemos silenciado en nosotros por encajar en unos patrones determinados. Avivemos la llama que cada vez se va consumiendo por buscar el ser correctos y diplomáticos. Nuestra seriedad puede reconciliarse con una actitud más expandida a captar lo que nos pasa inadvertidos por estar infundados en una personalidad de estructura petrificada.

    Para retornar a nuestra capacidad de asombrarnos no hay que recurrir al libertinaje, simplemente en silencio, en la quietud del momento, pues como dice el zen: ¨La hierba crece sola¨.








viernes, 25 de marzo de 2016

La respiración.

La respiración es el proceso por el cual, simplemente, estamos vivos. El hecho de respirar nos mantiene conectados con la vida, es el vínculo orgánico, el intercambio de oxígeno, la unión directa de dos realidades: la interna y la externa.

    Su acto puede ser voluntario, podemos intervenir en ella, podemos forzarla, suprimirla, extenderla, ampliarla en diversos ejercicios para obtener una serie de beneficios fisiológicos. Una buena oxigenación repercute positivamente en el organismo como en la calidad de la salud. Pero la respiración es mucho más...

    Al llegar al mundo nos recibe, al dejarlo nos despide, y durante todo el recorrido vivencial nos acompaña sin abandonarnos. Entonces la respiración es una aliada, un testigo fiel de todos los acontecimientos que atravesamos. Pero nuestra percepción olvida el fenómeno de la respiración dejándola como algo subterráneo a nuestra atención, quedando así enterrada ante los sucesos que se van presentando.

    Aun así la respiración no nos ignora. Ella puede estar sin nosotros, pero nosotros no seríamos sin ella. Al dormir nos vamos, pero se mantiene, nos sustenta. Al despertar y regresar continua sin reclamar méritos, sin exigir halagos. A veces irrumpe agitadamente cuando tenemos ansiedad, cuando se activa el miedo. Su ritmo se acentúa y caemos en la cuenta de por qué en ese momento la respiración no puede hacer más para mantener su compás natural.

    Pero la respiración sigue siendo mucho más.
    Es un puente, una aduana que enlaza y nos une con la existencia. Su ir y venir puede intervenir en el proceso mental, como el proceso mental recae sobre su equilibrio. Hay interrelación, hay una simultaneidad entre mente y respiración. A mayor calma mental, más serenidad en la respiración; a mayor control respiratorio, más sosiego y claridad mental.

    Entonces el soporte de la respiración ofrece distintos enfoques. La atención sobre ella puede generar relajación y tranquilidad, pero su observancia crea una gran transformación. ¿Cómo el simple hecho de respirar puede transformar nuestra consciencia? La transformación se genera cuando estamos presentes en la respiración, no sólo influyendo, sino observándola. Cuando percibimos este proceso tan cercano que es respirar, cuando tomamos consciencia de su mecanismo natural siguiendo el ritmo y aceptándolo, simplemente como espectadores arreactivos sin que nos arrastre, entonces surge una atestiguación.

    La respiración ofrece tras su observación captar el surgir y desvanecer, la impermanencia, el cambio constante. Porque no hay dos respiraciones iguales, porque cada respiración tiene su propia gloria y divinidad, porque si perdemos la atención en recordar otra, se verá implicada la mente en sus memorias; si fantaseamos en la respiración que está por llegar, se encontrará la mente enredada en sus ensoñaciones. Si la conciencia se unifica en la respiración de cada momento, la mente se retira, no puede operar a su manera porque todo es tan fugaz que apenas hay espacio para su charloteo.


    Pero observar con plena aceptación, con total relajación, sin enjuiciar, sin tensión, estando atentos a un proceso que nace en nosotros, desembocando en la existencia y viceversa, es desarrollar una visión pura. La respiración se torna soporte meditacional, un anclaje que permite enraizarnos con nuestro ser. Buda desarrolló este tipo de meditación vipassana para traspasar el velo de lo fenoménico. Sin embargo, es en la experiencia de su práctica lo que determina el poder transformativo, el cambio de perspectiva.

    En profundo silencio, la respiración comienza a ser tan sutil que apenas es perceptible. Entonces uno ya no respira, sino que es respirado. Sólo queda la observancia porque incluso ha desaparecido el observador. Entonces eclosiona un tipo de energía que emerge desde dentro.
    La respiración continúa, la vida externa sigue, pero la consciencia se ha esparcido en cada recoveco de nuestro ser. Observar el proceso respirante no es una idea, ni un parecer, es conectar con la línea divisoria que separa dos universos, y que al dejar a un lado la mente discursiva, se produce una comunión imposible de catalogar de manera intelectiva.

    Para la búsqueda del espíritu, la respiración es más que una herramienta para la introspección. Es la puerta entreabierta hacia un misterio que es la existencia en sí misma. Entonces respirar no sólo es un acto natural que se produce, sino el anclaje hacia una dimensión presente. Respirar se convierte en la rama a la que asirnos cuando el arroyo de las circunstancias empuja su fluidez. Respirar se vuelve en el proceso íntimo que entra y sale de nosotros trayendo consigo el mensaje de lo continuo, de lo transitorio que se vuelve todo.

    Sin la respiración sería difícil encontrar la rendija que nos lleva al instante, porque su presencia que detectamos conscientemente es la prueba fiable de que el momento es el que es, mostrándonos su cara, su rostro sin manipular por el pensamiento.

    La respiración siempre va a estar, siempre va a coexistir con la temporalidad, llevándonos paradójicamente y tras su observación, a un estado de consciencia transtemporal.

    Respirar no sólo es un proceso, sino la llave que abre la puerta de acceso hacia la dimensión espiritual de nuestro ser.









sábado, 6 de febrero de 2016

El fenómeno de la transitoriedad.

Todo cambia, todo muda, nada permanece estático. Los ciclos se presentan, las etapas se finalizan y la vida toma un carácter sometido por la ley de lo transitorio. El cambio es lo único permanente en un escenario donde el decorado es reemplazado una y otra vez constantemente.

    La ley de la transitoriedad es inexorable, intrínseca a la existencia misma. En su propio dinamismo se sustenta. Nada queda estático sin estar envuelto bajo el manto de la impermanencia. La transitoriedad encuentra sus márgenes en las dualidades, en los opuestos y en el desarrollo fenoménico. Todo cambia continuamente a nuestro alrededor, pero curiosamente nuestra percepción se niega a comprenderlo, dando por sentado todo aquello que se está continuamente renovando.

    Vivimos acaparados por la idea de lo perdurable, de lo permanente, de querer agarrarnos a lo eterno. Sabemos que el tiempo pasa, pero creemos que tan sólo afecta a los demás. Se nos escapa la comprensión profunda de detectar lo poco perdurable que pueden ser las cosas, haciendo de la vida una imagen retenida, una fotografía que no se altera. Damos por hecho lo que ya de por sí está cambiando.

    Cambian los escenarios, las actividades, las relaciones, los estados de ánimo, las percepciones, las ideas, y así un sinfín de planos y eventualidades. Nosotros ya no somos quienes fuimos, ni somos quienes seremos. Todo muta sin poder controlarlo, al margen de nuestros deseos y voliciones.

    Ahora sentimos una emoción, después otra. El amigo se convierte en enemigo, el enemigo más adelante nos ayuda. Lo que parecía la peor noticia, con el tiempo se convierte en oportunidad. La vida es fluidez, renovación constante. Un dicho de Heráclito reza que nunca te bañarás en el mismo río dos veces. Lo único que se estanca es nuestra percepción, nuestros petrificados ideales, nuestra visión de las cosas que no alcanza el compás ni el ritmo de la melodía existencial.

    Nuestro pensamiento quiere seguridad, un suelo fijo donde aposentarse. Buscamos adherirnos a lo seguro en una esfera de constante mudanza. Todo ello deriva miedo, inseguridad, y un apego rígido hacia todo lo que de por sí tiende a ser modelado. En mitad del arroyo nos agarramos a una rama a punto de quebrar, en vez de manejarnos con las aguas que nos empujan y aprender a reconciliarnos con ellas. La vida golpea contra nosotros y mantenemos una actitud de bloqueo, de sujeción a esa rama que consideramos irrompible. Llegará un momento que, o bien se quiebra la sujeción, o aprendemos a soltar para volver a retomar la fluidez de la que nos habíamos apartado.

    Para la mente, la transitoriedad es un fenómeno que no termina de captar. La mente necesita de lo fijo, de lo inmutable para tener donde adherirse. Necesita de las creencias en determinados patrones y de la proyección según los esquemas en los que se basa. El cambio le frustra, le tambalea, derriba sus cimientos. Lo mudable, lo transitorio, todo ello se desarrolla en el presente y es ahí de donde la mente quiere escapar. Prefiere basarse en lo ya vivido o en lo que está por llegar, porque de esa manera hay un margen para edulcorar las experiencias. El presente es un suelo que se hace añicos a cada instante, por eso la mente y el ego, en él no pueden mantenerse.

    Aceptar el cambio es conectar con un dinamismo que se produce al margen de nuestros favoritismos o de nuestra postura de cómo deben ser las cosas. Es acrecentar nuestra mirada para abarcar todas las posibilidades que ofrece la transitoriedad. Si nada pasara, un dolor de cabeza sería para siempre. La transitoriedad ofrece aprendizaje, desprendimiento a cada instante, muda psíquica. Ofrece la posibilidad de crecer y deprendernos de una parte de nuestra personalidad que no nos ayuda en nuestra evolución. Ofrece el entendimiento correcto de una comprensión más reveladora sobre las fases en las que se desenvuelve la vida.

    Si todo cambia, si todo transita, ¿a qué apegarnos? El desapego permite ligereza en vez de fricción ante las circunstancias dadas. Permite cortar con las ligaduras invisibles que tanto nos esclavizan emocionalmente. Ya puede ser el apego a personas, a placeres, a ideas, etc... Al final lo único que se mantiene es nuestra ligadura creada, y a sus espaldas, se desarrolla el fenómeno cambiante.

    La existencia rige con sus ciclos, invierno/verano, día/noche, y así se van completando los decorados en los que estamos inmersos. Si queremos alcanzar lo eterno no debemos mirar afuera. El tiempo condiciona y rige. Según el controvertido Osho: ¨ La eternidad no es duración en el tiempo, sino profundidad en el momento ¨.

    Ahí debemos investigar para acceder a esa intemporalidad libre de condicionantes. El momento ofrece algo más que una situación que resbala ante nuestros ojos. Encierra en sí mismo el acceso a una dimensión no salpicada por la fluctuación del dinamismo. El acceso es tan estrecho que no entra ni un pensamiento, ni una sola idea, tan sólo un estado de consciencia alerta.

    Si estamos más conscientes penetraremos en una profundidad en la que ninguna sola onda nos agitará, en la que la condición del cambio tenga un acceso restringido, y se pueda presentar así un estado bien distinto del que está regido por el fenómeno de la transitoriedad.








viernes, 8 de enero de 2016

La acción desinteresada.


 Realizar acciones es inevitable en cada ser humano. Toda acción va ligado a un resultado, a veces buscado, y otras, viene dado por la naturaleza intrínseca de la ejecución.

    Existen acciones muy sutiles como puede ser pensar, observar; otras más burdas, como puede ser empujar un coche. Pero en ambas nos identificamos con el ¨hacedor¨. En ese ¨hacer¨ hay voluntad, intención, volición y deseo noble, pero también puede esconder soberbia, codicia, ambición y egoísmo. Con lo cual no sólo interviene la acción y todo lo que lo catapulta, sino la actitud con la que lo realizamos.

    ¿Qué diferencia, pues, puede existir entre la actitud y la acción por hacer?

    Que nos pueden esclavizar, o no, sus resultados.

    Tu corazón late sin que se lo pidas, pero no clama que se lo agradezcas; tu respiración natural no precede a reprochártelo en cara. La acción se vuelve natural. Pero puede surgir el sentimiento de posesión respecto a la acción ¨yo lo hago¨, y sucede entonces que no sólo es lo que pueda derivar esa acción, sino lo que nos apegamos al resultado. Si éste es favorable nos sentimos dichosos; si no lo es, defraudados y frustrados; pero en ambos polos dejamos de lado nuestro núcleo central de ser.

    Es el afán de dar un sentido al acto lo que nos arrastra obsesivamente al resultado. Sería demagogia expresar que cuando realizamos algo no buscamos una obtención, es decir, si bebemos agua queremos eliminar la sed, pero de lo que se trata es de investigar en cómo aflora y repercuten ciertas tendencias individualistas, ególatras y personalistas, referente a lo que nos incita a la hora de realizar una acción.

    Por ello, la acción desinteresada es un gran ejercicio para romper las cadenas del sentimiento de control y posesión. Permite ir derritiendo el mecanismo de ¨hacer¨ por y para algo, y convertir el acto de la acción en una recompensa por sí misma. Pero nuestro lado acumulativo y voraz no termina de entender este término, de hecho, buscará en esta actitud otro tipo de recompensa, quizás el  futuro reconocimiento por parte de los demás de desprenderse de los resultados.

    Se dice que lo importante es participar, pero a veces esta frase llega cuando no se ha conquistado el primer puesto. Antes lo que se escuchaba es ¨¡Tú puedes!¨, ¨¡No has llegado hasta aquí para nada!¨, ¨¡No nos puedes defraudar!¨. ¿Está mal alcanzar o luchar por un primer puesto o lograr el pódium? Igualmente entra de lleno la actitud desprendida hacia los resultados. Puedes quedar primero, valorarlo, no sentirte superior y olvidarte, y puedes quedar el último y generar rencor y culpar a todos los demás de tu derrota. El mendigo puede ser rico y el monarca puede ser pobre.

    Pero mucha parte de ese sentimiento interior de falta de estar completados surge cuando hemos alcanzado una meta, o se crea el miedo a perder algo cuando lo hemos obtenido, por falta de consciencia en su desarrollo y tener en todo momento las miras puestas en la conclusión final del acto. Entonces el ¨hacer¨ es una negociación, pierde su totalidad y entorpece la transformación de la persona. Sólo consigue acumular y acumular actos sin penetrar en una verdadera riqueza que no es la que puede estar por llegar, sino la que viene ligada por el simple placer y disfrute de hacerlo.

    En el yoga esta vía de emplear los actos como entrenamiento y acrecentamiento de la consciencia se le denomina ¨Karma yoga¨. Entonces no sólo hay que retirarse a contemplar o refugiarnos en la soledad del silencio, sino que la vida de cada día, lo cotidiano, todo ello, es un banco en movimiento de meditación.

    La acción y el hacedor se vuelven uno; la expectativa y la conclusión final se funden sin oscilar en extremos de pérdida o ganancia. Por lo tanto, cualquier acto de la vida diaria puede convertirse en soporte meditacional, en transformación espiritual, porque abocados a actuar ¿qué mejor que convertirlo en néctar para nuestra evolución personal?




    En el camino de la búsqueda el desapego hacia los resultados no es significado de que no nos importen o no deseemos que sean favorables, sino que aun sabiendo que hemos hecho todo lo que estaba en nuestro alcance, no disponemos del absoluto control sobre los mismos. Por ello, la acción desinteresada es un noble ejercitamiento de la falta de personalismo en la ejecución de las acciones, y el recibimiento en ausencia de ego como anfitrión de los resultados.








domingo, 4 de octubre de 2015

La reflexión consciente.

El raciocinio ofrece la capacidad de generar un análisis intelectivo que, mediante su cultivo, posibilita la indagación racional. El pensamiento es una herramienta muy valiosa, y a la vez, misteriosa, porque su origen al crearse escapa la mayoría de las veces a nuestra voluntad.

    Es entonces cuando el proceso pensante se vuelve mecánico y repetitivo, torturante en muchos casos y termina por hastiar al sujeto que no lo controla. Pero cuando el pensamiento está bajo el yugo de la consciencia, éste adquiere otro potencial, posee la capacidad de ser lúcido y consciente, y entonces se torna un utensilio cognitivo de gran beneficio, se vuelve auxiliar a la hora de buscar razones intelectuales y traduce en palabras aquello que puede ser difícil de expresar. Nace entonces la reflexión consciente.

    El pensamiento así, bien encauzado, se sumerge en una fila que termina por ser reflexiones que pueden desembocar en sabias determinaciones.

    La consciencia permite estar presente en la racionalización y construcción de las cadenas pensantes. El pensamiento, al estar al amparo de nuestra voluntad, ya no es acosador ni mortificador, sino que pone su empeño en alcanzar grados de entendimiento que faciliten la comprensión profunda a nivel analítico.

    La reflexión es bajar el ritmo y ser selectivos cuando queremos indagar utilizando el pensamiento -porque la indagación no es sólo pensante, sino también intuitiva-. Permite aclarar diferenciaciones, discriminar bajo un sano juicio, esclarecer y vislumbrar. Toda una maquinaria se pone a nuestra disposición que, a través de su adiestramiento, logra evolucionar y mejorar.



    La reflexión consciente trata de profundizar, argumentar y llegar a esclarecer causas, situaciones, inquietudes o sensaciones. Es la capacidad de discernir, de diferenciar, de emerger en claridad y con palabras lo inexpresable. De ellas se da paso a acciones diestras, posicionamientos acertados o extracción de una sabiduría que parecía inexistente. Al ser esta una reflexión consciente, su utilidad es más considerable, lejos de ser más o menos acertada, pues lo importante es que la persona toma, y no es tomada, por el análisis reflexivo.

    Si la consciencia se extiende, la racionalización no se vuelve neurótica ni obsesiva, sino que con su peso específico sabe concluir sin esa inercia a desgastar el estímulo pensante. Es pues, una utilidad lícita e indispensable para alcanzar grados de entendimiento, y lograr así, conclusiones acertadas. Cuando las reflexiones son orquestadas por nuestra parte más destructiva o inconsciente, no hay soberanía de un yo lúcido y panorámico, sino de inclinaciones que se van repartiendo entre nuestros distintos puntos de vista. No hay una agrupación de voces, cada una tira a su terreno, y la reflexión, lejos de ser persistente y compacta, se vuelve camaleónica y va modificándose a su antojo. Sería ésta una reflexión en tela de juicio, embaucadora y carente de fiabilidad. No habría pasado por nuestro filtro más deliberado, ni reajustado ni actualizado. Es un barco a la deriva, sin ningún control sobre el timón. Una reflexión así es una trinchera de miedos, juicios, prejuicios y dudas.

    La reflexión consciente no es sólo un trabajo de categoría racional, pues puede caer en la trampa de tornarse repetitivo, estrecho en miras o ausente de lucidez. Por ello es importante que las reflexiones no sean ¨prestadas¨ y se originen de escarbar en una genuina investigación.

    Tras reflexiones más sabias, imparciales y moderadas, la visión se amplia y se logra salir de un tipo de entendimiento que, quizás, anule la capacidad de arrojar luz sobre diversas parcelas. La reflexión consciente promueve el pensamiento correcto, diestro y presto a reivindicar una resolución que elimine la inquietud de no captar algo que se nos escapa. Abre la puerta a la agudeza, la visión cabal y al atino intelectivo. Nos deja en bandeja las palabras para recargarlas de connotación y los argumentos para emplearlos a disposición de los diferentes contextos.

    Dedicar tiempo a una reflexión consciente es crear un análisis sorteando obstáculos que no vemos en un principio por falta de lucidez o visión clara. El recto y sano pensar se pone a nuestra disposición. Es la posibilidad de escudriñar sin ser poseídos, sabiéndolo tomar y sabiéndolo soltar, sin quedar asfixiados por los ríos de pensamientos inconclusos de los que somos abordados la mayoría de las veces.

    En el terreno de una búsqueda espiritual, la reflexión consciente es necesaria para desempañar un tipo de saber que logre acercarnos a otro más intuitivo y revelador. Sin la capacidad de reflexionar sabiamente, el buscador es tomado por impulsos o cree lo primero que escucha o no discrimina en las enseñanzas. Es su consciencia un lienzo en blanco donde todos pueden depositar su firma sin dejar espacio a su propio análisis personal.


    Una orquesta de pensamientos sin una batuta que guíe y oriente, se convierte en un estruendo ruidoso sin ningún compás. En cambio, si hay de fondo un director de orquesta (la consciencia) y un ritmo acompasado (la reflexión lúcida) se produce una acertada melodía donde cada instrumento aporta su utilidad, dando como resultado la armonía en la composición, de todas las partes que lo integran.
























martes, 4 de agosto de 2015

La virtud de la insignificancia.

    En el afán del hombre, el ¨significado¨ procura rellenar el sentimiento de vacío que puede llegar a producirse en él. La evolución es una cualidad existencial y es noble buscar el mejoramiento y avanzar en los grados que propone la vida, ya que el potencial de un individuo es profundamente desconocido.
    Pero, y más en estos tiempos, la persona proclama y crea a su alrededor una vida que no le corresponde, que desearía pero no le pertenece, que rechaza su sencillez porque da valor a las apariencias. Entonces en la búsqueda de lo extraordinario el sujeto se convierte en ordinario, porque se sumerge en el arroyo colectivo que espera, mediante su empuje, ser llevado a un lugar en exclusiva.
    Puede darle la compulsión de aparentar, de fingir que todo va bien cuando en el fondo hay malestar, de querer transmitir lo maravilloso que es todo cuando a lo mejor quedan restos de miseria.
    La insignificancia no es carencia de sentido, no es conformismo ni rechazo a mejoras, no es apatía, desilusión, pereza, holgazanería, resentimiento ni derrotismo. La insignificancia, si jugamos con la palabra, podíamos conjugar: ¨significancia intrínseca¨, es decir, significado propio, esencial y natural.
    Esa insignificancia -en apariencia- es el valor cualitativo que subyace sin la necesidad de ser reconocido por nadie. Desde pequeños nos educan para que seamos ¨hombres de provecho¨, que lleguemos a lo más alto y que alcancemos prestigio. Es como tomar el relevo de otras personas adultas que no lo han conseguido, y con ello, cumplir una meta que en muchos de los casos no nos pertenece.

    El significado de una persona cuando se convierte en escaparate se torna como un adorno, una máscara y una pose de la que no se puede deshacer. La felicidad podrá ser fingida pero al final es una demanda de ser considerados, tomados en cuenta y ubicar un espacio único dentro de la multitud. Ese espacio único ya se crea en el centro de tu ser, sólo hay que reconocerlo. Tu propia individualidad es irreemplazable, no hay dos copias, la existencia no tiene pensado volver a repetirte. Entonces ¿por qué esa carrera para llegar a ninguna parte?
    Está bien prosperar, avanzar, evolucionar y querer ser mejores de una versión nuestra de la que no nos conformamos. Es lícito descubrir nuestro potencial, ver nuestras limitaciones y mejorar nuestros aspectos, tanto internos como externos. Pero ¿por qué ese rechazo a ser común? Es como si nuestro ego nos dijese: << Tú vales mucho más que todos ellos>>. Es como si las voces de todo el mundo se reunieran en nuestra cabeza para decirnos: << ¿Es que te vas a quedar ahí parado, sin hacer nada?>>.
    Al final un individuo puede quedar enajenado en la búsqueda de un posicionamiento que hable de él hacia los demás, que sirva de portavoz y resuma en un momento su valía sin necesidad de dar más explicaciones. Pero si nos fijamos en la naturaleza, vemos que es mucho más sabia. Nadie compite con nadie. Un árbol no lucha por ser un pájaro ni viceversa; una rosa no exhala su aroma dependiendo de quién la perciba. Rigen sus propias leyes pero no verás agitación ansiógena en nada, tan sólo una profunda aceptación de lo que es y que permite la fluidez continua.
    Cada participante en la naturaleza está a gusto siendo lo que es, disfrutando de su momento y adaptándose a los cambios que ofrece el curso natural de los acontecimientos. Pero para el hombre un hormiga no tiene significado, por eso la pisa, siente su poder sobre ella. Un árbol quiere alcanzar las estrellas, por eso asciende hacia arriba, pero no abandona nunca sus raíces. Hasta donde llegue lo habrá disfrutado. Todos los seres humanos quieren alcanzar la cima de la montaña, pero no existe espacio para todos, de hecho muchos quedarán a medio camino y nadie les advierte de la posible frustración que puedan sentir. Es el precio de no alcanzar la proyección de lo extraordinario y verse empujado y forzado a fundirse en el colectivo donde nadie destaca de nadie.


    Pero cuando una persona decide ser insignificante -en el contexto que estamos empleando-, no significa que no quiera arriesgar por miedo, que no se atreva a dar ningún paso, sino que siente una gran liberación, de hecho observa cómo unos se van pisando a otros para subir a esa cima en el que él está ausente de participar. Se vuelve un don nadie, se sumerge en el anonimato, pero eso le convierte en extraordinario para sí mismo. Escala su propia cima, se eleva sobre sí mismo, y trata de conquistar lo que nadie le puede sustraer. Ve en la sencillez su modo de expresar, sin galones, sin sofisticación, sin un repertorio de todo lo anteriormente conquistado para mostrar. La sencillez le permite ser como es en este momento.
    Pero el ego necesita alimento para reforzarse, retos para existir. Y la persona común no evita el reto, no se esconde, lo vive y experimenta con consciencia, pero no se descentra, no se abandona a sí misma y más que un reto donde sólo predomina un resultado, trata de verlo como un juego que debe ser curioseado.
    El sentimiento de la insignificancia es un gran ejercicio para nuestra vanidad. Es observar que en nuestra ausencia las cosas siguen existiendo, siguen su curso, que la existencia no se detiene hasta que nos decidamos a reconocerla o no. La existencia te invita a participar a cada momento, pero extraviados en lo que podemos obtener en otro, rechazamos dicha invitación.
    La insignificancia es reconocer que somos una parte del todo. Que estar a la espera de la llegada de lo extraordinario empaña la visión, porque esa misma cualidad se encuentra en lo ordinario, en el alrededor, en la brisa que roza tu cara. Hay belleza en lo común, en lo corriente, en el simplemente ¨estar¨. Toda fricción por querer forzar algo por compulsividad es ruidoso, agitado, ampuloso, antinatural. Todo ello genera una lucha con uno mismo y todo lo que le envuelve; se deja de formar parte del todo para convertirse en una pequeña isla. La lucha es tensión, rudeza y siempre está viendo amenaza en ver perdida su valía. Cuando hay relajación se atribuye siempre a derrota, debilidad y falta de valentía. Pero era Lao Tse, el padre del Tao, quien nos instaba a reconocer que la aparente fragilidad de un lirio era fortaleza, y que la robustez de un roble puede ser fragilidad porque entran de lleno en los contextos. En los contextos es donde se pone a prueba las etiquetas que otorgamos a las cosas. Si llega un vendaval, el lirio se pliega y resiste, sin agarrarse a nada que no sea él mismo. El roble está rígido, estático -cualidades del miedo- y puede quebrar con facilidad sin posibilidad de ser reconstruido. La robustez que imponía y despertaba tanta admiración no sirvió ante la llegada del vendaval, y en cambio el lirio, sin llamar la atención pudo ser flexible, agacharse sin sentirse humillado por bajar la cabeza y volver a resurgir con total esplendor.

    La insignificancia es significado total pero en otra dimensión. Si buscamos ser insignificantes a la espera de que nos lo reconozcan, estaremos en el mismo juego. Es más que una actitud, es un reconocer la banalidad, la futilidad de ciertas cosas que, al fin y al cabo, nunca nos llegarán a trasformar.
    Por ello, la virtud de la insignificancia es la comprensión profunda de nuestra verdadera esencia, lejos de los parámetros que impone esta sociedad en la que se determina nuestro valor en la apariencia que logramos hacer llegar a los demás.

    En la búsqueda de uno mismo, la insignificancia no es un término negativo, sino la ausencia de capas que creemos que configuran nuestro significado.
































jueves, 23 de abril de 2015

Los estrechos puntos de vista.

    Todos nos basamos en inclinarnos en opiniones, clasificar situaciones y hacer comparativas. Nuestra base de entendimiento y captación permite elaborar una demarcación ante lo que acontece y, desde ahí, elaborar un posicionamiento firme y determinado.

    Es entonces cuando nos aferramos a puntos de vista, preferencias o creamos distanciamiento mediante el rechazo. Pero a veces todo lo que consideramos creer, todo lo que damos por hecho, todo el conocimiento que damos por sentado, no es más que un margen que separa y llega a distanciarnos de un entendimiento más amplio y panorámico. Nuestro saber abarca hasta un punto y depende de nuestra actitud el querer ampliarlo. Para ello debemos estar en apertura, dispuestos a soltar todo aquello que creemos ser lo que nos sostiene y define. Es reciclar continuamente nuestros patrones de comprensión y lanzar unas miras que abarque hasta el infinito.

 Si no, de otro modo, se van coagulando y petrificando todo aquello que en su momento pudo haber tenido su validez. Pero todo es fenoménico y transitorio (no irreal), e incluso nuestro punto de vista en un momento determinado puede haber alcanzado su fecha de caducidad.

    También entran de lleno los contextos, pues ese decorado permite rellenarse con nuestras preferencias e ideologías. Y cómo no, nuestro estado de consciencia, pues es lo que determina la discriminación de los hechos y sus consecuencias.

    Discernir no es fácil, y menos cuando estamos apegados a estrechos puntos de vista. Son estos una parcela en la que nos sentimos familiarizado y seguros, y creemos coger en ella con nuestra personalidad configurada en sus creencias.

    Un punto de vista erróneo no tiene más consecuencias que la posibilidad de ser cambiado, pero su apego desmesurado es lo que hace sacar lo peor de una persona.

    Ideologías, creencias, dogmas, clichés, y un largo etcétera, han cambiado siempre la historia de la humanidad. No mirar más allá de un estrecho punto de vista, es estancarnos en un sitio que no ofrece una visión más ampliada, y con ello, la posibilidad de manejarnos con más variables que determinan razones, consecuencias o vislumbres.

    Nuestro grado de lucidez también repercutirá en ampliar la periferia de nuestros amasijos de conceptos, juicios y prejuicios. A veces se derretirán; otros, se solidificarán, porque se reafirma más su fuerza y hacemos todo lo posible por sustentarlo.

    No salir de los estrechos puntos de vista es como no actualizar nunca un reloj. El tiempo se queda detenido, la vida se mantiene en pause, y nuestra capacidad de entender se acoge y no se suelta de la solidificación en nuestra postura. Abrir la mente no significa perder nuestros valores, ni la ética, ni destruir nuestras consideraciones. Pero sí es dejar correr el río de las opiniones y fluir con ellas sin sujetarnos siempre a la misma rama, porque esta puede quebrar y el curso de los acontecimientos nos terminaría por arrastrar sin tener más alternativas donde sujetarse.

    Hagamos por ampliar el horizonte, humildemos nuestras opiniones, relevemos lo que creemos es fijo e inamovible. La vida abarca mucho más de lo bueno y malo, lo bonito y lo feo. La comprensión no tiene límites, no es raciocinio únicamente, es también existencial, y su lenguaje escapa de lo meramente racional.

    El punto de vista que solamente es estrecho, debe derrumbar sus barreras para oxigenar y dar paso a otro tipo de percepciones, pero nuestro desconocimiento que genera una ignorancia que además es atrevida, no intuye ni por asomo.

    A veces es la propia vida, la que con sus adversidades, nos otorga la lección. A veces son las contrariedades las que nos hacen descabalgar de nuestro ego "sabelotodo".

    No esperemos a que una situación cataclismal nos derrumbe para volver a edificar. Tengamos una actitud de buen anfitrión para recibir opciones y posibilidades que hasta ese momento obviábamos por completo. Es un gesto de grandeza, de sabiduría en potencia, de salud emocional y de psicología sana que se actualiza por sí misma.


    Examinemos lo que escapa a nuestras manos y también lo que podemos controlar, y con todo ello, expandamos nuestra consciencia para eliminar fronteras y que pueda abarcar dimensiones que no vemos por estrechez de miras, y sí en cambio, con apertura mental.
 

jueves, 26 de marzo de 2015

La autoobservación.

 
Existe una capacidad derivada de la atención, que nos permite desplegar en todo momento unas miras hacia nosotros mismos.
    Es la autoobservación una acción que permite direccionar una visión que redirige una y otra vez a nuestro mundo interior, psicológico, y a nuestras reacciones más íntimas y personales
    La aotoobservación es el mantenimiento de una mirada que nadie puede jamás captar, clavada en nuestro núcleo más profundo para revelar y detectar todo lo que se va generando sin que nos pase desapercibido o se produzca a espaldas de nuestro estado de consciencia. Autoobservarnos es una ejecución individual en la que nadie jamás nos puede reemplazar.
    Uno puede observar a otra persona, como puede también analizarla y estudiarla, y a través de todo ello, sacar una conclusión clara, pero aún no existe una radiografía que permita ver cómo realmente se siente una persona.
    Autoobservarnos es la herramienta práctica del autoconocimiento. Es conocer al conocedor, indagar en quien indaga. Sin la autoobservación no hay posibilidad de detectar todo el amasijo de emociones que nos toman o las distintas reacciones que nos sacan de nuestro eje. La aotoobservación no puede ser una acción mecánica, porque precisamente rompe el automatismo para observarnos, y de esa manera, comenzar a dejar cierta distancia con todo aquello que creemos que es sumamente esencial en nosotros, cuando en realidad son capas y capas de personalidad creada.

    Esa indagación en primera persona nos permite atestiguar para detectar y, con ello, modificar o enfriar actitudes o emociones que nos friccionan y entorpecen el crecimiento interior. Si damos la espalda a la posibilidad de autoconocernos, viviremos únicamente para un yo superficial, prestado, centrifugado y desinflado de una esencia que no advertimos. La aotoobservación no debe ser obsesiva ni que nos sirva para coercitarnos, autoreprocharnos o sumar más caos en nosotros. Tampoco para obsesionarnos ni convertir la observancia en un juez refractario de toda nuestra composición anímica y psicológica.
    La autoobservación debe ser como una flecha de dos lanzas; una que apunte hacia afuera, y otra, hacia los adentros. Su alcance nos debe situar en un puesto de testigo que mira pero no se implica. Ve, pero no reacciona. Modifica, pero no se violenta.
    Sin autoobservarnos, se alimenta la tendencia a ser más mecánicos, pues no se implica una atención que detecte los automatismos que nos condicionan. La importancia de autoconocernos es vital, y el primer inicio es la autoobservación. Es el  preliminar para extraer un conocimiento de primera mano de nuestra configuración albergada por deseos, temores, inclinaciones, rechazos, apegos... Es el primer paso para evaluar, corregir y transformarnos. Dará pie a ver un comportamiento espontáneo que muchas veces no sale a la superficie, pero que anida en lo más visceral de todos nosotros. Nos permitirá, una vez detectemos distintas reacciones, a comenzar a distanciarnos con una acción pasiva, sin luchar, sin sumar más conflicto a nuestro lado más destructivo, para ir accediendo a una fragancia solapada de personalidad, útil en muchos contextos, pero insuficiente para autodesarrollarnos.
 
Esto no significa luchar por no ser nosotros mismos, sino ser más conscientes, estar más alerta y comprendernos. La aotoobservación se convierte en una introspección sana, lejos de la egocéntrica, desplegando atención y aprendiendo a diferenciar la posible reacción que podamos tener, de lo que es una respuesta viva a lo acontecido. Al principio es una llama muy débil, pero con la práctica va ganando en intensidad. El ejercicio más directo es la meditación sentada, pero después se debe hacer extensible a cualquier escena de la vida diaria.
    La autoobservación da paso al autoconocimiento, y éste permite el autodesarrollo. A medida que captamos y comprendemos las leyes que rigen nuestro universo interior, estaremos más capacitados para entender todo el entramado exterior envuelto en su propia dinámica.
    El buscador sabe que para conocerse debe observarse previamente. Sin ese ejercicio directo vive de espaldas a sí mismo, dejando escapar toda una cantidad de información que sólo él mismo puede recopilar, y posteriormente transformar.


    El autoconocimiento no es dentro de unos años, ni los logros ni lo adquirido. Comienza ahora, en este instante, y el canal de transformación es la aotoobservancia, que derivará con ello un acercamiento más profundo a nuestra propia esencia.

















lunes, 10 de noviembre de 2014

El error.

 
 El error es la parcela censurada del equívoco. Su sola pronunciación ya hace clasificar la palabra en una dimensión de fatalidad y prejuicios negativos.
    El ser humano, en su intencionalidad y quehacer, dispone de diversas vías para desarrollar y desarrollarse. Unas son más acordes y diestras, y otras, se alejan de ser acertadas.
    Se achaca el error a la fatalidad, lo injustificable y lo contrario a la eficiencia. Una vez cometido el error, se busca al responsable directo y, en muchos de los casos, se penaliza o reprime al sujeto. A veces, el error, ha llegado a ser tachado de pecado, generando con ello el exceso de culpa. Nos educan para evitar el error, cuando en el fondo, es principio de aprendizaje.
    El error repetitivo es negligencia, pero el ocasional y fortuito, oportunidad de crecimiento. Sin error no puede haber un reconocimiento para descartar. Saber todo de antemano sería un suicidio psicológico y alimentaría el enaltecimiento del ego. Si no existiera un margen para errar, nuestras acciones estarían predestinadas y sus conclusiones determinadas.
    Eso que en un principio parece liberador, no es más que la construcción de una burbuja invisible de seguridad, sustentada por nuestra creencia ciega de lo que consideramos perfección. Errar es de sabios, pero lo es más si se le incorpora nuestro grado de consciencia.

    El error produce rechazo, aversión, y precisamente por miedo nos preocupamos más de no caer en el error que de realizar algo bien. Desde pequeños nos inculcan lo que es erróneo, dejando en nosotros la huella de la reprimenda. La educación dada reprime el error, convirtiéndolo en un saco donde entra la falta de atino en la acción, la torpeza o los condicionantes en nuestras cualidades a desarrollar. Todo ello genera inseguridad en la persona, viendo el error como algo catastrófico sin intuir que es fundamental para el crecimiento y desarrollo.
    Si cuando debemos optar, todas las puertas fuesen válidas, caeríamos en un sueño psicológico lejos de acrecentar nuestra capacidad de elección basado en nuestra experiencia, el discernimiento, el descarte de lo que menos nos interesa, y el factor clave, reconocer la que ya hemos abierto en otras ocasiones y nos perjudica. El error, una vez convertido en factor transformativo, es el recordatorio, el historial que nos permite ir por delante para reconocer la acción negligente y menos diestra.
    Pero no podemos pensar que los errores se agotan. Si fuera así, deberíamos plantearnos si estamos arriesgando lo suficiente, viviendo con coraje -sin perder la prudencia-, o por contra, nos hemos estancado y cobijado en un punto por miedo al fracaso. A mayor valentía, mayor posibilidad de error, porque las posibilidades se configuran por lo acertado o lo erróneo, dependiendo de cómo lo interpretemos y cómo procedamos a la ejecución y desarrollo.

    Tener miedo al error es evitar la vida en su conjunto. En el momento en que demos un paso se abre la hipótesis de si es o no lo correcto. Por ello, también debemos ampliar nuestra visión para no tender a clasificar tan rápidamente y dejar fluir los acontecimientos para observar cómo se van resolviendo sin etiquetar tajantemente. Lo que puede parecer un error puede convertirse en una bendición, y viceversa.
    La sabiduría no es ausencia de error, sino lucidez para detectarlo cuando se produce, reconducirlo y transformarlo conscientemente. Eliminemos nuestros juicios y estemos en apertura con el error. Que se convierta en un huésped puntual que sabemos recibir. Veamos qué puerta ha quedado abierta para que pudiera colarse, y despidámoslo con la mayor de las amabilidades. Si fallamos cien veces, tendremos el conocimiento de cien maneras que no debemos volver a hacerlo. El acierto está sumergido en las profundidades de lo idóneo, y se accede atravesando las capas de errores, que tan sólo nos guían para escarbar más en profundidad.

    En la búsqueda interior, el rastreo de implica toparse con el error una y otra vez, desviarse de la senda en más de una ocasión, pero el buscador, con ánimo firme, amiga con su lado más inclinado a errar para darle las gracias por reorientarle de nuevo hacia su dirección de autoconocimiento












viernes, 18 de julio de 2014

La felicidad.

   Al hablar sobre la felicidad, primero, habría que preguntarse qué es, porque cada uno a nuestra interpretación, podemos ofrecer connotaciones distintas.

    La felicidad, comúnmente, es lo que constantemente buscamos, lo que deseamos o anhelamos según nuestro paradigma, entendiéndolo como una experiencia culmen permanente e idónea, para así transitar el recorrido en esta vida.
    Es una aspiración humana, un estado que nadie aborrece y con el que, según entendemos, concluiría todo el sufrimiento o gran parte de él. La felicidad puede ser enfocada desde muchos puntos de vista. Para unos puede ser momentos de entusiasmo; para otros, obtención material, y así un largo etcétera.
    ¿Pero realmente existe la felicidad como tal? ¿Es una quimera? ¿Es una dicha que nos pertenece como derecho propio?
    Cada persona tenemos una manera de entender y vislumbrar lo que consideramos ser felices. Hay quien lo establece como lograr una estabilidad, rango o un cierto estatus. Desde otra visión, el alcanzar un cierto equilibrio o armonía, también puede ser catalogado como felicidad o como predisposición a la misma. Quizás la felicidad no sea el mismo tipo de cima para todo el mundo, pues cada uno recorre su propia montaña. Lo que sí debería de ser un común denominador es que no dañemos por alcanzar lo que consideremos en ese momento por felicidad, pues teñida de dolor o sufrimiento ajeno, nunca podrá ser una felicidad noble.
    Existe el fenómeno de que el resultado de ser felices siempre viene dado por un esfuerzo requerido o un sacrificio llevado a cabo. Así, la felicidad, se convierte pues, en una recompensa merecedora, y en muchas ocasiones, diferenciada del resto. Pero ¿y qué sucede cuando la felicidad no llega o cuando creemos haberla encontrado se evapora?
    Puede ser una antesala a la frustración, o una desmotivación total ante el recorrido empleado en esa búsqueda incansable de la dicha suprema. También cabe valorar que vivimos en una vida de fenómenos transitorios, que puede hacer que un estado que consideremos de felicidad cambie, y por otro, que el contexto que empleamos para rellenar la etiqueta de felicidad también esté sujeto al cambio.
    Podemos profundizar e indagar en qué es lo que en un momento nos pudo haber hecho felices y por ello ya no lo somos tanto. ¿Por qué esa felicidad no perdura hasta nuestros días? Primero tendríamos que ver si realmente éramos felices o nos lo parecía; y segundo, que también nosotros estamos en ese cambio permanente y las predilecciones van variando como todos los aspectos que conforman la felicidad ensoñada.
    ¿Podría ser entonces el sosiego o la paz interior -como dijera Buda- la verdadera felicidad? Dependerá todo ello de la escala de valores del sujeto. También surgen más preguntas: ¿Es la felicidad un derecho, una opción o un espejismo? ¿Existe la felicidad innata? ¿Es una actitud para encarar la vida que elegimos a cada instante?
    Y otra de las preguntas que más nos puede asediar sería: ¿Qué nos impide ser felices en este momento?
    Investigar sobre este tema es complejo, porque a cada paso salen más caminos y a cada respuesta se formulan más preguntas. Quizás ser feliz sea la cosa más simple, la más sencilla y fácil, pero puede convertirse en la zanahoria que está delante del burro. Puede que proyectemos una felicidad futura acorde a unas circunstancias favorables en las que entendemos no se dan en el instante presente. Solemos estar en una espera de ser merecedores de la ansiada felicidad que nos debe de llegar como justicia a como somos o nos comportamos.

     Podemos sentir felicidad cuando algo va a nuestro favor. Nos elogian y nos sentimos pletóricos, efusivos, todo vuelve a vibrar. La felicidad, entonces, se convierte en exaltación febril  y momentánea, que puede dar paso a otros estados de ánimo o emociones. Es difícil no caer en comparativas de otras personas y buscar paralelismos para ¨valorar¨ esa felicidad que se nos escapa de las manos.
    Puede, por seguir ahondando, que incluso teniendo la felicidad de frente, no estemos capacitados para sentirnos acorde a ella, o no nos parezca el instante lo más preciso para abrazarla. Pero esa incapacidad para hacer un espacio a la felicidad en este momento presente tampoco se podrá dar en momentos futuros, porque llegará como el ¨ahora¨, del que no aprendemos a relacionarnos por completo. Ello deriva a que a lo mejor debemos ¨adiestrarnos¨ para ser felices. Puede sonar raro: ¨Aprender a ser felices¨, pero lo cierto es que muchas personas tienden a desarrollar una gran capacidad para ser infelices.
    Nuestra percepción, nuestro grado de consciencia, nuestra manera de relativizar, el apego a ideas preestablecidas o la facilidad de culpar a todo lo externo de nuestro malestar, todo ello y más, se conglomera para darnos un informe de cómo nos sentimos y que proximidad o lejanía existe con lo que consideramos ser felices.
    Quizás se nos escape por no tener bien definida su naturaleza, o porque cuando la sentimos, lo damos por sentado creyendo que es lo mínimo que podemos merecer. Cuando sentimos la desdicha, toda una fila de supuestos nos sirven como motivo de nuestra infelicidad, y ahí empieza el círculo vicioso de la queja.
    Tengamos propósitos, motivaciones... Quizás la felicidad no sea una suma, sino una ausencia. Quizás se componga de un equilibrio que vamos ajustando a cada instante, entre lo que sentimos e interpretamos, con lo que nos va llegando y vivenciando. Un exceso de externalización y embote de los sentidos, nos aliena y aleja de nuestro eje; un exceso de interiorización y retraimiento también nos puede separar del corazón de la vida.


    Por ello hagamos de la felicidad, no una meta que concluye un camino, sino la manera en que damos los pasos. Disfrutemos de las opciones, de las alternativas y las preferencias en cada etapa. Lo que en un momento nos pudo haber hecho felices no significa que nos haga ahora, por ello no tratemos de estirar lo que ya no nos alcanza. Rastreemos el sendero sintiendo la pisada que vamos dejando.
    Al fin y al cabo, cómo nos sintamos, será la huella impresa que marque nuestro estado.
















lunes, 30 de junio de 2014

El diálogo mental.

    Si algo nos acompaña en todo momento cotidiano, es sin duda alguna, la charla continua del pensamiento. La voz espectral que nos envuelve y acapara se va ligando hasta conseguir un encadenamiento de pensamientos, creando un dialogo interior como sonido de fondo en nuestras vidas.
    De manera constructiva o inspiracional, el pensamiento enriquece nuestro bienestar y, alimenta el sinfín de ideas para un correcto uso de las mismas. En ese caso, el dialogo interior está a favor y nos acompaña amistosamente como un buen amigo a nuestro lado. De esa manera, el pensamiento y su discurso íntimo, se encuentra en armonía sin tratar de acaparar más de lo que le pertenece. Es un aliado que nos orienta, nos inspira y edulcora con su presencia.
    Pero la mayoría de nosotros podemos caer presa de ese tráfico pensante. No vemos la manera de cruzar la vía entre un vehículo y otro, pues llega a ser tan mínimo el espacio entre ellos, que ni una rendija se genera para poder colarnos. Llevado a un contexto pensante, el pensamiento y su discurso puede llegar a ser asfixiante, acaparador y sabotear nuestros mejores momentos.
    El diálogo nos hipnotiza, y lo que es peor, nos hace adictos al mismo. El pensamiento se corona como rey de nuestro reino interior y su discurso nos arrastra de un lado hacia otro. A su servicio se presta el ego menos cooperante, que mediante la vía de la construcción del pensamiento, utiliza dicha herramienta para condicionar y sobreponer sus argumentos.
    El sujeto cree ser el gobernador cuando, en el fondo, es el gobernado. El dialogo pensante se convierte en un continuo río de caudal alto, donde se saca a la luz una y otra vez, temas que nos torturan y frustran cualquier intento de fluidez en la circunstancia presentada. Así, de esa manera, muchos instantes son derrochados en la atención prestada al pensamiento discursivo.
    Las energías son malgastadas en esa escucha permanente, como a la espera de algo nuevo, de alguna resolución no antes creada. Lo cierto es, que un dialogo no sometido a la luz de la consciencia, se convierte en un jinete salvaje y difícil de domar. ¿Cuántas son las personas que sienten truncadas su felicidad por una mente caótica y difícil de manejar?

    El problema no es pensar, sino en no manejarnos con el pensamiento. El problema no es el pensamiento, sino el pensamiento incontrolado. No es fácil darse cuenta, porque es mucho tiempo siendo esclavos de una mente en la que nos identificamos por completo. Se ha convertido en dueña y trata de engatusarnos constantemente con consejos poco fiables. El pensamiento no dominado es un asesor del cual hay que desconfiar, pues no está regido por la lucidez ni la reflexión consciente, sino por impulsos egocéntricos donde predominan ciertos afanes vengativos o maneras de ajusticiar lo que consideramos injusto.
    Las emociones acompañan, son el detonante de lo que sentimos al identificarnos con estas corrientes pensantes. Se disparan sensaciones que pueden ser gratas o ingratas. Las ingratas alimentan el dolor almacenado y sirven de catapulta para que de nuevo el motivo surja para que un dialogo se repita. Así es como se produce en nosotros cierto hastío, cierto agotamiento y asfixia ante el run run mental. Nos vemos acorralados sin un espacio que nos libere de prestar atención al pensamiento impositivista que se crea en nosotros. Parece que no hay elección, mucho menos, escapatoria, y se merma en nosotros la posibilidad de una transformación, de una opción de libertad interna, donde el ¨yo¨ quede un poco al margen de lo que se piensa, y donde pueda observar sin ser arrastrado, sin identificarse y con la posible elección de desviar la mirada de esa autopista de pensamientos.

    Parece utópico porque no entendemos ser, sentir o vivir, sin el ruido de fondo del pensamiento. Parece que sin él no somos nadie, es más, parece que lo que realmente somos es el pensamiento y nada más. Pero al ser tomados por el ruido pensante ya no estamos presentes, porque el pensamiento se maneja en pasado o futuro, ya que el instante tal y como es, no le ofrece un espacio para situarse. El presente no da cabida para un dialogo rumiante de pensamientos inconclusos. El poder transformativo de estar presente genera un espacio ante el pensamiento, donde toma una posición más secundaria. Ya no arrebata nuestra mirada, ya no ensordece nuestra consciencia embotándola y agotándola. Ese espacio, al observar el pensamiento sin identificarnos, nos da cierto respiro, una brisa fresca y reparadora, y una ruptura de las cadenas que antes nos forjaban.
    La atención consciente facilita que cuando somos arrebatados por una corriente pensante, podamos alejarnos interiormente para situarnos en un puesto de observancia. Desde ahí, el poder hipnotizador del pensamiento no es tan imantador, pues al haber distancia, cierta lejanía, se rompe una identificación que nos sometía por completo y nos empañaba la visión haciéndonos creer que no había otra cosa donde dirigir nuestra mirada.
    El espacio entre pensamientos es la esperanzadora dimensión donde se vislumbra una percepción de una realidad lejos de la dualidad en la que somos zarandeados por falta de ubicación interior. Cuando emerge el estado de presencia se eleva la consciencia, y con ello, una manera de distanciarnos de todo ese contenido asfixiante y ruidoso.

    El entrenamiento mental, como la meditación, permite esa observación que nadie puede hacer por nosotros. Es la identificación ciega la que nos hace creer que nuestra esencia es lo que pensamos, cuando paradójicamente, su cesación revela otro modo final de ser y existir.