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miércoles, 15 de junio de 2016

El cariño.

El cariño es una energía muy poderosa que se genera y se transmite a través de seres vivos. Es calidez, reconfortamiento, alimento del alma. Es la dimensión refinada del amor.

    Se genera en la cercanía, en la proximidad, pero también se puede reconocer en la lejanía, en la distancia, porque su poder es palpable y familiar. El cariño es la dosificación de un amor expansivo llevado a la práctica. Convierte cualquier tipo de relación, o interactuación, en una atmósfera agradable y acogedora.

    Es una esfera donde no gobiernan las emociones negativas o los sentimientos generados por el odio o el rencor. Nace de la claridad mental y de un corazón distendido y no contraído. Es la comunicación de seres más elocuente, donde su profundidad alcanza grados de comprensión lejos de razonamientos y lógicas aplastantes.

    En ausencia de cariño se marchita el espíritu, el mundo deja de ser un hogar y la desconfianza puede comenzar a brotar. El cariño es la lumbre que derrite el frío constante al relacionarnos, propulsa el ánimo y enciende un sentimiento de unicidad que elimina asperezas y roces. Es la primera comunicación directa de una madre con su hijo, la manera de entenderse una enfermera con sus pacientes, el empuje de un maestro para transmitir a sus alumnos, los signos de muestra de un animal con su dueño, la energía que siente una planta al ser regada con cariño.

    El cariño es la señal de sentirnos queridos y considerados noble y sanamente. Se evapora el temor, se esfuman los miedos. En darlo ya lo estamos recibiendo, siempre y cuando sea de corazón y no por exposición, porque nos colma, nos satura de una cualidad especial en donde dejamos a un lado las diferencias para fundirnos en un plano emocional que nos completa e integra.

    El cariño encuentra muchas vías para manifestarse. Desde el afecto, la caricia, un silencio expresivo o un inminente abrazo. Pero ni todo el mundo está preparado para mostrarlo, ni todo el mundo está capacitado para recibirlo. En el momento en que transmitimos cariño el mundo se detiene, la mente se silencia y erupciona dentro de nosotros una rebosante sensación de plenitud que queremos hacer llegar y compartir.

    En la entrega de cariño no todo son gestos afectuosos, también hay cabida para las restricciones, las negativas y las muestras de firmeza con carácter constructivo, porque a veces es el canal en el que podemos hacer llegar un cariño arropado de vestiduras que reconduzcan una situación.

    Mostrar cariño no es signo de debilidad, como tampoco lo es saber reconocerlo y valorarlo. El cariño mostrado es una extensión de nuestro bienestar emocional, una irradiación de nuestra esencia más cercana y benévola, la propagación de una llama de nuestra hoguera interior. Si nuestro corazón está cristalizado, no somos ni huésped ni anfitrión del cariño. Si estamos acorazados de miedo y temor, no estamos capacitados para abrir nuestros brazos, y menos aún, recibir o dar un abrazo.

    El cariño debería de ser nuestro principal lenguaje a la hora de entendernos con nuestro entorno. En lo que decimos, las maneras, los gestos... Todo puede estar rociado de cariño, endulzado de esta cualidad que no tiene mayor misterio que el de transmitir lo mejor de nosotros a todo ser y criatura que, al igual que nosotros, desea y anhela sentirse querido, añorado y envuelto bajo el manto del cariño.

    Pero el cariño antes de esparcirse debe comenzar en nosotros mismos. Debe primero traspasar la frontera de nuestra individualidad para después propagarse hacia el resto. Si sólo proyectamos cariño hacia los demás pero no somos capaces de generarlo hacia nosotros, es un cariño de escaparate, es un jardín fuera de un hogar al que no llega el aroma, es no ser capaces de dar primero un cariño a lo más cercano de uno mismo.

    Por ello, el cariño, nace no sólo de cierta sensibilidad o quizás un grado de ñoñería, nace de un conocimiento de sí, de una experimentación en donde la cualidad de amar se fracciona para convertir en tangible la calidez que emanamos y que queremos que recaiga en los demás. Nace de un sentimiento rebosante que no se desgasta cuanto más lo demos, pues en nuestra interioridad equilibrada su energía nos inunda y salpica casi sin proponérnoslo en cualquier situación, acercamiento, relación o momento.

    Sin cariño cualquier gesto incluso de la vida cotidiana se realiza desde la desgana, la desidia y la dejadez. Con cariño todo se torna más unidireccional, todo se concentra en una mayor atención que se retroalimenta en la propia satisfacción que se genera de manera natural al propiciarse de manera genuina.

    Hay personas que dicen amar a todo el planeta y sus seres y al universo, pero no muestran el más mínimo cariño al que está a su lado. El cariño es amor menos enaltecido pero en cambio más presto y solícito. El cariño es amor en busca de menos reconocimiento pero en cambio adereza un instante fugaz. Es la vía humilde en la que se propaga la capacidad de querer y amar sin la búsqueda de lo que por ello se nos pueda recompensar.

    Hagamos del cariño un aroma que incite a ser exhalado, una fuerza arrolladora pero canalizada en cada ejecución que realicemos empleando la consciencia. Sin cariño el mundo tiende a quedarse en blanco y negro, a enfriarse, a oscurecerse una parte del mismo. Si en nuestro mundo de cada uno el cariño tiende a expandirse, estaremos creando una parte del mismo que rocía con su calor la pequeña parte proporcional de la que somos dueños en este planeta.

    Antes de que se produzca el gesto, el cariño debe emerger en uno mismo, y para ello, nada mejor que aportar luz en nuestras consciencias para disipar la oscuridad que tanto se puede mantener dentro de nosotros y que no permite reconocer la cálida cualidad del cariño que nos pertenece, y del que somos responsables de mantener y alimentar constantemente.


    El cariño debe ser un florecimiento al que regar constantemente, una lluvia que lanza la nube ya cargada que no puede evitar mantener un minuto más, unos rayos de sol que se propagan sin la espera de ser devueltos y en donde en el ser humano genera un espíritu más cordial que, a través de su sola presencia, invita a todo lo que esté a su alrededor a disfrutar de esa fuente inagotable que genera el cariño.
 








martes, 1 de marzo de 2016

La tristeza.

La tristeza es una emoción que se caracteriza por ir generalmente acompañada de melancolía. Cuando la tristeza embarga, ésta nos advierte de un desahogo, pues a veces hay una gran masa de energía concentrada que necesita salir de nuestro interior.

    La tristeza es un estado emocional más, pues al igual que la alegría y la ira, viene y va, nos toma y nos suelta, pero puede generar autoengaños como pensar que somos los que más sufrimos y que los demás deben estar a nuestra disposición para consolarnos. Puede teñir de blanco y negro cualquier evento, impidiendo la capacidad de disfrute y debilitando cierta vitalidad que se encuentra ausente en ese momento.

    Según la medicina tradicional china, el pericardio es la zona donde se reflejan las emociones, y de ahí que sintamos cierta presión en el pecho cuando sale la tristeza de su letargo. Entra dentro de los ciclos vitales; un día te levantas y te encuentras triste, escuchas una canción y te abraza la melancolía, lees una historia y te conmueve. La tristeza tiene su grado de importancia, nos invita al recogimiento y guarda una belleza intrínseca que jamás tendrá la alegría.

    Lo que sucede es que la tristeza está censurada. Es como un artículo de lujo que no nos podemos permitir porque se asocia a un descontento, a un inconformismo, a un abatimiento que nos ciega de ver las cosas buenas. Es como un invitado que apenas puede avanzar más allá de la entrada de la casa. Pero la tristeza es mucho más, siempre y cuando no sea crónica y acerque a estados depresivos, la tristeza guarda su propio embelesamiento.

    Un toque de tristeza puede despertar las miras a la generosidad, puede refinar el espíritu humano, puede ralentizar los pasos cuando el viaje es compulsivo sin saber a dónde. La tristeza tiene su propia cualidad, tiene distintas vías de canalizarse, por eso tiene a su disposición variedad de accesos, diversas antesalas que permiten que la emoción alcance un grado álgido de sentimiento. La música, la poesía, el arte... Todo ello puede despertar a través de la sensibilidad, la melancolía, el triste sentir sobre lo que se percibe, sobre lo que se transmite y logramos captar.


    La tristeza que no es neurótica, continua, que no está adherida al carácter de la persona y no condiciona su calidad de vida psíquica, tiene mucho que ofrecer en su indagación. Normalmente huimos, buscamos entretenimientos para escapar de ella, pero al igual que la soledad, son estados que se dan la mano en el sentido de ser dos dimensiones con puntos en común, siempre que  miremos hacia ellas con visión nítida sin condicionar. Pero al rechazar la tristeza también rechazamos una parte de nosotros que no consideramos digna de pertenecernos.

    Para sentirnos completos no podemos huir de las esferas emocionales que nos asaltan y que, incluso, es necesario profundizar en ellas con el fin de autoconocernos y aprender a relacionarnos con las mismas. La profundidad de la tristeza es una energía distinta a la que nos lleva otras emociones. La alegría, por ejemplo, es más centrífuga, la tristeza, más centrípeta. Por eso nos gira a la introversión, a cierta detención en uno, a un recogimiento hacia los adentros. Es como una resaca que nos arrastra, sin que queramos, de nuestra marea emocional.

    Quizá la tristeza sea un recordatorio puntual que al tomarnos nos recuerda que también hay que sentir a quien siente dentro, que también hay que expresar en lágrimas lo que otra forma de comunicación es insuficiente, y que dicha masa de sentimientos también requiere ser atendida. La tristeza riega la sequedad que a veces se enraíza en nosotros, derrite el frío con el que nos revestimos para protegernos, destruye la armadura en la que nos escondemos para representar una imagen de seguridad hacia el resto.

    Pero cuando la tristeza comienza a querer mantener su presencia, debemos atenta y amablemente despedirla, invitarla a que abandone nuestro hogar interior porque la velada no debe extenderse más. Su visita, o el acceso a ella, ha regado terrenos que parecían fértiles, ha dejado en el ambiente un aroma que tiene su propia fragancia. Una vez se retira la tristeza nos aborda cierta calma, cierta ausencia de impulso, nos embarga una serenidad más asentada porque la tristeza se ha llevado consigo una carga que nos oprimía, que constreñía nuestra alma y asfixiaba nuestro ser.

    La tristeza puede acercarnos hacia más seres, puede destruir barreras egocéntricas, puede traernos el mensaje de lo fútil en una relación inarmoniosa, puede dar sentido cuando no lo encontramos a un hecho. La tristeza es emisaria de que no dejemos las cosas hasta su final, de que el tiempo pasa y que en su ausencia no damos valor a lo que sí deberíamos.

    Abracemos la tristeza sin apegarnos, saboreemos su néctar sin querer eternizarlo, disfrutemos de su presencia sin confundirla con la nuestra. La tristeza es mucho más que un berrinche, es mucho más una aguda angustia melancólica. Es la capacidad de saber relacionarnos con una parte esencial del ser humano, es la belleza de un agudo sentimiento que rocía con sus gotas las hojas marchitadas de nuestro florecimiento.
















domingo, 22 de noviembre de 2015

La hipocondría.

Dentro de los estados de neurosis, existe uno muy llamativo denominado ¨Hipocondría¨. Puede llegar a ser una enfermedad obsesiva que, paradójicamente, surge del miedo a estar enfermo y donde la persona comienza a presagiar y a infundirse temores sobre su salud.

    Presupone que algo no va bien y anticipa un deterioro de enfermedad catalogándolo de calamidad. Todo puede comenzar con una pequeña hipótesis, una teoría por evolucionar, una breve idea de lo que está por llegar y acabar la persona por convencerse a sí misma de que contiene un mal de salud que ya no se puede remediar. La pequeña suposición acabar convirtiéndose en una sospecha continua que va quedando en el trasfondo de manera residual sobre la cotidianidad del día a día. Acaba enquistándose y petrificándose como un pensamiento fijo volviéndose un eje central a medida que se van sucediendo los acontecimientos.

    Esa tortura de no saber a ciencia cierta si uno está enfermo pero acabar convencido de ello, roba frescura, vitalidad y ensombrece el ánimo. Es la etiqueta invisible que lleva el hipocondríaco colgada a todas partes, es la posibilidad aún no materializada en un diagnóstico por realizar. La imaginación se desborda y se pone al servicio de la ¨terribilidad¨. La vida ya no parece tener ningún sentido estando desarrollando una enfermedad, y se convierte lo que queda por vivir, en un tránsito a la espera del proceso del padecimiento. << ¿Para qué voy a disfrutar si seguramente estoy enfermo? >>. Se repite una y otra vez el hipocondríaco.

    Todo comienza con el menor síntoma. El sujeto se informa de cualquier indicio de enfermedad, trata de anticiparse y acaba atando cabos hasta llegar incluso a experimentar en su cuerpo los presagios amenazantes. Puede llegar a convertirse en algo muy perturbador, en una conducta en la que la persona acaba atrapada y no puede salir sólo por el simple hecho de proponérselo. La preocupación se va enraizando y cualquier mínimo dolor, cualquier erupción en la piel, cualquier contacto con agujar u objetos de vías de transmisión, cualquier gesto en el rostro del doctor, todo ello, se vuelven detonantes que despiertan el miedo atroz a una enfermedad que pudiese estar en latencia.

    El desarrollo vivencial se vuelve, pues, en una cuenta atrás hasta el desenlace final. Vivir se convierte en la oportunidad perdida que fue robada por una supuesta enfermedad. Es el no retorno hacia un estado de salud que diese por merecido el derecho a ser feliz. Pero el hipocondríaco que se pone siempre en el peor de los casos, convierte la enfermedad en la mayor catástrofe que le pudiera suceder. Siente que ha quedado huérfano de plenitud, ningún instante merece ser completado de satisfacción siempre y cuando perdure la duda y ensombrezca la sospecha con su acto de presencia. Es un temor camaleónico que se reviste de cualquier momento y circunstancia.

    Si el hipocondríaco se viese desde fuera, se echaría a reír, pero inmerso en su prisión psicológica, lo que siente y experimenta no le saca la más leve sonrisa. No se trata con ¨no lo pienses¨ o ¨vive la vida¨, como seguramente le aconsejen en su entorno. Cuando el miedo se retroalimenta sobre una enfermedad, la sensación no es sólo mental, sino que impregna el cuerpo, los órganos, se adhiere convirtiendo el esquema corporal y el sistema orgánico en una caja de resonancia donde retumba una y otra vez el eco del aviso del desorden o malestar.
 

  Ante el augurio hipocondríaco se deben razonar varios aspectos. El primero a nivel interno, es decir, de dónde proviene realmente la actitud alarmante. Quizás hay condicionamientos o improntas que quedaron en nuestras retinas y que despertó un pavor en nosotros. Quizás la idea de no ser merecedores de nada bueno y que estamos condenados a un mal mayor. También puede existir un sentimiento de culpa derivado de haber convivido con alguien con una larga enfermedad o haber visto morir a personas cercanas. También el no haber cuidado la salud o haberla puesto en riesgo, y con ello, esperar una sentencia diagnosticada.


    Otro aspecto a razonar o comprender, es el factor externo a convivir con una enfermedad. Si a un enfermo real le contasen la experiencia de un hipocondríaco, cuanto menos soltaría una carcajada o puede que le diese una lección de superación personal y de encarar la adversidad. Era el sabio Ramana Maharshi quien decía: <<El cuerpo ya es en sí la enfermedad>>. En efecto, donde hay cuerpo ya existe la enfermedad. Él mismo tuvo cáncer de brazo y no perdió su talante equilibrado. Y es que enfermedad y salud son dos caras de la misma moneda en donde
Buda también declaraba que nadie escapa a la enfermedad, vejez y muerte.


    Nadie, absolutamente nadie, está excluido. Por eso hay que hacer un gran trabajo de aceptación y fluidez con esa incertidumbre, e incluso es más, si no hay nada que realmente lo diagnostique, poner la mente a nuestro favor trabajando el contra convencimiento de que estamos sanos (aunque un hipocondríaco pensará que las pruebas hechas son fallidas o que ha habido un traspapeleo de resultados) y que sentirnos bien y plenos viene derivado de que pongamos los medios emocionales adecuados.

    Si la enfermedad llega, se despertaría un reto, que es el de estar sanos y recuperar la salud o vencer la enfermedad. El reto sería también en convertir el recorrido de lo que nos quedase de vida en instantes plenos y felices. Nada fácil, pero debemos reconducir actitudes y puntos de vista porque en el peor de los casos, todos tenemos recursos que desconocemos por completo. Incluso aceptar la muerte, que será siempre el desenlace final, puede eliminar esa carga excesiva de temeridad, ya que de esta vida con tanta demanda de salud, nadie saldrá viva.
    La hipocondría puede ser tratada por grandes profesionales, pero no para convencerlas de que no tienen ninguna enfermedad, sino para hacerles ver que en el caso de tenerla pueden ser plenos, felices y completos.

























domingo, 20 de septiembre de 2015

La susceptibilidad.

¿Quién no se ha sentido susceptible en un momento dado? Es éste un sentimiento de vulnerabilidad ante ciertos hechos. Es un moratón mental que recibe todos los golpes, el gran ¨ojo¨ que todo lo ve, la sospecha continua buscando ser reafirmada.

    La susceptibilidad nace de un sistema propio de creencias de cómo deben hacernos sentir los demás. Es origen de animadversión, odio y rencor. Hace de cualquier situación una amenaza directa, un desamparo que nos hace sentir desprotegidos de los demás, un blanco fácil que nos convierte en diana.

    El susceptible desconfía sin cesar, ve donde otros no llegan, interpreta lo que nadie ha traducido. Es su obsesión por encontrar ¨pistas¨ que atenten contra él lo que le lleva a versionar las circunstancias hasta ajustarlas a sus temores infundados. La susceptibilidad atrinchera el alma de la persona, desgasta sus energías en racionalizar cada situación, bloquea todas sus relaciones y retroalimenta su necesidad de sentirse considerado. Para él todo confabula en contra suya, todas las piezas encajan sin estar nunca a su favor y jamás nadie le tiene en cuenta como él quisiera.

    La susceptibilidad hace que la persona enfrente el mundo como si ya hubiera realizado un pacto predeterminado sin haberle preguntado; actúa como si ya se sintiera excluido de antemano. Debido a ella -la susceptibilidad-, se logra malinterpretar cualquier frase, cualquier tono, cualquier gesto o mirada, distorsionando todo canal de comunicación. Se establece una ¨alerta máxima¨ que nunca baja la guardia. Entonces el sujeto susceptible intenta proteger lo que no es visible pero que parece que todo el mundo desea atentar.

    No existe una armadura para proteger la susceptibilidad, pues incluso la misma se quedaría desmedida para abarcar la cantidad de ofensas, posibles conjeturas en contra, y un sinfín de supuestos que parecen no tener agotamiento en la mente descontrolada de la persona susceptible.

    Los acontecimientos por llegar son un desafío, cualquier encuentro se vuelve una posibilidad de aunar críticas destructivas hacia su persona, e incluso cuando no hay amenaza aparente, rastrea cualquier señal para convertirlo en hallazgo reiterativo. La persona suspicaz convierte todo su ser en un radar, la susceptibilidad se vuelve un revestimiento y su actitud siempre a la defensiva, invade su espacio emocional y boicotea cualquier intento de interactuación.

    Detrás de toda esa configuración se encuentra un orgullo siempre herido, inmaduro, y falto de ajustarse a una realidad inmediata. El ego acaparador quiere sentirse tomado en cuenta, considerado y valorado. Es la suya una conquista por agradar, por hacerse un hueco en la empatía de los demás. No existe mayor sentido que el de alimentar esa idea de ¨imprescindible¨, pero por otra parte, la sensación de no estar a la altura desvela una inseguridad que lo trunca por completo.

    El exceso de susceptibilidad acaba por espantar a todo aquel que no siga sus dictados proyectados, y termina por cansar al que tiene a su alrededor. El susceptible va forjándose en una pequeña isla personal de la que no permite acceso a  nadie pero en la que todos deben estar.

    En el camino del autoconocimiento, la susceptibilidad se convierte en un bache que puede hacer tambalear cualquier posibilidad de construcción de la personalidad noble, llegando a derrumbar en un segundo el sustento de apreciación que soporta una relación, o imposibilitando lazos afectivos sanos siempre afectados por la interpretación suspicaz.

    Para vencer dicha susceptibilidad, se debe proceder a una autoobservación muy rigurosa donde se ponga en tela de juicio cualquier apreciación que se considere atenuante hacia nosotros. El dardo emocional no podemos remacharlo con nuestra reacción desorbitada fruto de un condicionamiento así. Se pueden realizar altos introspectivos donde nuestro estado de alerta verifique si realmente hay indicios de sentirse atacado. La mayoría de las veces el propio miedo hace que la consciencia se atrinchere creando rareza en el ambiente. Utilizar un pensamiento racional también sirve de ayuda, y sobre todo, la capacidad de aceptar a los demás tal y como son, eliminando ese principal protagonismo que se arroga nuestro ego en cada función a la hora de actuar.

    Soltemos las armaduras que creemos que nos protegen y en realidad nos asfixian y oprimen. Eliminemos la fortaleza interior en la que creemos estar resguardados y salgamos al mundo abrazando cada situación, protegiéndonos si hace falta, pero relajados y receptivos. Un desarrollo integral no puede verse mancillado por un estado emocional susceptible, pues al final es una herida abierta que todo le va rozando.

    La libertad interior debe soltar dicho lastre que no permite evolucionar a ningún ser humano y que le condena de por vida a mantenerse rígido, centripetado e investigando como un detective neurótico, cada prueba que pueda ir en su contra.












sábado, 4 de julio de 2015

El placer.

    El placer se convierte en un denominador común en la búsqueda de satisfacción del ser humano. Es el momento culmen que aplaca la demanda de los sentidos, embriaga con su cualidad placentera y aleja por instantes cualquier tipo de malestar.
    El placer es momentáneo, tiene su propia durabilidad. Consigue en el sujeto determinar sus acciones en pos de una nueva dosis, alcanzando con ello un clímax que lo saca por momentos de su realidad ordinaria.
    El fenómeno del placer ofrece curiosidades: nos satisface, pero queremos más; buscamos su disfrute, pero una vez llega a veces no tenemos la capacidad para hacerlo plenamente. Es algo que cuando llega vemos cómo se nos escurre de nuestras manos y estamos más en lo que se escapa que en lo que tenemos. Se produce un fuerte apego, una neurosis por eternizar algo que tiende a diluirse como un fenómeno transitorio más.
    Por placer la persona puede estar fuera de sí, forzar los medios para llegar a él, e incluso darse la espalda a sí mismo con tal de saciar su sed. La adicción puede condicionar, dirigir el rumbo y verse truncado una y otra vez, pues el placer puede ir acompañado del dolor y viceversa. Una vez el placer se consuma, la atmósfera puede rellenarse nuevamente de insatisfacción. Entonces se despierta un ansia, un rechazo a cualquier otro estado interior que no sea el placentero. La manera en que se quiere poseer el placer convierte a la persona en poseída.

    ¿Qué nos empuja a un placer compulsivo?
    Es tal su seducción que nos hipnotiza por completo. Vemos en el placer la huida del dolor, la contrariedad del sufrimiento. Queremos situarnos en un placer contrapuesto y equidistante hacia el rechazo de lo que no nos gusta. Cuando se torna pulsión, el placer es un cebo. Nunca se sacia y somete al individuo. Acaba por ser de todo menos satisfactorio. Se vuelve una brecha por la cual escapar del momento, una puerta escondida hacia un paraíso del que somos rechazados y empujados de vuelta cuando ya lo hemos consumido.
    Tanto huimos de algo que al final se puede tornar placentero. El dolor puede convertirse en placer. Así cambia la perspectiva, el enfoque, se extrae un jugo de lo que parecía imposible. Entonces una penitencia, en el fondo, puede ser disfrutable. Nace el masoquismo. También ver el dolor en los demás puede ser motivo de placer; nace el sádico.
    El placer, lejos de ser un momento de peso específico, se convierte en un embaucador. Nos saca de un eje y su búsqueda nos distancia de una serenidad ganada. Es la píldora hacia el escapismo sin movernos del lugar. Nos promete algo perdurable cuando en realidad no podemos agarrarlo con las manos.
    ¿Debemos dar la espalda al placer?
    No, pero sí experimentarlo con consciencia, observando el proceso fenoménico, cómo surge, cómo se desvanece. Sabiendo soltar para no ser un esclavo y para que no sólo vibremos con el goce, sino que aprendamos a deleitarnos con el gozo, que a diferencia de un placer que proviene de fuera, éste emerge de dentro. Entonces la relación con el placer no es conflictiva. No genera culpas. Es una dimensión a la que podemos acceder anclados en nosotros mismos. Es una dimensión de la que podemos salir sin el impulso de mirar atrás temiendo el no haberlo amortizado.

    Evitar el placer sólo engorda el deseo de culminarlo. Reprimir un anhelo placentero es querer tapar la boca de un volcán. Por eso la relación con el placer debe estar impregnada de desprendimiento, consciencia y desapego. De este modo la red que obnubila la visión no nos termina por atrapar y en ningún momento nos aprisiona  encadenándonos sin poder escapar.
    Hay placeres nobles que debemos potenciar. El placer de disfrutar un pequeño momento, un rato de tranquilidad, una lectura que nos deleita. Hay placeres que nos completan sin la necesidad de forzar su duración: una taza de té, oler la fragancia de una rosa, una caricia... Por eso también se requiere capacidad de disfrute frente al placer sin volverlo ávido ni ansiógeno. A menor necesidad de placer, más placentero se vuelve cualquier nimiedad, convirtiendo lo más trivial en extraordinario.


    Convirtamos el placer en una vía más de autoconocimiento, para que, como dicen los tántricos: ¨Juguemos con el fuego pero sin quemarnos¨.













miércoles, 1 de octubre de 2014

La ira.

    La ira es un estado emocional destructivo, donde el primer perjudicado es el sujeto en el que brota y se manifiesta.
    La ira surge y obnubila la visión, desencadenando una furia incontenible. Es una emoción negativa, donde sus raíces se esconden en las profundidades de nuestros códigos evolutivos y de nuestra psicología más visceral. El desencadenante puede ser múltiple o aislado, dejando una fuerte impronta, tanto en el estado emocional, como en los actos ejecutados que se puedan producir.
    Es un torbellino que nos va acaparando hasta cegarnos y conseguir poseernos, quedando a merced de pensamientos irracionales o disparatados. El acceso a veces es tan directo que nuestra consciencia no es capaz de captar, ni mucho menos, controlar. Es un arrastre a nuestro lado más conflictivo, hambriento de saciar su malestar.
    Su hermano pequeño es la irascibilidad, donde parece que todo nos molesta, todo nos sobra. Se crea así un panorama de rareza, de rabia a punto de ser desbordada. Si se acrecienta da paso a la ira, donde la energía a su disposición erupciona queriendo expandir su esfera de negatividad. El margen de escapatoria se estrecha, pues el volcán está dentro de nosotros mismos, su lava poco a poco nos va alcanzando. Podremos culpar, podremos señalar, pero es en nuestro interior donde se libera el estado emocional.
    Un hecho externo puede ser el detonante, como algo que nos parezca injusto o donde nos sintamos ofendidos o agredidos, pero no son pocas las veces que la batalla se experimenta en nuestro universo interior, mezclándose las sensaciones con el enredo de imágenes y ensoñaciones. Es ahí donde el recuerdo de lo que nos hicieron, la impotencia de no haber actuado o la impunidad que goza lo que consideramos injusto, suscite una liberación de ira contenida. El desfogue se asocia a una realidad alternativa, donde acometemos los actos o ponemos los medios para reajustar aquello que ha quedado impreso en nosotros como una herida abierta.
    Una vez pasado el vendaval, nos damos cuenta de la transitoriedad de todo el asunto. La ira ha venido, nos ha tomado y se ha marchado. Nos hemos ausentado de nuestro eje, de nuestro quicio, porque la emoción nos ha arrastrado. En ese zarandeo hemos experimentado una parte de nosotros que no es la habitual. Es una voz reivindicativa, un modo de violentarnos que no es nuestro comportamiento ordinario, pero que en su disolución, nos deja una sensación de liberación, de haber expulsado un huésped que nos somete y nos mantenía poseído.
    Si llegamos a la conclusión de que la ira no nos beneficia en absoluto - aunque creamos que descargamos un malestar -, debemos comenzar a investigar sobre la misma para desenmascararla. No hay que confundir carácter o cierto temperamento, respuestas firmes acordes a la situación del momento, como tampoco ser contundentes o salvaguardar nuestros intereses. La ira es un arrebatamiento de nuestra lucidez, nuestro discernimiento y una solapación de nuestra consciencia. Es actuar de una manera desmedida -salvo casos extremos, como por ejemplo, defender nuestra vida- por dejarnos abrazar por nuestro instinto más irracional.
    El ego es uno de los principales asesores, pues su consejo continuo de cómo debemos actuar o tomarnos las cosas, deliberan una acción justificada al pensar, sentir o ejecutar llevados por la ira. Su repercusión en lo que nos encontremos después, una vez pasada la tormenta, puede ser encontrar nuestro plano existencial devastado, pues ya no se puede volver atrás, y cómo hayamos actuado dejará un antes y un después en el propio devenir.
    Por ello, luchar contra la ira puede convertirse en algo más difícil que en tratar de debilitar todo aquello que lo provoca: enfoques erróneos, manera de tomar las situaciones, falta de estima, nula asertividad, condicionantes de cómo deben ser las cosas, irritabilidad continua, y un largo etcétera.
    Una persona iracunda buscará pretextos para salpicar con su ira que se cuece a fuego lento en su interior. Los canales por los que se manifiesta no son sólo violencia física, sino también violencia verbal, ademanes, acoso, bullying, mobbing..., y otros más sutiles como la indiferencia o el silencio excluyente.


    La ira debe estar bajo control, amparado por nuestro grado de consciencia frente a la misma, dejando cierta distancia para que no nos salpique. Es como ver un tornado desde lejos, observar desde un avión el mar enfurecido. La energía de esa manera no se disemina, quedando a buen recaudo para otros fines más constructivos. Esa vehemencia puede quedar resguardada - tampoco reprimida -, para derivarla en otros objetivos, como realizar deportes que requieran de explosividad, o para ser más pro-activos en nuestro día a día.
    En la búsqueda del autoconocimiento, deberemos sortear el escollo de la ira, para que no nos estanque y prosigamos con fluidez. Además, tendremos que profundizar para ver qué lo desencadena, sin obsesionarnos por sus raíces, y sí en cambio, por elevar nuestro umbral de consciencia para que el tigre que nos somete, tan sólo sea un cachorrillo ladrando.










domingo, 14 de septiembre de 2014

El perdón consciente.

    Perdonar puede ser un gesto noble, pero incluido en un formalismo, el acto queda en un trámite burocrático superficial.
    Así entonces, el perdón se desliza por el barniz de las situaciones y, las emociones, quedan marcadas a lo largo de nuestra vida. Un perdón así es estéril, franqueable, vulnerable, y tan sólo parchea lo que verdaderamente sentimos o pensamos.
    Este tipo de perdón es, en apariencia, sin peso específico, teniendo el mismo valor que hacer una firma en el agua -desaparece mientras se hace-.
    Perdonar no significa olvidar, pero nos libera de arrastrar. Perdonar porque sí, no transforma en nada, y se requiere de mucho poder interior para soltar todo ese nudo de sensaciones que nos mantiene enredados anímicamente.
    El perdón consciente no es justificar ni empatizar, ni relativizar al máximo hasta disolver el hecho que consideremos injusto. Tampoco es ofrecer impunidad ni quedar al alcance para que nos vuelvan a hacer daño. No es significado de acallar ni ser sumisos ante abusos, ni está reñido con una asertividad sana. Es soltar la brasa que mantenemos en puño cerrado y mirar de frente para sentir de nuevo la brisa fresca en el rostro.

    Si el perdón no va acompañado de consciencia, no hay verdadera alquimia, es como realizar un acto desde la somnolencia. El perdón mecánico es un placebo que nos aleja de la realidad y alimenta nuestro autoengaño. Es lanzar un boomerang que nos es devuelto por la espalda.
    El perdón comienza en uno. Algo antagónico a lo que realmente pasa, pues a veces somos nuestro principal torturador. El latigazo viene con nuestros pensamientos obsesivos, nuestra demanda de cómo deben ser las cosas, y así un largo etcétera. El conflicto que anida en nuestro interior se retroalimenta con nuestra manera de roer las cosas, y esa fricción impide desarrollar la capacidad de perdonar.
    El perdón no nace de un desinterés, sino de una capacidad muy profunda de comprensión ligada a la fluidez. Guardar rencor es un veneno que fluye por nuestras células, encapota nuestra visión y nos estanca en un suceso. Odiar sólo daña al que lo siente, pues la persona odiada se mantiene al margen de cómo nos sintamos. Lo justo e injusto se debate en nuestro juicio interior, donde a veces somos víctima y acusado. Parece que perdonar beneficia a todos menos a nosotros, pero es una ilusión que nos atrapa, pues el lastre nos mantiene anclado.
    Es muy difícil soltar aquello por lo que nos sentimos heridos, pero ejercitar un perdón consciente nos libera de un sufrimiento inútil. Esto es muy debatible, porque en este mundo se cometen actos muy atroces donde es imposible quedarse indiferente. Ahí el perdón queda en utópico, en un acto que jamás puede llegar a consumarse. Pero en un nivel más cotidiano, más ordinario, el ejercicio del perdón consciente nos puede liberar de nuestra cárcel emocional.
    Arrojar consciencia al hecho en sí, lejos de pares de opuestos, no es tarea fácil, pero debemos atestiguar para no implicarnos en un círculo vicioso de emociones negativas. Proceder a un perdón interior es cerrar, de algún modo, capítulo. El hecho de querernos lo suficiente nos debe motivar para proceder a esta liberación que sólo podemos hacer nosotros.
    ¿Y, entonces todo el daño cómo se repara?
    Extrayendo el aprendizaje y haciendo lectura de qué aspectos podemos cambiar, o aceptar lo que es inmodificable rindiendo el ego que reclama venganza.

    No es fácil, ni algo que se aprenda de la noche a la mañana, pero si queremos paz interior, debemos reparar el daño emocional que interpretamos que nos han hecho. Hay que ser realistas, ya que la impotencia que sentimos ante la impunidad de ciertas personas parece que no nos va a dejar desarrollar esta parcela de autoconocimiento.
    El perdón consciente es fortaleza psíquica, sabiduría y un bálsamo para el espíritu. El buscador sabe que lo debe desarrollar, pues es un obstáculo no debilitar sus crispaciones dadas, e impide recorrer el camino hacia dentro que luego debe conciliar con el plano exterior.
    La carga de odio procura una ausencia de aroma en nuestro ser, se agotan nuestras mejores energías y se merma la capacidad de disfrutar con lo que uno es. Las personas aviesas que carguen con lo que son, pero que no deterioren nuestro florecimiento interior.
    De ese modo, el perdón que se produce con consciencia, es el mayor aliado para esquivar el propósito de aquel, o aquello, que quiso hacernos daño.











viernes, 28 de febrero de 2014

La sensibilidad.


 La sensibilidad es un alto grado de percepción, donde las barreras personalistas son derribadas para dar paso a un enfoque distinto de vivenciar y vivenciarnos.

    Se sensible no es ser ñoño, ni dramático, suspicaz, o tener facilidad para caer en el lamento o la sensiblería pusilánime, ni tampoco el tener lágrima fácil. Alcanzar la sensibilidad es una comprensión muy profunda donde no anteponemos el ego, y las miras van más allá, alcanzando a todos los seres y penetrando en los misterios que ofrece la vida.
    La sensibilidad derrite la lógica, transciende las razones y desclasifica lo establecido. Es un acceso a captar la belleza que se esconde en las apariencias, la melodía en la naturaleza, el compás en el ritmo existencial. Es detectar los márgenes que encapsula la realidad aparente y desplegar una intuición que los transcienda.
    La sensibilidad permite el acceso a niveles más altos de cierta lucidez, que sin soltarse de su lado más hiriente, logra una visión más ampliada. Ser sensible no es ser débil. Se puede ser sensible y, a la vez, firme, porque no es sólo una actitud, sino una capacidad de entendimiento. Alguien puede llorar viendo una película y ser insensible al pisar una flor. Puede sentirse identificado con el dolor de una celebridad, y en cambio, mostrarse indiferente con los suyos.

    La sensibilidad no es un escaparate ante los demás, ni debe servirnos para crearnos toda una envoltura de engaños. Es un florecimiento en nuestro interior que rocía a los demás con su fragancia. Es ponerse en la piel del otro ser, ver desde su óptica, pisar sus huellas con sus sandalias. Es eliminar juicios y prejuicios, ajusticiadas condenas, deliberados veredictos. Es apreciar lo pequeño como inmenso, lo sencillo como grandioso, lo fugaz como eterno. Es atravesar la vida aceptando el misterio, bailar con el desafío, arriesgar en lo desconocido. Es coger de la mano a la existencia y dejarse llevar por ella, sin resistencias, sin oponencias. Es regresar a cierta inocencia -que no ignorancia-, y desde ahí, transitar disfrutando pisar el barro, saltar en los charcos.
    La sensibilidad funde armaduras, fraterna a los hermanos, humaniza a las criaturas. Es el bálsamo que desprende hacia la compasión, a la ayuda desinteresada, al amor incondicional.

    A veces, esa sensibilidad a flor de piel parece preocuparnos, como si nos alejara de los patrones establecidos. Parece que siendo sensibles fuéramos a ser más vulnerables, más rechazados por la sociedad. Ser sensible es desarrollar cierta rebelión, no contra nadie, sino contra lo impuesto a cómo uno debe ser. Ser sensible es no dejarnos atrapar por esa agresividad que debemos llevar a cuestas, es romper esa hipnosis en la que estamos inmersos. Sin sensibilidad todos se convierten en enemigos; sin sensibilidad, todos son  culpables de cómo nos sintamos. La sensibilidad no es sufrir constantemente, sino comprender que ese sufrimiento está ahí, y que dependiendo de cómo uno lo reciba, se hace más o menos fuerte.

    Sin sensibilidad no puede haber vislumbres, golpes de intuición, porque no hay el suficiente suelo germinado. La sensibilidad es la semilla eclosionada.
    Si nos eliminan la sensibilidad somos más manejables, porque sin ese rasgo de carácter nos unimos al pensamiento en masa, y desde esa perspectiva colectiva, la sensibilidad individual no tiene cabida. Reivindicar nuestra sensibilidad, o hacer por desarrollarla, es salirnos de una somnolencia establecida y mirar con unos ojos distintos.
    La sensibilidad no debe servirnos como un traje de quita y pon, ni como una tarjeta de visita. Es mucho más de lo que uno sienta, sino también, de cómo ejecute sus acciones. No escuchar a la otra persona puede ser un acto de poca sensibilidad; no dejar un asiento en el metro a una mujer embarazada, también. La falta de sensibilidad enfría los corazones, petrifica las opiniones, nos hace esclavos de la rigidez más constreñida.

    El buscador necesita desplegar su sensibilidad, porque es el peaje a un tipo distinto de entendimiento. También, porque es la manera de fumigar todo lo opuesto a un carácter sensible. Es la manera de no dañar, de apreciar lo sagrado en lo más cercano, de darse un afectuoso abrazo con la existencia.

    El camino debe ser engrasado para que no se produzca fricciones, y nada mejor que apostar por una sensibilidad sana, cooperante y donde la ternura consciente dé paso a un autoconocimiento más profundo e integral, y salpique todo ello a todo ser y criatura sintiente.














sábado, 22 de septiembre de 2012

El sentimiento de finitud.

    El ser humano puede alcanzar grados profundos de percepción, entre ellos se sitúa como de los más teméricos el de finitud.

    El estallido abrupto de esa concienciación, permite al sujeto identificar el final de un recorrido al que está abocado a transitar. Se percibe un sentimiento envuelto en verdad, donde la indiferencia queda ausente por el zarandeo de la inexorable realidad. La mente queda paralizada, pues ante ese encontronazo con el punto donde se clausura nuestra existencia, la lógica y los razonamientos quedan silenciados ante el tsunami demoledor que ofrece nuestro plano de vida.


    Hasta ese momento, la vida acaparadora nos muestra una alfombra roja extendida hasta el infinito. El mañana está alejado de nuestro presente. Nuestra extinción no está incluida en el programa de actividades existencial. Tenemos la creencia errónea de que son los demás los que van quedando atrás. Vivimos con la creencia autoimpuesta de eternidad perdurable en nuestra manifestación como seres humanos.

    De repente se produce una fisura que permite detectar que todo ello no es así. Nos alcanza la brisa de una realidad a la que no podemos escapar, con sus leyes y con sus rígidos sistemas de dinamismo. El instante alcanza eternidad, no por su durabilidad, sino por su profundidad ante el encuentro cara a cara con un sentimiento que detecta un margen hacia lo lejos. La mente queda bloqueada, inoperable e inutilizada, porque su mecanismo de espacio/tiempo queda reducido ante la inmensidad de lo finito. La mente divisa el precipicio, el borde del acantilado. Habrá un punto en el final del camino en el que se enfrentará al acceso hacia lo Inmenso. Sabe que llegará un momento que no pueda dar un paso atrás, y que los ya dados, no podrán volver a ser utilizables.



    Esta comprensión puede paralizar, pero también nos puede activar. La mente deja paso a otro enfoque, a otra percepción. Se desarrolla una intuición que para nada debe ser inclinada a la lamentación ni al flagelo interno. Se debe utilizar esa comprensión de nuestra última actuación para poner los medios que nos mejoren bienestar interior y toda clase de utilidades para nuestro crecimiento emocional y mental. También el recordar que no somos eternos ni inmortales nos debe servir para hacer de cada momento una firma en nuestra representación vivencial.


    Estamos inmersos en una vida que tiene un principio y un fin. Por mucho que nos guste o no, que nos aterre la idea o no, esto es así. El desenlace no nos debe obsesionar ni mucho menos, pero de lo que trata este artículo es de la manera en la que, a modo de destello, se puede experimentar dicha observación de nuestro principio de finitud. Éste nos debe servir para aumentar la capacidad de mejora, ya que el tiempo del que disponemos en vida debe ser instrumentalizado para, como en un cuenco vacío, llenarlo de nosotros mismos. Así la vida no se convierte en un camino recto monótono. Todo es exprimido.
    La vida exterior se convierte en un juego, un gimnasio donde ponernos a prueba; la vida interior en un encuentro con nuestra esencia, lejos de las capas adquiridas de la personalidad. Todo adquiere otra tonalidad, otra intensidad. Y en ese disfrute, en esa satisfacción, la finitud se vuelve un misterio que explorar. Entonces nuestra extinción no es un punto y aparte, no es un párrafo descolgado. Es el acercamiento a un misterio en el que la carga de material o de conocimientos no permite su acceso.



    El buscador trata de comprender, sin la ayuda de la mente intelectual, el principio al que estamos abocados de finitud. Lo emplea para saber de su paso por esta existencia y no caer en la creencia de que dispone de toda la vida, sino que es la vida de la que dispondrá de él y que si emplea el tiempo otorgado,  se dejará impregnar por la fragancia que en sí mismo se haya despertado.








domingo, 15 de enero de 2012

El sentimiento de culpa.

    Todos hemos sentido alguna vez ese juez interior que implacablemente dictaba sentencia.
    En ese momento la sensación de malestar nos invade, pues sentimos que no vamos acorde en pensamiento, palabra o actos, de nuestro patrón fijo determinado. La culpa cae ante nosotros quedándose fijamente adherida y embarrando cualquier situación que se presente.

         
    Nada tiene sentido de disfrute experimentado culpa, pues ésta tratará de interponerse, para con su presencia, recordarnos que su ausencia no será producida por el mero hecho del arrepentimiento. La culpa gana poder desde el inconsciente, pues en muchos casos es de donde emergen estos sentimientos.
    La culpa se impone en nosotros como la más adosada de las pieles, y se le añade la sensación de malestar y arrepentimiento que, mediante el canal del pensamiento, nos mortifica con su incesante condena. El enredo comienza al racionalizar -y no razonar- las justificaciones que provoquen remitir la magnitud del suceso.

    El sentimiento de culpa puede ser más duradero que una condena carcelaria, pues ésta nos hace prisioneros de la más difícil y deseadas de las libertades: la interior. La culpa tiñe toda atmósfera vivencial. Se llega a incorporar nada más despertar por la mañana, e incluso su impulso sigue interfiriendo a través de las imágenes oníricas que se producen en los sueños.
    La persona vive doblada con el peso de la culpa. Su carga cada vez se puede hacer más pesada e incluso acabar siendo incorporada a la rutina mental, ya que como un ruido de fondo, se mantiene a un lado de los procesos mentales. Su disolución puede ser provocada por el remiendo oportuno, por indiferencia, o por su propio desgaste.
Dependerá del grado de importancia que aportemos al sentimiento de culpa, y hasta qué punto el acto, palabra o pensamiento, llegan a tener un peso suficiente para provocar daños de inmensas magnitudes o resultados irreparables.

    La ecuanimidad, seguida de la reflexión lúcida y consciente, se convierten en herramientas para chequear el origen de la culpa, pues ésta a veces se camufla como una parte ya instalada de nosotros mismos. El sentimiento de culpa puede tener origen en creencias impuestas, ideales hacia nosotros, relaciones basadas en proyectar culpa para ser manipulados, o darnos cuenta también que hemos sido nosotros los que hemos manipulado. Otras, tienen un carácter más leve, como saltarse la dieta, no ir al gimnasio... Pero en cada uno de los casos, la sensación se basa en que nos hemos traicionado a nosotros mismos. Otras, podemos ser nosotros los que proyectemos culpa en los demás, pues nos permite en muchos casos prescindir de ciertas responsabilidades y acoplárselas a otros, saliendo airosos de una circunstancia.

    La culpa o arrepentimiento, produce una autoflagelación invisible hacia los demás. La consciencia se empaña y no ve más que la neblina de su sentimiento. La persona puede anhelar retroceder en el tiempo, pero empujado por el curso de la vida, siente que no queda otra alternativa que mirar hacia el frente.


    La culpa que no es instrumentalizada para reconocer el error y ejercitar el aprendizaje, sólo consigue robar paz y sosiego, pues solapado por la misma, estos estados no llegan a eclosionar en el sujeto. Las capas de culpa oscurecen cualquier florecimiento interior. Su fuerza compulsiva se va alimentando a medida que rumiamos con pensamientos repetitivos. Al no llegar a ser enfriado por la lucidez y la compasión hacia nosotros mismos, la culpa puede ir depositándose en el inconsciente, y en estado de letargo, esperar su activación a la mínima reacción que le despierte de su dormidera.
    Una culpa mal digerida se transforma en basura emocional y se convierte en un lastre que impide avanzar en la circunstancia vital.

    Una persona puede proyectar penitencias futuras que colmen la culpa interior. Otras veces se deja en manos de las casualidades, la señal o anticipo que afirme nuestra absolución, dejando la respuesta a calmar nuestro desasosiego en golpes de coincidencia que nos sirvan de orientación en la oscura inmensidad de la culpabilización.

    El sentimiento de culpa desgarra la paz interna, obnubila la consciencia y uno queda atrapado en la proyección de repercusiones anticipadas.
    El ser se sumerge y a veces queda cubierto por la presencia del ego. Éste se protege mediante autoengaños y justificaciones de todo tipo, quedándose respaldado en sus opiniones y protegido por sus afirmaciones.
    Sólo el anhelo de desinstalar la culpa nos puede hacer escarbar en nosotros mismos. Eso significa que iríamos profundizando hasta alcanzar el origen que promueve la culpa (siempre hablando de daños menores y sobre todo profundizando en el remordimiento; obviando los actos impunes o crueles, y menos aún, perversos), y descubriríamos el arsenal de miedos e inseguridades que hilan la culpa.

    La culpa en sí no es provechosa y desgasta la energía sin ningún fin en concreto que el de la autocompasión y la fricción con nosotros mismos. Sólo tiene sentido cuando se alquimiza con la firme resolución de querer modificar la actitud y las acciones en cuanto la vida nos vuelva a presentar la oportunidad de una repetida situación y, la afrontemos con consciencia resolutiva.

    Por no aceptar nuestros fallos evitamos que nos culpen; por no entender que los demás cometen fallos, buscamos culpables.

                                               
    El buscador comprende que la culpa desprende un hilo que, si lo sigue, le transporta hacia dentro. Trata de observar para no identificarse con ese proceso, entendiendo que sólo es una pequeña piedra dentro de un zapato y que a cada paso se manifiesta su molestia. Trata de analizar sus puntos de vista, inseguridades, miedos infundados y todo ese manantial de memorias instaladas que despiertan la incomodidad de la culpa. Trata de entender que el hecho de permanecer en este planeta va a distar de diversos intereses con el resto de personas y, que no por ello debe dejar de velar por los suyos, pero eso sí, tratando de no dañar a los demás. Comprende en su senda, que a medida que su personalidad se va desetiquetando, no hay lugar para culpas y reproches hacia uno, pues desarrollando la atención y la idoneidad, irá cubriendo sus circunstancias sin caer en negligencias y eligiendo con cordura, respuestas más conscientes y sabias.

domingo, 9 de octubre de 2011

La llamada de la Mística.

    Toda persona con inquietudes o sensibilidad mística ha experimentado en algún momento una llamada o toque de atención, que descolocándole por completo, ha removido algo en su interior.
    La razón queda doblegada ante la inmensidad de anhelo hacia aquello que no es visible en el plano ordinario. El por qué de que algunas personas dispongan de la capacidad para intuir algo que está más allá de lo que pueden de ver sus ojos, es un misterio. La persona, bombardeada por algo que no se explica, acaba suscitando cierta consciencia para descifrar sensaciones que se van presentando y procede a dejar de darle la espalda.
    A veces la llamada puede ser tan incesante que uno termina por rendirse hacia ella y emprende la larga búsqueda de sí, pues la llamada nunca proviene del exterior, sino del interior, y hacia ahí se dirigen todos los esfuerzos y poder acceder hacia la fuente que dispara la alarma.
    Unas veces hay quien experimenta la inclinación espiritual desde pequeño, otras empero, a la edad adulta. La mía experiencia es que desde pequeño tendía al ensimismamiento y a la necesidad de refugiarme en soledad. Era ya una sensación de incomprensión por parte del resto y la incapacidad de reflejar en palabras algo que se manifestaba en vislumbres muy fugaces. Quizás lo que realmente me desveló con los años de mi sonambulismo psíquico, era el recordad algo que en su momento inadvertí por completo, no queriendo dada mi edad, darle mayor peso específico. Entre los trece y catorce años tuve unos presentimientos muy fuertes hacia la extinción de un ser querido. No oía voces, nadie me decía nada, no se presentaba ante mí ninguna figura celestial a darme ningún mensaje. Simplemente estando en compañía del ser querido, experimentaba en lo más profundo de mí que debía aprovechar lo máximo que pudiera el tiempo con él, pues inevitablemente acabaría por desaparecer. Todo esto irrumpía en medio de lo cotidiano y dejándome perplejo por instantes, quedaba preso de un bloqueo que duraba segundos. A todos les pasaba inadvertidos, nadie caía en la cuenta de lo que sucedía en mi interior. Al no ser este un mensaje claro y conciso reducido a la lógica, no era capaz de darle significado alguno. Por ello y por aquél entonces trataba de ignorar esas sensaciones y seguir mi vida de aquellas edades. Al tiempo, se diagnosticó un cáncer en la persona intuida, pero inmerso en mi tsunami emocional no le daba ningún enlace a lo anteriormente presagiado. La enfermedad duró dos meses, y mi padre con tan solo cuarenta y cinco años de edad, murió inmerso en una sedación de morfina. En ese momento mi recorrido existencial quedo quebrado debido al terremoto que produce la extinción de un familiar. Sin ser consciente utilicé a lo largo de todos estos años en adelante, los cimientos del derrumbe para volver a construir. No hay nada peor que limpiar escombros, y mucho más los del interior. Necesité la adolescencia para incorporar la ausencia de mi padre a una vida en plena reconstrucción. Experimenté que el verdadero duelo es el que se lleva dentro y no el moral o religioso que trata de exponer hacia los demás un penar que dignifique y justifique. De ahí en adelante la vida dio giros muy bruscos que en mi mano estaba equilibrar.
    Las intuiciones o llamadas se sucedían con los años, pero igualmente me eran ajenas viviendo externalizado en el mundo exterior y dando por hecho que el interior se reorganizaba solo. Independientemente a las etapas o situaciones de vida, la llamada mística me asaltaba en cualquier instante, dejándome una fisura que me revelaba una realidad más allá de la meramente aparente. Era como si algo me susurrase que no me conformara con lo que se ve o se materializa, sino que algo oculto aguardaba y esperaba mi atención. ¿Por qué motivo? Aún no lo sé pero trato de ser yo quien le de sentido.
    Por otra parte, algo de mí recelaba con lo instituido o religiones petrificadas que caían en rituales estériles. Cada vez desconfiaba más de adoctrinamientos y creencias impuestas desde pequeño. No conseguía dar en la diana. Desorientado continuaba un camino de oscuridad que se juntaba con las adversidades de la vida cotidiana.
    Era mi fascinación por la figura de Jesús, cuando salía en las películas proyectadas de Semana Santa; pero no por ese Jesús que viene a salvarnos, no por ese Jesús que se proclama en dones, sino por el Jesús que ha conectado con una esencia que se me escurría de las manos. Más adelante serían las figuras de Buda, Lao-tsé, Sócrates…, las que me llamarían profundamente la atención.
   Años más tarde caigo en la cuenta de mis intuiciones de la adolescencia, que sumadas a otras de menor relieve, consigue avivar las llamas de la indagación. Me decido a expresarlo, convenciéndome a mí mismo de que si se toma como objeto de burla o escepticismo me sería de lo más indiferente. Había sido una experiencia vivencial que escapa a ideas o creencias, con lo cual esa huella perdurará hasta mi final del recorrido.
La suma de experiencias de este tipo más la convicción de que sufría más de lo necesario, me hizo caer en la cuenta de que necesitaba girar mi mirada hacia dentro y penetrar en lo más profundo de mí ser. No es fácil, no es sencillo. Había temporadas antes de mi decisión de indagar, que me sentía invadido por una mística inconmensurable, otras en cambio me inclinaba hacia el mayor de los tormentos debido a la confusión de mi mente, experimentando algo que me sirve de despertador: las crisis de ansiedad.
    Ese huracán ya era el determinante de que algo en mí no estaba bien, y no era cuestión de purificar el exterior ni de auto convencerse de que todo va bien, sino de limpiar todo lo almacenado y drenar la mente de sus condicionamientos. Aunque tocaba fondo constantemente, me iba dando cuenta de todo un mundo de aprendizaje por desplegar. Apuntaba a la mente como principal causa de sufrimiento innecesario, y no iba mal encaminado, pues las grandes sendas de autorrealización de todas las épocas se dirigen hacia ella en primer lugar. Era ver algo de luz en medio de una oscuridad en la que nada ni nadie me podía orientar.
    Comencé a leer libros que me mantuvieran ocupados, pero aún así nada se removía en mí. Fue en unas vacaciones en Punta Cana, cuando visitando la librería del hotel me llamó la atención uno titulado: ¨ Revolucione su calidad de vida ¨ del Dr. Augusto Cury. Lo ojeé pero su precio me hizo descartar su compra, ya lo compraré al llegar a España, pensaba para mis adentros. Me dirigí a la sala de espera donde nos iba a recoger un bus y llevarnos al aeropuerto para tomar el avión. Nuevamente experimenté la ensordecedora llamada que en este caso se manifestaba con la impulsividad de hacerme con el libro. No se acallaba la atracción y no tuve por menos que comprarlo dejándome indiferente el precio que momentos antes me promovió a descartarlo. Una vez en España me decidí a leerlo, faceta todavía no desarrollada y que por aquél entonces me exigía un gran esfuerzo. Ni que decir tiene que el libro despertó en mí el disfrute de la lectura, y que sus consejos sobre el cuidado de la emoción terminaron por despertar en mí una curiosidad inacabable. 
    Ese fue un salto de gigante, pues de alguna manera se acoplaba a mi intuición el deseo de mejora interior. Más adelante, en mi faceta de ojear libros en cualquier tienda o grandes almacenes, descubrí una gran cantidad procedentes de Ramiro Calle, pionero del yoga en España y mi actual maestro de dicha disciplina. Me sonaba de haberle visto en la televisión, pero me era un gran desconocido. Veía mucha relación con el yoga, y mis prejuicios y mi alergia a todo lo soteriológico hacia que de igual modo descartara su adjudicación. Pero un día un libro me llamó la atención, se titulaba: ¨ El arte de la paciencia ¨. Algo en mí se volvía a remover. Me preguntaba ¿cómo es que alguien se preocupa por la paciencia, que para mí es muy valiosa? Decidí comprarlo, y nuevamente algo se modificaba en mi mundo interior. Fue comenzar a leerlo, y aunque una gran cantidad de palabras me eran desconocidas, sentía una profundidad que me atravesaba. Me decía mi mismo que, o bien él me entiende o bien, yo le entiendo. Desde luego veía en palabras lo que ni por asomo yo era capaz de expresar. Sentía una verdad colosal y de alguna manera ya fui capaz de identificar la fuente que podía aplacar mi sed. La esperanza se abrió paso en mí. La sensación de dar con algo que realmente me sacara de mi dormidera emocional no me dejaba indiferente.
    Todo ello se fue ajustando hasta conocer la práctica del yoga, meditación, etc, que no antes de haber pasado por un riguroso sentido de experimentación, no fui capaz de incorporarlo a mi vida. Fue la indocilidad de la mente lo que me enganchó a su práctica para aquietarla. Todo ello me ha permitido por un lado, desarticular una mente fluctuante y aportar un sentido a la vida proveniente de lo más interno.
    Todavía queda mucho, muchísimo por recorrer… Pero jamás imaginaría, cuando estaba en profundas depresiones, que acabaría narrando lo que me ha empujado a indagar en lo más escondido de uno. Jamás imaginaría que utilizaría el medio de la escritura (yo que no había cogido un libro en mi vida)  para expulsar mis sensaciones y poder compartirlas. Lo que menos me imaginaría es que fuera capaz de compartirlo sin sentir los prejuicios del qué pensarán. Lo más gracioso es que una vez emprendí la senda de la búsqueda, esas llamadas han desaparecido. Es como estando inmersos en el agua, ésta no te puede salpicar.
    A veces me siento buscador, otras encontrador, porque de todo se aprende y el sentido místico (no soteriológico) hace que todo se vuelva instrumento y se convierta cada momento en un caudal de sabiduría. He perdido toda enemistad con la existencia, y ahora trato de profundizar en ella.
    El yoga te hace descubrir no solo una practica o una disciplina para agotar un tiempo, sino que el cuerpo o la mente, tan cercano a nosotros, se puede volver un laboratorio, y que la vida siendo tan misteriosa e imprevisible, puede ser una manantial de madurez y un banco de pruebas de lo  Uno. Todo es aprovechado, todo son planos a desarrollar, uno se desenvuelve disfrutando de una completud que no experimentaba con lo procedente del exterior (eso no significa que no se disfrute de lo proveniente de fuera), y una renovación de la mente que apropia energías sin derrochar.
    No sé lo que durara esta etapa, tampoco me importa. La vida no me ha cambiado, sino el enfoque y la actitud que tenía hacia la misma. Todo sigue su curso, su dinámica. No estoy excluido, también me asaltan las dudas, el miedo, la inseguridad, el sufrimiento… Pero al menos dejo en lo posible una distancia y sé que el hecho de querer llegar ya me empuja a ir. Ardua es la empresa de querer automejorarse, y más la de querer encontrar un significado último a todo lo existente. Sin caer en abstracciones que nos alejen los pies del suelo, debemos tratar de caer en la cuenta de aquello que nos pasaba por alto, no por el hecho de descifrarlo, sino porque su transformación nos aporta destellos de un conocimiento profundo y revelador. Una transformación que luego deberá ser aplicable a la vida de cada día, pues ahí, como reza el adagio zen: ¨ se esconde la verdad que unos ven y otros no ven ¨.
    Cada uno es su maestro y su discípulo. Me siento aprendiz en todo momento. El mecanismo lleva tiempo activado, lo que dure a durado. He conseguido guiñarle un ojo a la vida, ahora es cuestión de que ella me lo devuelva.