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jueves, 21 de abril de 2016

La necesidad de conflicto.

En las relaciones humanas parece ser el conflicto una dimensión que se mantiene presente. En su latencia todo va bien, todo fluye y es armónico, pero en su despereza todo se desencaja, todo chirría y nada parece volver a reajustarse.

    El conflicto puede surgir al cruzarse intereses, al chocar puntos de vista dispares, pareceres antagónicos. Es su esfera un marco que representa división, lejanía en las personas, el inicio de confrontaciones. El conflicto puede perdurar o ser puntual, reconciliable o incurable, ser pasajero o permanente.

    Todos tenemos y pasamos por conflictos. No sólo entran en juego los que se reproducen en el marco externo, también están los conflictos internos, los desgarros de dentro. Pero la inclinación al conflicto es algo que merece indagación.

    Hay personas que tienden a agarrarse al fuego antes que esperar a que se apague, y así, la vida se consume en una fuente inagotable de insatisfacción de la que no se es consciente. La externalización en conflictos exteriores no es más que la celebración del conflicto que se mantiene dentro. A veces es inevitable caer en un conflicto, en una discusión, pero otras se torna como una válvula de escape para sacar el malestar de dentro.

    El conflicto externo es la representación teatral de la función escenificada de los adentros, que surge de una retroalimentación de dolor y miedo. Toda la carga de confusión, de sufrimiento, de insatisfacción, de baja estima, entre otras, son las anillas que se tiran cuando provienen circunstancias adversas del exterior. Entonces estalla la bomba de dentro y se vierte en las relaciones, en la interactuación con los demás.

    La necesidad de ese conflicto surge cuando nos hemos identificado tanto en ese mecanismo de dolor que parece ser nuestra verdadera identidad. Como una parte más de nuestra personalidad, buscamos alimento en el conflicto para nutrirlo, para mantener viva esa identidad que se ha ido construyendo en nosotros. Entonces la capacidad de estar en perfecta armonía se corrompe, se disuelve, el malestar se sitúa en primera fila y se manifiesta en la conducta, en la contrariedad, en el inconformismo crónico, en la irritabilidad permanente.

    Todo se vuelve motivo de conflicto, todo merece una discusión, nada escapa sin que se mastique con los dientes del remordimiento. Si no hay conflicto, se busca. Si no hay motivos, se encuentran. Se convierte el exterior, las personas, las relaciones, todo, como una gran confabulación orquestada para hacernos desgraciados. Salen las autodefensas, el ego permanente, la guardia siempre mantenida.

    La necesidad no es sólo en cuanto a discutir con alguien, también hay personas con la necesidad de, precisamente lo que más teme, sacarlo a relucir para roer ese cierto malestar, sentir que hay un motivo que le empuja a ello, y autoconvencerse de su desdicha.

    Por no mirar de frente al dolor, al malestar que está sin drenar, el sufrimiento que tanto queremos evadir, todo nos zarandea y nos acaba atrincherando. Lo que más tememos que se repita, acabamos generándolo a través del conflicto. Lo que más queremos tener lejos, más lo acercamos a través de propiciar el conflicto. Al final el dolor se alimenta una y otra vez, y parece que todo se coordina para nuestra fatalidad.

    Primero, el conflicto debe resolverse dentro. Así, la identidad del dolor no se perpetúa a través del conflicto. Se puede sentir dolor al soltar esa parte nuestra a la que tanto nos aferramos, y empero, comenzamos a ser conscientes de lo negativo que resulta mantener su hospedaje en nosotros. Se requiere también bajo esa mirada de autoconocimiento, no hacer responsables al resto de cómo nos sintamos, y neutralizar de ese modo los factores de discordia.

    Cuando el conflicto es crónico como su necesidad de expresarlo, no es más que el reflejo de un tornado que se crea en un océano agitado de dentro. Son personas víctimas de sí mismas, albergando en ellas una naturaleza de crispación que deroga la verdadera esencia de una personalidad solapada por un manto de ofuscación. El conflicto acaba convirtiéndose en adicción; se necesita del mismo para satisfacer el impulso incontrolado de saciarlo. Se crea en uno una parcela destinada a recrearlos, un área de atención al conflicto, para así, disponer de recursos y poder ser resolutivos con ellos dentro del margen de la contraposición.

    Entonces del conflicto ya no se evade, produce en el sujeto una atracción. Todo es una constante disputa, un reproche permanente, una altura a la que nadie está. Toda comunicación es una intransigencia, un ¨como deben ser las cosas¨ en lo que nada encaja.

    Ninguna armonía de fuera va a resolver la inarmonía de dentro. Por ello, el trabajo debe ser interior para deshacer el nudo de lo conflictivo. Debemos rellenar el vacío que se recarga de debates fuera de tono, pérdidas de maneras, chismes continuados, olfateo constante de disputas.

    Resolver esa identidad desgarradora que busca el enfrentamiento para sostenerse, es soltar una parte que ha secuestrado la que mira por la concordia, la ausencia de problemas, la capacidad de acuerdos, y el afán resolutivo. Surge entonces otro tipo de presencia, sujeta en uno, afincada al ser, y no presta a perderse enseguida en el círculo repetitivo del conflicto. Al ir poco a poco desligándonos de esa emanación de constante dolor, sufrimiento y queja, el conflicto carece de atractivo, deja de ser estimulante, y cuando aparece es como un tren que dejamos pasar porque sabemos que en la mayoría de los casos no nos conduce a nada y crean un campo de negatividad en nuestro entorno.

    Eso no significa evadirlos y evitar mostrar la defensa de intereses lícitos en uno, sino determinar la prioridad de que la paz interior y la dicha no deben de alterarse por participar en rencillas que no nos transforman en nada y que nos desgastan por completo.
 








martes, 1 de marzo de 2016

La tristeza.

La tristeza es una emoción que se caracteriza por ir generalmente acompañada de melancolía. Cuando la tristeza embarga, ésta nos advierte de un desahogo, pues a veces hay una gran masa de energía concentrada que necesita salir de nuestro interior.

    La tristeza es un estado emocional más, pues al igual que la alegría y la ira, viene y va, nos toma y nos suelta, pero puede generar autoengaños como pensar que somos los que más sufrimos y que los demás deben estar a nuestra disposición para consolarnos. Puede teñir de blanco y negro cualquier evento, impidiendo la capacidad de disfrute y debilitando cierta vitalidad que se encuentra ausente en ese momento.

    Según la medicina tradicional china, el pericardio es la zona donde se reflejan las emociones, y de ahí que sintamos cierta presión en el pecho cuando sale la tristeza de su letargo. Entra dentro de los ciclos vitales; un día te levantas y te encuentras triste, escuchas una canción y te abraza la melancolía, lees una historia y te conmueve. La tristeza tiene su grado de importancia, nos invita al recogimiento y guarda una belleza intrínseca que jamás tendrá la alegría.

    Lo que sucede es que la tristeza está censurada. Es como un artículo de lujo que no nos podemos permitir porque se asocia a un descontento, a un inconformismo, a un abatimiento que nos ciega de ver las cosas buenas. Es como un invitado que apenas puede avanzar más allá de la entrada de la casa. Pero la tristeza es mucho más, siempre y cuando no sea crónica y acerque a estados depresivos, la tristeza guarda su propio embelesamiento.

    Un toque de tristeza puede despertar las miras a la generosidad, puede refinar el espíritu humano, puede ralentizar los pasos cuando el viaje es compulsivo sin saber a dónde. La tristeza tiene su propia cualidad, tiene distintas vías de canalizarse, por eso tiene a su disposición variedad de accesos, diversas antesalas que permiten que la emoción alcance un grado álgido de sentimiento. La música, la poesía, el arte... Todo ello puede despertar a través de la sensibilidad, la melancolía, el triste sentir sobre lo que se percibe, sobre lo que se transmite y logramos captar.


    La tristeza que no es neurótica, continua, que no está adherida al carácter de la persona y no condiciona su calidad de vida psíquica, tiene mucho que ofrecer en su indagación. Normalmente huimos, buscamos entretenimientos para escapar de ella, pero al igual que la soledad, son estados que se dan la mano en el sentido de ser dos dimensiones con puntos en común, siempre que  miremos hacia ellas con visión nítida sin condicionar. Pero al rechazar la tristeza también rechazamos una parte de nosotros que no consideramos digna de pertenecernos.

    Para sentirnos completos no podemos huir de las esferas emocionales que nos asaltan y que, incluso, es necesario profundizar en ellas con el fin de autoconocernos y aprender a relacionarnos con las mismas. La profundidad de la tristeza es una energía distinta a la que nos lleva otras emociones. La alegría, por ejemplo, es más centrífuga, la tristeza, más centrípeta. Por eso nos gira a la introversión, a cierta detención en uno, a un recogimiento hacia los adentros. Es como una resaca que nos arrastra, sin que queramos, de nuestra marea emocional.

    Quizá la tristeza sea un recordatorio puntual que al tomarnos nos recuerda que también hay que sentir a quien siente dentro, que también hay que expresar en lágrimas lo que otra forma de comunicación es insuficiente, y que dicha masa de sentimientos también requiere ser atendida. La tristeza riega la sequedad que a veces se enraíza en nosotros, derrite el frío con el que nos revestimos para protegernos, destruye la armadura en la que nos escondemos para representar una imagen de seguridad hacia el resto.

    Pero cuando la tristeza comienza a querer mantener su presencia, debemos atenta y amablemente despedirla, invitarla a que abandone nuestro hogar interior porque la velada no debe extenderse más. Su visita, o el acceso a ella, ha regado terrenos que parecían fértiles, ha dejado en el ambiente un aroma que tiene su propia fragancia. Una vez se retira la tristeza nos aborda cierta calma, cierta ausencia de impulso, nos embarga una serenidad más asentada porque la tristeza se ha llevado consigo una carga que nos oprimía, que constreñía nuestra alma y asfixiaba nuestro ser.

    La tristeza puede acercarnos hacia más seres, puede destruir barreras egocéntricas, puede traernos el mensaje de lo fútil en una relación inarmoniosa, puede dar sentido cuando no lo encontramos a un hecho. La tristeza es emisaria de que no dejemos las cosas hasta su final, de que el tiempo pasa y que en su ausencia no damos valor a lo que sí deberíamos.

    Abracemos la tristeza sin apegarnos, saboreemos su néctar sin querer eternizarlo, disfrutemos de su presencia sin confundirla con la nuestra. La tristeza es mucho más que un berrinche, es mucho más una aguda angustia melancólica. Es la capacidad de saber relacionarnos con una parte esencial del ser humano, es la belleza de un agudo sentimiento que rocía con sus gotas las hojas marchitadas de nuestro florecimiento.
















sábado, 6 de febrero de 2016

El fenómeno de la transitoriedad.

Todo cambia, todo muda, nada permanece estático. Los ciclos se presentan, las etapas se finalizan y la vida toma un carácter sometido por la ley de lo transitorio. El cambio es lo único permanente en un escenario donde el decorado es reemplazado una y otra vez constantemente.

    La ley de la transitoriedad es inexorable, intrínseca a la existencia misma. En su propio dinamismo se sustenta. Nada queda estático sin estar envuelto bajo el manto de la impermanencia. La transitoriedad encuentra sus márgenes en las dualidades, en los opuestos y en el desarrollo fenoménico. Todo cambia continuamente a nuestro alrededor, pero curiosamente nuestra percepción se niega a comprenderlo, dando por sentado todo aquello que se está continuamente renovando.

    Vivimos acaparados por la idea de lo perdurable, de lo permanente, de querer agarrarnos a lo eterno. Sabemos que el tiempo pasa, pero creemos que tan sólo afecta a los demás. Se nos escapa la comprensión profunda de detectar lo poco perdurable que pueden ser las cosas, haciendo de la vida una imagen retenida, una fotografía que no se altera. Damos por hecho lo que ya de por sí está cambiando.

    Cambian los escenarios, las actividades, las relaciones, los estados de ánimo, las percepciones, las ideas, y así un sinfín de planos y eventualidades. Nosotros ya no somos quienes fuimos, ni somos quienes seremos. Todo muta sin poder controlarlo, al margen de nuestros deseos y voliciones.

    Ahora sentimos una emoción, después otra. El amigo se convierte en enemigo, el enemigo más adelante nos ayuda. Lo que parecía la peor noticia, con el tiempo se convierte en oportunidad. La vida es fluidez, renovación constante. Un dicho de Heráclito reza que nunca te bañarás en el mismo río dos veces. Lo único que se estanca es nuestra percepción, nuestros petrificados ideales, nuestra visión de las cosas que no alcanza el compás ni el ritmo de la melodía existencial.

    Nuestro pensamiento quiere seguridad, un suelo fijo donde aposentarse. Buscamos adherirnos a lo seguro en una esfera de constante mudanza. Todo ello deriva miedo, inseguridad, y un apego rígido hacia todo lo que de por sí tiende a ser modelado. En mitad del arroyo nos agarramos a una rama a punto de quebrar, en vez de manejarnos con las aguas que nos empujan y aprender a reconciliarnos con ellas. La vida golpea contra nosotros y mantenemos una actitud de bloqueo, de sujeción a esa rama que consideramos irrompible. Llegará un momento que, o bien se quiebra la sujeción, o aprendemos a soltar para volver a retomar la fluidez de la que nos habíamos apartado.

    Para la mente, la transitoriedad es un fenómeno que no termina de captar. La mente necesita de lo fijo, de lo inmutable para tener donde adherirse. Necesita de las creencias en determinados patrones y de la proyección según los esquemas en los que se basa. El cambio le frustra, le tambalea, derriba sus cimientos. Lo mudable, lo transitorio, todo ello se desarrolla en el presente y es ahí de donde la mente quiere escapar. Prefiere basarse en lo ya vivido o en lo que está por llegar, porque de esa manera hay un margen para edulcorar las experiencias. El presente es un suelo que se hace añicos a cada instante, por eso la mente y el ego, en él no pueden mantenerse.

    Aceptar el cambio es conectar con un dinamismo que se produce al margen de nuestros favoritismos o de nuestra postura de cómo deben ser las cosas. Es acrecentar nuestra mirada para abarcar todas las posibilidades que ofrece la transitoriedad. Si nada pasara, un dolor de cabeza sería para siempre. La transitoriedad ofrece aprendizaje, desprendimiento a cada instante, muda psíquica. Ofrece la posibilidad de crecer y deprendernos de una parte de nuestra personalidad que no nos ayuda en nuestra evolución. Ofrece el entendimiento correcto de una comprensión más reveladora sobre las fases en las que se desenvuelve la vida.

    Si todo cambia, si todo transita, ¿a qué apegarnos? El desapego permite ligereza en vez de fricción ante las circunstancias dadas. Permite cortar con las ligaduras invisibles que tanto nos esclavizan emocionalmente. Ya puede ser el apego a personas, a placeres, a ideas, etc... Al final lo único que se mantiene es nuestra ligadura creada, y a sus espaldas, se desarrolla el fenómeno cambiante.

    La existencia rige con sus ciclos, invierno/verano, día/noche, y así se van completando los decorados en los que estamos inmersos. Si queremos alcanzar lo eterno no debemos mirar afuera. El tiempo condiciona y rige. Según el controvertido Osho: ¨ La eternidad no es duración en el tiempo, sino profundidad en el momento ¨.

    Ahí debemos investigar para acceder a esa intemporalidad libre de condicionantes. El momento ofrece algo más que una situación que resbala ante nuestros ojos. Encierra en sí mismo el acceso a una dimensión no salpicada por la fluctuación del dinamismo. El acceso es tan estrecho que no entra ni un pensamiento, ni una sola idea, tan sólo un estado de consciencia alerta.

    Si estamos más conscientes penetraremos en una profundidad en la que ninguna sola onda nos agitará, en la que la condición del cambio tenga un acceso restringido, y se pueda presentar así un estado bien distinto del que está regido por el fenómeno de la transitoriedad.








viernes, 8 de enero de 2016

La acción desinteresada.


 Realizar acciones es inevitable en cada ser humano. Toda acción va ligado a un resultado, a veces buscado, y otras, viene dado por la naturaleza intrínseca de la ejecución.

    Existen acciones muy sutiles como puede ser pensar, observar; otras más burdas, como puede ser empujar un coche. Pero en ambas nos identificamos con el ¨hacedor¨. En ese ¨hacer¨ hay voluntad, intención, volición y deseo noble, pero también puede esconder soberbia, codicia, ambición y egoísmo. Con lo cual no sólo interviene la acción y todo lo que lo catapulta, sino la actitud con la que lo realizamos.

    ¿Qué diferencia, pues, puede existir entre la actitud y la acción por hacer?

    Que nos pueden esclavizar, o no, sus resultados.

    Tu corazón late sin que se lo pidas, pero no clama que se lo agradezcas; tu respiración natural no precede a reprochártelo en cara. La acción se vuelve natural. Pero puede surgir el sentimiento de posesión respecto a la acción ¨yo lo hago¨, y sucede entonces que no sólo es lo que pueda derivar esa acción, sino lo que nos apegamos al resultado. Si éste es favorable nos sentimos dichosos; si no lo es, defraudados y frustrados; pero en ambos polos dejamos de lado nuestro núcleo central de ser.

    Es el afán de dar un sentido al acto lo que nos arrastra obsesivamente al resultado. Sería demagogia expresar que cuando realizamos algo no buscamos una obtención, es decir, si bebemos agua queremos eliminar la sed, pero de lo que se trata es de investigar en cómo aflora y repercuten ciertas tendencias individualistas, ególatras y personalistas, referente a lo que nos incita a la hora de realizar una acción.

    Por ello, la acción desinteresada es un gran ejercicio para romper las cadenas del sentimiento de control y posesión. Permite ir derritiendo el mecanismo de ¨hacer¨ por y para algo, y convertir el acto de la acción en una recompensa por sí misma. Pero nuestro lado acumulativo y voraz no termina de entender este término, de hecho, buscará en esta actitud otro tipo de recompensa, quizás el  futuro reconocimiento por parte de los demás de desprenderse de los resultados.

    Se dice que lo importante es participar, pero a veces esta frase llega cuando no se ha conquistado el primer puesto. Antes lo que se escuchaba es ¨¡Tú puedes!¨, ¨¡No has llegado hasta aquí para nada!¨, ¨¡No nos puedes defraudar!¨. ¿Está mal alcanzar o luchar por un primer puesto o lograr el pódium? Igualmente entra de lleno la actitud desprendida hacia los resultados. Puedes quedar primero, valorarlo, no sentirte superior y olvidarte, y puedes quedar el último y generar rencor y culpar a todos los demás de tu derrota. El mendigo puede ser rico y el monarca puede ser pobre.

    Pero mucha parte de ese sentimiento interior de falta de estar completados surge cuando hemos alcanzado una meta, o se crea el miedo a perder algo cuando lo hemos obtenido, por falta de consciencia en su desarrollo y tener en todo momento las miras puestas en la conclusión final del acto. Entonces el ¨hacer¨ es una negociación, pierde su totalidad y entorpece la transformación de la persona. Sólo consigue acumular y acumular actos sin penetrar en una verdadera riqueza que no es la que puede estar por llegar, sino la que viene ligada por el simple placer y disfrute de hacerlo.

    En el yoga esta vía de emplear los actos como entrenamiento y acrecentamiento de la consciencia se le denomina ¨Karma yoga¨. Entonces no sólo hay que retirarse a contemplar o refugiarnos en la soledad del silencio, sino que la vida de cada día, lo cotidiano, todo ello, es un banco en movimiento de meditación.

    La acción y el hacedor se vuelven uno; la expectativa y la conclusión final se funden sin oscilar en extremos de pérdida o ganancia. Por lo tanto, cualquier acto de la vida diaria puede convertirse en soporte meditacional, en transformación espiritual, porque abocados a actuar ¿qué mejor que convertirlo en néctar para nuestra evolución personal?




    En el camino de la búsqueda el desapego hacia los resultados no es significado de que no nos importen o no deseemos que sean favorables, sino que aun sabiendo que hemos hecho todo lo que estaba en nuestro alcance, no disponemos del absoluto control sobre los mismos. Por ello, la acción desinteresada es un noble ejercitamiento de la falta de personalismo en la ejecución de las acciones, y el recibimiento en ausencia de ego como anfitrión de los resultados.








domingo, 22 de noviembre de 2015

La hipocondría.

Dentro de los estados de neurosis, existe uno muy llamativo denominado ¨Hipocondría¨. Puede llegar a ser una enfermedad obsesiva que, paradójicamente, surge del miedo a estar enfermo y donde la persona comienza a presagiar y a infundirse temores sobre su salud.

    Presupone que algo no va bien y anticipa un deterioro de enfermedad catalogándolo de calamidad. Todo puede comenzar con una pequeña hipótesis, una teoría por evolucionar, una breve idea de lo que está por llegar y acabar la persona por convencerse a sí misma de que contiene un mal de salud que ya no se puede remediar. La pequeña suposición acabar convirtiéndose en una sospecha continua que va quedando en el trasfondo de manera residual sobre la cotidianidad del día a día. Acaba enquistándose y petrificándose como un pensamiento fijo volviéndose un eje central a medida que se van sucediendo los acontecimientos.

    Esa tortura de no saber a ciencia cierta si uno está enfermo pero acabar convencido de ello, roba frescura, vitalidad y ensombrece el ánimo. Es la etiqueta invisible que lleva el hipocondríaco colgada a todas partes, es la posibilidad aún no materializada en un diagnóstico por realizar. La imaginación se desborda y se pone al servicio de la ¨terribilidad¨. La vida ya no parece tener ningún sentido estando desarrollando una enfermedad, y se convierte lo que queda por vivir, en un tránsito a la espera del proceso del padecimiento. << ¿Para qué voy a disfrutar si seguramente estoy enfermo? >>. Se repite una y otra vez el hipocondríaco.

    Todo comienza con el menor síntoma. El sujeto se informa de cualquier indicio de enfermedad, trata de anticiparse y acaba atando cabos hasta llegar incluso a experimentar en su cuerpo los presagios amenazantes. Puede llegar a convertirse en algo muy perturbador, en una conducta en la que la persona acaba atrapada y no puede salir sólo por el simple hecho de proponérselo. La preocupación se va enraizando y cualquier mínimo dolor, cualquier erupción en la piel, cualquier contacto con agujar u objetos de vías de transmisión, cualquier gesto en el rostro del doctor, todo ello, se vuelven detonantes que despiertan el miedo atroz a una enfermedad que pudiese estar en latencia.

    El desarrollo vivencial se vuelve, pues, en una cuenta atrás hasta el desenlace final. Vivir se convierte en la oportunidad perdida que fue robada por una supuesta enfermedad. Es el no retorno hacia un estado de salud que diese por merecido el derecho a ser feliz. Pero el hipocondríaco que se pone siempre en el peor de los casos, convierte la enfermedad en la mayor catástrofe que le pudiera suceder. Siente que ha quedado huérfano de plenitud, ningún instante merece ser completado de satisfacción siempre y cuando perdure la duda y ensombrezca la sospecha con su acto de presencia. Es un temor camaleónico que se reviste de cualquier momento y circunstancia.

    Si el hipocondríaco se viese desde fuera, se echaría a reír, pero inmerso en su prisión psicológica, lo que siente y experimenta no le saca la más leve sonrisa. No se trata con ¨no lo pienses¨ o ¨vive la vida¨, como seguramente le aconsejen en su entorno. Cuando el miedo se retroalimenta sobre una enfermedad, la sensación no es sólo mental, sino que impregna el cuerpo, los órganos, se adhiere convirtiendo el esquema corporal y el sistema orgánico en una caja de resonancia donde retumba una y otra vez el eco del aviso del desorden o malestar.
 

  Ante el augurio hipocondríaco se deben razonar varios aspectos. El primero a nivel interno, es decir, de dónde proviene realmente la actitud alarmante. Quizás hay condicionamientos o improntas que quedaron en nuestras retinas y que despertó un pavor en nosotros. Quizás la idea de no ser merecedores de nada bueno y que estamos condenados a un mal mayor. También puede existir un sentimiento de culpa derivado de haber convivido con alguien con una larga enfermedad o haber visto morir a personas cercanas. También el no haber cuidado la salud o haberla puesto en riesgo, y con ello, esperar una sentencia diagnosticada.


    Otro aspecto a razonar o comprender, es el factor externo a convivir con una enfermedad. Si a un enfermo real le contasen la experiencia de un hipocondríaco, cuanto menos soltaría una carcajada o puede que le diese una lección de superación personal y de encarar la adversidad. Era el sabio Ramana Maharshi quien decía: <<El cuerpo ya es en sí la enfermedad>>. En efecto, donde hay cuerpo ya existe la enfermedad. Él mismo tuvo cáncer de brazo y no perdió su talante equilibrado. Y es que enfermedad y salud son dos caras de la misma moneda en donde
Buda también declaraba que nadie escapa a la enfermedad, vejez y muerte.


    Nadie, absolutamente nadie, está excluido. Por eso hay que hacer un gran trabajo de aceptación y fluidez con esa incertidumbre, e incluso es más, si no hay nada que realmente lo diagnostique, poner la mente a nuestro favor trabajando el contra convencimiento de que estamos sanos (aunque un hipocondríaco pensará que las pruebas hechas son fallidas o que ha habido un traspapeleo de resultados) y que sentirnos bien y plenos viene derivado de que pongamos los medios emocionales adecuados.

    Si la enfermedad llega, se despertaría un reto, que es el de estar sanos y recuperar la salud o vencer la enfermedad. El reto sería también en convertir el recorrido de lo que nos quedase de vida en instantes plenos y felices. Nada fácil, pero debemos reconducir actitudes y puntos de vista porque en el peor de los casos, todos tenemos recursos que desconocemos por completo. Incluso aceptar la muerte, que será siempre el desenlace final, puede eliminar esa carga excesiva de temeridad, ya que de esta vida con tanta demanda de salud, nadie saldrá viva.
    La hipocondría puede ser tratada por grandes profesionales, pero no para convencerlas de que no tienen ninguna enfermedad, sino para hacerles ver que en el caso de tenerla pueden ser plenos, felices y completos.

























domingo, 4 de octubre de 2015

La reflexión consciente.

El raciocinio ofrece la capacidad de generar un análisis intelectivo que, mediante su cultivo, posibilita la indagación racional. El pensamiento es una herramienta muy valiosa, y a la vez, misteriosa, porque su origen al crearse escapa la mayoría de las veces a nuestra voluntad.

    Es entonces cuando el proceso pensante se vuelve mecánico y repetitivo, torturante en muchos casos y termina por hastiar al sujeto que no lo controla. Pero cuando el pensamiento está bajo el yugo de la consciencia, éste adquiere otro potencial, posee la capacidad de ser lúcido y consciente, y entonces se torna un utensilio cognitivo de gran beneficio, se vuelve auxiliar a la hora de buscar razones intelectuales y traduce en palabras aquello que puede ser difícil de expresar. Nace entonces la reflexión consciente.

    El pensamiento así, bien encauzado, se sumerge en una fila que termina por ser reflexiones que pueden desembocar en sabias determinaciones.

    La consciencia permite estar presente en la racionalización y construcción de las cadenas pensantes. El pensamiento, al estar al amparo de nuestra voluntad, ya no es acosador ni mortificador, sino que pone su empeño en alcanzar grados de entendimiento que faciliten la comprensión profunda a nivel analítico.

    La reflexión es bajar el ritmo y ser selectivos cuando queremos indagar utilizando el pensamiento -porque la indagación no es sólo pensante, sino también intuitiva-. Permite aclarar diferenciaciones, discriminar bajo un sano juicio, esclarecer y vislumbrar. Toda una maquinaria se pone a nuestra disposición que, a través de su adiestramiento, logra evolucionar y mejorar.



    La reflexión consciente trata de profundizar, argumentar y llegar a esclarecer causas, situaciones, inquietudes o sensaciones. Es la capacidad de discernir, de diferenciar, de emerger en claridad y con palabras lo inexpresable. De ellas se da paso a acciones diestras, posicionamientos acertados o extracción de una sabiduría que parecía inexistente. Al ser esta una reflexión consciente, su utilidad es más considerable, lejos de ser más o menos acertada, pues lo importante es que la persona toma, y no es tomada, por el análisis reflexivo.

    Si la consciencia se extiende, la racionalización no se vuelve neurótica ni obsesiva, sino que con su peso específico sabe concluir sin esa inercia a desgastar el estímulo pensante. Es pues, una utilidad lícita e indispensable para alcanzar grados de entendimiento, y lograr así, conclusiones acertadas. Cuando las reflexiones son orquestadas por nuestra parte más destructiva o inconsciente, no hay soberanía de un yo lúcido y panorámico, sino de inclinaciones que se van repartiendo entre nuestros distintos puntos de vista. No hay una agrupación de voces, cada una tira a su terreno, y la reflexión, lejos de ser persistente y compacta, se vuelve camaleónica y va modificándose a su antojo. Sería ésta una reflexión en tela de juicio, embaucadora y carente de fiabilidad. No habría pasado por nuestro filtro más deliberado, ni reajustado ni actualizado. Es un barco a la deriva, sin ningún control sobre el timón. Una reflexión así es una trinchera de miedos, juicios, prejuicios y dudas.

    La reflexión consciente no es sólo un trabajo de categoría racional, pues puede caer en la trampa de tornarse repetitivo, estrecho en miras o ausente de lucidez. Por ello es importante que las reflexiones no sean ¨prestadas¨ y se originen de escarbar en una genuina investigación.

    Tras reflexiones más sabias, imparciales y moderadas, la visión se amplia y se logra salir de un tipo de entendimiento que, quizás, anule la capacidad de arrojar luz sobre diversas parcelas. La reflexión consciente promueve el pensamiento correcto, diestro y presto a reivindicar una resolución que elimine la inquietud de no captar algo que se nos escapa. Abre la puerta a la agudeza, la visión cabal y al atino intelectivo. Nos deja en bandeja las palabras para recargarlas de connotación y los argumentos para emplearlos a disposición de los diferentes contextos.

    Dedicar tiempo a una reflexión consciente es crear un análisis sorteando obstáculos que no vemos en un principio por falta de lucidez o visión clara. El recto y sano pensar se pone a nuestra disposición. Es la posibilidad de escudriñar sin ser poseídos, sabiéndolo tomar y sabiéndolo soltar, sin quedar asfixiados por los ríos de pensamientos inconclusos de los que somos abordados la mayoría de las veces.

    En el terreno de una búsqueda espiritual, la reflexión consciente es necesaria para desempañar un tipo de saber que logre acercarnos a otro más intuitivo y revelador. Sin la capacidad de reflexionar sabiamente, el buscador es tomado por impulsos o cree lo primero que escucha o no discrimina en las enseñanzas. Es su consciencia un lienzo en blanco donde todos pueden depositar su firma sin dejar espacio a su propio análisis personal.


    Una orquesta de pensamientos sin una batuta que guíe y oriente, se convierte en un estruendo ruidoso sin ningún compás. En cambio, si hay de fondo un director de orquesta (la consciencia) y un ritmo acompasado (la reflexión lúcida) se produce una acertada melodía donde cada instrumento aporta su utilidad, dando como resultado la armonía en la composición, de todas las partes que lo integran.
























domingo, 20 de septiembre de 2015

La susceptibilidad.

¿Quién no se ha sentido susceptible en un momento dado? Es éste un sentimiento de vulnerabilidad ante ciertos hechos. Es un moratón mental que recibe todos los golpes, el gran ¨ojo¨ que todo lo ve, la sospecha continua buscando ser reafirmada.

    La susceptibilidad nace de un sistema propio de creencias de cómo deben hacernos sentir los demás. Es origen de animadversión, odio y rencor. Hace de cualquier situación una amenaza directa, un desamparo que nos hace sentir desprotegidos de los demás, un blanco fácil que nos convierte en diana.

    El susceptible desconfía sin cesar, ve donde otros no llegan, interpreta lo que nadie ha traducido. Es su obsesión por encontrar ¨pistas¨ que atenten contra él lo que le lleva a versionar las circunstancias hasta ajustarlas a sus temores infundados. La susceptibilidad atrinchera el alma de la persona, desgasta sus energías en racionalizar cada situación, bloquea todas sus relaciones y retroalimenta su necesidad de sentirse considerado. Para él todo confabula en contra suya, todas las piezas encajan sin estar nunca a su favor y jamás nadie le tiene en cuenta como él quisiera.

    La susceptibilidad hace que la persona enfrente el mundo como si ya hubiera realizado un pacto predeterminado sin haberle preguntado; actúa como si ya se sintiera excluido de antemano. Debido a ella -la susceptibilidad-, se logra malinterpretar cualquier frase, cualquier tono, cualquier gesto o mirada, distorsionando todo canal de comunicación. Se establece una ¨alerta máxima¨ que nunca baja la guardia. Entonces el sujeto susceptible intenta proteger lo que no es visible pero que parece que todo el mundo desea atentar.

    No existe una armadura para proteger la susceptibilidad, pues incluso la misma se quedaría desmedida para abarcar la cantidad de ofensas, posibles conjeturas en contra, y un sinfín de supuestos que parecen no tener agotamiento en la mente descontrolada de la persona susceptible.

    Los acontecimientos por llegar son un desafío, cualquier encuentro se vuelve una posibilidad de aunar críticas destructivas hacia su persona, e incluso cuando no hay amenaza aparente, rastrea cualquier señal para convertirlo en hallazgo reiterativo. La persona suspicaz convierte todo su ser en un radar, la susceptibilidad se vuelve un revestimiento y su actitud siempre a la defensiva, invade su espacio emocional y boicotea cualquier intento de interactuación.

    Detrás de toda esa configuración se encuentra un orgullo siempre herido, inmaduro, y falto de ajustarse a una realidad inmediata. El ego acaparador quiere sentirse tomado en cuenta, considerado y valorado. Es la suya una conquista por agradar, por hacerse un hueco en la empatía de los demás. No existe mayor sentido que el de alimentar esa idea de ¨imprescindible¨, pero por otra parte, la sensación de no estar a la altura desvela una inseguridad que lo trunca por completo.

    El exceso de susceptibilidad acaba por espantar a todo aquel que no siga sus dictados proyectados, y termina por cansar al que tiene a su alrededor. El susceptible va forjándose en una pequeña isla personal de la que no permite acceso a  nadie pero en la que todos deben estar.

    En el camino del autoconocimiento, la susceptibilidad se convierte en un bache que puede hacer tambalear cualquier posibilidad de construcción de la personalidad noble, llegando a derrumbar en un segundo el sustento de apreciación que soporta una relación, o imposibilitando lazos afectivos sanos siempre afectados por la interpretación suspicaz.

    Para vencer dicha susceptibilidad, se debe proceder a una autoobservación muy rigurosa donde se ponga en tela de juicio cualquier apreciación que se considere atenuante hacia nosotros. El dardo emocional no podemos remacharlo con nuestra reacción desorbitada fruto de un condicionamiento así. Se pueden realizar altos introspectivos donde nuestro estado de alerta verifique si realmente hay indicios de sentirse atacado. La mayoría de las veces el propio miedo hace que la consciencia se atrinchere creando rareza en el ambiente. Utilizar un pensamiento racional también sirve de ayuda, y sobre todo, la capacidad de aceptar a los demás tal y como son, eliminando ese principal protagonismo que se arroga nuestro ego en cada función a la hora de actuar.

    Soltemos las armaduras que creemos que nos protegen y en realidad nos asfixian y oprimen. Eliminemos la fortaleza interior en la que creemos estar resguardados y salgamos al mundo abrazando cada situación, protegiéndonos si hace falta, pero relajados y receptivos. Un desarrollo integral no puede verse mancillado por un estado emocional susceptible, pues al final es una herida abierta que todo le va rozando.

    La libertad interior debe soltar dicho lastre que no permite evolucionar a ningún ser humano y que le condena de por vida a mantenerse rígido, centripetado e investigando como un detective neurótico, cada prueba que pueda ir en su contra.












sábado, 4 de julio de 2015

El placer.

    El placer se convierte en un denominador común en la búsqueda de satisfacción del ser humano. Es el momento culmen que aplaca la demanda de los sentidos, embriaga con su cualidad placentera y aleja por instantes cualquier tipo de malestar.
    El placer es momentáneo, tiene su propia durabilidad. Consigue en el sujeto determinar sus acciones en pos de una nueva dosis, alcanzando con ello un clímax que lo saca por momentos de su realidad ordinaria.
    El fenómeno del placer ofrece curiosidades: nos satisface, pero queremos más; buscamos su disfrute, pero una vez llega a veces no tenemos la capacidad para hacerlo plenamente. Es algo que cuando llega vemos cómo se nos escurre de nuestras manos y estamos más en lo que se escapa que en lo que tenemos. Se produce un fuerte apego, una neurosis por eternizar algo que tiende a diluirse como un fenómeno transitorio más.
    Por placer la persona puede estar fuera de sí, forzar los medios para llegar a él, e incluso darse la espalda a sí mismo con tal de saciar su sed. La adicción puede condicionar, dirigir el rumbo y verse truncado una y otra vez, pues el placer puede ir acompañado del dolor y viceversa. Una vez el placer se consuma, la atmósfera puede rellenarse nuevamente de insatisfacción. Entonces se despierta un ansia, un rechazo a cualquier otro estado interior que no sea el placentero. La manera en que se quiere poseer el placer convierte a la persona en poseída.

    ¿Qué nos empuja a un placer compulsivo?
    Es tal su seducción que nos hipnotiza por completo. Vemos en el placer la huida del dolor, la contrariedad del sufrimiento. Queremos situarnos en un placer contrapuesto y equidistante hacia el rechazo de lo que no nos gusta. Cuando se torna pulsión, el placer es un cebo. Nunca se sacia y somete al individuo. Acaba por ser de todo menos satisfactorio. Se vuelve una brecha por la cual escapar del momento, una puerta escondida hacia un paraíso del que somos rechazados y empujados de vuelta cuando ya lo hemos consumido.
    Tanto huimos de algo que al final se puede tornar placentero. El dolor puede convertirse en placer. Así cambia la perspectiva, el enfoque, se extrae un jugo de lo que parecía imposible. Entonces una penitencia, en el fondo, puede ser disfrutable. Nace el masoquismo. También ver el dolor en los demás puede ser motivo de placer; nace el sádico.
    El placer, lejos de ser un momento de peso específico, se convierte en un embaucador. Nos saca de un eje y su búsqueda nos distancia de una serenidad ganada. Es la píldora hacia el escapismo sin movernos del lugar. Nos promete algo perdurable cuando en realidad no podemos agarrarlo con las manos.
    ¿Debemos dar la espalda al placer?
    No, pero sí experimentarlo con consciencia, observando el proceso fenoménico, cómo surge, cómo se desvanece. Sabiendo soltar para no ser un esclavo y para que no sólo vibremos con el goce, sino que aprendamos a deleitarnos con el gozo, que a diferencia de un placer que proviene de fuera, éste emerge de dentro. Entonces la relación con el placer no es conflictiva. No genera culpas. Es una dimensión a la que podemos acceder anclados en nosotros mismos. Es una dimensión de la que podemos salir sin el impulso de mirar atrás temiendo el no haberlo amortizado.

    Evitar el placer sólo engorda el deseo de culminarlo. Reprimir un anhelo placentero es querer tapar la boca de un volcán. Por eso la relación con el placer debe estar impregnada de desprendimiento, consciencia y desapego. De este modo la red que obnubila la visión no nos termina por atrapar y en ningún momento nos aprisiona  encadenándonos sin poder escapar.
    Hay placeres nobles que debemos potenciar. El placer de disfrutar un pequeño momento, un rato de tranquilidad, una lectura que nos deleita. Hay placeres que nos completan sin la necesidad de forzar su duración: una taza de té, oler la fragancia de una rosa, una caricia... Por eso también se requiere capacidad de disfrute frente al placer sin volverlo ávido ni ansiógeno. A menor necesidad de placer, más placentero se vuelve cualquier nimiedad, convirtiendo lo más trivial en extraordinario.


    Convirtamos el placer en una vía más de autoconocimiento, para que, como dicen los tántricos: ¨Juguemos con el fuego pero sin quemarnos¨.













jueves, 26 de marzo de 2015

La autoobservación.

 
Existe una capacidad derivada de la atención, que nos permite desplegar en todo momento unas miras hacia nosotros mismos.
    Es la autoobservación una acción que permite direccionar una visión que redirige una y otra vez a nuestro mundo interior, psicológico, y a nuestras reacciones más íntimas y personales
    La aotoobservación es el mantenimiento de una mirada que nadie puede jamás captar, clavada en nuestro núcleo más profundo para revelar y detectar todo lo que se va generando sin que nos pase desapercibido o se produzca a espaldas de nuestro estado de consciencia. Autoobservarnos es una ejecución individual en la que nadie jamás nos puede reemplazar.
    Uno puede observar a otra persona, como puede también analizarla y estudiarla, y a través de todo ello, sacar una conclusión clara, pero aún no existe una radiografía que permita ver cómo realmente se siente una persona.
    Autoobservarnos es la herramienta práctica del autoconocimiento. Es conocer al conocedor, indagar en quien indaga. Sin la autoobservación no hay posibilidad de detectar todo el amasijo de emociones que nos toman o las distintas reacciones que nos sacan de nuestro eje. La aotoobservación no puede ser una acción mecánica, porque precisamente rompe el automatismo para observarnos, y de esa manera, comenzar a dejar cierta distancia con todo aquello que creemos que es sumamente esencial en nosotros, cuando en realidad son capas y capas de personalidad creada.

    Esa indagación en primera persona nos permite atestiguar para detectar y, con ello, modificar o enfriar actitudes o emociones que nos friccionan y entorpecen el crecimiento interior. Si damos la espalda a la posibilidad de autoconocernos, viviremos únicamente para un yo superficial, prestado, centrifugado y desinflado de una esencia que no advertimos. La aotoobservación no debe ser obsesiva ni que nos sirva para coercitarnos, autoreprocharnos o sumar más caos en nosotros. Tampoco para obsesionarnos ni convertir la observancia en un juez refractario de toda nuestra composición anímica y psicológica.
    La autoobservación debe ser como una flecha de dos lanzas; una que apunte hacia afuera, y otra, hacia los adentros. Su alcance nos debe situar en un puesto de testigo que mira pero no se implica. Ve, pero no reacciona. Modifica, pero no se violenta.
    Sin autoobservarnos, se alimenta la tendencia a ser más mecánicos, pues no se implica una atención que detecte los automatismos que nos condicionan. La importancia de autoconocernos es vital, y el primer inicio es la autoobservación. Es el  preliminar para extraer un conocimiento de primera mano de nuestra configuración albergada por deseos, temores, inclinaciones, rechazos, apegos... Es el primer paso para evaluar, corregir y transformarnos. Dará pie a ver un comportamiento espontáneo que muchas veces no sale a la superficie, pero que anida en lo más visceral de todos nosotros. Nos permitirá, una vez detectemos distintas reacciones, a comenzar a distanciarnos con una acción pasiva, sin luchar, sin sumar más conflicto a nuestro lado más destructivo, para ir accediendo a una fragancia solapada de personalidad, útil en muchos contextos, pero insuficiente para autodesarrollarnos.
 
Esto no significa luchar por no ser nosotros mismos, sino ser más conscientes, estar más alerta y comprendernos. La aotoobservación se convierte en una introspección sana, lejos de la egocéntrica, desplegando atención y aprendiendo a diferenciar la posible reacción que podamos tener, de lo que es una respuesta viva a lo acontecido. Al principio es una llama muy débil, pero con la práctica va ganando en intensidad. El ejercicio más directo es la meditación sentada, pero después se debe hacer extensible a cualquier escena de la vida diaria.
    La autoobservación da paso al autoconocimiento, y éste permite el autodesarrollo. A medida que captamos y comprendemos las leyes que rigen nuestro universo interior, estaremos más capacitados para entender todo el entramado exterior envuelto en su propia dinámica.
    El buscador sabe que para conocerse debe observarse previamente. Sin ese ejercicio directo vive de espaldas a sí mismo, dejando escapar toda una cantidad de información que sólo él mismo puede recopilar, y posteriormente transformar.


    El autoconocimiento no es dentro de unos años, ni los logros ni lo adquirido. Comienza ahora, en este instante, y el canal de transformación es la aotoobservancia, que derivará con ello un acercamiento más profundo a nuestra propia esencia.

















jueves, 8 de enero de 2015

El consuelo social.

    ¨El consuelo social¨ es el nombre que le he acuñado a esa respuesta curiosa que recibimos en un entorno social, lejos de convertir una comunicación, en una genuina empatía.
    En sociedad pueden suceder dos cosas: que bien entremos en un círculo de queja continua social y se retroalimente la conducta; o bien, que el derecho a expresar una disconformidad o la necesidad de ser comprendidos y escuchados se nos deniegue y se nos imponga una visión de gratitud, lejos de un verdadero sentimiento de agradecer analizado en frío y supeditado por un balance equilibrado de nuestras circunstancias.
    EL consuelo social es aquella respuesta que no ha filtrado la disconformidad del otro, no ha penetrado en la cuita en sí, y mucho menos, su interlocutor se ha puesto en la piel de la persona. No se trata de alimentar la pena ni mucho menos, ni de entrar en un círculo vicioso dando poder a una persona victimista, pero de lo que sí se trata es de no dejar en un plano tan secundario la necesidad de ser comprendido relevándolo por un consuelo, en ese momento innecesario, pero que tiene que cubrir lo suficiente como para que no se genere ese sentimiento de malestar.


    Se convierte en un tipo de respuesta ya configurada, propulsada antes de que el otro termine de sentenciar su -vamos a decir- desdicha. Es a modo de hacer ver lo que ya se tiene en vez de lo que no, pero en este artículo no cuestionamos el lúcido y sabio asesoramiento, sino el parcheante y estéril consejo.
    La persona se siente aún más incomprendida, pues ve que cae en un saco roto, y que no es digna de expresar una discriminativa reclamación porque goza de privilegios que no valora tanto como el que sí se lo hace ver. Es un pulso entre lo que se siente y lo que se debe, entre bajar la cabeza y negarse el derecho a reclamar algo por el simple hecho de disponer de esto otro.
    ¿Por qué es un consuelo social? Porque donde más se sucede es en actos sociales, reuniones, etc... Más grave puede ser aún cuando quien se expresar roza algún tipo de depresión, o no digamos la famosa ansiedad que tanto prejuicio crea. Es a modo de ¨No te quejes por tus lágrimas que al menos tienes un pañuelo donde secarte¨.
    Insistimos de nuevo en saber diferenciar las cosas con coherencia. Sí

que es cierto que muchas personas necesitan una activación para salir de ese estado de queja continua y autolamento, pero muchas son otras que se encuentran con un muro rudo y rígido que no es capaz de ablandarse para ofrecer un verdadero consuelo, un reconfortamiento, o un cálido abrazo, necesario en ese momento y no una lógica aplastante retirada de una verdadera empatía.

    Era Buda quien decía: ¨Si no tienes nada mejor que decir, guarda el noble silencio¨. Y mejor puede ser en muchas ocasiones compartir un silencio cómplice, que rellenar el mismo de frases comodín, o de argumentaciones inconsistentes.
    La persona que se sirve de ello no ha captado una esencia a la hora de comunicarse, no están al mismo nivel de entendimiento, pues su respuesta es automática y carente de visión amplia y panorámica. Trata de quitarse de en medio la responsabilidad de ponerse unos zapatos que no son los suyos, y todavía más, tratar de dar algún paso con los mismos.
    Tratemos de ser equilibrados a la hora de restar importancia a los problemas ajenos. A veces, si estuvieran sobrepuestos sobre nuestros hombros es cuando entenderíamos su verdadero peso. Hagamos por ver algo más que el problema en sí, sino todo lo que le envuelve, porque será entonces cuando nos podamos colocar en el sitio del que se expresa.


    No hagamos de la sociedad un gran diván que mire hacia una pared. Miremos de frente, a los ojos, sintamos la profundidad a la hora de aportar algo más que un consuelo frívolo y calculado. Convirtamos la comunicación en algo más que un intercambio de parecer, sino en un acercamiento donde todos los sentimientos tengan, por derecho propio, margen para expresarse y, más importante aún, cabida dentro de un intercambio de opiniones.






lunes, 10 de noviembre de 2014

El error.

 
 El error es la parcela censurada del equívoco. Su sola pronunciación ya hace clasificar la palabra en una dimensión de fatalidad y prejuicios negativos.
    El ser humano, en su intencionalidad y quehacer, dispone de diversas vías para desarrollar y desarrollarse. Unas son más acordes y diestras, y otras, se alejan de ser acertadas.
    Se achaca el error a la fatalidad, lo injustificable y lo contrario a la eficiencia. Una vez cometido el error, se busca al responsable directo y, en muchos de los casos, se penaliza o reprime al sujeto. A veces, el error, ha llegado a ser tachado de pecado, generando con ello el exceso de culpa. Nos educan para evitar el error, cuando en el fondo, es principio de aprendizaje.
    El error repetitivo es negligencia, pero el ocasional y fortuito, oportunidad de crecimiento. Sin error no puede haber un reconocimiento para descartar. Saber todo de antemano sería un suicidio psicológico y alimentaría el enaltecimiento del ego. Si no existiera un margen para errar, nuestras acciones estarían predestinadas y sus conclusiones determinadas.
    Eso que en un principio parece liberador, no es más que la construcción de una burbuja invisible de seguridad, sustentada por nuestra creencia ciega de lo que consideramos perfección. Errar es de sabios, pero lo es más si se le incorpora nuestro grado de consciencia.

    El error produce rechazo, aversión, y precisamente por miedo nos preocupamos más de no caer en el error que de realizar algo bien. Desde pequeños nos inculcan lo que es erróneo, dejando en nosotros la huella de la reprimenda. La educación dada reprime el error, convirtiéndolo en un saco donde entra la falta de atino en la acción, la torpeza o los condicionantes en nuestras cualidades a desarrollar. Todo ello genera inseguridad en la persona, viendo el error como algo catastrófico sin intuir que es fundamental para el crecimiento y desarrollo.
    Si cuando debemos optar, todas las puertas fuesen válidas, caeríamos en un sueño psicológico lejos de acrecentar nuestra capacidad de elección basado en nuestra experiencia, el discernimiento, el descarte de lo que menos nos interesa, y el factor clave, reconocer la que ya hemos abierto en otras ocasiones y nos perjudica. El error, una vez convertido en factor transformativo, es el recordatorio, el historial que nos permite ir por delante para reconocer la acción negligente y menos diestra.
    Pero no podemos pensar que los errores se agotan. Si fuera así, deberíamos plantearnos si estamos arriesgando lo suficiente, viviendo con coraje -sin perder la prudencia-, o por contra, nos hemos estancado y cobijado en un punto por miedo al fracaso. A mayor valentía, mayor posibilidad de error, porque las posibilidades se configuran por lo acertado o lo erróneo, dependiendo de cómo lo interpretemos y cómo procedamos a la ejecución y desarrollo.

    Tener miedo al error es evitar la vida en su conjunto. En el momento en que demos un paso se abre la hipótesis de si es o no lo correcto. Por ello, también debemos ampliar nuestra visión para no tender a clasificar tan rápidamente y dejar fluir los acontecimientos para observar cómo se van resolviendo sin etiquetar tajantemente. Lo que puede parecer un error puede convertirse en una bendición, y viceversa.
    La sabiduría no es ausencia de error, sino lucidez para detectarlo cuando se produce, reconducirlo y transformarlo conscientemente. Eliminemos nuestros juicios y estemos en apertura con el error. Que se convierta en un huésped puntual que sabemos recibir. Veamos qué puerta ha quedado abierta para que pudiera colarse, y despidámoslo con la mayor de las amabilidades. Si fallamos cien veces, tendremos el conocimiento de cien maneras que no debemos volver a hacerlo. El acierto está sumergido en las profundidades de lo idóneo, y se accede atravesando las capas de errores, que tan sólo nos guían para escarbar más en profundidad.

    En la búsqueda interior, el rastreo de implica toparse con el error una y otra vez, desviarse de la senda en más de una ocasión, pero el buscador, con ánimo firme, amiga con su lado más inclinado a errar para darle las gracias por reorientarle de nuevo hacia su dirección de autoconocimiento












miércoles, 1 de octubre de 2014

La ira.

    La ira es un estado emocional destructivo, donde el primer perjudicado es el sujeto en el que brota y se manifiesta.
    La ira surge y obnubila la visión, desencadenando una furia incontenible. Es una emoción negativa, donde sus raíces se esconden en las profundidades de nuestros códigos evolutivos y de nuestra psicología más visceral. El desencadenante puede ser múltiple o aislado, dejando una fuerte impronta, tanto en el estado emocional, como en los actos ejecutados que se puedan producir.
    Es un torbellino que nos va acaparando hasta cegarnos y conseguir poseernos, quedando a merced de pensamientos irracionales o disparatados. El acceso a veces es tan directo que nuestra consciencia no es capaz de captar, ni mucho menos, controlar. Es un arrastre a nuestro lado más conflictivo, hambriento de saciar su malestar.
    Su hermano pequeño es la irascibilidad, donde parece que todo nos molesta, todo nos sobra. Se crea así un panorama de rareza, de rabia a punto de ser desbordada. Si se acrecienta da paso a la ira, donde la energía a su disposición erupciona queriendo expandir su esfera de negatividad. El margen de escapatoria se estrecha, pues el volcán está dentro de nosotros mismos, su lava poco a poco nos va alcanzando. Podremos culpar, podremos señalar, pero es en nuestro interior donde se libera el estado emocional.
    Un hecho externo puede ser el detonante, como algo que nos parezca injusto o donde nos sintamos ofendidos o agredidos, pero no son pocas las veces que la batalla se experimenta en nuestro universo interior, mezclándose las sensaciones con el enredo de imágenes y ensoñaciones. Es ahí donde el recuerdo de lo que nos hicieron, la impotencia de no haber actuado o la impunidad que goza lo que consideramos injusto, suscite una liberación de ira contenida. El desfogue se asocia a una realidad alternativa, donde acometemos los actos o ponemos los medios para reajustar aquello que ha quedado impreso en nosotros como una herida abierta.
    Una vez pasado el vendaval, nos damos cuenta de la transitoriedad de todo el asunto. La ira ha venido, nos ha tomado y se ha marchado. Nos hemos ausentado de nuestro eje, de nuestro quicio, porque la emoción nos ha arrastrado. En ese zarandeo hemos experimentado una parte de nosotros que no es la habitual. Es una voz reivindicativa, un modo de violentarnos que no es nuestro comportamiento ordinario, pero que en su disolución, nos deja una sensación de liberación, de haber expulsado un huésped que nos somete y nos mantenía poseído.
    Si llegamos a la conclusión de que la ira no nos beneficia en absoluto - aunque creamos que descargamos un malestar -, debemos comenzar a investigar sobre la misma para desenmascararla. No hay que confundir carácter o cierto temperamento, respuestas firmes acordes a la situación del momento, como tampoco ser contundentes o salvaguardar nuestros intereses. La ira es un arrebatamiento de nuestra lucidez, nuestro discernimiento y una solapación de nuestra consciencia. Es actuar de una manera desmedida -salvo casos extremos, como por ejemplo, defender nuestra vida- por dejarnos abrazar por nuestro instinto más irracional.
    El ego es uno de los principales asesores, pues su consejo continuo de cómo debemos actuar o tomarnos las cosas, deliberan una acción justificada al pensar, sentir o ejecutar llevados por la ira. Su repercusión en lo que nos encontremos después, una vez pasada la tormenta, puede ser encontrar nuestro plano existencial devastado, pues ya no se puede volver atrás, y cómo hayamos actuado dejará un antes y un después en el propio devenir.
    Por ello, luchar contra la ira puede convertirse en algo más difícil que en tratar de debilitar todo aquello que lo provoca: enfoques erróneos, manera de tomar las situaciones, falta de estima, nula asertividad, condicionantes de cómo deben ser las cosas, irritabilidad continua, y un largo etcétera.
    Una persona iracunda buscará pretextos para salpicar con su ira que se cuece a fuego lento en su interior. Los canales por los que se manifiesta no son sólo violencia física, sino también violencia verbal, ademanes, acoso, bullying, mobbing..., y otros más sutiles como la indiferencia o el silencio excluyente.


    La ira debe estar bajo control, amparado por nuestro grado de consciencia frente a la misma, dejando cierta distancia para que no nos salpique. Es como ver un tornado desde lejos, observar desde un avión el mar enfurecido. La energía de esa manera no se disemina, quedando a buen recaudo para otros fines más constructivos. Esa vehemencia puede quedar resguardada - tampoco reprimida -, para derivarla en otros objetivos, como realizar deportes que requieran de explosividad, o para ser más pro-activos en nuestro día a día.
    En la búsqueda del autoconocimiento, deberemos sortear el escollo de la ira, para que no nos estanque y prosigamos con fluidez. Además, tendremos que profundizar para ver qué lo desencadena, sin obsesionarnos por sus raíces, y sí en cambio, por elevar nuestro umbral de consciencia para que el tigre que nos somete, tan sólo sea un cachorrillo ladrando.










domingo, 14 de septiembre de 2014

El perdón consciente.

    Perdonar puede ser un gesto noble, pero incluido en un formalismo, el acto queda en un trámite burocrático superficial.
    Así entonces, el perdón se desliza por el barniz de las situaciones y, las emociones, quedan marcadas a lo largo de nuestra vida. Un perdón así es estéril, franqueable, vulnerable, y tan sólo parchea lo que verdaderamente sentimos o pensamos.
    Este tipo de perdón es, en apariencia, sin peso específico, teniendo el mismo valor que hacer una firma en el agua -desaparece mientras se hace-.
    Perdonar no significa olvidar, pero nos libera de arrastrar. Perdonar porque sí, no transforma en nada, y se requiere de mucho poder interior para soltar todo ese nudo de sensaciones que nos mantiene enredados anímicamente.
    El perdón consciente no es justificar ni empatizar, ni relativizar al máximo hasta disolver el hecho que consideremos injusto. Tampoco es ofrecer impunidad ni quedar al alcance para que nos vuelvan a hacer daño. No es significado de acallar ni ser sumisos ante abusos, ni está reñido con una asertividad sana. Es soltar la brasa que mantenemos en puño cerrado y mirar de frente para sentir de nuevo la brisa fresca en el rostro.

    Si el perdón no va acompañado de consciencia, no hay verdadera alquimia, es como realizar un acto desde la somnolencia. El perdón mecánico es un placebo que nos aleja de la realidad y alimenta nuestro autoengaño. Es lanzar un boomerang que nos es devuelto por la espalda.
    El perdón comienza en uno. Algo antagónico a lo que realmente pasa, pues a veces somos nuestro principal torturador. El latigazo viene con nuestros pensamientos obsesivos, nuestra demanda de cómo deben ser las cosas, y así un largo etcétera. El conflicto que anida en nuestro interior se retroalimenta con nuestra manera de roer las cosas, y esa fricción impide desarrollar la capacidad de perdonar.
    El perdón no nace de un desinterés, sino de una capacidad muy profunda de comprensión ligada a la fluidez. Guardar rencor es un veneno que fluye por nuestras células, encapota nuestra visión y nos estanca en un suceso. Odiar sólo daña al que lo siente, pues la persona odiada se mantiene al margen de cómo nos sintamos. Lo justo e injusto se debate en nuestro juicio interior, donde a veces somos víctima y acusado. Parece que perdonar beneficia a todos menos a nosotros, pero es una ilusión que nos atrapa, pues el lastre nos mantiene anclado.
    Es muy difícil soltar aquello por lo que nos sentimos heridos, pero ejercitar un perdón consciente nos libera de un sufrimiento inútil. Esto es muy debatible, porque en este mundo se cometen actos muy atroces donde es imposible quedarse indiferente. Ahí el perdón queda en utópico, en un acto que jamás puede llegar a consumarse. Pero en un nivel más cotidiano, más ordinario, el ejercicio del perdón consciente nos puede liberar de nuestra cárcel emocional.
    Arrojar consciencia al hecho en sí, lejos de pares de opuestos, no es tarea fácil, pero debemos atestiguar para no implicarnos en un círculo vicioso de emociones negativas. Proceder a un perdón interior es cerrar, de algún modo, capítulo. El hecho de querernos lo suficiente nos debe motivar para proceder a esta liberación que sólo podemos hacer nosotros.
    ¿Y, entonces todo el daño cómo se repara?
    Extrayendo el aprendizaje y haciendo lectura de qué aspectos podemos cambiar, o aceptar lo que es inmodificable rindiendo el ego que reclama venganza.

    No es fácil, ni algo que se aprenda de la noche a la mañana, pero si queremos paz interior, debemos reparar el daño emocional que interpretamos que nos han hecho. Hay que ser realistas, ya que la impotencia que sentimos ante la impunidad de ciertas personas parece que no nos va a dejar desarrollar esta parcela de autoconocimiento.
    El perdón consciente es fortaleza psíquica, sabiduría y un bálsamo para el espíritu. El buscador sabe que lo debe desarrollar, pues es un obstáculo no debilitar sus crispaciones dadas, e impide recorrer el camino hacia dentro que luego debe conciliar con el plano exterior.
    La carga de odio procura una ausencia de aroma en nuestro ser, se agotan nuestras mejores energías y se merma la capacidad de disfrutar con lo que uno es. Las personas aviesas que carguen con lo que son, pero que no deterioren nuestro florecimiento interior.
    De ese modo, el perdón que se produce con consciencia, es el mayor aliado para esquivar el propósito de aquel, o aquello, que quiso hacernos daño.