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domingo, 7 de mayo de 2017

La capacidad de asombro.

Asombrarse es la capacidad de mirar siempre con los ojos renovados. Es un acto en peligro de extinción en el momento en que nos basamos y regimos siempre desde la lógica de las cosas.

    El mero acto de asombrarse va ligado a una actitud de cierta ingenuidad e inocencia; virtudes asociadas a la ausencia de conocimientos. Disponer de una capacidad de asombro no significa buscar el renovarlo constantemente, quizás el mismo hecho de observar el transcurso de los acontecimientos dispara el apreciar hasta el más mínimo detalle. Significa, pues, encontrar un significado en lo puntual, una carga de contenido en lo sencillo, y un asombro interior incluso en lo que damos por sentado.

    Reservamos el asombro para cuando ocurra lo extraordinario, desperdiciando así un proceso de florecimiento en lo ordinario. Dependiendo de la mirada, dependerá nuestra receptividad. El asombro de un niño es una buena prueba de ello. Para él todo es nuevo, grandioso, majestuoso, y su curiosidad se expande en todo aquello que le asombra.

    Esa capacidad la perdemos, se desinfla o la corrompen. Se deja paso al tedio, el aburrimiento y la familiarización con las cosas que nos rodea, perdiendo un renacer a lo que se va presentando. No logramos identificar el milagro frente a nuestras narices, porque lo analizamos, lo diseccionamos, y extraemos una conclusión reducida a la razón.

    Nuestra mente ha resuelto el misterio. ¿Para qué más extender el asombro? Algo vivo como una flor ha quedado enumerada en partes, en clasificaciones, en tipos de flores. El misterio de exhalar su aroma ya no es sorprendente, porque como ella, hay millones más. Hemos asesinado lo asombroso, hemos reducido en una parte algo en lo que se manifiesta la totalidad.

    Nuestra carga de conocimiento puede entorpecer el asombro. En el momento en que ¨sabes¨, te cierras a saber; en el momento en que ¨conoces¨, te niegas a dejar entrar el conocimiento. Se van acumulando memorias y en cuanto lo sorprendente se posiciona delante de nosotros, giramos la mirada. No podemos cargar con más, es mucho lo acumulado. Es mucho lo que todavía no nos ha dado tiempo a digerir como para ingerir más. Pero esa es la visión de la mirada que pertenece al pasado, o la visión de la expectativa del futuro. Si soltamos ambos extremos, podemos juntar las manos y sucede el milagro.

    De una manera espontánea, en apertura, en actitud relajada, accedemos al asombro. Dejamos la identidad que tanto enjuicia para ser consciencia dejándose embriagar; operamos con la inocencia del niño que aún no necesita reducir todos los contextos a una experiencia racional. Así la vida es un asombro continuo de momentos, incluidos los menos deseados, incluidos los más detestados.

    El asombro no es sólo por los estímulos del exterior, también el misterio de vivir, de pertenecer a una existencia. El milagro de ver nacer a un bebé, la observación del rocío al amanecer, el ensimismamiento de un silencio al atardecer. Asombrarse no significa exaltarse continuamente, ni acceder a la euforia desmedida, es una comprensión más profunda de ver lo milagroso en lo que nos rodea, lo divino en lo que nos alberga. Es estar despiertos a lo que es, recibiéndolo con una fuerte carga de alerta y receptividad, porque sabemos que su connotación de sentido no se volverá a repetir.


    La capacidad de asombrarnos se pierde en cuanto nos llenamos de decepciones, de desencantos, de frustraciones, de una supuesta madurez hermética de la que no podemos escapar. La capacidad de asombrarnos es recuperar la mirada del niño, pero sin su ausencia de ¨saber¨. Es volver a descender a los grados en lo que todo conformaba un espectáculo lejos del raciocinio. Es el saber de una ausencia de conocimiento que se perpetúa inmaculado y que permite asombrarnos en la propia instantaneidad, aportando con nuestro asombro color a lo incoloro, curvas a lo lineal e intensidad a lo monótono.

    Recuperemos el asombro que hemos silenciado en nosotros por encajar en unos patrones determinados. Avivemos la llama que cada vez se va consumiendo por buscar el ser correctos y diplomáticos. Nuestra seriedad puede reconciliarse con una actitud más expandida a captar lo que nos pasa inadvertidos por estar infundados en una personalidad de estructura petrificada.

    Para retornar a nuestra capacidad de asombrarnos no hay que recurrir al libertinaje, simplemente en silencio, en la quietud del momento, pues como dice el zen: ¨La hierba crece sola¨.








sábado, 6 de febrero de 2016

El fenómeno de la transitoriedad.

Todo cambia, todo muda, nada permanece estático. Los ciclos se presentan, las etapas se finalizan y la vida toma un carácter sometido por la ley de lo transitorio. El cambio es lo único permanente en un escenario donde el decorado es reemplazado una y otra vez constantemente.

    La ley de la transitoriedad es inexorable, intrínseca a la existencia misma. En su propio dinamismo se sustenta. Nada queda estático sin estar envuelto bajo el manto de la impermanencia. La transitoriedad encuentra sus márgenes en las dualidades, en los opuestos y en el desarrollo fenoménico. Todo cambia continuamente a nuestro alrededor, pero curiosamente nuestra percepción se niega a comprenderlo, dando por sentado todo aquello que se está continuamente renovando.

    Vivimos acaparados por la idea de lo perdurable, de lo permanente, de querer agarrarnos a lo eterno. Sabemos que el tiempo pasa, pero creemos que tan sólo afecta a los demás. Se nos escapa la comprensión profunda de detectar lo poco perdurable que pueden ser las cosas, haciendo de la vida una imagen retenida, una fotografía que no se altera. Damos por hecho lo que ya de por sí está cambiando.

    Cambian los escenarios, las actividades, las relaciones, los estados de ánimo, las percepciones, las ideas, y así un sinfín de planos y eventualidades. Nosotros ya no somos quienes fuimos, ni somos quienes seremos. Todo muta sin poder controlarlo, al margen de nuestros deseos y voliciones.

    Ahora sentimos una emoción, después otra. El amigo se convierte en enemigo, el enemigo más adelante nos ayuda. Lo que parecía la peor noticia, con el tiempo se convierte en oportunidad. La vida es fluidez, renovación constante. Un dicho de Heráclito reza que nunca te bañarás en el mismo río dos veces. Lo único que se estanca es nuestra percepción, nuestros petrificados ideales, nuestra visión de las cosas que no alcanza el compás ni el ritmo de la melodía existencial.

    Nuestro pensamiento quiere seguridad, un suelo fijo donde aposentarse. Buscamos adherirnos a lo seguro en una esfera de constante mudanza. Todo ello deriva miedo, inseguridad, y un apego rígido hacia todo lo que de por sí tiende a ser modelado. En mitad del arroyo nos agarramos a una rama a punto de quebrar, en vez de manejarnos con las aguas que nos empujan y aprender a reconciliarnos con ellas. La vida golpea contra nosotros y mantenemos una actitud de bloqueo, de sujeción a esa rama que consideramos irrompible. Llegará un momento que, o bien se quiebra la sujeción, o aprendemos a soltar para volver a retomar la fluidez de la que nos habíamos apartado.

    Para la mente, la transitoriedad es un fenómeno que no termina de captar. La mente necesita de lo fijo, de lo inmutable para tener donde adherirse. Necesita de las creencias en determinados patrones y de la proyección según los esquemas en los que se basa. El cambio le frustra, le tambalea, derriba sus cimientos. Lo mudable, lo transitorio, todo ello se desarrolla en el presente y es ahí de donde la mente quiere escapar. Prefiere basarse en lo ya vivido o en lo que está por llegar, porque de esa manera hay un margen para edulcorar las experiencias. El presente es un suelo que se hace añicos a cada instante, por eso la mente y el ego, en él no pueden mantenerse.

    Aceptar el cambio es conectar con un dinamismo que se produce al margen de nuestros favoritismos o de nuestra postura de cómo deben ser las cosas. Es acrecentar nuestra mirada para abarcar todas las posibilidades que ofrece la transitoriedad. Si nada pasara, un dolor de cabeza sería para siempre. La transitoriedad ofrece aprendizaje, desprendimiento a cada instante, muda psíquica. Ofrece la posibilidad de crecer y deprendernos de una parte de nuestra personalidad que no nos ayuda en nuestra evolución. Ofrece el entendimiento correcto de una comprensión más reveladora sobre las fases en las que se desenvuelve la vida.

    Si todo cambia, si todo transita, ¿a qué apegarnos? El desapego permite ligereza en vez de fricción ante las circunstancias dadas. Permite cortar con las ligaduras invisibles que tanto nos esclavizan emocionalmente. Ya puede ser el apego a personas, a placeres, a ideas, etc... Al final lo único que se mantiene es nuestra ligadura creada, y a sus espaldas, se desarrolla el fenómeno cambiante.

    La existencia rige con sus ciclos, invierno/verano, día/noche, y así se van completando los decorados en los que estamos inmersos. Si queremos alcanzar lo eterno no debemos mirar afuera. El tiempo condiciona y rige. Según el controvertido Osho: ¨ La eternidad no es duración en el tiempo, sino profundidad en el momento ¨.

    Ahí debemos investigar para acceder a esa intemporalidad libre de condicionantes. El momento ofrece algo más que una situación que resbala ante nuestros ojos. Encierra en sí mismo el acceso a una dimensión no salpicada por la fluctuación del dinamismo. El acceso es tan estrecho que no entra ni un pensamiento, ni una sola idea, tan sólo un estado de consciencia alerta.

    Si estamos más conscientes penetraremos en una profundidad en la que ninguna sola onda nos agitará, en la que la condición del cambio tenga un acceso restringido, y se pueda presentar así un estado bien distinto del que está regido por el fenómeno de la transitoriedad.








martes, 3 de mayo de 2011

El arte de parar.

    ¿Por qué nos costará tanto parar al momento?
    Podríamos decir: ¨Si estoy quieto, ¡parado en mi sofá!¨.

    Lo cierto es que aunque podamos parar el cuerpo, no se termina de detener el run run mental. Hoy mismo estaba en casa practicando hatha yoga ( yoga físico), disponía de tiempo y de un silencio exterior que pocas veces uno puede hallar, pero ¿por qué no cesaba el ruido de dentro? ¿Cómo es que era capaz de mantener los asanas ( posturas corporales), regular la respiración y tomar consciencia de la misma, y no podía detener el tráfico de mi mente?
    De hecho, pensaba: después lo conseguiré en meditación. Pero ya estaba enredado en postergar acciones para el futuro, perdiéndome la frescura del momento. En los instantes en que serenaba la mente con el ir y venir de la respiración, observaba cómo se colaba un pensamiento intruso a recordarme cosas pasadas o por hacer. ¿Qué curioso? Me decía una y otra vez, aunque la observancia de los pensamientos es lo más común en el yoga, pero esta vez era capaz de profundizar un poco más...

     Tumbado en savasana intentaba captar el impulso que nos empuja a hacer. Sentía como una inercia, como el giro de los pedales de una bicicleta impulsado momentos antes. Notaba como una programación instalada, en la que nos incita continuamente a rellenar espacios futuros de quehaceres, y de la que nos cuesta enormemente separarnos.

     Seguía reflexionando en la misma posición, como tratando de alcanzar el sentido último de todo el asunto. Como queriendo llegar al tope de la cuestión. El caso era que, maquinalmente, la tendencia es a extraviarnos en proyectos, ideaciones, ensoñaciones... Que todo ello, dándole su peso específico, es vital para el desarrollo de un ser humano, pero que tomaba tanta fuerza en nosotros que no eramos capaces de quitar el automático. Ya no estaba en nuestra voluntad frenar el anhelo de hacer, la sed de saciar un impulso subliminal difícil de detectar.

     Seguía indagando y llegaron más interrogantes. ¿Será una trampa de la mente para su supervivencia? ¿Será que sentimos que somos cuando hacemos? ¿Si dejamos de hacer ( en el sentido mental ), dejaremos de ser? o ¿Realmente somos cuando tenemos capacidad de dejar de hacer? Y ¿dónde surge la voluntad cuando ya no eres?
    Las respuestas lógicas serían que, queramos o no, siempre estamos haciendo, incluso a nivel orgánico el cuerpo se las ingenia para abastecerse de oxigeno, crear la sangre... La profundidad que quería alcanzar era la impuesta por la mente, su gran afición por recordarnos las cosas a medias que no hemos acabado y que nos impone su recuerdo en contra de nuestra autoridad.

    Recordaba la afirmación de Buda ( que trataremos en otro artículo) y es que la vida es dukka, es decir, sufrimiento, insatisfacción. Producida por el deseo, fruto de avidya ( ignorancia básica de la mente ). Será que tanto impulso de hacer no nos termina de colmar y nunca nos vemos saciados ni completos. Ahí quería llegar, a la esencia que en ese momento le pude dar a la lectura de la afirmación de Buda. Porque realmente, creo interpretar, el deseo al que se refería  como fuente de sufrimiento, no es sólo al deseo que conocemos en apariencia, sino al más intrínseco, al más profundo, al que nos termina de controlar y dominar, y por más que queramos no es rellenado.

     Puede que en el espacio mental en el que se representa las ideaciones, nos lleven a basarnos en una personalidad que las lleve a desarrollar, pero ¿y si cesan? No habría nadie para anhelar, no habría identificación con el impulso de hacer. Entonces qué se revela, en qué nos sostenemos que no sea nuestra aportación de acción. El yoga diría que lo que surge bajo las capas que nos aprisionan es el ser. Éste no se dejaría arrastrar sobre las corrientes pensantes que nos llevan de un lado para otro, sino que su propia manifestación es el reflejo de una presencia que no puede estar en desintonía con el presente.

    De ahí nos iríamos al wu wey que es el hacer sin hacer, de los maestros taoistas, pero para entonces mis músculos se habían enfriado y no podía continuar con los ejercicios. ¡Qué paradoja! ¡Todo lo qué he hecho sin hacer!

    Saqué en claro la importancia de detenerse, pero no de manera racional, sino vivencial, a modo de vislumbre, que como siempre duran poco, pero que reportan un conocimiento experiencial procedente de dentro, sin la etiqueta de ser ¨ prestado ¨.

    Ahora había que volver a ponerlo en práctica, porque si no se quedará en teoría.
   ¿Seré capaz de aquietarme ahora?, o luego, ¡que tengo muchas cosas qué hacer!

sábado, 16 de abril de 2011

El Aquí y Ahora.

    Desde tiempos inmemoriales los grandes místicos han puesto el énfasis directo en la instalación presencial en el aquí y ahora. Vivir el momento, como si fuera el primero y el último, es una tarea que precede de un gran trabajo interior, ya que el alejamiento del instante lo crea la mente a través de su dispersión. No hay nada malo en poner la imaginación al servicio de lo constructivo, ni de anticipar proyectos o recordar algo ya pasado, pero cuando nos es imposible anclarnos en el presente, vivimos como una hoja a merced del viento, de un lado para otro sin ubicarnos en cada situación o instante.
    ¿Y qué problema hay en no vivir el presente?
    Mucho más del que imaginamos, pues es como si no estuviéramos en nosotros mismos, perdidos en ensoñaciones e ideaciones, y que en el peor de los casos, se torna completamente destructivo y nos mortifica con pensamientos repetitivos.
    La persona se pierde la frescura del momento y toma una inercia de posponerlo todo al mañana; la enfermedad del mañana es pensar en sí que existe cuando realmente no se sabe si llegará, y es más, pensar que solamente seremos felices a su llegada, pues el futuro no viene en forma de futuro sino de presente y si no sabemos vivir el presente, éste cuando llegue nos pasará inadvertidos, pues estaremos proyectando lo que aún no ha llegado.
    Entonces la mente se retroalimenta constantemente con saltos al pasado y al futuro. La mente detesta el presente, pues muere al mismo instante, no tiene dónde sujetarse, no hay dónde ir. Pierde cualquier posibilidad de supervivencia, pues su sustento basado en espacio y tiempo queda estrechada y no puede proyectar su propia solidez. La mente/ego crea su existencia en pos de un pasado en el que crear su imagen,  y su proyección en un futuro en el que permanecer seguro. El instante queda reducido a un plano muy escurridizo, pues en sí mismo ya ha pasado y su vivencia se basa en acoplarnos a su ritmo en constante cambio, donde nada permanece, donde su fluidez se capta presenciándola, sin interferencias mentales y sin ideaciones que falsean o colorean la realidad.
    Captar el momento de forma directa y penetrando en la realidad tal cual es, significa desarrollar una visión pura, descodificando nuestros condicionamientos que ¨condicionan¨ lo que percibimos, y nos impiden ver una realidad en su naturaleza real y desnuda.
    Una mente instalada en el presente no produce reacciones anómalas, sino respuestas vivas al momento, quedando en su justo lugar y sin tornarse repetitivas.
    La mente se vuelve un espejo; refleja las cosas tal cual son, pero no retiene, no se apropia, no trata de dar forma a su antojo. No refleja el pasado, no refleja el futuro; refleja lo que se presenta a cada momento sin juzgar.
    Sin atención no hay presente, sin consciencia no hay vivencia. La atención nos instala aquí y ahora, y muchas son las herramientas de las que se puede servir como soporte, como: la atención al cuerpo, las sensaciones que se producen en el cuerpo,la respiración y la mente. Desde el cuerpo a la mente vamos pasando de lo más burdo a lo más sutil. La atención unida a la consciencia permite unidireccionar la observación y permite atestiguar el surgir y desvanecer de todos los fenómenos.

    - La atención al cuerpo.
       Todos disponemos de un esquema corporal en el que podemos apreciar las distintas partes del cuerpo, su ubicación y postura circunstancial en la que estemos en ese momento. Sentir el bloque del cuerpo es más sencillo y facilita un anclaje en la situación presente.

    - La atención a las sensaciones.
      Una vez sentimos la envoltura del cuerpo, desplegamos la atención a las sensaciones que se van produciendo, como calor, frío, cosquilleo, tensiones... La atención implica en observar sin juzgar, sin estar a favor o en contra, simplemente observar como aparecen y se van desvaneciendo.

    - La atención a la respiración.
       Somos seres respirantes, es lo primero que hacemos al nacer y lo último que haremos antes de morir. No hay vivencia que no esté acompañada de respiración. Nadie puede respirar por nosotros, es el puente entre el mundo exterior con nuestro mundo interior. La respiración es la que es a cada instante. No es la respiración pasada, no es la respiración que está por llegar, sino la que se va presentando a cada momento. Te enlaza con lo más íntimo de ti mismo. Te da el acceso directo a la realidad tal cual es. Al dormir nos vamos y la respiración puede seguir sin nosotros, en cambio nosotros no podemos estar sin ella. En la vida diaria y en momentos de gran tensión, atender la respiración nos puede servir de bálsamo y de aquietamiento.

    - La atención a la mente.
       Centrarse en la mente es explorar la pantalla en la que se van representando ideas, pensamientos, ensoñaciones... Todo ese tráfico no permite ver la pantalla en sí, como las nubes no dejan ver el cielo claro. Atender la mente es observar sin reaccionar, porque la reacción en sí da energía a los pensamientos que se retroalimentan. El pensamiento trata de sobrevivir con su incesante discurso y tratando de captar nuestra atención. Por eso la atención es muy poderosa, porque la podemos emplear en desidentificarnos de los procesos mentales,sus enredos e ideaciones. Observar la mente es situarnos en el puesto de observador, inafectados, viendo como los pensamientos vienen y parten. Como sentarnos en la orilla de una playa y ver como las olas vienen y van, pero no nos afectan, no nos mojan. Las energías no se escapan, se acopian. No somos pensados, sino pensamos. Alcanzar el grado de no implicarnos tanto en corrientes pensantes, permite que no saltemos tanto de pasado al futuro y podamos ubicarnos de forma más presente.

    Queridos amigos, todos estos ejercicios en sí son meditacionales. Son grados de meditación que favorecen    
nuestra relación con el presente y permiten familiarizarnos con nuestro mundo interior. Todos estos ejercicios se pueden hacer de forma sentada (que es lo idóneo) o también aplicarlo a nuestra vida cotidiana, sin desviar la atención de nuestros quehaceres, pero que una parte se desvíe hacia dentro.
    Sentiremos que se desarrolla una presencia en nosotros que hasta ahora no percibíamos. Una presencia instalada e inafectada, pues observa sin juzgar y sin perderse el instante.
    Más integrados en nosotros mismos facilitará manejarnos con el fluir de la existencia, pues como bien estamos explorando, no hay otro lugar que ¨Aquí¨, ni otro momento que ¨Ahora¨.