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domingo, 9 de julio de 2017

La lucidez.

La mente ofrece zonas oscuras, opacas, pero también luminosas y esclarecedoras. La lucidez es la luz mental que se deposita sobre los objetos con los que chocamos constantemente. Es claridad, visión abarcante y vía de acceso a la comprensión.

    Las trabas mentales quedan por debajo del umbral de entendimiento que reporta la lucidez. Es luz arrojada sobre la masa de oscuridad en la que se desenvuelve la ignorancia, y no precisamente del tipo de ausencia de conocimientos, sino la más esencial en el desarrollo de nuestra existencialidad.

    La lucidez es la lámpara que se activa al encender el interruptor de la consciencia. Se apoya en la atención, atraviesa la neblina de la ofuscación y eleva el grado de la percepción.
    Sin lucidez el caos se adueña, la tela de confusión nos atrapa y la distorsión de la realidad se amplifica. Con lucidez las descripciones están a mano, el proceder se realiza en alerta perceptiva, y la mecanicidad se debilita.

    La lucidez no es un estado de superioridad, sino un estado de conciencia elevada. Al igual que la luz no destruye la oscuridad sino que la disipa, en su presencia, no hay espacio para lo oscuro, pues lo ominoso sólo aparece en el margen que deja su ausencia. Por ello, la lucidez, no representa lucha, sino una cualidad que acompaña la presencia delimitando un acceso restringido a todo lo que sea antagónico.

    Sin lucidez el instinto puede llegar a prevalecer creándose actos crueles e indelebles; con lucidez, el arropo de la consciencia sistematiza una ejecución sabia y responsable, ya que dicha luz debe ir acompañada de un corazón noble y no quedar al servicio de lo destructivo.

    La lucidez no es sólo argumento intelectivo, también es antesala a la intuición. No sólo es comprensión racional, sino trampolín hacia entendimientos lejos de la lógica. No es sólo encadenamiento aritmético, sino dilucidar a lo que escapa de lo aparente.

    Su vislumbre no es siempre un estado sostenido: a veces, la lucidez, se presenta por ráfagas, golpes de luz, o provocado por algún estímulo que lo refuerce. Esos destellos permiten que el sujeto, por instantes, alcance la cima más alta de la montaña. Permite que desde su posición vea con más nitidez el recorrido hacia el valle. Pero la lucidez sin más, puede convertir a la persona en una visionaria, en alguien adelantada a su tiempo y que, por ello, quede atrapada en la operatividad de su mente. Es una lucidez que le distancia de su corazón, que puede rozar el rango de erudito y le puede instalar en un peldaño por encima de los demás.

    Este tipo de lucidez puede tornarse fría, calculadora, asociada a fines personalistas. Este tipo de lucidez no alcanzará el rango de sabiduría porque no habrá florecido junto a la compasión. La lucidez que se desenvuelve entre mente y corazón es presta, cercana, cálida y asociada al bienestar de todos. Es una lucidez donde no gestiona el ego, y donde el ser se aproxima para alcanzar la comprensión final de todo lo fenoménico.

    Pero la lucidez también esconde su faz hiriente. Al ¨ver¨ también se asoma el dolor, el sufrimiento, lo detestable, ruin y mezquino que a veces acompaña al ser humano. Por ello, de nuevo, la lucidez no puede quedarse en manos únicamente de la parte intelectiva de la mente, porque tratará de diseccionar, racionalizar, buscar el porqué de los porqués, y al final se optará por regresar a una visión menos penetrativa por tal de no encarar las cosas como son.

    La lucidez debe mecerse en el equilibrio de ánimo, en la ecuanimidad, en la visión inafectada, para que así no se tambalee la claridad que permite esa mirada por encima que detecta una realidad elevada. De ese modo el estado de lucidez va más allá de ser inteligente, va más allá de un saber de conocimientos. Todo ello se reproduce en la mente, y la lucidez salta de la mente, asoma la cabeza lejos de sus parámetros y experimenta una vivencia única y personal.

    Cuando se logra la lucidez, o atisbos de ella, todo obtiene su cabida, no hay opuestos, nada sobra, nada falta. La lucidez no es selectiva; o se ve, o no se ve, pero se puede caer en la trampa de parecer ver. Entonces uno puede quedar atrapado en la creencia de que es lúcido, dejando de ver paradójicamente la verdadera lucidez.

    Conquistar la lucidez no es tarea fácil, porque su conquista no es acumular lo sabido, sino exprimir lo experimentado.


    En el desarrollo vivencial, la lucidez, es un apartado bello por el cual merece la pena indagar, pero sin convertirlo en algo que nos separe del resto, sino que nos acerque y aproxime a la verdadera sensación de sentirnos parte de un todo.

























viernes, 25 de marzo de 2016

La respiración.

La respiración es el proceso por el cual, simplemente, estamos vivos. El hecho de respirar nos mantiene conectados con la vida, es el vínculo orgánico, el intercambio de oxígeno, la unión directa de dos realidades: la interna y la externa.

    Su acto puede ser voluntario, podemos intervenir en ella, podemos forzarla, suprimirla, extenderla, ampliarla en diversos ejercicios para obtener una serie de beneficios fisiológicos. Una buena oxigenación repercute positivamente en el organismo como en la calidad de la salud. Pero la respiración es mucho más...

    Al llegar al mundo nos recibe, al dejarlo nos despide, y durante todo el recorrido vivencial nos acompaña sin abandonarnos. Entonces la respiración es una aliada, un testigo fiel de todos los acontecimientos que atravesamos. Pero nuestra percepción olvida el fenómeno de la respiración dejándola como algo subterráneo a nuestra atención, quedando así enterrada ante los sucesos que se van presentando.

    Aun así la respiración no nos ignora. Ella puede estar sin nosotros, pero nosotros no seríamos sin ella. Al dormir nos vamos, pero se mantiene, nos sustenta. Al despertar y regresar continua sin reclamar méritos, sin exigir halagos. A veces irrumpe agitadamente cuando tenemos ansiedad, cuando se activa el miedo. Su ritmo se acentúa y caemos en la cuenta de por qué en ese momento la respiración no puede hacer más para mantener su compás natural.

    Pero la respiración sigue siendo mucho más.
    Es un puente, una aduana que enlaza y nos une con la existencia. Su ir y venir puede intervenir en el proceso mental, como el proceso mental recae sobre su equilibrio. Hay interrelación, hay una simultaneidad entre mente y respiración. A mayor calma mental, más serenidad en la respiración; a mayor control respiratorio, más sosiego y claridad mental.

    Entonces el soporte de la respiración ofrece distintos enfoques. La atención sobre ella puede generar relajación y tranquilidad, pero su observancia crea una gran transformación. ¿Cómo el simple hecho de respirar puede transformar nuestra consciencia? La transformación se genera cuando estamos presentes en la respiración, no sólo influyendo, sino observándola. Cuando percibimos este proceso tan cercano que es respirar, cuando tomamos consciencia de su mecanismo natural siguiendo el ritmo y aceptándolo, simplemente como espectadores arreactivos sin que nos arrastre, entonces surge una atestiguación.

    La respiración ofrece tras su observación captar el surgir y desvanecer, la impermanencia, el cambio constante. Porque no hay dos respiraciones iguales, porque cada respiración tiene su propia gloria y divinidad, porque si perdemos la atención en recordar otra, se verá implicada la mente en sus memorias; si fantaseamos en la respiración que está por llegar, se encontrará la mente enredada en sus ensoñaciones. Si la conciencia se unifica en la respiración de cada momento, la mente se retira, no puede operar a su manera porque todo es tan fugaz que apenas hay espacio para su charloteo.


    Pero observar con plena aceptación, con total relajación, sin enjuiciar, sin tensión, estando atentos a un proceso que nace en nosotros, desembocando en la existencia y viceversa, es desarrollar una visión pura. La respiración se torna soporte meditacional, un anclaje que permite enraizarnos con nuestro ser. Buda desarrolló este tipo de meditación vipassana para traspasar el velo de lo fenoménico. Sin embargo, es en la experiencia de su práctica lo que determina el poder transformativo, el cambio de perspectiva.

    En profundo silencio, la respiración comienza a ser tan sutil que apenas es perceptible. Entonces uno ya no respira, sino que es respirado. Sólo queda la observancia porque incluso ha desaparecido el observador. Entonces eclosiona un tipo de energía que emerge desde dentro.
    La respiración continúa, la vida externa sigue, pero la consciencia se ha esparcido en cada recoveco de nuestro ser. Observar el proceso respirante no es una idea, ni un parecer, es conectar con la línea divisoria que separa dos universos, y que al dejar a un lado la mente discursiva, se produce una comunión imposible de catalogar de manera intelectiva.

    Para la búsqueda del espíritu, la respiración es más que una herramienta para la introspección. Es la puerta entreabierta hacia un misterio que es la existencia en sí misma. Entonces respirar no sólo es un acto natural que se produce, sino el anclaje hacia una dimensión presente. Respirar se convierte en la rama a la que asirnos cuando el arroyo de las circunstancias empuja su fluidez. Respirar se vuelve en el proceso íntimo que entra y sale de nosotros trayendo consigo el mensaje de lo continuo, de lo transitorio que se vuelve todo.

    Sin la respiración sería difícil encontrar la rendija que nos lleva al instante, porque su presencia que detectamos conscientemente es la prueba fiable de que el momento es el que es, mostrándonos su cara, su rostro sin manipular por el pensamiento.

    La respiración siempre va a estar, siempre va a coexistir con la temporalidad, llevándonos paradójicamente y tras su observación, a un estado de consciencia transtemporal.

    Respirar no sólo es un proceso, sino la llave que abre la puerta de acceso hacia la dimensión espiritual de nuestro ser.









jueves, 26 de marzo de 2015

La autoobservación.

 
Existe una capacidad derivada de la atención, que nos permite desplegar en todo momento unas miras hacia nosotros mismos.
    Es la autoobservación una acción que permite direccionar una visión que redirige una y otra vez a nuestro mundo interior, psicológico, y a nuestras reacciones más íntimas y personales
    La aotoobservación es el mantenimiento de una mirada que nadie puede jamás captar, clavada en nuestro núcleo más profundo para revelar y detectar todo lo que se va generando sin que nos pase desapercibido o se produzca a espaldas de nuestro estado de consciencia. Autoobservarnos es una ejecución individual en la que nadie jamás nos puede reemplazar.
    Uno puede observar a otra persona, como puede también analizarla y estudiarla, y a través de todo ello, sacar una conclusión clara, pero aún no existe una radiografía que permita ver cómo realmente se siente una persona.
    Autoobservarnos es la herramienta práctica del autoconocimiento. Es conocer al conocedor, indagar en quien indaga. Sin la autoobservación no hay posibilidad de detectar todo el amasijo de emociones que nos toman o las distintas reacciones que nos sacan de nuestro eje. La aotoobservación no puede ser una acción mecánica, porque precisamente rompe el automatismo para observarnos, y de esa manera, comenzar a dejar cierta distancia con todo aquello que creemos que es sumamente esencial en nosotros, cuando en realidad son capas y capas de personalidad creada.

    Esa indagación en primera persona nos permite atestiguar para detectar y, con ello, modificar o enfriar actitudes o emociones que nos friccionan y entorpecen el crecimiento interior. Si damos la espalda a la posibilidad de autoconocernos, viviremos únicamente para un yo superficial, prestado, centrifugado y desinflado de una esencia que no advertimos. La aotoobservación no debe ser obsesiva ni que nos sirva para coercitarnos, autoreprocharnos o sumar más caos en nosotros. Tampoco para obsesionarnos ni convertir la observancia en un juez refractario de toda nuestra composición anímica y psicológica.
    La autoobservación debe ser como una flecha de dos lanzas; una que apunte hacia afuera, y otra, hacia los adentros. Su alcance nos debe situar en un puesto de testigo que mira pero no se implica. Ve, pero no reacciona. Modifica, pero no se violenta.
    Sin autoobservarnos, se alimenta la tendencia a ser más mecánicos, pues no se implica una atención que detecte los automatismos que nos condicionan. La importancia de autoconocernos es vital, y el primer inicio es la autoobservación. Es el  preliminar para extraer un conocimiento de primera mano de nuestra configuración albergada por deseos, temores, inclinaciones, rechazos, apegos... Es el primer paso para evaluar, corregir y transformarnos. Dará pie a ver un comportamiento espontáneo que muchas veces no sale a la superficie, pero que anida en lo más visceral de todos nosotros. Nos permitirá, una vez detectemos distintas reacciones, a comenzar a distanciarnos con una acción pasiva, sin luchar, sin sumar más conflicto a nuestro lado más destructivo, para ir accediendo a una fragancia solapada de personalidad, útil en muchos contextos, pero insuficiente para autodesarrollarnos.
 
Esto no significa luchar por no ser nosotros mismos, sino ser más conscientes, estar más alerta y comprendernos. La aotoobservación se convierte en una introspección sana, lejos de la egocéntrica, desplegando atención y aprendiendo a diferenciar la posible reacción que podamos tener, de lo que es una respuesta viva a lo acontecido. Al principio es una llama muy débil, pero con la práctica va ganando en intensidad. El ejercicio más directo es la meditación sentada, pero después se debe hacer extensible a cualquier escena de la vida diaria.
    La autoobservación da paso al autoconocimiento, y éste permite el autodesarrollo. A medida que captamos y comprendemos las leyes que rigen nuestro universo interior, estaremos más capacitados para entender todo el entramado exterior envuelto en su propia dinámica.
    El buscador sabe que para conocerse debe observarse previamente. Sin ese ejercicio directo vive de espaldas a sí mismo, dejando escapar toda una cantidad de información que sólo él mismo puede recopilar, y posteriormente transformar.


    El autoconocimiento no es dentro de unos años, ni los logros ni lo adquirido. Comienza ahora, en este instante, y el canal de transformación es la aotoobservancia, que derivará con ello un acercamiento más profundo a nuestra propia esencia.

















lunes, 30 de junio de 2014

El diálogo mental.

    Si algo nos acompaña en todo momento cotidiano, es sin duda alguna, la charla continua del pensamiento. La voz espectral que nos envuelve y acapara se va ligando hasta conseguir un encadenamiento de pensamientos, creando un dialogo interior como sonido de fondo en nuestras vidas.
    De manera constructiva o inspiracional, el pensamiento enriquece nuestro bienestar y, alimenta el sinfín de ideas para un correcto uso de las mismas. En ese caso, el dialogo interior está a favor y nos acompaña amistosamente como un buen amigo a nuestro lado. De esa manera, el pensamiento y su discurso íntimo, se encuentra en armonía sin tratar de acaparar más de lo que le pertenece. Es un aliado que nos orienta, nos inspira y edulcora con su presencia.
    Pero la mayoría de nosotros podemos caer presa de ese tráfico pensante. No vemos la manera de cruzar la vía entre un vehículo y otro, pues llega a ser tan mínimo el espacio entre ellos, que ni una rendija se genera para poder colarnos. Llevado a un contexto pensante, el pensamiento y su discurso puede llegar a ser asfixiante, acaparador y sabotear nuestros mejores momentos.
    El diálogo nos hipnotiza, y lo que es peor, nos hace adictos al mismo. El pensamiento se corona como rey de nuestro reino interior y su discurso nos arrastra de un lado hacia otro. A su servicio se presta el ego menos cooperante, que mediante la vía de la construcción del pensamiento, utiliza dicha herramienta para condicionar y sobreponer sus argumentos.
    El sujeto cree ser el gobernador cuando, en el fondo, es el gobernado. El dialogo pensante se convierte en un continuo río de caudal alto, donde se saca a la luz una y otra vez, temas que nos torturan y frustran cualquier intento de fluidez en la circunstancia presentada. Así, de esa manera, muchos instantes son derrochados en la atención prestada al pensamiento discursivo.
    Las energías son malgastadas en esa escucha permanente, como a la espera de algo nuevo, de alguna resolución no antes creada. Lo cierto es, que un dialogo no sometido a la luz de la consciencia, se convierte en un jinete salvaje y difícil de domar. ¿Cuántas son las personas que sienten truncadas su felicidad por una mente caótica y difícil de manejar?

    El problema no es pensar, sino en no manejarnos con el pensamiento. El problema no es el pensamiento, sino el pensamiento incontrolado. No es fácil darse cuenta, porque es mucho tiempo siendo esclavos de una mente en la que nos identificamos por completo. Se ha convertido en dueña y trata de engatusarnos constantemente con consejos poco fiables. El pensamiento no dominado es un asesor del cual hay que desconfiar, pues no está regido por la lucidez ni la reflexión consciente, sino por impulsos egocéntricos donde predominan ciertos afanes vengativos o maneras de ajusticiar lo que consideramos injusto.
    Las emociones acompañan, son el detonante de lo que sentimos al identificarnos con estas corrientes pensantes. Se disparan sensaciones que pueden ser gratas o ingratas. Las ingratas alimentan el dolor almacenado y sirven de catapulta para que de nuevo el motivo surja para que un dialogo se repita. Así es como se produce en nosotros cierto hastío, cierto agotamiento y asfixia ante el run run mental. Nos vemos acorralados sin un espacio que nos libere de prestar atención al pensamiento impositivista que se crea en nosotros. Parece que no hay elección, mucho menos, escapatoria, y se merma en nosotros la posibilidad de una transformación, de una opción de libertad interna, donde el ¨yo¨ quede un poco al margen de lo que se piensa, y donde pueda observar sin ser arrastrado, sin identificarse y con la posible elección de desviar la mirada de esa autopista de pensamientos.

    Parece utópico porque no entendemos ser, sentir o vivir, sin el ruido de fondo del pensamiento. Parece que sin él no somos nadie, es más, parece que lo que realmente somos es el pensamiento y nada más. Pero al ser tomados por el ruido pensante ya no estamos presentes, porque el pensamiento se maneja en pasado o futuro, ya que el instante tal y como es, no le ofrece un espacio para situarse. El presente no da cabida para un dialogo rumiante de pensamientos inconclusos. El poder transformativo de estar presente genera un espacio ante el pensamiento, donde toma una posición más secundaria. Ya no arrebata nuestra mirada, ya no ensordece nuestra consciencia embotándola y agotándola. Ese espacio, al observar el pensamiento sin identificarnos, nos da cierto respiro, una brisa fresca y reparadora, y una ruptura de las cadenas que antes nos forjaban.
    La atención consciente facilita que cuando somos arrebatados por una corriente pensante, podamos alejarnos interiormente para situarnos en un puesto de observancia. Desde ahí, el poder hipnotizador del pensamiento no es tan imantador, pues al haber distancia, cierta lejanía, se rompe una identificación que nos sometía por completo y nos empañaba la visión haciéndonos creer que no había otra cosa donde dirigir nuestra mirada.
    El espacio entre pensamientos es la esperanzadora dimensión donde se vislumbra una percepción de una realidad lejos de la dualidad en la que somos zarandeados por falta de ubicación interior. Cuando emerge el estado de presencia se eleva la consciencia, y con ello, una manera de distanciarnos de todo ese contenido asfixiante y ruidoso.

    El entrenamiento mental, como la meditación, permite esa observación que nadie puede hacer por nosotros. Es la identificación ciega la que nos hace creer que nuestra esencia es lo que pensamos, cuando paradójicamente, su cesación revela otro modo final de ser y existir.











viernes, 27 de diciembre de 2013

La visión penetrativa.

    La visión penetrativa, o cabal, es el logro de despertar en medio de toda una interactuación de fenómenos. Es una fina brecha que traspasa una inmensa oscuridad, y permite acceder a otro tipo de realidad que queda ocultada bajo las capas de la apariencia.
    Mirar no es lo mismo que ver, y ver puede quedar reducido a una interpretación coloreada por impresiones, percepciones y todo un conjunto de arropos que sobreponemos a las cosas. Es entonces cuando lo que vemos es lo que queremos ver, y creemos aquello que infundamos tanto de anhelos como de temores. De esa manera se escapa una preciosa manera de ver las cosas, que no es más que tal y como es, sin colorear ni argumentar a favor o en contra.
    Ver a través de reacciones, miedos, inseguridades o filtros psicoemocionales, juega un papel importantísimo la interpretación. De ahí que zarandeemos de un lado para otro y oscilemos de algo grato a algo desagradable. Ello genera desubicarnos de nuestro eje de equilibrio y estemos a expensas de nuestras reacciones desorbitadas. Si la visión se empaña, la claridad mental se enturbia. Por ende, todo nuestro estado interior se ve agitado y la armonía deja espacio a otro modo particular de vivenciar lo que acontece.
    La existencia se compone de planos, dimensiones y esferas de las que muchas escapan a nuestras razones. La vida es real, no un juego o un espejismo, pero ofrece un marco de ilusiones que obnubilan la consciencia del ser humano. Éstos se manifiestan a través de los fenómenos que se presentan, y que como dijera Buda, su cualidad es la impermanencia, la insustanciabilidad y la transitoriedad.
    Cuando hablamos de fenómenos no hay que ligarlo a lo transcendental o hechos paranormales, sino las propias sensaciones, emociones, reacciones, etcétera, que por su influencia en nosotros caemos en su identificación, dando por real lo que es adjunto, y creyendo como nuestro, rasgos de los que nos podemos desprender. Entonces los fenómenos obstaculizan la realidad tal cual es y ésta queda reducida a nuestra estrechez de miras.
    El proceso de identificación se basa en una repentina reacción que, al desplazarnos de nuestro centro, favorece acercarnos tanto a lo que provoca la reacción, que al final, como un camaleón, nos vemos prendidos en su color. Inmersos en las reacciones y la identificación de procesos que surgen y se desvanecen, la mente de la persona queda atrapada en su propia vorágine, cayendo presa de surcos repetitivos de pensamientos, apegos y rechazos. Las impresiones, al no estar amparadas bajo la luz de la visión inafectada, deja una huella en la pantalla mental, que después se requerirá de un ejercitamiento y adiestramiento posterior, para enfriar y borrar esa ¨huella¨ que ha quedado instalada y que nos incita a reaccionar una y otra vez para retroalimentarse. De esa manera, la salud emocional y los rasgos de carácter, pueden ir mermando en detrimento de una integración psicológica y de una manera de ¨tomar¨ las cosas.
    La visión penetrativa atraviesa el fenómeno a través de su observancia, en la que libre de juicios de valor y con equilibrio, se dedica a atestiguar el surgir y desvanecer del mismo, sin ser arrastrado ni condicionado de esa red de fascinaciones que aunque se expongan no nos prenden, que aunque aparezcan, ya no se alimenta de nuestra atención prestada (con lo que la guardamos para otros fines más constructivos), y con ello, vamos ganando terreno a la libertad interior. El desarrollo de una visión más nítida y que atraviese los velos de la ignorancia (no la ignorancia de falta de conocimientos, sino lo anteriormente mencionada sobre la identificación) se debe efectuar bajo una eclosión de la atención mental, en la que desprenderá una alerta para hacer más panorámicas las opciones y no morder siempre el mismo anzuelo.
    La visión lúcida nos alejará de las trampas mentales que despiertan ofuscación, malestar, y todo un nido de rarezas con las que convivimos habitualmente en nuestro hogar interior. Al captar la naturaleza de los fenómenos, comprenderemos cómo la dinámica existencial adquiere un rango distinto y al que ya no se predispone tanto nuestro aferramiento, generando con ello una mayor capacidad de soltar y fluir acorde a un ritmo más equilibrado. Para trabajar esa visión más penetrativa, el ejercicio de oro es la meditación sentada, particularmente ¨vipassana¨, donde después, esa misma actitud será extendida a la vida ordinaria.
    En la propia meditación se pondrá a prueba muchas herramientas que no terminan de emerger, precisamente, por no alcanzar grados más altos de consciencia. Entre ellas: la paciencia, el equilibrio de ánimo o ecuanimidad, el sosiego, la atención mental, la observancia inafectada, la calma interior, el sosiego y, un largo etcétera. Por contra, irán enfriándose, y en la medida de lo posible, disolviéndose, otros estados negativos y arraigados en todos nosotros que nos sabotean la paz interior.
    En la meditación, si se efectúa con rigurosidad, no hay escape, no hay entretenimientos ni saltos al pasado o al futuro. Es una instalación al momento presente dándole la bienvenida en apertura, sin edulcorar y con una actitud arreactiva que permitirá ver, con una capacidad distinta, el acceso a la realidad. Si se ejercita con perseverancia la ubicación de posicionarnos en un puesto que atestigua sin implicarse, repercutirá para desarrollar una manera distinta de enfocar sin oscilaciones. Eso no significa que de repente todo nos resulte indiferente; nada de eso. Las preferencias están al igual que lo que menos deseamos, pero la consciencia ¨testigo¨ da el mismo valor a ambos, no decantándose más por uno que por el otro, y así seremos menos arrebatados de nuestra claridad interior.
    Alcanzar esos niveles de visión purificada no es tarea fácil. Dependerá del temperamento y la naturaleza de la persona lo que hará, junto al ejercitamiento ligado a la actitud, que el sujeto, comience a manejarse con ese descubrimiento de aprisionamientos mentales, y logre abrir rendijas para ver más allá de los propios muros de su psicología petrificada.
    El buscador de lo Insondable sabe que en su recorrido de autoconocimiento deberá esclarecer su visión si quiere captar  ¨aquello¨ que permanece oculto tras las capas de lo aparente. En ese rastreo, los obstáculos disfrazados de fenómenos que van surgiendo, deben ser articulados, y en el caso de las emociones, enfriadas.
    Esa manera de desarrollar una visión que atraviese los velos de la ignorancia, creará en el buscador, otra percepción distinta, en donde, se revelará un modo final de ser de todo lo fenoménico.




sábado, 16 de abril de 2011

El Aquí y Ahora.

    Desde tiempos inmemoriales los grandes místicos han puesto el énfasis directo en la instalación presencial en el aquí y ahora. Vivir el momento, como si fuera el primero y el último, es una tarea que precede de un gran trabajo interior, ya que el alejamiento del instante lo crea la mente a través de su dispersión. No hay nada malo en poner la imaginación al servicio de lo constructivo, ni de anticipar proyectos o recordar algo ya pasado, pero cuando nos es imposible anclarnos en el presente, vivimos como una hoja a merced del viento, de un lado para otro sin ubicarnos en cada situación o instante.
    ¿Y qué problema hay en no vivir el presente?
    Mucho más del que imaginamos, pues es como si no estuviéramos en nosotros mismos, perdidos en ensoñaciones e ideaciones, y que en el peor de los casos, se torna completamente destructivo y nos mortifica con pensamientos repetitivos.
    La persona se pierde la frescura del momento y toma una inercia de posponerlo todo al mañana; la enfermedad del mañana es pensar en sí que existe cuando realmente no se sabe si llegará, y es más, pensar que solamente seremos felices a su llegada, pues el futuro no viene en forma de futuro sino de presente y si no sabemos vivir el presente, éste cuando llegue nos pasará inadvertidos, pues estaremos proyectando lo que aún no ha llegado.
    Entonces la mente se retroalimenta constantemente con saltos al pasado y al futuro. La mente detesta el presente, pues muere al mismo instante, no tiene dónde sujetarse, no hay dónde ir. Pierde cualquier posibilidad de supervivencia, pues su sustento basado en espacio y tiempo queda estrechada y no puede proyectar su propia solidez. La mente/ego crea su existencia en pos de un pasado en el que crear su imagen,  y su proyección en un futuro en el que permanecer seguro. El instante queda reducido a un plano muy escurridizo, pues en sí mismo ya ha pasado y su vivencia se basa en acoplarnos a su ritmo en constante cambio, donde nada permanece, donde su fluidez se capta presenciándola, sin interferencias mentales y sin ideaciones que falsean o colorean la realidad.
    Captar el momento de forma directa y penetrando en la realidad tal cual es, significa desarrollar una visión pura, descodificando nuestros condicionamientos que ¨condicionan¨ lo que percibimos, y nos impiden ver una realidad en su naturaleza real y desnuda.
    Una mente instalada en el presente no produce reacciones anómalas, sino respuestas vivas al momento, quedando en su justo lugar y sin tornarse repetitivas.
    La mente se vuelve un espejo; refleja las cosas tal cual son, pero no retiene, no se apropia, no trata de dar forma a su antojo. No refleja el pasado, no refleja el futuro; refleja lo que se presenta a cada momento sin juzgar.
    Sin atención no hay presente, sin consciencia no hay vivencia. La atención nos instala aquí y ahora, y muchas son las herramientas de las que se puede servir como soporte, como: la atención al cuerpo, las sensaciones que se producen en el cuerpo,la respiración y la mente. Desde el cuerpo a la mente vamos pasando de lo más burdo a lo más sutil. La atención unida a la consciencia permite unidireccionar la observación y permite atestiguar el surgir y desvanecer de todos los fenómenos.

    - La atención al cuerpo.
       Todos disponemos de un esquema corporal en el que podemos apreciar las distintas partes del cuerpo, su ubicación y postura circunstancial en la que estemos en ese momento. Sentir el bloque del cuerpo es más sencillo y facilita un anclaje en la situación presente.

    - La atención a las sensaciones.
      Una vez sentimos la envoltura del cuerpo, desplegamos la atención a las sensaciones que se van produciendo, como calor, frío, cosquilleo, tensiones... La atención implica en observar sin juzgar, sin estar a favor o en contra, simplemente observar como aparecen y se van desvaneciendo.

    - La atención a la respiración.
       Somos seres respirantes, es lo primero que hacemos al nacer y lo último que haremos antes de morir. No hay vivencia que no esté acompañada de respiración. Nadie puede respirar por nosotros, es el puente entre el mundo exterior con nuestro mundo interior. La respiración es la que es a cada instante. No es la respiración pasada, no es la respiración que está por llegar, sino la que se va presentando a cada momento. Te enlaza con lo más íntimo de ti mismo. Te da el acceso directo a la realidad tal cual es. Al dormir nos vamos y la respiración puede seguir sin nosotros, en cambio nosotros no podemos estar sin ella. En la vida diaria y en momentos de gran tensión, atender la respiración nos puede servir de bálsamo y de aquietamiento.

    - La atención a la mente.
       Centrarse en la mente es explorar la pantalla en la que se van representando ideas, pensamientos, ensoñaciones... Todo ese tráfico no permite ver la pantalla en sí, como las nubes no dejan ver el cielo claro. Atender la mente es observar sin reaccionar, porque la reacción en sí da energía a los pensamientos que se retroalimentan. El pensamiento trata de sobrevivir con su incesante discurso y tratando de captar nuestra atención. Por eso la atención es muy poderosa, porque la podemos emplear en desidentificarnos de los procesos mentales,sus enredos e ideaciones. Observar la mente es situarnos en el puesto de observador, inafectados, viendo como los pensamientos vienen y parten. Como sentarnos en la orilla de una playa y ver como las olas vienen y van, pero no nos afectan, no nos mojan. Las energías no se escapan, se acopian. No somos pensados, sino pensamos. Alcanzar el grado de no implicarnos tanto en corrientes pensantes, permite que no saltemos tanto de pasado al futuro y podamos ubicarnos de forma más presente.

    Queridos amigos, todos estos ejercicios en sí son meditacionales. Son grados de meditación que favorecen    
nuestra relación con el presente y permiten familiarizarnos con nuestro mundo interior. Todos estos ejercicios se pueden hacer de forma sentada (que es lo idóneo) o también aplicarlo a nuestra vida cotidiana, sin desviar la atención de nuestros quehaceres, pero que una parte se desvíe hacia dentro.
    Sentiremos que se desarrolla una presencia en nosotros que hasta ahora no percibíamos. Una presencia instalada e inafectada, pues observa sin juzgar y sin perderse el instante.
    Más integrados en nosotros mismos facilitará manejarnos con el fluir de la existencia, pues como bien estamos explorando, no hay otro lugar que ¨Aquí¨, ni otro momento que ¨Ahora¨.