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jueves, 21 de abril de 2016

La necesidad de conflicto.

En las relaciones humanas parece ser el conflicto una dimensión que se mantiene presente. En su latencia todo va bien, todo fluye y es armónico, pero en su despereza todo se desencaja, todo chirría y nada parece volver a reajustarse.

    El conflicto puede surgir al cruzarse intereses, al chocar puntos de vista dispares, pareceres antagónicos. Es su esfera un marco que representa división, lejanía en las personas, el inicio de confrontaciones. El conflicto puede perdurar o ser puntual, reconciliable o incurable, ser pasajero o permanente.

    Todos tenemos y pasamos por conflictos. No sólo entran en juego los que se reproducen en el marco externo, también están los conflictos internos, los desgarros de dentro. Pero la inclinación al conflicto es algo que merece indagación.

    Hay personas que tienden a agarrarse al fuego antes que esperar a que se apague, y así, la vida se consume en una fuente inagotable de insatisfacción de la que no se es consciente. La externalización en conflictos exteriores no es más que la celebración del conflicto que se mantiene dentro. A veces es inevitable caer en un conflicto, en una discusión, pero otras se torna como una válvula de escape para sacar el malestar de dentro.

    El conflicto externo es la representación teatral de la función escenificada de los adentros, que surge de una retroalimentación de dolor y miedo. Toda la carga de confusión, de sufrimiento, de insatisfacción, de baja estima, entre otras, son las anillas que se tiran cuando provienen circunstancias adversas del exterior. Entonces estalla la bomba de dentro y se vierte en las relaciones, en la interactuación con los demás.

    La necesidad de ese conflicto surge cuando nos hemos identificado tanto en ese mecanismo de dolor que parece ser nuestra verdadera identidad. Como una parte más de nuestra personalidad, buscamos alimento en el conflicto para nutrirlo, para mantener viva esa identidad que se ha ido construyendo en nosotros. Entonces la capacidad de estar en perfecta armonía se corrompe, se disuelve, el malestar se sitúa en primera fila y se manifiesta en la conducta, en la contrariedad, en el inconformismo crónico, en la irritabilidad permanente.

    Todo se vuelve motivo de conflicto, todo merece una discusión, nada escapa sin que se mastique con los dientes del remordimiento. Si no hay conflicto, se busca. Si no hay motivos, se encuentran. Se convierte el exterior, las personas, las relaciones, todo, como una gran confabulación orquestada para hacernos desgraciados. Salen las autodefensas, el ego permanente, la guardia siempre mantenida.

    La necesidad no es sólo en cuanto a discutir con alguien, también hay personas con la necesidad de, precisamente lo que más teme, sacarlo a relucir para roer ese cierto malestar, sentir que hay un motivo que le empuja a ello, y autoconvencerse de su desdicha.

    Por no mirar de frente al dolor, al malestar que está sin drenar, el sufrimiento que tanto queremos evadir, todo nos zarandea y nos acaba atrincherando. Lo que más tememos que se repita, acabamos generándolo a través del conflicto. Lo que más queremos tener lejos, más lo acercamos a través de propiciar el conflicto. Al final el dolor se alimenta una y otra vez, y parece que todo se coordina para nuestra fatalidad.

    Primero, el conflicto debe resolverse dentro. Así, la identidad del dolor no se perpetúa a través del conflicto. Se puede sentir dolor al soltar esa parte nuestra a la que tanto nos aferramos, y empero, comenzamos a ser conscientes de lo negativo que resulta mantener su hospedaje en nosotros. Se requiere también bajo esa mirada de autoconocimiento, no hacer responsables al resto de cómo nos sintamos, y neutralizar de ese modo los factores de discordia.

    Cuando el conflicto es crónico como su necesidad de expresarlo, no es más que el reflejo de un tornado que se crea en un océano agitado de dentro. Son personas víctimas de sí mismas, albergando en ellas una naturaleza de crispación que deroga la verdadera esencia de una personalidad solapada por un manto de ofuscación. El conflicto acaba convirtiéndose en adicción; se necesita del mismo para satisfacer el impulso incontrolado de saciarlo. Se crea en uno una parcela destinada a recrearlos, un área de atención al conflicto, para así, disponer de recursos y poder ser resolutivos con ellos dentro del margen de la contraposición.

    Entonces del conflicto ya no se evade, produce en el sujeto una atracción. Todo es una constante disputa, un reproche permanente, una altura a la que nadie está. Toda comunicación es una intransigencia, un ¨como deben ser las cosas¨ en lo que nada encaja.

    Ninguna armonía de fuera va a resolver la inarmonía de dentro. Por ello, el trabajo debe ser interior para deshacer el nudo de lo conflictivo. Debemos rellenar el vacío que se recarga de debates fuera de tono, pérdidas de maneras, chismes continuados, olfateo constante de disputas.

    Resolver esa identidad desgarradora que busca el enfrentamiento para sostenerse, es soltar una parte que ha secuestrado la que mira por la concordia, la ausencia de problemas, la capacidad de acuerdos, y el afán resolutivo. Surge entonces otro tipo de presencia, sujeta en uno, afincada al ser, y no presta a perderse enseguida en el círculo repetitivo del conflicto. Al ir poco a poco desligándonos de esa emanación de constante dolor, sufrimiento y queja, el conflicto carece de atractivo, deja de ser estimulante, y cuando aparece es como un tren que dejamos pasar porque sabemos que en la mayoría de los casos no nos conduce a nada y crean un campo de negatividad en nuestro entorno.

    Eso no significa evadirlos y evitar mostrar la defensa de intereses lícitos en uno, sino determinar la prioridad de que la paz interior y la dicha no deben de alterarse por participar en rencillas que no nos transforman en nada y que nos desgastan por completo.
 








viernes, 25 de marzo de 2016

La respiración.

La respiración es el proceso por el cual, simplemente, estamos vivos. El hecho de respirar nos mantiene conectados con la vida, es el vínculo orgánico, el intercambio de oxígeno, la unión directa de dos realidades: la interna y la externa.

    Su acto puede ser voluntario, podemos intervenir en ella, podemos forzarla, suprimirla, extenderla, ampliarla en diversos ejercicios para obtener una serie de beneficios fisiológicos. Una buena oxigenación repercute positivamente en el organismo como en la calidad de la salud. Pero la respiración es mucho más...

    Al llegar al mundo nos recibe, al dejarlo nos despide, y durante todo el recorrido vivencial nos acompaña sin abandonarnos. Entonces la respiración es una aliada, un testigo fiel de todos los acontecimientos que atravesamos. Pero nuestra percepción olvida el fenómeno de la respiración dejándola como algo subterráneo a nuestra atención, quedando así enterrada ante los sucesos que se van presentando.

    Aun así la respiración no nos ignora. Ella puede estar sin nosotros, pero nosotros no seríamos sin ella. Al dormir nos vamos, pero se mantiene, nos sustenta. Al despertar y regresar continua sin reclamar méritos, sin exigir halagos. A veces irrumpe agitadamente cuando tenemos ansiedad, cuando se activa el miedo. Su ritmo se acentúa y caemos en la cuenta de por qué en ese momento la respiración no puede hacer más para mantener su compás natural.

    Pero la respiración sigue siendo mucho más.
    Es un puente, una aduana que enlaza y nos une con la existencia. Su ir y venir puede intervenir en el proceso mental, como el proceso mental recae sobre su equilibrio. Hay interrelación, hay una simultaneidad entre mente y respiración. A mayor calma mental, más serenidad en la respiración; a mayor control respiratorio, más sosiego y claridad mental.

    Entonces el soporte de la respiración ofrece distintos enfoques. La atención sobre ella puede generar relajación y tranquilidad, pero su observancia crea una gran transformación. ¿Cómo el simple hecho de respirar puede transformar nuestra consciencia? La transformación se genera cuando estamos presentes en la respiración, no sólo influyendo, sino observándola. Cuando percibimos este proceso tan cercano que es respirar, cuando tomamos consciencia de su mecanismo natural siguiendo el ritmo y aceptándolo, simplemente como espectadores arreactivos sin que nos arrastre, entonces surge una atestiguación.

    La respiración ofrece tras su observación captar el surgir y desvanecer, la impermanencia, el cambio constante. Porque no hay dos respiraciones iguales, porque cada respiración tiene su propia gloria y divinidad, porque si perdemos la atención en recordar otra, se verá implicada la mente en sus memorias; si fantaseamos en la respiración que está por llegar, se encontrará la mente enredada en sus ensoñaciones. Si la conciencia se unifica en la respiración de cada momento, la mente se retira, no puede operar a su manera porque todo es tan fugaz que apenas hay espacio para su charloteo.


    Pero observar con plena aceptación, con total relajación, sin enjuiciar, sin tensión, estando atentos a un proceso que nace en nosotros, desembocando en la existencia y viceversa, es desarrollar una visión pura. La respiración se torna soporte meditacional, un anclaje que permite enraizarnos con nuestro ser. Buda desarrolló este tipo de meditación vipassana para traspasar el velo de lo fenoménico. Sin embargo, es en la experiencia de su práctica lo que determina el poder transformativo, el cambio de perspectiva.

    En profundo silencio, la respiración comienza a ser tan sutil que apenas es perceptible. Entonces uno ya no respira, sino que es respirado. Sólo queda la observancia porque incluso ha desaparecido el observador. Entonces eclosiona un tipo de energía que emerge desde dentro.
    La respiración continúa, la vida externa sigue, pero la consciencia se ha esparcido en cada recoveco de nuestro ser. Observar el proceso respirante no es una idea, ni un parecer, es conectar con la línea divisoria que separa dos universos, y que al dejar a un lado la mente discursiva, se produce una comunión imposible de catalogar de manera intelectiva.

    Para la búsqueda del espíritu, la respiración es más que una herramienta para la introspección. Es la puerta entreabierta hacia un misterio que es la existencia en sí misma. Entonces respirar no sólo es un acto natural que se produce, sino el anclaje hacia una dimensión presente. Respirar se convierte en la rama a la que asirnos cuando el arroyo de las circunstancias empuja su fluidez. Respirar se vuelve en el proceso íntimo que entra y sale de nosotros trayendo consigo el mensaje de lo continuo, de lo transitorio que se vuelve todo.

    Sin la respiración sería difícil encontrar la rendija que nos lleva al instante, porque su presencia que detectamos conscientemente es la prueba fiable de que el momento es el que es, mostrándonos su cara, su rostro sin manipular por el pensamiento.

    La respiración siempre va a estar, siempre va a coexistir con la temporalidad, llevándonos paradójicamente y tras su observación, a un estado de consciencia transtemporal.

    Respirar no sólo es un proceso, sino la llave que abre la puerta de acceso hacia la dimensión espiritual de nuestro ser.









domingo, 22 de noviembre de 2015

La hipocondría.

Dentro de los estados de neurosis, existe uno muy llamativo denominado ¨Hipocondría¨. Puede llegar a ser una enfermedad obsesiva que, paradójicamente, surge del miedo a estar enfermo y donde la persona comienza a presagiar y a infundirse temores sobre su salud.

    Presupone que algo no va bien y anticipa un deterioro de enfermedad catalogándolo de calamidad. Todo puede comenzar con una pequeña hipótesis, una teoría por evolucionar, una breve idea de lo que está por llegar y acabar la persona por convencerse a sí misma de que contiene un mal de salud que ya no se puede remediar. La pequeña suposición acabar convirtiéndose en una sospecha continua que va quedando en el trasfondo de manera residual sobre la cotidianidad del día a día. Acaba enquistándose y petrificándose como un pensamiento fijo volviéndose un eje central a medida que se van sucediendo los acontecimientos.

    Esa tortura de no saber a ciencia cierta si uno está enfermo pero acabar convencido de ello, roba frescura, vitalidad y ensombrece el ánimo. Es la etiqueta invisible que lleva el hipocondríaco colgada a todas partes, es la posibilidad aún no materializada en un diagnóstico por realizar. La imaginación se desborda y se pone al servicio de la ¨terribilidad¨. La vida ya no parece tener ningún sentido estando desarrollando una enfermedad, y se convierte lo que queda por vivir, en un tránsito a la espera del proceso del padecimiento. << ¿Para qué voy a disfrutar si seguramente estoy enfermo? >>. Se repite una y otra vez el hipocondríaco.

    Todo comienza con el menor síntoma. El sujeto se informa de cualquier indicio de enfermedad, trata de anticiparse y acaba atando cabos hasta llegar incluso a experimentar en su cuerpo los presagios amenazantes. Puede llegar a convertirse en algo muy perturbador, en una conducta en la que la persona acaba atrapada y no puede salir sólo por el simple hecho de proponérselo. La preocupación se va enraizando y cualquier mínimo dolor, cualquier erupción en la piel, cualquier contacto con agujar u objetos de vías de transmisión, cualquier gesto en el rostro del doctor, todo ello, se vuelven detonantes que despiertan el miedo atroz a una enfermedad que pudiese estar en latencia.

    El desarrollo vivencial se vuelve, pues, en una cuenta atrás hasta el desenlace final. Vivir se convierte en la oportunidad perdida que fue robada por una supuesta enfermedad. Es el no retorno hacia un estado de salud que diese por merecido el derecho a ser feliz. Pero el hipocondríaco que se pone siempre en el peor de los casos, convierte la enfermedad en la mayor catástrofe que le pudiera suceder. Siente que ha quedado huérfano de plenitud, ningún instante merece ser completado de satisfacción siempre y cuando perdure la duda y ensombrezca la sospecha con su acto de presencia. Es un temor camaleónico que se reviste de cualquier momento y circunstancia.

    Si el hipocondríaco se viese desde fuera, se echaría a reír, pero inmerso en su prisión psicológica, lo que siente y experimenta no le saca la más leve sonrisa. No se trata con ¨no lo pienses¨ o ¨vive la vida¨, como seguramente le aconsejen en su entorno. Cuando el miedo se retroalimenta sobre una enfermedad, la sensación no es sólo mental, sino que impregna el cuerpo, los órganos, se adhiere convirtiendo el esquema corporal y el sistema orgánico en una caja de resonancia donde retumba una y otra vez el eco del aviso del desorden o malestar.
 

  Ante el augurio hipocondríaco se deben razonar varios aspectos. El primero a nivel interno, es decir, de dónde proviene realmente la actitud alarmante. Quizás hay condicionamientos o improntas que quedaron en nuestras retinas y que despertó un pavor en nosotros. Quizás la idea de no ser merecedores de nada bueno y que estamos condenados a un mal mayor. También puede existir un sentimiento de culpa derivado de haber convivido con alguien con una larga enfermedad o haber visto morir a personas cercanas. También el no haber cuidado la salud o haberla puesto en riesgo, y con ello, esperar una sentencia diagnosticada.


    Otro aspecto a razonar o comprender, es el factor externo a convivir con una enfermedad. Si a un enfermo real le contasen la experiencia de un hipocondríaco, cuanto menos soltaría una carcajada o puede que le diese una lección de superación personal y de encarar la adversidad. Era el sabio Ramana Maharshi quien decía: <<El cuerpo ya es en sí la enfermedad>>. En efecto, donde hay cuerpo ya existe la enfermedad. Él mismo tuvo cáncer de brazo y no perdió su talante equilibrado. Y es que enfermedad y salud son dos caras de la misma moneda en donde
Buda también declaraba que nadie escapa a la enfermedad, vejez y muerte.


    Nadie, absolutamente nadie, está excluido. Por eso hay que hacer un gran trabajo de aceptación y fluidez con esa incertidumbre, e incluso es más, si no hay nada que realmente lo diagnostique, poner la mente a nuestro favor trabajando el contra convencimiento de que estamos sanos (aunque un hipocondríaco pensará que las pruebas hechas son fallidas o que ha habido un traspapeleo de resultados) y que sentirnos bien y plenos viene derivado de que pongamos los medios emocionales adecuados.

    Si la enfermedad llega, se despertaría un reto, que es el de estar sanos y recuperar la salud o vencer la enfermedad. El reto sería también en convertir el recorrido de lo que nos quedase de vida en instantes plenos y felices. Nada fácil, pero debemos reconducir actitudes y puntos de vista porque en el peor de los casos, todos tenemos recursos que desconocemos por completo. Incluso aceptar la muerte, que será siempre el desenlace final, puede eliminar esa carga excesiva de temeridad, ya que de esta vida con tanta demanda de salud, nadie saldrá viva.
    La hipocondría puede ser tratada por grandes profesionales, pero no para convencerlas de que no tienen ninguna enfermedad, sino para hacerles ver que en el caso de tenerla pueden ser plenos, felices y completos.

























sábado, 1 de junio de 2013

El sentimiento de urgencia.

    Todos de alguna u otra manera nos hemos sentido empujados por ese sentimiento afanoso de urgencia. El impulso cobra fuerza en nosotros y nos arrastra inexorablemente a ningún lado. Es éste un irrefrenable anhelo de movilizarnos pero bajo la sombra de la pulsión y no de la ejecución consciente.



    El sentimiento de urgencia viene aromatizado por el frenetismo interior, la compulsión desorbitada y la necesidad de dejarnos atrapar en la red de nuestras voliciones. El sentimiento de urgencia no debe ser confundido con el propósito noble, pues éste está supeditado y regido por afanes constructivos y encauzados, lejos de la diseminación de las energías disparadas.

    El sentimiento de urgencia está ensombrecido por un querer abarcarlo todo y un querer llegar a ninguna parte. Es un frenetismo, un momento culmen de querer desplazarnos, quizás maquillando una huida, pero sin la menor capacidad de planificación. Todo ello es fruto de huecos interiores, de un vacío que nos inquieta y que no nos permite mantenernos anclados en nuestro eje. El ansia juega un papel indiscutible, pues al no ser saciada, deposita después la fragancia de la insatisfacción, la amarga frustración y el ánimo derrotista, y de ese modo la persona siente más que nunca su propia soledad interior.

    Todos esos vacíos interiores o falta de integración en nosotros mismos propician un sentimiento de rechazo absoluto a la simplicidad del momento, no siendo suficiente para ajustarnos al mismo y friccionando con la humilde instantaniedad del instante. Es una energía que se dispara pero de manera centrifuga y dispersa. Cualquier lugar parece ser la meta, pero al fin y al cabo al arrastrar esa deficiente capacidad de disfrutar el momento, ningún sitio parece el idóneo.

    En el momento de la compulsión desmedida deberíamos hacer un alto introspectivo, una parada en el andén de nuestro yo. Desde ahí, aplicar cierto sosiego, cierto remanso. Poner los medios para permitir dejar que aparezca la claridad en nuestra visión y proceder a que emerja un equilibrio que se mantiene dentro, pero del que no intuimos ni siquiera su procedencia. Para ello debemos preparar nuestro terreno emocional, y así en la medida de lo posible fortificar nuestros deseos para no dejarlos alcanzar por el impulso visceral que reluce del transfondo de nuestra volición.

    Este sentimiento se puede dar en muchas facetas. Desde la amistad, en la que de repente nos dejamos llevar por un sentimiento de apego al comienzo, la obtención consecutiva de resultados, la excesiva necesidad de sentirnos seguros, y un largo etcétera. La urgencia desmedida diluye energías, pierde la capacidad de discriminar nuestros intereses más vitales y nos zarandea en la dimensión de la probabilidad. Nada más nos aleja tanto como el desertizante anhelo desmesurado que tanto puede llegarnos a invadir.

     En la senda de la autorrealización, este impulso de querer automejorar también se puede convertir en febril. El buscador se pierde en querer anticiparse a la naturaleza del tiempo, extraer cuanto antes lo que busca, y no dejar que el curso normal de los acontecimientos revelen las cosas por sí mismas. En las sendas que nos propongamos, como en el núcleo de la vida misma, debemos redireccionar constantemente los irrefrenables impulsos para alquimizarlos en constructivos senderos que nos lleven más acompasádamente a los fines propuestos.

    Sin calma no hay capacidad de disfrute consciente. Sin sosiego no existe la posibilidad de ver un reflejo sin que esté distorsionado. El poder interior comienza cuando uno es capaz de sujetarse a sí mismo, con la capacidad a su vez de disfrutar sin querer multiplicar el disfrute en sí. Desde esa ubicación lejos del afanismo, la movilización es más unidireccional y permite un transito más firme y seguro a los objetivos emprendidos.

    La urgencia sin sentido debe quedar a un lado. Se debe desplegar la acción sin agitación y aprender a movilizarnos sin perder nuestro punto de quietud.