sábado, 23 de junio de 2012

La desrealización.

    Hay personas que con un cierto carácter de sensibilidad -no sensiblería- acceden a una angosta dimensión de lo que es la vida.
    Se revela un interrogante aplastante y doblega al sujeto por su inmensidad acaparadora. Por momentos fugaces, la comprensión halla un punto álgido de percepción que permite detectar el ilusionismo que solapa una realidad ocultada por la aparente. La persona, despavorida, se encuentra en un desconcierto penetrante y enlaza un puente hacia lo que posibilita el sustento de un decorado que oculta otra realidad más vivencial, pero que se nos escurre cuando estamos en un concepto más ordinario.

                               
    Algo se destapa, algo se revela. Se agudiza la percepción y al margen de nuestra voluntad, ésta se manifiesta por el encontronazo ante un cúmulo de sensaciones que dejan bloqueado al sujeto. Se dispara el miedo, temor, crisis... No hay dónde ir, dónde sujetarse. Por un momento, el escenario donde solemos recrear nuestra actuación se convierte en un decorado de cartón piedra, un atrezzo misterioso en donde la angustia se dispara por su pavorosa inmensidad. Se vierte sobre la persona una crudeza que le despista antes de alcanzar la posibilidad de descifrarlo. La soledad se manifiesta más que nunca, no como una idea, no como una recreación, sino como una verdad inmutable en la que estamos inmersos. Es ésta una soledad acaparadora y reacia, generando fricción y un terrible abatimiento. Incluso la misma soledad se retira abandonándonos por completo y dejándonos en una experiencia dubitativa de sobre qué nos sostenemos y sobre qué configuración permite el desarrollo existencial.
    Por un momento la persona ha dejado de ver las dos orillas, está en mitad de un océano. Se encuentra con una dimensión angosta en la que no hay escapatoria porque no hay dónde ir. La sensación de aprisionamiento dentro de la propia vida se hace angustiosa, desgarradora. Uno toma consciencia del tremendo shock de saberse vivo. Se experimenta la fuerte vivencia de que estamos sujetos a finitud sin posibilidad de escapatoria. La propia realidad nos da la espalda, nos deja huérfanos de ella misma en una honda soledad más allá de la ausencia de personas alrededor nuestra.

    La desrealización se torna impositivista, pues de alguna manera no elegimos cuándo adentrarnos en esa dimensión, sino que ella misma nos envuelve con su manto acaparador y dejándonos en una esfera en la que ordinariamente no hay posibilidad de acceder.
    En ese momento de estupefacción, de convencimiento de falsedad en todo lo que nos rodea, se revela una inclinación a descifrar la conquista de sentido último de todo el montaje existencial. Pero de nuevo, el muro de lo ignoto, irrumpe para bloquear el paso y bloquear el acceso que quisiéramos transitar. Nuevamente somos expulsados hacia la realidad aparente en la que normalmente nos manejamos, quedando esfumada aquella que pavorosamente se ha presentado. En ese instante hemos sentido una soledad cósmica fuera de lo común. Nos hemos visto envueltos en una envoltura carnal que es regida por sus propias leyes ajenas a nosotros, y que habitamos un físico corporeo pero que no lo llega a ser todo, pues en ese momento hemos sido capaces de asomarnos a otro tipo de percepción más directa que el que habitualmente estamos acostumbrados.
    Esa realidad desrealizada nos deja una huella de nuestro paso efímero en este plano vivencial. Vivimos como más real que nunca el que algún día el recorrido tendrá su fin y que ese sentimiento escapa a una comprensión racional o intelectual. En ese momento no sólo nos abandona la realidad que nos acapara, sino la mente común, pues en esa esfera no opera como habitualmente está acostumbrada.
    Estos encuentros bruscos son idefinibles e inasibles a la lógica. No pueden ser estirados a la espera de un entendimiento lógico, pues en el momento en que se presenta ya comienza a escurrirse de nuestras manos. Provocar esos accesos también es fallido, porque el intelecto no puede ni acercarse a esa dimensión. Es en el capricho del momento y donde el repentinazo nos da ese ¨toque¨ que termina por girarnos ciento ochenta grados. La persona que ha tenido que vivir y vivirse en ese teatro fantasmagórico, siente que algo ha cambiado. Algo se ha removido en él. Ahora hay algo más. Algo que trata de llamarnos la atención mediante un juego rocambolesco. La vida, en la que tan inmerso se había sentido hasta ahora, se convierte en un simulacro en comparación con esa otra realidad que se oculta tras todo lo consistente.

    Tras esa traumática experiencia de que se insustanciabiliza todo a su alrededor (incluyendo en muchos casos uno mismo -despersonalización-) deja en la persona un choque adicional que rompe con todo lo que anteriormente había conformado. Duda de la veracidad de la realidad, pues ahora el esfuerzo es por sentirla consistente. Haber sentido como se diluía la energía que permite la sustentación de todo lo manifestado, advierte en el sujeto un acercamiento a un estado de locura pasajero, dejando una huella en la persona que poco a poco deberá de ir eliminando. Ese momento de delirio provoca confusión y dolorosa apreciación de una realidad expuesta ante nosotros, pero con acceso a un backstage ocultado hasta ese momento. Se produce una fricción entre realidades paralelas, se tambalea la creencia de qué es o no real, pues aunque haya sido lo más parecido a una alucinación, ha sido vivenciado como la mayor de las realidades.
    Otras veces parece que esa sí es la única realidad, lejos de todo lo manifestado es como si en ella todo quedara depositado y que nunca se terminara de presentar. Es como si se deslizara sobre sus capas y se antepusiera ante nosotros para dar testimonio de su veracidad y después, retornara a su letargo donde reposar. El pavor puede dejar atónito a quien lo experimenta, porque no hay dónde agarrarse ni dónde cogerse. Uno se siente perdido, la brújula ha fallado. El mapa se ha deteriorado y no permite ver su contenido. Se nos oculta un camino que pensábamos que controlábamos a la perfección. La sensibilidad aflora, el alma parece que traduce aquello que no ve los ojos. Parece que uno ha descubierto un truco de ilusionismo en el que estaba atrapado.
    Una vez pasa el vendaval todo vuelve a la misma sintonía. Parece que todo el desbarajuste se vuelve a ordenar ante nuestros ojos. Ya no hay pruebas, todo vuelve a reajustarse como antes. Parece que, juguetonamente, la existencia nos ha gastado una broma macabra, nos ha invitado a una especie de escondite donde participan, no sólo los objetos visibles y tangibles, sino todo lo que pertenece a la esfera de lo inanimado e inmanifestado. Jugar se convierte en un desafió, porque nadie conoce sus reglas ni cómo terminará el juego. La situación se ha desvanecido sin dejar rastro. No hay ninguna prueba concreta de lo que ha sucedido. Tan sólo la sensación de atino o desatino, porque quizás ese intervalo desconcertante sea como un muestrario reducido de la inconmensurable vastidad de la existencia.
    Ese sabor de boca puede quitar el apetito o despertarlo, según se proceda. Quizás, ese sabor amargo sea un primer plato de otro más rico y dulce. ¿Quién sabe? El hecho es que a quien le suceda repetidas veces debe proceder a destinarle un significado para que no quede en una estéril sensación desagradable y, quizás, sea el indicativo de que debemos no conformarnos y rastrear esa otra realidad que se va escurriendo de nuestra compresión reducida.

    La desrealidad va de la mano de orígenes de ansiedad. Puede llegar a ser una de sus maneras de posicionarse ante nosotros, pues esa fragmentación del exterior no es más que la misma división de nuestro interior. Los estados ansiógenos pueden desencadenar ese punto álgido de desrealización donde todo lo que está rellenado pierde sustancia y nos convierte en espectadores de ese cruce de sensaciones que terminan por desgarrarnos. Ese estado puede alcanzar el miedo o pánico, creando un círculo vicioso y donde su representación alcanza el grado de fantasmagoría.
    Una vez la persona experimenta este tipo de sensaciones, se puede crear cierta sospecha a que puedan producirse de nuevo, y cualquier factor estresante puede desencadenar el detonante para que se active. El cuerpo se prepara para la huida, pero ¿adónde? No hay más lejanía que nosotros mismos, ni más cercanía que nuestra propia realidad. Podemos huir de todo menos de nosotros mismos. Dan ganas de pedir auxilio, pero ¿a quién?
    Aunque sí que es cierto que ciertas medicaciones pueden servir de gran ayuda, siempre apelaré a que ciertos desajustes internos se resuelvan en su lugar de origen. Para ello hay un gran arsenal de herramientas que permiten integrar a la persona para no sentir esa sensación de división ,tanto exterior como interior. Yoga, meditación, pranayama, enseñanzas, cambio de actitudes... Quien no lo vive no lo entiende. Además, quien lo padece debe cargar con la incomprensión por parte del resto, pues ni por asomo asocian ese estado a su historial de vivencias presentadas.
    El buscador pone en marcha un mecanismo de rastreo tras experimentar esas experiencias, pues como una puerta entreabierta, permite vislumbrar un rayo de luz en mitad de la oscuridad. Tratará de estar más atento, más consciente y, si se vuelve a presentar cruzará ese túnel angosto y llegará a recorrerlo hasta el final.


    Para el buscador es un motor que le moviliza a desperezar ese potencial oculto interno, ya que interpreta estos accesos como una especie de duermevela espiritual, donde la cruda desrealidad nos aborda para indicarnos que aún no debemos desfallecer en el intento de alcanzar el despertar de la consciencia. El buscador trata de conciliar ese conflicto que se le presenta para transcenderlo y avanzar en el sendero espiritual.
    Al igual que en un bloque de mármol la estatua ya se encuentra dentro. Debemos tallar hasta alcanzar la verdadera esencia que nos insufla y permita reconciliarnos a una realidad más elevada, y evitar así, la enemistad existencial.

sábado, 12 de mayo de 2012

La madurez.

    Envejecer es inevitable, madurar no. Alcanzar la vejez es permitir a la naturaleza completar su plan; madurar es implicarse en un desarrollo transformativo donde nadie puede hacerlo por nadie.

    Hay una diferencia muy notable entre la persona anciana y la que ha madurado. En una persona madura no sólo ha cambiado la carcasa, sino quien la habita. En cambio, una persona podrá haber envejecido, pero internamente se siguen manteniendo los mismos rasgos que lo conformaban décadas atrás.


    La vida puede convertirse en un tránsito que nos acerque poco a poco hacia la muerte, o en cambio, convertirse en un camino donde la persona proceda a hacer de su recorrido una vía de transformación y desarrollo. Madurar no es gratuito, hay que estar presente. No se genera a nuestras espaldas ni por un descuido. Es un florecimiento arduo donde se debe ser consciente de cada momento en que es regado. Nadie madura por accidente. Puede alguien parecer madura en apariencia, pero en esencia mantener los mismos condicionamientos arraigados que impiden evolucionar en la senda de la maduración. Madurar no es acumular experiencias, sino extraer la sabiduría de las mismas. La madurez no es haber agotado años con un gran cúmulo de sucesos vividos, sino haber alcanzado cierto grado de plenitud y haber comprendido de una manera profunda la dinámica de las circunstancias. Esa extracción enriquece un conocimiento que está más allá del intelectivo, pues al ser experiencial, sólo le pertenece a quién lo ha vivido.

    Una persona que no ha transcendido el conocimiento intelectual, se ha quedado a las puertas de otro que está más allá del meramente ¨prestado¨. La diferencia radica en que uno se va pasando de unos a otros, y el experiencial nace del núcleo más interno de uno, que al haber sido removido y descolocado, adquiere la manera de volver a situarse dando un nuevo modo de anclarse, y no dejándose arrastrar por lo que antes le zarandeaba con tanta facilidad. Ese ¨haber transitado por un camino¨, despliega un potencial oculto para facilitar la lección aprendida y no tener que volver a retroceder, para de nuevo, recuperar algo que hubiéramos dejado atrás.

    Para entender la madurez, primero hay que entender qué no lo es. Alcanzar el destino no significa haber disfrutado del paisaje. Alcanzar una cuantía de edad no significa haber progresado en la realización de uno. Se puede haber aprovechado esos años para alcanzar logros, aspiraciones y un montón de cúmulos materiales. También para ir depositando en el desván de cada uno, todas las experiencias vividas y creer erróneamente que sustentan nuestra privilegiada madurez. La madurez no es un archivo para acceder a cada una de nuestras vivencias y recordarlas como que estuvimos ahí. La madurez va más allá de un historial psicológico, pues nadie guarda las cáscaras de una naranja, inteligentemente sólo se aprovecha el zumo. Se confunde el cúmulo de años y el haber vivido antes ciertas cosas con la madurez, cuando en el fondo no es más que una demarcación en la existencia. Si alguien ha nacido antes que otra no le sitúa en un peldaño de madurez, lo que sí indica es que ha dispuesto de más tiempo para alcanzar dicho peldaño, y serán sus actitudes lo que mostrará si ha llegado a conseguir ese escalón. Si una persona ha estado antes en un lugar, nos podrá decir que se encuentra uno allí, pero el síntoma de madurez no es el conocimiento previo de ese lugar, suceso o circunstancia, sino su comprensión y entendimiento de con qué actitud afrontar dichas parcelas.

    Todo queda dentro. La madurez es una construcción en las que sus cimientos se originan en el interior de la persona. Se derrumban y se vuelven a construir. Es un proceso lento y de reconversión a cada momento. La madurez no alcanza un culmen extático y petrificado. Es un proceso envuelto en la dinámica acorde con los compases de la vida. No es un proceso paralelo al devenir cotidiano, sino que necesita del mismo para ponerse a prueba y desenmascarar todo aquello que parecen ser capas de madurez y que en el fondo impiden su acceso y desarrollo.

    La madurez no es un escaparate. No sirve para imponer y aunar todas las consideraciones. Una madurez así habría que ponerla en tela de juicio, pues su envoltura no nos asegura un dulce para ser digerido. La persona madura no alardea de ello, pues entiende que aún le queda por madurar. No lo utiliza para hacer de menos al resto y exhibir un rango de superioridad que dista mucho en quienes les rodea.

    La madurez es sencillez, humildad y no un revestimiento de sofisticación. La madurez no es una coraza rígida, sino todo lo contrario, un estado de apertura. La persona madura halla en sí misma todas las habilidades para manejarse con las circunstancias de la vida. En él se han ido forjando todos los recursos y el paso del tiempo se convierte en una herramienta más para el auto aprendizaje y el desarrollo. El tiempo transcurrido no se convierte en un aval de muestra, no es un dinero ahorrado, sino una dimensión en el que los hechos han incitado la transformación y han encauzado los enfoques y cambios de actitudes de la persona, y que además han permitido el tránsito de las circunstancias debilitando la fricción y ganando la batalla al bienestar a pesar de todo. La extracción se convierte en sabiduría, no porque sea el resultado de los acontecimientos vividos, sino porque han permitido despertar en nosotros las modificaciones que nos hacían falta y han catapultado otra manera de entendimiento más acorde con el lenguaje existencial.

    La persona que transita la senda de la madurez ha ido perdiendo toda clase de enemistad. La madurez es integración y falta de división. Es tomar las riendas de la responsabilidad de cada uno sin tener que cargárselo a las espaldas de nadie. La madurez es el anfitrión perfecto para las vicisitudes de la vida, pues ese prisma permite vivirlo desde otro enfoque y punto de vista. La madurez no es reprimir ciertos estados por el ideal maduro. Es una ubicación dentro de un margen de entendimiento donde no queda el sujeto desprevenido ante los acontecimientos.

    Es síntoma de madurez y de salud emocional los estados de visión cabal, ecuanimidad, sosiego ante los imprevistos, desarrollo de la capacidad de entendimiento y ponerse en el lugar de los demás, comprensión, contento interior y predisposición a cooperar con los demás. Son síntomas de inmadurez rasgos como envidia, celos, animadversión, reacciones desmesuradas, falta de comprensión, egoísmo, alardeo de cualidades de las que se carece...
    Un hecho puede ser el mismo, pero no será igual recibido por la persona madura que por la inmadura. Ante el mismo hecho o circunstancia se pueden volcar todo tipo de conflictos o por el contrario, observarlo y desarrollar la capacidad de comprender y proceder a su arreglo inmediato. La persona madura no se aflige constantemente, sabe coger y soltar a cada momento. Entiende la diversidad de los fenómenos y trata de dejar cierto margen ante los mismos. Cuando hay que llorar, llora; cuando hay que reír, ríe. No está programado para actuar de un determinado modo según la conveniencia del momento. Reacciona al instante y con la vivacidad observada desde la consciencia, pues agarra la impulsividad y no permite una anómala respuesta.

    La persona inmadura se mueve en una dirección de rutina diaria -independientemente a sus actividades-. Presta sus energías a las lamentaciones -hablamos de las repetitivas y neuróticas- y no procede a escalar otro nivel psicológico. La persona que cree ciegamente que es madura tampoco ofrece un avance en su evolución, pues detenido en su convencimiento no divisa otras alternativas que le permitan salirse de su estancamiento emocional. La persona que va madurando y que entiende que ese camino nunca se detiene, ve con otra perspectiva las cosas. Todo pasa por un filtro mezclado de comprensión e intuición que le permiten acceder a  procederes menos equívocos y ajustados a guardar su integridad sin dañar la de los demás.
    En la senda de la realización de sí, la madurez va acompañada de la mano de la consciencia. La consciencia es la herramienta que permite enfriar todo aquello que no deja evolucionar a la madurez. Son rasgos internos que todos arrastramos y que en su brote nos hacen retroceder por convertirnos en presa de nosotros mismos. Su observancia y detectación, permiten ser enfriados y dejar emerger otro tipo de reacción más cercana a la calma y no tan aproximada a la agitación. Incluso el sufrimiento es vivido por la persona madura, pero con otra reacción. La pena también es vivida por la persona madura, pero con menos aversión. Todo entra en cabida, pero la madurez nos hace más dueños de nosotros mismos y es una especie de ancla ante los torbellinos emocionales procedentes tanto del exterior como del interior.

    El buscador rastrea la madurez como símbolo de su eje que nunca ha dejado de estar, pero que por identificación no nos conseguimos ni asomar. Busca y busca la madurez espiritual, no como un rango ni como una obtención recompensatoria, sino como un acceso a su naturaleza más real, distando de las deficiencias emocionales que no hacen más que entorpecer la senda de la realización.

    La persona madura suelta la carga del saco de las experiencias y se queda con lo provechoso de las mismas. Libre de lastres sigue con su camino; no tiene más posesiones que la de sí mismo. Su pasado le recuerda quién es ahora, pero no lo rumia constantemente en memorias pretéritas. Su corazón no está atrincherado por las heridas recibidas, sino que mantiene una actitud compasiva hacia el resto -que eso no difiere que no vele por sus intereses-, y trata de hacer de su experiencia, a veces amarga y otras dulce, un valioso tesoro donde él ha guardado dentro, el más preciado valor que jamás nada ni nadie pueda nunca sustraerle.

viernes, 6 de abril de 2012

La comprensión.

    La comprensión es el desarrollo de una visión amplia y panorámica, que permite a su vez, obtener un prisma detallado  de los hechos sin la inclinación hacia uno u otro extremo.

    Porque la vida es una dualidad en sí misma, muchas situaciones o circunstancias están recargadas de contrariedades y eso impide determinar un posicionamiento dentro de la lógica. Optar por la incomprensión es como atrincherarse sin dar un paso a la observancia que pueda ir desmarcándose constantemente para recapitular todos los puntos de vista posibles. Sujetarse a la rama impide abrazar el árbol, y sus frutos consecuentemente van cayendo sin que podamos atraparlos. Una vez ya están depositados en el suelo nos damos cuenta de lo que hemos dejado escapar por mantener una posición fija y estática.


    La falta de comprensión es un rígido escudo que nada le puede arañar. Tras él se oculta todo tipo de inseguridades que no permiten desplegar otro tipo de entendimiento y acceder al modo final de ser de todo lo acontecido. La incomprensión es crear un acceso restringido hacia todas las variables para tener la sensación de asir el estrecho margen que ofrece la circunstancia.
    Comprender es alcanzar la cima más alta y poder así, divisar todo desde ese punto tan elevado. Es permitir una cierta distancia con los hechos para no implicar la parte emocional y ésta no se vea salpicada por la misma. Desde ese punto no sólo son visibles los hechos, sino que además se despliega la intuición. Ésta se despierta ya que no se siente aprisionado por la capas de los conceptos y los prejuicios.

    Una comprensión consciente es no agarrarse a culpabilizaciones que se crean desde los propios miedos internos. Comprender no es falta de posicionamiento o firmeza, simplemente es no anteponer adelantadas afirmaciones y apelar por una amplitud de entendimiento y que se pueda dar así un veredicto menos cerrado y tajante. La comprensión, como cualidad y actitud positiva, debe ser bien entendida para un provecho de mejora humano y de convivencia, no para fines personalistas por parte de los demás o para obtener diversos privilegios.

    La verdadera comprensión no nace de observar y juzgar a los demás, sino de la auto observación. Decía un maestro a su discípulo: ¨ Porque soy débil, entiendo tu debilidad¨. La verdadera comprensión nace de la movilidad de ponernos en otro lugar para hallar la cercanía objetiva del asunto. También nace del alcance de entender las distintas leyes que rigen a nuestro alrededor. Entre otras: la ley de la transitoriedad -nada es para siempre-; la ley de las variables -todo está sujeto a variables, nada es fijo-; la ley de la inseguridad -por más que queramos siempre habrá cosas que escapen a nuestro control-.

    Ese entendimiento deja un margen para encasillar los hechos sin asfixiarlos. A veces la comprensión es un bálsamo para la persona, pues no carga con el fardo de la indignación ni acarrea esa resistencia a la no aceptación. Eso no debe dar pie para la denuncia ante actos crueles, donde la comprensión no irá dirigida hacia el autor de un acto impune, sino a sus victimas o consecuencias. Hablamos de una comprensión en un nivel ordinario, de día a día. Una comprensión que facilite la comunicación entre seres y que no se genere una barrera infranqueable donde al chocar contra el muro de la incomprensión quede el resentimiento psicológico.

    Sólo comprende quien ha evolucionado, eso en incuestionable. La comprensión nace de una expansión de la consciencia. Una mente estrecha es como una habitación con una sola puerta, o se entra o se sale. Una mente abierta contiene más puertas, se ventila antes, por unas se entra y por otras se sale. La habitación es la misma, pero cuando logras ubicarte en cada una de sus puertas, adquieres la capacidad de verla desde otra perspectiva. Se produce un intercambio continuo -pero que no es pretexto para alcanzar una determinación-, y que habrá sido obtenida tras una mirada activa a todo el contenido que se mueve aleatóriamente.

    Todos los puntos de vista interactuan dando sus razones y la labor es acertar asépticamente con una visión que reuna dichos puntos pero que permita decantarse por la más provechosa y la más cercana a la idoneidad.

    Si algo le fata a este mundo es comprensión. Si aderezáramos con un poco de entendimiento no habría tanta fricción. Pero comprender se interpreta como una especie de rendición y nadie está por la labor de abandonar su posicionamiento petrificado. La comprensión sólo puede producirse en un estado elevado. Sólo cuando una persona ha conocido un nivel y otro, entonces, puede llegar a conocer conscientemente. Si sólo uno conoce la planta de abajo, no puede hacerse una idea de qué hay arriba. Cuando estás arriba -porque primero has estado abajo- ya si se conocen ambos puntos de vista. Entonces se adquiere la capacidad de comprender lo que sucede en ambos niveles; porque se han vivido, porque la respuesta comprensiva emerge de la experiencia, no de la posibilidad lógica del asunto. La lógica acaba por aplastar ciertos criterios que escapan a la misma. Es como agarrarse a un martillo que sólo golpea. Es la manera de zanjar el asunto en base a una respuesta ya dada, pero no moldeada para ajustarla el alcance de los hechos. Es una moneda de cambio para cualquier billete. Una transacción para cerrar acuerdos.

    Otras veces la comprensión puede ser fingida, pero no extraída de la luz de la sabiduría. Se convierte en un barniz donde resbalan los acontecimiento evadiendo la confrontación con los mismos. Es ésta una comprensión  maquillada, no integrada. Es una comprensión recubierta de mármol, donde la escultura aún no se ha sido tallada. No nace de un trabajo interior, sino de una evasiva a no enfrentar los hechos. Esto sólo puede generar falta de integridad y resentimiento, donde la factura ya ha sido enviada a la espera de llegar con el mensajero.

    No hay que confundir comprensión con justificación, porque a veces algo puede ser justificable pero no comprendido y viceversa. La justificación es muy superficial, permite levantar la barrera de paso, pero no se termina de acceder a la raíz de la proveniencia del asunto. La justificación es como un aduanero que permite el acceso mirando por encima, pero que no llega a indagar en lo que ha empujado y ha sido vivido por los ocupantes del vehículo para llegar a ese punto.

    La verdadera comprensión permite engrasar el enredo de la confusión y desanudar los hilos de la falta de visión clara. Es como desempañar el cristal que permite acceder a una perspectiva no obnubilada o translucida del asunto.

    Otras, la comprensión, puede ser una ayuda de doble filo, pues se puede producir un desmesurado apego
a su demanda, haciendo de quien lo padezca un excesivo acaparador de la misma, e incitando continuamente a su despliegue por parte de personas afines. En ese caso se produce un flaco favor, pues es una comprensión poco fiable que tan sólo pretende no desordenar nada y mantener una actitud de conformidad que evita cierto freno a la evolución consciente de una persona. Muchas veces la comprensión demandada se puede convertir en una adicción, dejando en ella el convencimiento o reiteración de nuestros actos sin que intervenga nuestra propia capacidad de discernir ante lo relevante. La verdadera comprensión va más allá de que alguien nos de su aceptación. Son muchas otras veces en que esa falta de comprensión consciente nos da un giro que permite correr ese tupido velo de confusión que antes albergábamos, y que gracias a ello, se remueve la urgencia de volver a calibrar otros puntos o aspectos para de nuevo enfocar el objetivo por el cual nos asomamos.

    En la parcela de la realización de sí, la comprensión es la culminación de asentar un entendimiento que logre sacarnos de nuestra estrecha percepción, y muestre otra manera de ver y percibir que hasta ahora no había aflorado dentro de uno. El buscador no sólo busca comprensión en lo cotidiano, sino otro tipo de Comprensión Final que revele una respuesta intuida hacia todo aquello que le descoloca. Sabe que comprendiéndose a sí mismo ya empieza a comprender algo. También, que comprendiendo que hay una parte incomprensible, está comprendiendo algo.



    Comprender es entender, aflojar, soltar, fluir... Es no volverse una roca de miras estrechas y ampliar magnifica lucidez hacia un desarrollo más humano y donde todos los seres guardan el derecho a no ser perfectos.

domingo, 18 de marzo de 2012

El arte de la queja.

    El enredo de la queja es interminable. A través de ella manifestamos nuestro desacuerdo o disconformidad ante lo que consideramos injusto o precario. La queja como tal puede ser vía de desahogo, pero insuficiente para proceder a la resolución de problemas.



    Una queja aislada procede de una respuesta puntual a un momento determinado, pero la queja repetitiva que va engordando a través de su enredo procede de la actitud reactiva interna, que tiene su origen en la petrificada conducta de reacciones ante un hecho que no encajamos. La queja crea ligadura y va creando un surco por el cual recorremos un sendero en el que justificamos nuestro malestar, asociado a un componente externo del cual no tenemos ningún control. Esa queja repetitiva adormece al sujeto, pues no ve más allá de los muros de la prisión que ha ido creando ladrillo a ladrillo.

    Inmerso en una burbuja compuesta por percepciones que no le permiten ver más allá de sus incontrolables actitudes, la persona no alcanza lograr cerrar ningún círculo, dejándolos abiertos y restringiéndole de alcanzar plenitud y bienestar interior.

    La queja compulsiva es estéril, confunde más que resuelve, enreda más que corrige. Es ilimitada, pues se retroalimenta constantemente y empaña la consciencia alejándola del entendimiento correcto y la visión clara. Las más valiosas energías operan a disposición de encontrar motivos para insuflar una queja. Ésta se convierte en moneda de cambio en el mercado de la disconformidad.

    La queja puede ser la alarma de que algo no es correcto o consecuente, pero si no va asociada de su corrección se torna en pensamiento incontrolado y lejos del dominio de la mente, pues ésta queda a la merced de una ofuscación que añade más conflicto al conflicto en sí.
    El hecho de cubrir un espacio en este mundo nos posibilita voz y voto, y servido de un razonamiento consciente, la queja obtiene un carácter constructivo. Libre de conflicto, la queja, puede arrojar luz hacia aquello que pueda ser mejorable, pero luego está esa otra queja que queda residual en el interior y que dispara un sentimiento de continua insatisfacción y una lucha con la no aceptación inevitable.

    A veces es difícil no caer en la queja. Vemos injusticias diariamente y falta de coherencia por doquier. Es tal la impotencia que sentimos que nos vemos obligados a alzar la voz. No queda otra. Pero el hábito de la queja puede quedar arraigado a condicionar el carácter. Una cosa es la reivindicación de derechos o la libertad como seres libres, y otra la reacción a disconformar con todo y hacer uso de la queja para un oportunismo libre. Todo ello es lícito de reclamo, al igual que todo lo cercano hacia los derechos humanos y al igual que la queja a todo aquello que nos aleje de la integridad que debe sentir cualquier persona.

    De lo que se trata en desarticular es la queja neurótica en la que muchas veces el ego herido se oculta y nos incita hasta oírnos quejar. Es queja mecánica la que no es instrumentalizada como trampolín para movilizarnos y tratar de aunar mejoras. Es la queja que nos sumerge en ñoños estados anímicos y en la que demandamos una exigente consideración por parte del resto. Es la queja que en un momento dado sirve para manipular o ser manipulados, pues de alguna manera se espera una respuesta que cubra las expectativas demandadas.

    Transcender la inclinación a la queja neurótica y victimista, es tomar las riendas de la responsabilidad de cada uno y comprender que nuestro lado más difícil no puede ser resuelto por nadie. Es asumir que o actualizamos nuestros puntos de vista o seguiremos encadenados a la reactiva queja que altera el estado de ánimo y empobrece cada instante vivido, pues éste se mantiene cubierto por la nube que ensombrece la circunstancia.

    Dicen que el ser humano es inconformista por naturaleza, y en parte es bueno siempre que nos acerque a mejorar todo aquello de lo que no estamos conformes. Si se vuelve obsesivo o crónico sólo se verá una cara de la moneda. Si no tenemos algo, nos quejamos; si lo tenemos, nos quejamos porque no es como queremos o no se ajusta a lo que esperábamos. La queja es un péndulo que oscila de un lado a otro. Transcenderlo es situarse en la parte alta del péndulo -en su parte inmóvil-, observantes, y viendo cómo va perdiendo fuerza a medida que no nos implicamos en su empuje. La aversión o rechazo pueden ser los detonantes del inicio de una queja, que insistiendo en que sea fundada en razonamientos y asociado a velar por uno mismo, carecerá de interpretación racional y en ese surgimiento de no-aceptación, se desencadenará todo un arsenal de mecanismos que se activan frente a ese rechazo iniciado.

    La queja neurótica y repetitiva debe dejar paso a otro modo de percibir y reaccionar. Entender que muchas veces son nuestras percepciones fundadas en miedos o estrechos puntos de vista, lo que no permiten vivir fluyendo en la aceptación. Esa aceptación no es resignación, sino un entendimiento más amplio del alcance de la mejora.

    Cuando hablamos de nuestro mundo interior o la larga senda de la realización, vemos que no hay cabida para la queja, porque su desgaste elimina el extra que se necesita para proceder al empleo de herramientas que nos empujen a la mejora anímica y emocional, además de la espiritual y mental.

    La manera de vencer la queja mecánica es proceder a enfriarla sin reacciones desmesuradas. Tratar de ver el vaso medio lleno en vez de medio vacío. Contrarrestarla con su opuestos, como la aceptación consciente, la ecuanimidad y el desarrollo de las mejoras dentro de un margen razonable. Evitar el embaucamiento de los demás a través de la inclinación de la queja verbal; evitar ser embaucados a posicionarnos ante quejas de los otros. Evitar reacciones desmesuradas de rechazo ante lo inevitable y tratar de hacer de la queja un motor de movilización que permita desplegar una maniobra de mejora.

    En definitiva, hagamos por ocuparnos en vez de preocuparnos. Hagamos -si la situación lo requiere- por alzar la premisa de nuestras reivindicaciones sin estirarlo hasta convertirlo en esa queja de inercia que no hace más que rodar y rodar convirtiéndose en una gran bola de nieve.

Pongamos todos los medios para evolucionar y tratar de coger y soltar a cada momento, dándole su propio peso específico y no sacrificando nuestro potencial en rumiar el inconformismo que nos envuelve.

domingo, 26 de febrero de 2012

El valor.

    Vivimos en un mundo donde muchas veces se confunden los términos. Externalizados en aparentar, vemos en nuestras acciones o conocimientos la manera de hacer visible nuestro valor, inmersos en todo momento en un angosto espacio donde poder expresarnos.
    Sujetos a un yo social, tratamos en todo momento de no pasar desapercibidos, y argumentar pues, nuestro posicionamiento en la sociedad. El valor es algo que está muy supeditado a un baremo de quien lo proyecte. Si colocamos un Ferrari en mitad del desierto, su valor quedará reducido a la necesidad que en ese contexto se pueda desarrollar. Si le preguntáramos al desierto, éste nos diría que puede estar sin él, que nunca le necesitó; pero sí en cambio, alguien perdido por las dunas lo encontrara y le salvara, tendría un gran valor. Las cosas intrínsecamente vienen vacías de valor a la espera de que nosotros se lo depositemos. También será nuestra capacidad de valorar lo que termine por adjudicar dicho valor.
    En el campo de las personas, el escaparate social ya habla por nosotros. Sobre él vertimos toda serie de ropajes y vestimentas para agradar en todo momento a quien decida asomarse. Al final, quedamos atrapados sobre el edulcorado que vamos vertiendo y terminándonos por identificar en aquello que creemos que habla por nosotros.
    Mientras que nos perdemos en el escaparate, dejamos de lado el interior de la tienda. Pocos son lo que se asoman a los recovecos internos prendidos por la atracción que despierta el escaparate público. Pocos aún los que deciden dar media vuelta para escudriñar todo aquello que no es visible.
    Ante esa premisa, el campo de la autenticidad queda doblegado, pues los maniquís -como en la vida real- tan solo realizan una pose. Se les cambian los ropajes, el entorno, el decorado, pero por dentro se mantiene una postura de rigidez. La vida pasa ante él sin la menor intención de ajustarse a la dinámica, pues envuelto en una esfera visual hacia los demás, se mantiene seguro y exento.

     Siguiendo la misma similitud, podríamos decir que una persona identificada completamente con su yo social (que no decimos que no se pueda/deba participar en la sociedad, sino su identificación ciega) queda refugiado ante el cristal del escaparate que sería su personalidad. Si alguien quiebra esa personalidad se vería desprotegido hacia el resto, pues por sí mismo no ha obtenido los recursos suficientes para manejarse con una realidad alejada de la personalista.
    Tanto se ha mantenido en su postura ante los que le observaban que se siente incapaz de dar un paso por sí mismo. Entonces toma consciencia de que lo que creía que le protegía era algo fácil de quebrar. Que su entorno que consideraba estático es modificado a la mínima. Que lo que le embellecía ahora no le sirve para salvaguardarle. Se quiere proteger y no sabe cómo. Entonces cae en la cuenta de que algo no ha explorado, intuye que hay una zona que no ha recorrido. Si mira hacia el frente ve más de lo mismo. Entonces gira hacia dentro y ve que más allá del escaparate se esconde algo que también le pertenece. De hecho, de allí provenían los ropajes y las confecciones, pero siempre mirando hacia fuera no captaba esos orígenes.

    Traspasa el escaparate y se asoma hacia una oscuridad que resalta ante la fuerte luz que antes presenciaba, pero era una luz artificial, programada. Mirar hacia dentro despierta curiosidad y dudas, pero también un fuerte temor. Todo tipo de contradicciones y ambivalencias se despiertan en la persona, pero ese tipo de curiosidad despierta movimiento en el maniquí estático. Empieza a saborear cierta libertad, pues de alguna manera comienza a moverse por su propia decisión. Nadie le indica cómo hacerlo, qué pose utilizar para atraer las miradas de los demás. Comprende que eso le agotaba, no era su verdadera naturaleza, aunque tratara constantemente de autocreérselo por su actitud escaparatista.
    Una vez va pasando, la luz que le cegaba no le permite ver lo que la aparente oscuridad guarda. De hecho quiere retroceder y volver a lo que le alumbraba, pero entiende que si retrocede el miedo se irá haciendo más grande. Ahora no hay vuelta atrás. El maniquí comienza a descubrir algo que antes se mantenía solapado. Comienza a sentir y sentirse, percibir y percibirse. Ahora ya no centra toda su atención en la contestación de miradas, ahora lo puede repartir en lo más cercano a sí mismo y empezar a experimentar una naturaleza real lejos de la rigidez que antes le consolidaba.
    Sigue dando pasos hacia dentro, sigue curioseando aquello que mantuvo al margen. Ahora no importa si los demás miran o no; él va directo a un encuentro con una realidad más intima. La oscuridad de la tienda también lleva una gran carga de silencio. Siente que sus ojos descansan de esa luz cegadora y descubre que ese silencio le reporta bienestar e integración. Descansa de una manera total, tampoco tiene el porqué emularlo. Comienza a chocarse con muchos objetos, de hecho le causa un gran dolor. Muchos son repetidos y evitan una aparente avance dentro de la oscuridad, pero cada vez más, sus ojos comienzan a acostumbrarse a dicha luz. Comienza a denotar que, inmerso en la oscuridad, empieza a apreciar distintas figuras estáticas como la que puede ser él. Intuye que son sus reemplazos -sus distintos yoes-, que en latencia se mantienen ocultos. Sigue tropezándose, pero cada vez más se adelanta a los objetos y el golpe no es tan duro. Se acerca a una zona donde se encuentran diferentes telas, distintos tipos de vestidos. Comienza a sentirlos y comprueba que aunque muchos no son de su agrado, se ha sentido en múltiples ocasiones obligado a ponérselos. Siente cierta pena pero lo acepta como algo que en su momento tuvo que ser así.
    Sigue aproximándose más y más hacia el fondo. Ahora no se oye absolutamente nada. De hecho ha perdido la luz que antes le cegaba, ha quedado a lo lejos. Sus ojos cada vez están más habituados y le permite tener cierta referencia de por dónde está andando. El silencio le permite escuchar algo que estaba solapado. El propio latir de su corazón. Su propia respiración. Era algo tan cercano pero que le pasaba completamente inadvertido.
    Ahora se siente integrado. Afincado en sí mismo. Ha profundizado en sus adentros con sus propios pies. El camino estaba hecho, sólo tenía que abrir una puerta y acceder. Enfrentar el temor de lo desconocido y traspasar la oscuridad que le embargaba.

    Ahora es cuestión de buscar un interruptor. Tantea todo lo que puede, y descubre que lo tiene más cerca de lo que pensaba, tan sólo era cuestión de atinar. Lo alcanza y lo enciende, pero de súbito se funde la bombilla. En ese instante ha tenido un destello de ese interior alumbrado. Por un instante ha sido capaz de vislumbrar otro tipo de visión más amplio y reconociendo todos los objetos que coexisten en la habitación.
    Vuelve a estar en la oscuridad, pero al menos tiene cierta esperanza. Ese atisbo le da otro tipo de comprensión y ya al menos sabe que, en cuanto hay luz, no puede haber oscuridad. Es cuestión de seguir rastreando, buscando. A veces confunde las cosas, los términos. Da por real un interruptor que no lo es. A veces queda aturdido porque ha llegado a perder el camino de origen. La angustia y la zozobra asoman, y despavorido no sabe dónde dirigirse. Es momento de parar -se dice a sí mismo-.         Queda inmóvil, pero no es esa quietud ficticia, sino la que permite el sosiego y la claridad -incluso en las sombras-. En ese parar comienza a tomar consciencia, a esclarecer todo lo que le ha llevado ahí. Comienza a buscar, pero ni tan siquiera entre la oscuridad, entre los objetos, sino en él mismo. Se palpa y más que nunca se le acelera el corazón. La respiración se agita y da con aquello que siempre le perteneció pero nunca percibió. Consigue de
uno de sus bolsillos una linterna. Ahora es él quién la enciende. Ahora descubre que había hecho todo ese recorrido con la luz a cuestas, pero también le permite valorar el aprendizaje extraído. Ahora enciende dicha luz y más aún, dirige hacia lo que quiere ver. Es una luz dirigida por la consciencia que le permite detectar los obstáculos en su camino.
    Ahora descubre que todo lo que cubría el manto de la oscuridad queda visible hacia sus ojos, y que es de un gran valor. Un valor que siempre ha estado ahí, a la espera. Ahora ya ha reconocido todo el lugar. Observa a su antojo y decide por dónde transitarlo. Ahora es libre, primero porque se mueve espontáneamente; segundo, porque alumbra intencionadamente. Ya ha comprobado lo que le aguardaba, lo que se mantenía oculto. Ha descubierto que la falta de luz le ha obligado a agotar recursos hasta encontrar su propia luz interior. Ahora puede volver hacia fuera, porque es distinto, porque sabe que en cualquier momento podrá volver a dentro. Porque sabe dónde se oculta otro tipo de realidad.
    Ha tenido que, por momentos, desprenderse de su pose, de su papel.
    Ahora no le importa volver a él, porque en el fondo sabe que es mucho más que eso.


domingo, 5 de febrero de 2012

La opinión de los demás.

    ¿Quién no ha tenido la inclinación de saber qué opinan los demás de él? Todos hemos caído en la tentativa de escarbar en los juicios que despertamos en los otros. ¨Según sean las opiniones, así nos sentiremos ¨, y ante esta premisa, las personas vivimos para un yo de escaparate y damos la espalda a un yo más esencial o real.
    Es muy difícil no caer en la red de las opiniones ajenas, pues de algún modo nos sirve para ver el reflejo de nosotros mismos, que por contra, no sabemos encontrar sin la necesidad de la opinión externa. En una sociedad donde los prejuicios nos envuelven con tanta fuerza, es muy inusual quedar excluido del alcance de una opinión procedente de fuentes exteriores.

                                                         
    Ante este amasijo de juicios de valor, moralidad convencional y clichés socioculturales, el sujeto acaba dándose de bruces ante el muro de lo idóneo, pues ciertamente no sabe cómo acertar sin que le salpiqué la daga de la crítica. Dependerá de la naturaleza de la persona el que encaje bien una crítica o no; también dependerá de hasta qué punto es o no constructiva. Hay personas que en seguida se vienen abajo, otras, les produce indiferencia, y en otras, les despierta un afán de mejora.
    Como cada persona que recibe una opinión es un mundo, también lo será quién lo lance. A veces se produce el fenómeno de la proyección, y ante diferentes personas o hechos, tan sólo proyectamos lo que más nos disgusta de nosotros mismos o lo que realmente tememos que nos suceda. Es muy difícil ver las cosas tal y como son sin que se inmiscuyan los miedos, inseguridades y la autoafirmación del ego, siempre presto a enredar con sus constantes opiniones. El ego juega un papel crucial, pues en última instancia es una lucha de egos y no una comunicación de seres. El ego sobrevive a través de sus afirmaciones y se ve en la tesitura de defender aquello en lo que se ha posicionado, aunque a veces no sea lo que realmente cree, pero que sin embargo, le permite sobrevivir a base de cargas de razón ante los demás. En otras, el ego, se sumerge en la desesperanza, pues no entiende cómo es blanco fácil de todas las dianas. Observa que aún no habiendo tenido intención alguna, toda crítica cae en él como la más torrenciales de las lluvias.
    Locutor e interlocutor; padres e hijos; jefes y empleados; todas las personas interactuamos en un cruce continuo de opiniones hacia el resto. Habría que analizar no el hecho en sí, sino la dependencia a criticar constantemente o la inclinación a saber reiteradamente qué imagen tienen los demás de nosotros. También habría que valorar hasta qué punto nos afecta las opiniones más malévolas, y hasta qué punto nos enaltecen los reconocimientos.

    Recibimos una crítica negativa y todo se torna con un manto de malestar. No encontramos sentido y no nos sentimos gratos a entablar una comunicación con el resto, pues observamos que no encajamos en los ideales ajenos. Recibimos un reconocimiento y surge una nueva dimensión de alegría, nos sentimos dichosos, todo retoma un color más vivo, todo vuelve a vibrar.
    Así nos convertimos en péndulos oscilantes de un lado a otro, yendo de acá para allá según nos dirijan con las opiniones y obviando que, si nos elevamos conscientemente,podremos alcanzar el punto del péndulo donde nada se agita. Pero para ello hay que escalar las cumbres de la mecanicidad, subir por la ladera de un autoconocimiento que no permita una opinión que no haya filtrado por el discernimiento discriminativo. De ese modo el sujeto ahondará más y más en las profundidades de su ser, dejando al margen lo que proviene del exterior (siempre y cuando no sea constructivo) y hallará en sí mismo el claro reflejo de lo que es.
    La persona ya no dependerá tanto de las opiniones externas para crear la suya. También ira desengañándose de las suyas internas, porque nada hay peor que los autoengaños que nos formamos, dándonos por arrogar cualidades de las que carecemos o sumando criterios erróneos que no nos pertenecen.
    También influirá la educación, el entorno, etc. Si hemos tenido unos padres que nos juzgaban duramente puede que seamos más vulnerables a las críticas. También debemos quitarnos la creencia ciega de que tenemos que encajar en los patrones de los demás y vivir los sueños de los otros. Hay mucha manipulación tras ello, pues la crítica constante no es más que el arma para provocar un cambio de actitud en la persona para que se ajuste más a nuestros criterios o intereses.  Una persona no aceptada es como una amenaza, y si además piensa por sí misma, se convierte en el mayor de los enemigos. Si además no da valor a lo que digan de él (insistiendo siempre en escuchar y sacar algo concreto) la persona estará cortando los hilos invisibles que muchas otras les encaja para manejar y tener la sensación de tenerlo todo controlado, incluso la vida de ciertas personas.
    La empatía y el tacto debe prevalecer, pues aun diciendo algo por el bien de alguien, éste debe recibirlo como lo que es: una ayuda.
   Las opiniones siempre estarán ahí; hagamos por no perder el tiempo en opinar y meternos constantemente en la vida de los demás, y mucho menos en alimentar lo que pueden decir de nosotros. Traspasemos ese umbral de consciencia y dejemos abajo el barrizal de las críticas y desconsideraciones.
    Bastante tenemos con nuestras vidas como para preocuparnos por la de los demás. Bastante con mejorarnos como para ajustarnos a los criterios de los otros. Realmente esforcémonos en conocernos, en asumir nuestros errores y aprender de los mismos, en hacer de la vida un propósito y no un despropósito, y sobre todo en comprender que somos muchos seres humanos utilizando un espacio en este planeta. Busquemos la tolerancia dentro de la que desarrollemos con nosotros mismos, pongamos límites con las personas injustas o aviesas. No nos incrustemos y hagamos de la evolución consciente un avance.
    Buda decía: ¨ Ellos me insultan pero yo no recibo el insulto ¨. Cargar con todo lo que oigamos es dar más importancia a la apariencia que a la esencia, y ahí es donde el buscador pone todos los medios a su alcance para eliminar el velo de las apariencias -con la que tanto se choca- y acceder a otro tipo de vivencia más rica y provechosa.

                                     
    La persona que busca en sí mismo el conocimiento último, entiende que será blanco fácil para llenar la boca de los que gustan de la crítica, pero inteligentemente aúna sus energías para no dejarse anclar en los enredos de sentirse constantemente considerado, y proseguir su marcha aun no entrando en el papel de ningún juego determinado.

domingo, 15 de enero de 2012

El sentimiento de culpa.

    Todos hemos sentido alguna vez ese juez interior que implacablemente dictaba sentencia.
    En ese momento la sensación de malestar nos invade, pues sentimos que no vamos acorde en pensamiento, palabra o actos, de nuestro patrón fijo determinado. La culpa cae ante nosotros quedándose fijamente adherida y embarrando cualquier situación que se presente.

         
    Nada tiene sentido de disfrute experimentado culpa, pues ésta tratará de interponerse, para con su presencia, recordarnos que su ausencia no será producida por el mero hecho del arrepentimiento. La culpa gana poder desde el inconsciente, pues en muchos casos es de donde emergen estos sentimientos.
    La culpa se impone en nosotros como la más adosada de las pieles, y se le añade la sensación de malestar y arrepentimiento que, mediante el canal del pensamiento, nos mortifica con su incesante condena. El enredo comienza al racionalizar -y no razonar- las justificaciones que provoquen remitir la magnitud del suceso.

    El sentimiento de culpa puede ser más duradero que una condena carcelaria, pues ésta nos hace prisioneros de la más difícil y deseadas de las libertades: la interior. La culpa tiñe toda atmósfera vivencial. Se llega a incorporar nada más despertar por la mañana, e incluso su impulso sigue interfiriendo a través de las imágenes oníricas que se producen en los sueños.
    La persona vive doblada con el peso de la culpa. Su carga cada vez se puede hacer más pesada e incluso acabar siendo incorporada a la rutina mental, ya que como un ruido de fondo, se mantiene a un lado de los procesos mentales. Su disolución puede ser provocada por el remiendo oportuno, por indiferencia, o por su propio desgaste.
Dependerá del grado de importancia que aportemos al sentimiento de culpa, y hasta qué punto el acto, palabra o pensamiento, llegan a tener un peso suficiente para provocar daños de inmensas magnitudes o resultados irreparables.

    La ecuanimidad, seguida de la reflexión lúcida y consciente, se convierten en herramientas para chequear el origen de la culpa, pues ésta a veces se camufla como una parte ya instalada de nosotros mismos. El sentimiento de culpa puede tener origen en creencias impuestas, ideales hacia nosotros, relaciones basadas en proyectar culpa para ser manipulados, o darnos cuenta también que hemos sido nosotros los que hemos manipulado. Otras, tienen un carácter más leve, como saltarse la dieta, no ir al gimnasio... Pero en cada uno de los casos, la sensación se basa en que nos hemos traicionado a nosotros mismos. Otras, podemos ser nosotros los que proyectemos culpa en los demás, pues nos permite en muchos casos prescindir de ciertas responsabilidades y acoplárselas a otros, saliendo airosos de una circunstancia.

    La culpa o arrepentimiento, produce una autoflagelación invisible hacia los demás. La consciencia se empaña y no ve más que la neblina de su sentimiento. La persona puede anhelar retroceder en el tiempo, pero empujado por el curso de la vida, siente que no queda otra alternativa que mirar hacia el frente.


    La culpa que no es instrumentalizada para reconocer el error y ejercitar el aprendizaje, sólo consigue robar paz y sosiego, pues solapado por la misma, estos estados no llegan a eclosionar en el sujeto. Las capas de culpa oscurecen cualquier florecimiento interior. Su fuerza compulsiva se va alimentando a medida que rumiamos con pensamientos repetitivos. Al no llegar a ser enfriado por la lucidez y la compasión hacia nosotros mismos, la culpa puede ir depositándose en el inconsciente, y en estado de letargo, esperar su activación a la mínima reacción que le despierte de su dormidera.
    Una culpa mal digerida se transforma en basura emocional y se convierte en un lastre que impide avanzar en la circunstancia vital.

    Una persona puede proyectar penitencias futuras que colmen la culpa interior. Otras veces se deja en manos de las casualidades, la señal o anticipo que afirme nuestra absolución, dejando la respuesta a calmar nuestro desasosiego en golpes de coincidencia que nos sirvan de orientación en la oscura inmensidad de la culpabilización.

    El sentimiento de culpa desgarra la paz interna, obnubila la consciencia y uno queda atrapado en la proyección de repercusiones anticipadas.
    El ser se sumerge y a veces queda cubierto por la presencia del ego. Éste se protege mediante autoengaños y justificaciones de todo tipo, quedándose respaldado en sus opiniones y protegido por sus afirmaciones.
    Sólo el anhelo de desinstalar la culpa nos puede hacer escarbar en nosotros mismos. Eso significa que iríamos profundizando hasta alcanzar el origen que promueve la culpa (siempre hablando de daños menores y sobre todo profundizando en el remordimiento; obviando los actos impunes o crueles, y menos aún, perversos), y descubriríamos el arsenal de miedos e inseguridades que hilan la culpa.

    La culpa en sí no es provechosa y desgasta la energía sin ningún fin en concreto que el de la autocompasión y la fricción con nosotros mismos. Sólo tiene sentido cuando se alquimiza con la firme resolución de querer modificar la actitud y las acciones en cuanto la vida nos vuelva a presentar la oportunidad de una repetida situación y, la afrontemos con consciencia resolutiva.

    Por no aceptar nuestros fallos evitamos que nos culpen; por no entender que los demás cometen fallos, buscamos culpables.

                                               
    El buscador comprende que la culpa desprende un hilo que, si lo sigue, le transporta hacia dentro. Trata de observar para no identificarse con ese proceso, entendiendo que sólo es una pequeña piedra dentro de un zapato y que a cada paso se manifiesta su molestia. Trata de analizar sus puntos de vista, inseguridades, miedos infundados y todo ese manantial de memorias instaladas que despiertan la incomodidad de la culpa. Trata de entender que el hecho de permanecer en este planeta va a distar de diversos intereses con el resto de personas y, que no por ello debe dejar de velar por los suyos, pero eso sí, tratando de no dañar a los demás. Comprende en su senda, que a medida que su personalidad se va desetiquetando, no hay lugar para culpas y reproches hacia uno, pues desarrollando la atención y la idoneidad, irá cubriendo sus circunstancias sin caer en negligencias y eligiendo con cordura, respuestas más conscientes y sabias.