martes, 22 de julio de 2014

Reseña Cartas desde el Nirvana. Blog: ¨Anescris¨

Reseña Cartas desde el Nirvana de Raúl Santos Caballero

     Bueno vamos al segundo libro de mi participación en el  tour Anescris. Sí, yo también participo y ahí va mi opinión:


     MI OPINIÓN:

     Bueno aquí tengo el segundo libro de Raúl Santos, que la verdad me ha sorprendido otra vez. Son de esos libros que hacen pensar, igual que su primer libro "El vecino de al lado", nos lleva desde sus historias a conocer un poco la doctrina del  Yoga, que muchas veces sin seguir esa doctrina hace que quieras interesarte más y, aunque no te interese mucho, es un libro interesante, ya que te da por pensar en tu vida cotidiana que es lo que puedes cambiar para disfrutar un poco más de tu alrededor sin que nuestra peor enemiga, nuestra mente o EGO,nos fastidie y nos amargue la existencia.

     Así que os recomiendo que conozcáis a Daniel y las cartas que su padre, Julián , le dejó para que le conociera y supiera de la vida que llevó hasta su fallecimiento. Creo que si supiera que me voy a morir, también le dejaría una carta a mi hija para que se la entregara alguien en un futuro, no creáis, yo lo he pensado y no es que me vaya a morir , tocamos madera, pero si pudiera hacerlo lo haría. El libro tiene 372 páginas y lo puedes encontrar en http://www.libreriacirculorojo.com/, aunque también puedes leer si te apuntas a nuestro Libro Tour Anescris.



     MI PUNTUACIÓN: 
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viernes, 18 de julio de 2014

La felicidad.

   Al hablar sobre la felicidad, primero, habría que preguntarse qué es, porque cada uno a nuestra interpretación, podemos ofrecer connotaciones distintas.

    La felicidad, comúnmente, es lo que constantemente buscamos, lo que deseamos o anhelamos según nuestro paradigma, entendiéndolo como una experiencia culmen permanente e idónea, para así transitar el recorrido en esta vida.
    Es una aspiración humana, un estado que nadie aborrece y con el que, según entendemos, concluiría todo el sufrimiento o gran parte de él. La felicidad puede ser enfocada desde muchos puntos de vista. Para unos puede ser momentos de entusiasmo; para otros, obtención material, y así un largo etcétera.
    ¿Pero realmente existe la felicidad como tal? ¿Es una quimera? ¿Es una dicha que nos pertenece como derecho propio?
    Cada persona tenemos una manera de entender y vislumbrar lo que consideramos ser felices. Hay quien lo establece como lograr una estabilidad, rango o un cierto estatus. Desde otra visión, el alcanzar un cierto equilibrio o armonía, también puede ser catalogado como felicidad o como predisposición a la misma. Quizás la felicidad no sea el mismo tipo de cima para todo el mundo, pues cada uno recorre su propia montaña. Lo que sí debería de ser un común denominador es que no dañemos por alcanzar lo que consideremos en ese momento por felicidad, pues teñida de dolor o sufrimiento ajeno, nunca podrá ser una felicidad noble.
    Existe el fenómeno de que el resultado de ser felices siempre viene dado por un esfuerzo requerido o un sacrificio llevado a cabo. Así, la felicidad, se convierte pues, en una recompensa merecedora, y en muchas ocasiones, diferenciada del resto. Pero ¿y qué sucede cuando la felicidad no llega o cuando creemos haberla encontrado se evapora?
    Puede ser una antesala a la frustración, o una desmotivación total ante el recorrido empleado en esa búsqueda incansable de la dicha suprema. También cabe valorar que vivimos en una vida de fenómenos transitorios, que puede hacer que un estado que consideremos de felicidad cambie, y por otro, que el contexto que empleamos para rellenar la etiqueta de felicidad también esté sujeto al cambio.
    Podemos profundizar e indagar en qué es lo que en un momento nos pudo haber hecho felices y por ello ya no lo somos tanto. ¿Por qué esa felicidad no perdura hasta nuestros días? Primero tendríamos que ver si realmente éramos felices o nos lo parecía; y segundo, que también nosotros estamos en ese cambio permanente y las predilecciones van variando como todos los aspectos que conforman la felicidad ensoñada.
    ¿Podría ser entonces el sosiego o la paz interior -como dijera Buda- la verdadera felicidad? Dependerá todo ello de la escala de valores del sujeto. También surgen más preguntas: ¿Es la felicidad un derecho, una opción o un espejismo? ¿Existe la felicidad innata? ¿Es una actitud para encarar la vida que elegimos a cada instante?
    Y otra de las preguntas que más nos puede asediar sería: ¿Qué nos impide ser felices en este momento?
    Investigar sobre este tema es complejo, porque a cada paso salen más caminos y a cada respuesta se formulan más preguntas. Quizás ser feliz sea la cosa más simple, la más sencilla y fácil, pero puede convertirse en la zanahoria que está delante del burro. Puede que proyectemos una felicidad futura acorde a unas circunstancias favorables en las que entendemos no se dan en el instante presente. Solemos estar en una espera de ser merecedores de la ansiada felicidad que nos debe de llegar como justicia a como somos o nos comportamos.

     Podemos sentir felicidad cuando algo va a nuestro favor. Nos elogian y nos sentimos pletóricos, efusivos, todo vuelve a vibrar. La felicidad, entonces, se convierte en exaltación febril  y momentánea, que puede dar paso a otros estados de ánimo o emociones. Es difícil no caer en comparativas de otras personas y buscar paralelismos para ¨valorar¨ esa felicidad que se nos escapa de las manos.
    Puede, por seguir ahondando, que incluso teniendo la felicidad de frente, no estemos capacitados para sentirnos acorde a ella, o no nos parezca el instante lo más preciso para abrazarla. Pero esa incapacidad para hacer un espacio a la felicidad en este momento presente tampoco se podrá dar en momentos futuros, porque llegará como el ¨ahora¨, del que no aprendemos a relacionarnos por completo. Ello deriva a que a lo mejor debemos ¨adiestrarnos¨ para ser felices. Puede sonar raro: ¨Aprender a ser felices¨, pero lo cierto es que muchas personas tienden a desarrollar una gran capacidad para ser infelices.
    Nuestra percepción, nuestro grado de consciencia, nuestra manera de relativizar, el apego a ideas preestablecidas o la facilidad de culpar a todo lo externo de nuestro malestar, todo ello y más, se conglomera para darnos un informe de cómo nos sentimos y que proximidad o lejanía existe con lo que consideramos ser felices.
    Quizás se nos escape por no tener bien definida su naturaleza, o porque cuando la sentimos, lo damos por sentado creyendo que es lo mínimo que podemos merecer. Cuando sentimos la desdicha, toda una fila de supuestos nos sirven como motivo de nuestra infelicidad, y ahí empieza el círculo vicioso de la queja.
    Tengamos propósitos, motivaciones... Quizás la felicidad no sea una suma, sino una ausencia. Quizás se componga de un equilibrio que vamos ajustando a cada instante, entre lo que sentimos e interpretamos, con lo que nos va llegando y vivenciando. Un exceso de externalización y embote de los sentidos, nos aliena y aleja de nuestro eje; un exceso de interiorización y retraimiento también nos puede separar del corazón de la vida.


    Por ello hagamos de la felicidad, no una meta que concluye un camino, sino la manera en que damos los pasos. Disfrutemos de las opciones, de las alternativas y las preferencias en cada etapa. Lo que en un momento nos pudo haber hecho felices no significa que nos haga ahora, por ello no tratemos de estirar lo que ya no nos alcanza. Rastreemos el sendero sintiendo la pisada que vamos dejando.
    Al fin y al cabo, cómo nos sintamos, será la huella impresa que marque nuestro estado.
















lunes, 30 de junio de 2014

El diálogo mental.

    Si algo nos acompaña en todo momento cotidiano, es sin duda alguna, la charla continua del pensamiento. La voz espectral que nos envuelve y acapara se va ligando hasta conseguir un encadenamiento de pensamientos, creando un dialogo interior como sonido de fondo en nuestras vidas.
    De manera constructiva o inspiracional, el pensamiento enriquece nuestro bienestar y, alimenta el sinfín de ideas para un correcto uso de las mismas. En ese caso, el dialogo interior está a favor y nos acompaña amistosamente como un buen amigo a nuestro lado. De esa manera, el pensamiento y su discurso íntimo, se encuentra en armonía sin tratar de acaparar más de lo que le pertenece. Es un aliado que nos orienta, nos inspira y edulcora con su presencia.
    Pero la mayoría de nosotros podemos caer presa de ese tráfico pensante. No vemos la manera de cruzar la vía entre un vehículo y otro, pues llega a ser tan mínimo el espacio entre ellos, que ni una rendija se genera para poder colarnos. Llevado a un contexto pensante, el pensamiento y su discurso puede llegar a ser asfixiante, acaparador y sabotear nuestros mejores momentos.
    El diálogo nos hipnotiza, y lo que es peor, nos hace adictos al mismo. El pensamiento se corona como rey de nuestro reino interior y su discurso nos arrastra de un lado hacia otro. A su servicio se presta el ego menos cooperante, que mediante la vía de la construcción del pensamiento, utiliza dicha herramienta para condicionar y sobreponer sus argumentos.
    El sujeto cree ser el gobernador cuando, en el fondo, es el gobernado. El dialogo pensante se convierte en un continuo río de caudal alto, donde se saca a la luz una y otra vez, temas que nos torturan y frustran cualquier intento de fluidez en la circunstancia presentada. Así, de esa manera, muchos instantes son derrochados en la atención prestada al pensamiento discursivo.
    Las energías son malgastadas en esa escucha permanente, como a la espera de algo nuevo, de alguna resolución no antes creada. Lo cierto es, que un dialogo no sometido a la luz de la consciencia, se convierte en un jinete salvaje y difícil de domar. ¿Cuántas son las personas que sienten truncadas su felicidad por una mente caótica y difícil de manejar?

    El problema no es pensar, sino en no manejarnos con el pensamiento. El problema no es el pensamiento, sino el pensamiento incontrolado. No es fácil darse cuenta, porque es mucho tiempo siendo esclavos de una mente en la que nos identificamos por completo. Se ha convertido en dueña y trata de engatusarnos constantemente con consejos poco fiables. El pensamiento no dominado es un asesor del cual hay que desconfiar, pues no está regido por la lucidez ni la reflexión consciente, sino por impulsos egocéntricos donde predominan ciertos afanes vengativos o maneras de ajusticiar lo que consideramos injusto.
    Las emociones acompañan, son el detonante de lo que sentimos al identificarnos con estas corrientes pensantes. Se disparan sensaciones que pueden ser gratas o ingratas. Las ingratas alimentan el dolor almacenado y sirven de catapulta para que de nuevo el motivo surja para que un dialogo se repita. Así es como se produce en nosotros cierto hastío, cierto agotamiento y asfixia ante el run run mental. Nos vemos acorralados sin un espacio que nos libere de prestar atención al pensamiento impositivista que se crea en nosotros. Parece que no hay elección, mucho menos, escapatoria, y se merma en nosotros la posibilidad de una transformación, de una opción de libertad interna, donde el ¨yo¨ quede un poco al margen de lo que se piensa, y donde pueda observar sin ser arrastrado, sin identificarse y con la posible elección de desviar la mirada de esa autopista de pensamientos.

    Parece utópico porque no entendemos ser, sentir o vivir, sin el ruido de fondo del pensamiento. Parece que sin él no somos nadie, es más, parece que lo que realmente somos es el pensamiento y nada más. Pero al ser tomados por el ruido pensante ya no estamos presentes, porque el pensamiento se maneja en pasado o futuro, ya que el instante tal y como es, no le ofrece un espacio para situarse. El presente no da cabida para un dialogo rumiante de pensamientos inconclusos. El poder transformativo de estar presente genera un espacio ante el pensamiento, donde toma una posición más secundaria. Ya no arrebata nuestra mirada, ya no ensordece nuestra consciencia embotándola y agotándola. Ese espacio, al observar el pensamiento sin identificarnos, nos da cierto respiro, una brisa fresca y reparadora, y una ruptura de las cadenas que antes nos forjaban.
    La atención consciente facilita que cuando somos arrebatados por una corriente pensante, podamos alejarnos interiormente para situarnos en un puesto de observancia. Desde ahí, el poder hipnotizador del pensamiento no es tan imantador, pues al haber distancia, cierta lejanía, se rompe una identificación que nos sometía por completo y nos empañaba la visión haciéndonos creer que no había otra cosa donde dirigir nuestra mirada.
    El espacio entre pensamientos es la esperanzadora dimensión donde se vislumbra una percepción de una realidad lejos de la dualidad en la que somos zarandeados por falta de ubicación interior. Cuando emerge el estado de presencia se eleva la consciencia, y con ello, una manera de distanciarnos de todo ese contenido asfixiante y ruidoso.

    El entrenamiento mental, como la meditación, permite esa observación que nadie puede hacer por nosotros. Es la identificación ciega la que nos hace creer que nuestra esencia es lo que pensamos, cuando paradójicamente, su cesación revela otro modo final de ser y existir.











jueves, 22 de mayo de 2014

La insatisfacción.

    La insatisfacción es la insoportable sensación de sentirnos vacíos, de tener un hueco en nuestro interior que no termina de ser colmado.
    El sentimiento de insatisfacción viene acompañado del desconcertante entendimiento de que, aun teniendo cubiertas nuestras necesidades, queda algo por llenar. Miramos hacia afuera y vemos todo acompasado, a un ritmo, pero adentro hierve el desasosiego incesante de que algo está a medio camino. Es difícil mirar con claridad ese hervor que nos hace oscilantes y que nos arrastra del momento presente y su disfrute, pero ese punto de ebullición acapara nuestra atención como una llamada a gritos.

    Dependiendo de la persona, ésta puede hacer caso omiso, o por el contrario, despertarse un deseo de colmar ese sentimiento de profunda insatisfacción en el que parece que nada puede servir para mitigarlo. En un estado así, la felicidad parece una utopía, Se produce una gran capacidad de malestar interior muy permanente, y donde todo estimulo exterior queda reducido a un juguete abandonado por el aburrimiento de un niño.
    Nada parece que pueda rescatarnos de esa insatisfacción. Las dudas giran sobre nosotros mismos porque ponemos en tela de juicio nuestra actitud y agradecimiento con todo aquello por lo que deberíamos estar contentos. Suponemos que nuestro estado actual es más que suficiente para tener saciadas todas nuestras expectativas y que, como no, son muchas las personas que están en peor estado.
    Pero eso no consuela a la persona alcanzada por la insatisfacción profunda o interior, porque su sentimiento no viene dado de todo lo orquestado en el exterior, ni de los logros, ni de lo conseguido ni adquirido. Su sensación promueve una movilización hacia adentro, pues es ahí el núcleo, la boca del volcán que estalla en erupción como una señal, como una alarma que trata de desviar la mirada del sujeto hacia una profundidad lejos del alcance de los ojos.

    No hay nada que se pueda poner delante que sacie o colme la insatisfacción. Tampoco el compararnos con otras personas, pues la batalla es interna y nadie la puede resolver por nosotros. Las sensaciones se van turnando; unas son de vacío, otras de malestar e incluso cierta ira ante la falta de comprender lo que nos sucede; otras son las intuiciones que se van generando de que podemos rellenar ese cuenco que habita dentro de nosotros, pero que por poca capacidad de visión, nos es ajeno a nuestra percepción.
    A nada que observemos, la insatisfacción tira de nosotros, nos ancla a un mundo interior al que no queremos mirar, pero que sí debemos ordenar si deseamos optar por utilizar estas sensaciones como un trampolín para nuestra evolución consciente.
    ¿Por qué en unas personas sí y en otras no? Es todo un misterio, porque en muchos individuos este estado no se produce, y si fuera así no lo toman con consciencia. La persona que lo experimenta y además toma consciencia, ya consigue un gran logro, porque de ahí se pasa a dar los primeros pasos de una movilización a mirar aquello que hemos dejado descuidado en nuestro interior. No es nada fácil ni cómodo, porque ya el movimiento, el desplazamiento no es hacia adelante, sino hacia adentro.
    Una insatisfacción bien instrumentalizada convierte las sensaciones vividas en combustible para sumergirnos en una búsqueda que nada tiene que ver con alcanzar logros o estatus. Sentirnos completos ya no es una quimera, pues si algo está vacío, es que puede ser rellenado.
    Es difícil no asociar una sensibilidad mística sin ser abordados por la insatisfacción. Son las llamas que desprenden un deseo de hallar algo que se escapa a nuestra razón, una sed que no se disuelve con cualquier agua.


    La insatisfacción es la llave en marcha que activará un rastreo en el buscador. Sin dicha sensación no hay combustible para iniciar un camino de realización espiritual, y quien rastrea dicho sendero, entiende que ese vacío experimentado, puede ser colmado por sí mismo.








jueves, 17 de abril de 2014

Presentación Cartas desde el Nirvana. Sala de las palabras.

    El pasado día 15 de marzo de 2014, se realizó la presentación de la novela ¨Cartas desde el Nirvana¨, edt, Círculo rojo.
 







 

El autor, Raúl Santos Caballero, estuvo acompañado en la mesa de Sara Flores, psicóloga y profesional del área de RR.HH para empresas, quien tuvo una excelente intervención expresando sus sensaciones al leer la novela estando aún en el borrador.

    A la cita acudieron amigos y acompañantes para escuchar de primera mano al autor que expuso una charla para dar a conocer la que es su segunda obra publicada.
 

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Agradecer a todos los asistentes por su confianza en esta faceta, también a la ¨Sala de las palabras¨ por su gentileza,  a Asier Latasa por su predisposición a grabar el video, y como no, a Dany Medina por su gran trabajo fotográfico (danrony1@gmail.com).














miércoles, 26 de marzo de 2014

La actitud.

 


 La actitud es la inclinación o postura que adoptamos frente a una situación o estado de ánimo interior. La actitud tiene un poder inmenso, pues no sólo nos reviste, sino que nos condiciona y sujeta.
    La actitud es el resultado de cómo tomamos las cosas, cómo nos impactan y cómo queda su huella impresa en nosotros. La vida la encaramos, la enfrentamos y adoptamos puntos de vista dependiendo de nuestra actitud. Es la lente que se interpone entre el sujeto, y su mundo, tanto exterior como interior.

    La actitud es elección, una toma de impulso hacia dónde situarnos pudiéndose convertir en bálsamo o en fricción. Es el resultado de un posicionamiento que optamos bien, a través de la vía consciente o de manera inconsciente, jugando un papel indiscutible nuestros condicionamientos y pautas adquiridas.
    Las reacciones imposibilitan determinar una actitud consciente. Al ser muchas de ellas mecánicas y viscerales, nos sitúan en parámetros bajos de inconsciencia donde la actitud se convierte en una trinchera donde resguardarnos. Así la actitud no es saludable, no apunta a miras nobles, sino a retraernos para defender un ego, en la mayoría de los casos, inmaduro y suspicaz.
    No es tarea fácil detectar la actitud que más nos conviene en distintas situaciones, pero en esa capacidad de optar, tenemos que elevar la visión y anteponer nuestro bienestar interior. Otras veces, al ser la actitud algo tan arraigado, se querrá anteponer y abarcar como si fuera nuestra propia piel. En ese caso, la atención debe ser alerta y consciente para anticiparnos a una actitud condicionante y doliente.

    Por actitudes equivocadas se sufre, mutilamos momentos y desperdiciamos relaciones. Por actitudes correctas dejamos pasar para que algo no nos arrastre, y de esa manera experimentamos plenitud. En otras ocasiones tenemos que adoptar una postura o una firmeza para bregar con situaciones no deseadas, pero lo tenemos que tomar como el que se pone un traje para no mancharse, un quita y pon acorde a circunstancias donde no tiene por qué haber identificación con el posicionamiento. La vida así ofrece su interactuación, nosotros con nuestra actitud, decidimos nuestra ubicación.
    La actitud debe ser tomada muy en cuenta, pues nos colorea y puede salpicar el momento restante. Es como habitar en un disfraz que no nos pertenece, pero al adoptar ese papel debemos continuar con la interpretación. En esa elección nos veremos muchas veces defendiendo algo que verdaderamente no nos importa, porque por falta de intrepidez nos hemos ido colocando en una posición que realmente nos es indiferente. Por ello, la actitud no es sólo una manera de responder, sino de mantenernos con firmeza en nuestro punto o eje interior.

    A veces, la actitud puede parecer evasiva o representar algo que no es en realidad. Pero lo importante es el talante con el que lo llevemos a cabo y la convicción que determine esa toma de actitud.
    Los estados de ánimo reflejan una actitud, y por ende, las actitudes van construyendo estados de ánimo. Es por ello que vamos creando círculos que se van viciando si no ponemos los medios para frenar o romper ciertas actitudes. La actitud debe coger las riendas en cada momento, pero sin caer en optimismos irrealistas. A veces, va precedido de un ¨alto¨ introspectivo donde la experiencia en mismas situaciones nos señalan una toma de actitud. La actitud puede dar paso a una ejecución o actuación, o en cambio, una pausa o detención sumada a cierta prudencia. Es la bisagra de una puerta hacia nuestro bienestar y serenidad, que por orden de prioridades, deberíamos tener más en cuenta.
    La actitud va dando la mano a ciertos aspectos para permitirnos fluir en esta vida, como la motivación, el esfuerzo medido, los valores... La actitud se puede tambalear cuando se presentan decepciones, frustraciones, desequilibrios... Es por ello que la actitud se debe trabajar y desarrollar sobre un convencimiento de que es necesario, porque la actitud, en muchos casos, puede serlo todo.

 
Los diferentes planos en los que nos desarrollamos, como el familiar, el laboral, etcétera, deben rellenarse con una actitud acorde y ajustada a las diversas circunstancias que se puedan presentar. Si la actitud es catastrófica, veremos antes la catástrofe; si es desanimada, caeremos antes en el desánimo, si es cooperante, tendremos más tendencia a fluir.
    Es diferente elegir una actitud cuando nos vemos sobrepasados por las circunstancias, como lo es mantenerla por convicciones sin que se tambalee. La consciencia deja paso a la actitud, como la actitud nos permite desarrollar más consciencia.
    Sin una actitud resolutiva, las dudas no nos dejarían desarrollarnos interiormente. Sin una actitud de equilibrio y sosiego, difícilmente podemos encauzarnos a la conquista de nuestra paz interior.

    Todas las parcelas deben ser desarrolladas con la actitud correcta, y en el caso del trabajo espiritual, la actitud adecuada desempeña un papel fundamental. Una actitud yóguica no es la de ver y dejar pasar todo como si no fuera nada con nosotros, es la de penetrar en la corriente existencial y no dejarse arrastrar por ella pero siendo parte de ese todo. Hay mucha diferencia, muchos matices a tener en cuenta.

    El buscador ajusta una y otra vez su actitud para acoplarse a lo que determina su devenir. Sabe que a veces la actitud es difícil de mantener, pues son muchas las fuerzas que tiran para que caiga y puedan salir a flote aspectos negativos. Por ello, guardián de su mente, protector de su equilibrio psicomental, deja que quien reciba los acontecimientos y perciba sus estados de ánimo, sea una actitud que se ajuste como lo hace una mano a un guante.








viernes, 28 de febrero de 2014

La sensibilidad.


 La sensibilidad es un alto grado de percepción, donde las barreras personalistas son derribadas para dar paso a un enfoque distinto de vivenciar y vivenciarnos.

    Se sensible no es ser ñoño, ni dramático, suspicaz, o tener facilidad para caer en el lamento o la sensiblería pusilánime, ni tampoco el tener lágrima fácil. Alcanzar la sensibilidad es una comprensión muy profunda donde no anteponemos el ego, y las miras van más allá, alcanzando a todos los seres y penetrando en los misterios que ofrece la vida.
    La sensibilidad derrite la lógica, transciende las razones y desclasifica lo establecido. Es un acceso a captar la belleza que se esconde en las apariencias, la melodía en la naturaleza, el compás en el ritmo existencial. Es detectar los márgenes que encapsula la realidad aparente y desplegar una intuición que los transcienda.
    La sensibilidad permite el acceso a niveles más altos de cierta lucidez, que sin soltarse de su lado más hiriente, logra una visión más ampliada. Ser sensible no es ser débil. Se puede ser sensible y, a la vez, firme, porque no es sólo una actitud, sino una capacidad de entendimiento. Alguien puede llorar viendo una película y ser insensible al pisar una flor. Puede sentirse identificado con el dolor de una celebridad, y en cambio, mostrarse indiferente con los suyos.

    La sensibilidad no es un escaparate ante los demás, ni debe servirnos para crearnos toda una envoltura de engaños. Es un florecimiento en nuestro interior que rocía a los demás con su fragancia. Es ponerse en la piel del otro ser, ver desde su óptica, pisar sus huellas con sus sandalias. Es eliminar juicios y prejuicios, ajusticiadas condenas, deliberados veredictos. Es apreciar lo pequeño como inmenso, lo sencillo como grandioso, lo fugaz como eterno. Es atravesar la vida aceptando el misterio, bailar con el desafío, arriesgar en lo desconocido. Es coger de la mano a la existencia y dejarse llevar por ella, sin resistencias, sin oponencias. Es regresar a cierta inocencia -que no ignorancia-, y desde ahí, transitar disfrutando pisar el barro, saltar en los charcos.
    La sensibilidad funde armaduras, fraterna a los hermanos, humaniza a las criaturas. Es el bálsamo que desprende hacia la compasión, a la ayuda desinteresada, al amor incondicional.

    A veces, esa sensibilidad a flor de piel parece preocuparnos, como si nos alejara de los patrones establecidos. Parece que siendo sensibles fuéramos a ser más vulnerables, más rechazados por la sociedad. Ser sensible es desarrollar cierta rebelión, no contra nadie, sino contra lo impuesto a cómo uno debe ser. Ser sensible es no dejarnos atrapar por esa agresividad que debemos llevar a cuestas, es romper esa hipnosis en la que estamos inmersos. Sin sensibilidad todos se convierten en enemigos; sin sensibilidad, todos son  culpables de cómo nos sintamos. La sensibilidad no es sufrir constantemente, sino comprender que ese sufrimiento está ahí, y que dependiendo de cómo uno lo reciba, se hace más o menos fuerte.

    Sin sensibilidad no puede haber vislumbres, golpes de intuición, porque no hay el suficiente suelo germinado. La sensibilidad es la semilla eclosionada.
    Si nos eliminan la sensibilidad somos más manejables, porque sin ese rasgo de carácter nos unimos al pensamiento en masa, y desde esa perspectiva colectiva, la sensibilidad individual no tiene cabida. Reivindicar nuestra sensibilidad, o hacer por desarrollarla, es salirnos de una somnolencia establecida y mirar con unos ojos distintos.
    La sensibilidad no debe servirnos como un traje de quita y pon, ni como una tarjeta de visita. Es mucho más de lo que uno sienta, sino también, de cómo ejecute sus acciones. No escuchar a la otra persona puede ser un acto de poca sensibilidad; no dejar un asiento en el metro a una mujer embarazada, también. La falta de sensibilidad enfría los corazones, petrifica las opiniones, nos hace esclavos de la rigidez más constreñida.

    El buscador necesita desplegar su sensibilidad, porque es el peaje a un tipo distinto de entendimiento. También, porque es la manera de fumigar todo lo opuesto a un carácter sensible. Es la manera de no dañar, de apreciar lo sagrado en lo más cercano, de darse un afectuoso abrazo con la existencia.

    El camino debe ser engrasado para que no se produzca fricciones, y nada mejor que apostar por una sensibilidad sana, cooperante y donde la ternura consciente dé paso a un autoconocimiento más profundo e integral, y salpique todo ello a todo ser y criatura sintiente.