martes, 13 de septiembre de 2011

La relación con los demás.

    Somos seres de relación, y eso es algo indudable. Todos estamos abocados a relacionarnos con el resto de personas y seres que ocupan este planeta. Desde que nacemos requerimos atenciones; mientras vivimos podemos prestar las mismas y, en las postrimerías, necesitaremos nuevamente cuidados de los demás. Esto indica que, de uno u otro modo, la vida se encarga de acercarnos a los demás, y es ahí donde la calidad de las relaciones dará sus frutos.

    La relación, a diferencia del encuentro, debe ser moldeada y perfeccionada, pues el encuentro es casual y el modo de relacionarnos, causal. Esto indica que muchas veces el resultado de una relación es la mezcla de los contenidos de las personas que la componen, y otra parte, es la ley de impermanencia que también condiciona el desgaste de las relaciones, pues éstas no escapan a su naturaleza de transitoriedad.


    Por ello, las relaciones son el claro reflejo de nuestra capacidad de manejarnos e interactuar con las demás personas, ya que permite en muchos casos, dejar visibles nuestras carencias o erróneos puntos de vista, y trazan una vía de aprendizaje que comienza siempre en uno mismo.

    Nos podemos relacionar desde el ser o desde el ego. Si permitimos que el ego medie, nos veremos atravesando continuas veces una neblina que no nos dejará ver la otra persona en cuestión, pues ésta se verá coloreada, rotulada, etiquetada y le arrogaremos cualidades incluso de las que carece. El ego desde su autodefensa, tratará de proyectar en los demás connotaciones que surgen muchas veces de nuestras propias deficiencias, pues ante la inseguridad y el miedo de enfrentarnos a ellas, preferimos verlo argumentado en los demás. Esa visión empañada nos hace creer lo que no es y no nos permite ver lo que es. Así se pierde la fluidez en el canal de comunicación (que no siempre es verbal), pues con tanto tráfico de ideas, se produce un alejamiento de la realidad.

    Este motivo nos dirige, primero, a amigar con nosotros mismos. Eso permitirá que la relación no se convierta en una negociación, y no se produzca la excesiva demanda de ajustar a los demás nuestras ideas preestablecidas y configuradas. De otro modo, la otra persona lo deja de ser para convertirse en un objeto con la responsabilidad de rellenar aquello que, por nosotros mismos, no somos capaces de insuflar.

    Otras veces, uno puede ser la víctima de esa transacción, viendo que nuestras necesidades siempre están solapadas por la de los demás y convirtiéndonos en meros figurantes de la escena. Entonces queda mermada nuestra participación en la relación, siempre a merced de la figura que resalta, y haciendo de la misma, una inclinación hacia el mismo lado y perdiendo lo genuino de lo que podría ser un encuentro de seres. Es cuando la relación se torna una pose, un teatro de títeres, una fotografía que nunca termina de ser enmarcada.

    En otras ocasiones, las relaciones o amistades pueden ocultar un interés escondido, pues lo que se ve en la otra persona es en sí los beneficios que nos reporta asociarnos a ella a través de fijar unos lazos que, aunque son en apariencia, se maquilla al exterior como de únicos y genuinos. En ese caso todo estará en la superficie de las apariencias y no habrá capacidad de ahondar en la esencia. La relación se convierte en un escondite, un juego de ahora sí y ahora no, pues no hay base donde sustentarla y al no haber sido sembrado en terreno fértil, jamás podrá dar sus frutos.

    Hay otras relaciones que observamos empiezan con un exacerbado apego por ambas partes, como si su canal de enlace fuera desconocido para el resto. Esa exaltación acaba declinando con el tiempo, pues también se observa con qué facilidad el amigo se convierte en enemigo. Otra cosa es la sensación de familiaridad que uno experimenta con un determinado tipo de personas que escapa a la comprensión racional, ya que más que un conocer, se trata de un reconocer, y queda creada una cercanía adelantada al patrón general de la amistad.

    Muchas más relaciones se van cruzando en el recorrido existencial, desde las de trabajo o la paterno/filial, que pueden servir, en el caso de un padre,  para hacer de la vida de un hijo una extensión de la suya propia, que al no haber alcanzado diversos propósitos, lo proyecta como parte de la responsabilidad que debe ser acometida y rellenada por su descendiente.

    Si comenzamos por integrarnos en nosotros mismos será más fácil la interrelación con los otros, pues en esa abundancia, estaremos más capacitados para dar sin la necesidad de ser rellenados por los demás.

    Hay incluso en las relaciones de pareja que el principal sentido es conocer a la otra persona, ¡qué paradoja! Uno pretende conocer a otro cuando apenas hace por conocerse a sí mismo, y lo que es más curioso, uno quiere conocer a otra persona que tampoco se conoce a sí misma. ¿Entonces, dónde quedaría la fusión? Serían dos hojas a merced del viento, y en este caso, de las circunstancias.

    Relacionarnos es compartir el mismo escenario vital con los demás seres. Hagamos por reconciliarnos primero con nosotros mismos y estaremos más capacitados para intercalar con los demás. Hagamos del ego un secretario, pero que no se inmiscuya más de lo necesario. Hagamos de las relaciones un aprendizaje para explorarnos y aprender. Todos tenemos algo que contar. Veamos que emociones negativas emergen cuando nos relacionamos, como envida, rabia, celos..., y tratemos de amplificar otras cualidades positivas como paciencia, comprensión, ecuanimidad... Relacionémonos desde la firmeza, sin aprovecharnos y sin ser aprovechados, sin desconsiderar y sin ser desconsiderados.



    Somos un planeta conformado por seres sintientes que necesitamos todos de todos. Hagamos por equilibrar y armonizar cada una de nuestras relaciones, para así, enriquecernos de las mismas.

    El buscador entiende que en el camino no se halla solo, pues parte de él se basa en interactuar con los demás. Sabe que es de todos y de nadie,  y que aunque ha emprendido un viaje de relación hacia dentro, comprende que son las externas en donde se verá reflejado el equilibrio que emana de uno.

domingo, 14 de agosto de 2011

El destino.

    ¿Qué es el destino? ¿Es un camino ya instalado que sólo consiste en recorrerlo, o un camino que creamos a cada paso? ¿Libre albedrío o determinismo?
    Todos estamos inmersos en una corriente empujada hacia una dirección, pero ésta a veces ofrece alternativas o desvíos que escapan a nuestra comprensión. Querer profundizar en ello es afinar la agudeza de la atención, para no dejar escapar ninguna pista que deje al descubierto, el posible mecanismo que permita orientarnos hacia lo que consideramos que es bueno para nosotros. En ese momento, todo puede tener sentido, o quizás tendrá el que le demos nosotros.

    Si todo está determinado, en cierto modo es una imposición, pues no hay posibilidad de elección, ya que todo está supeditado a un orden superior. Si fuera así, habría que desarticular cuáles son las reglas del juego y predecir cuál es el sendero ya marcado, para adelantarnos a los sucesos que puedan producirse.
 ¿Qué o quién regiría esas pautas? La respuesta está oculta en el mundo de lo ignoto; lo cierto es que tendríamos que manejarnos con esas reglas para sincronizar más con las pruebas que se van presentando, y así no perder la sintonía que nos hace fluir con los acontecimientos. Habría que detectar cuáles son verdaderamente nuestros objetivos y nuestros potenciales, pues como en un juego, éstas serían nuestras cartas, y deberíamos elegir con certeza en que momento arrojarlas.
    Si todo está ya organizado, queda poca capacidad de acción, pues incluso la que realizáramos ya estaría predestinada. Y si aun descubriendo la manera de acoplarnos a ese ritmo, desistiéramos de hacerlo, también entraría dentro del marco de lo determinado.

    Otra posibilidad es el libre albedrío. Sería no estar sujeto a ninguna ley invisible, y desenvolvernos de una manera individual en un escenario que no esté compuesto de una observación que dicte nuestras conductas.
    Todo cabe en el libre albedrío, no hay represalias futuras que evidencien nuestras faltas, no hay un equilibrio aparente que pretenda corregir una y otra vez hasta dejarnos situados en nuestro sendero correspondiente. El libre albedrío representa la individualidad de cada ser dentro de un colectivo, y el manejarse con esa libertad, implica un miedo inherente que, a través de los siglos, se ha visto solapado por toda clase de inclinaciones soteriológicas.
    El libre albedrío puede producir indignación, pues lo que muchas veces consuela en un mundo despiadado es que al final la persona malevolente purgue sus faltas en presencia de un régimen superior y, en cambio, la persona de acciones nobles, estará condicionada por la retribución de sus buenos actos. En el libre albedrío se debe potenciar la responsabilidad, porque sin ella, la libertad se convierte en libertinaje.

En el libre albedrío también hay cabida para la evolución, porque por ejemplo, si venimos al mundo con ciertos rasgos de carácter que imposibilitan nuestra relación con los demás, eso estaría determinado, pero si lo modificamos a través de nuestras conductas, estaríamos manejándonos en el libre espacio para nuestro favor y el de los demás.

    De ahí que para muchos sabios, yoguis y gente realizada, el destino sea como un río que fluye y en el que estamos inmersos. El río empuja hacia adelante, eso está determinado y no tenemos elección. Luego inmersos en la corriente podemos optar y decidir nuestro avance, fluir a la velocidad de la corriente, o sin embargo, resistirnos en la misma. De ahí que en la vida cotidiana experimentemos ir a contracorriente y perdamos la sensación de rumbo. A veces, la fluidez es más lenta, otras, mucha más acaudalada; de ahí que nos pille por sorpresa y sintamos el agua hasta el cuello. Nosotros optamos a veces por bucear, sumergirnos en lo más profundo, ver sobre qué se mantiene todo, de ahí que por instantes nos separemos del resto. Otras, nos impulsamos hacia arriba para ver hacia dónde nos dirigimos y captar una visión más panorámica de todo el asunto, ahí estaríamos sacando pecho. Todo un mundo de opciones que se van abriendo a cada instante y que se van entrelazando entre sí, para con su consecuencia, deliberar un resultado a nuestro favor o en contra.
    Pistas que se van presentando y a lo que Jung llamó ¨Casualidades significativas¨, y que se funden en el inconsciente colectivo.



    Cabría observar dentro de la particularidad del destino, la gran necesidad que experimentamos de exigir seguridad en un mundo donde nada es seguro, excepto la inseguridad. Esa demanda puede anestesiar el desarrollo de la intuición y el manejo con la misma, perdiendo el potencial de desenvolvimiento en el plano vivencial de cada instante.
    Hay que aprender a manejarse con la imprevisibilidad, pues siendo el destino determinado o no, se ejecutará sin previo aviso y nuestra capacidad de elasticidad en los acontecimientos hará que no quebremos frente a ellos.
                                         
    En la vía de la búsqueda y realización de sí, el destino abruma por su capacidad de ser escurridizo y sentirnos siempre con las manos vacías, dejando a veces entrever destellos de orientaciones, y otras, sin embargo, sumiéndonos en una oscuridad absoluta en la que nos sentimos absorbidos por completo. Sea como fuere, no debería ser: ¨¿por qué estamos aquí?¨, sino ¨ya que estamos aquí¨, y hacer del destino un inquebrantable aliado, pues aun con sus caprichos, siempre nos tiende algún recoveco para no estancarnos.




domingo, 7 de agosto de 2011

La soledad.

    La soledad es algo inherente al ser humano, pues a través de ella venimos al mundo y sobre ella le abandonamos. En ella nos relacionamos con nosotros mismos, por eso muchas veces la rechazamos por completo.

    La soledad que no es deseada puede ser abrumadora y absorber por completo al sujeto que la padece. No es la soledad en sí la que puede desagradar, sino el sentimiento que produce la misma. Inmersos en ella no hay escapatoria ni con lo que entretenerse, por ello, emergen todas las sensaciones de insatisfactoriedad, sobreponiéndose ante la persona y eliminando por completo la capacidad de disfrute consigo misma.
    Por no disponer de un sosiego interior y un talante equilibrado perdemos la oportunidad de relacionarnos con la soledad, ya que como hemos dicho, se verá entorpecida con impedimentos que brotan de lo más profundo de nosotros mismos, y sabotearán toda intención de establecernos en ella. La soledad provoca vernos cara a cara excluidos del escaparate exterior.

    Si amigamos con ella podemos ver la otra cara de la moneda, pues es en esa dimensión donde nacen todos los potenciales creativos. Es en ella donde la inspiración encuentra su canal de acceso, y es en ella donde hallamos la puerta hacia el silencio interior.


     El poeta, el místico, el pintor... Todos ellos se dejan abrazar por ella para después sentirse renovados, rellenos, realizados... En ella encuentran el manantial de lo que todo brota y la dimensión en la que poder expresarse.
    La soledad siempre está ahí, a veces solapada por los acontecimientos del exterior, pero en el momento en el que se disipan nos vuelve a envolver y acaparar.

     A veces, frente a la soledad se produce lo contrario, es decir, en vez de rechazo o aversión, un profundo apego, pues en ella encontramos un refugio más elevado que el puramente renovador. Lo que puede ser un espacio para uno, se convierte en una armadura infranqueable o un refugio donde aislarnos. Entonces la soledad sirve de escapatoria ante los hechos del exterior, queriéndolos excluir y provocar mediante su propio desgaste, extinguir.



     La inclinación a la soledad constante es fruto de miedos, evasión y falta de disponibilidad para enfrentar los sucesos que se van presentando en el escenario exterior. La persona se vuelve más y más adicta a ese refugio, creyendo que está segura de acontecimientos negativos, cuando en realidad no hay nada seguro y todo sigue su dinámica fluctuante. La persona inmersa en esa burbuja, aun teniendo deficiencias anímicas, ha aprendido a familiarizarse con ellas y pierde la oportunidad de, mediante esa soledad, poner los medios para remediarlos, pues identificada con sus automatismos mentales pierde la intuición de mejoramiento vital. La soledad se desvanece entonces como instrumento válido para la instrospección consciente y se pierde en el sonambulismo psíquico. La persona convierte su rutina en una foto en blanco y negro, mutila sus posibilidades de relación, debilita el crecimiento que deriva de la interactuación de relacionarnos con los demás, y convierte
su libertad en un grillete que le encadena, pues lo que comenzó sintiéndose como dueño de su libertad, acaba siendo presa de la misma. En el estancamiento ha perdido la capacidad de fluidez, permanece repostando en vez de continuar su viaje, ha caído en la tela que anteriormente ha tejido.

    La soledad debe ser un apartado más de nuestra configuración existencial. Nos debe servir como ¨un alto en el camino¨, reorganizar nuestro mundo interior y nuestra psiquis. Es signo de salud emocional no darle la espalda a la soledad, sino saber darle su peso especifico. En ella pondremos a examen todo lo que se vaya presentando: tedio, aburrimiento, angustia, rabia, pensamientos repetitivos... Y después, mediante técnicas de interiorización como el yoga o la meditación, purificar dichos estados para enfriarlos en lo posible. Es un gran autoconocimento observar qué reacciones se producen estando inmersos en la soledad, pues se abren todas las compuertas que, mediante entretenimientos y quehaceres cotidianos, manteníamos cerradas.

    En ella se revela la angustia existencial, el vacío que en algún momento todos hemos sentido. Gracias a ella chequearemos nuestras deficiencias emocionales para, constructivamente, darles un giro y armonizarlas. En ella veremos nuestra radiografía, veremos lo que aflora de nosotros mismos, que hasta ahora cubierto por el  ruido de fuera, no éramos capaces de escuchar.
   En ella sentiremos plenitud una vez nos pongamos manos a la obra en trabajar nuestro interior; completud una vez desarrollada. En ella encontraremos el espejo que nos refleja fielmente. Será nuestra fiel confidente, nos procurará renovación anímica y un espacio para poder así, desplegar las alas de la Sabiduría.


lunes, 25 de julio de 2011

La muerte.

     La muerte ha sido, es, y será, el mayor misterio jamás vivido por nadie. La muerte conlleva el recordatorio de finitud, y ante ella, como diría Buda, todo palidece.
    Ante ella no hay distinciones, todos somos iguales y hacia ella nos dirigimos. Nadie la vence, sólo por capricho te  deja tu vida de ventaja. Es la aduana hacia lo desconocido, es el paso fronterizo o el final de un recorrido, y ahí la mente se golpea contra el muro de lo incognoscible.

     La muerte no puede ser comprendida mediante racionalizaciones ni especulaciones, sino mantener el recordatorio de que ésta llegará dejando cosas sin terminar, palabras sin pronunciar y vivencias sin experimentar. Ese recordatorio hace que no caigamos en sus engaños que son: ¨Los demás son los que mueren¨ y ¨Cuando muramos siempre será mañana, nunca hoy¨.
     Vemos en lo demás la muerte como algo ajeno a nosotros, como algo que siempre sucede de miras al exterior. Pensamos (sin que nadie nos diagnostique lo contrario) que la muerte está muy lejos y que ni siquiera ha reparado en nosotros, que nos ha excluido de su programa de actividades. Tomar conciencia de que en cualquier momento se puede presentar no es obsesionarse por el tema ni recrearse en pensamientos mortificantes, sino avivar la llama que se mantiene encendida para vivir con mayor plenitud cada instante.


         
    Para aprender a morir, primero se debe aprender a vivir. Cara a cara con la muerte sólo nos encontraremos con nosotros mismos, y ahí veremos en que hemos invertido o en que nos hemos convertido. Jerarquías, posesiones, estatus ¿dónde quedan ante la muerte? Queda todo en la antesala, pues hay que pasar desnudos y sin lo que apoyarse. Atrás habrá quedado todo con lo que nos identificábamos y tendremos que soltar todo aquello en lo que nos reflejábamos. Ante ella, al igual que en un paredón, todos tenemos el mismo valor y eso debe humildarnos. ¿Realmente es miedo a la muerte o a perder lo que conlleva con la misma?

    Nadie puede morir por nosotros. Es algo que nos concierne de forma individual. Aun en el caso de que varias personas muriesen a la vez cada uno lo haría en su propia vía de muerte.
    La muerte no sólo afecta a la persona que desencarna, sino los que quedan en vida, pues uno de los sufrimientos más profundos es el de la perdida de un ser querido. Cada persona tiene su propia manera de vivenciar su duelo, más allá de petrificados convencionalismos y patrones morales, pues el dolor será vivenciado por uno, aunque los demás se empeñen en acompañarnos en el sentimiento. Las personas que quedan se enfrentan a la gran tarea de aceptar lo inexplicable y de ir, poco a poco, incorporando esa ausencia en sus vidas cotidianas. Asumir la muerte de una persona afín no es fácil, pues se necesita una gran dosis de aceptación y ecuanimidad, rota en la mayoría de los casos por el shock adicional y el estado de aturdimiento que provoca en nosotros asistir a la bajada de telón, en la representación final, de una persona allegada.      

    La muerte puede tener su lado constructivo aunque no lo creamos, pues ese recordatorio es el que nos debe motivar para hacer de nuestro recorrido una senda y un instrumento constante de aprendizaje. Que haya algo después o no debería ser lo de menos, pues lo que realmente hay, es lo que debe ser vivido. Dependiendo de cómo hayamos instrumentalizado el recorrido estaremos más capacitados, para como un buen anfitrión, recibir la muerte como una parte más de nuestra circunstancia vital.
En la antigüedad los buscadores espirituales utilizaban métodos de alquimia para alargar la vida, pero no por apego a la existencia, sino para disponer de un tiempo extra en el que autorrealizarse. Esa actitud de aceptación es la que libera de ese miedo inherente a la última exhalación.

     
    El buscador trata de no perderse en teorías referentes al abandono de la envoltura carnal a la que pertenece y al plano fenoménico en el que se desenvuelve. Trata, en cambio, de utilizar el recordatorio de disolución para hacer un trabajo interior de desapego, incremento de la consciencia y desarrollo de la sabiduría. Como la ola que acabará fundiéndose en la totalidad del mar, no trata de resistirse ni de defenderse, pues es en la misma inmensidad de la que surgió, donde acabará desvaneciéndose.

    La muerte iniciática ( la que siempre han insistido todos los sabios desde la noche de los tiempos ), es la que se trata de llevar a la práctica, aún estando insuflado de vida. Es morir a cada instante, dejando atrás nuestra petrificada psicología, renaciendo a cada momento, nuevos, renovados, sin condicionamientos y experimentando la frescura vivencial. Es no acarrear la mente anquilosada. La mente y su charloteo es lo primero que ha de morir, junto con su representante que es el ego, porque frente a la muerte no hay ningún discurso que le haga convencer, ni ningún ego que le haga empequeñecer.
    Esa muerte es la que utiliza el buscador para renovarse a cada momento y la que le sirve de familiarización, para así llegar más integrado en sí mismo a su punto y final de su trayectoria vivencial.

jueves, 21 de julio de 2011

Elevar lo cotidiano al rango de sublime.


    Por identificación tendemos a colorear nuestro mundo interior con las acciones que llevamos a cabo en el plano exterior. Por querer renovar nuestra capacidad de asombro a cada instante, nos perdemos la frescura del momento, dejando pasar aquello que ya no podemos atrapar y por lo que tanto habíamos esperado.
    La verdadera monotonía no es aquella que rige la repetición de nuestros actos, pues es deber de uno el rotularlo como novedoso y no tedioso, como es la mayoría de los casos. La monotonía se halla en el pensamiento repetitivo, en la mecanicidad de nuestras actitudes.
    Vemos el mundo tal como refleja el nuestro propio. Según nos sentimos, nos relacionamos, desarrollamos , etc. No hay que esperar un derby para vivir un partido con intensidad. No hay que esperar al seleccionador para entregarnos en un entrenamiento.. No hay que esperar un pase para meter un gol.
    ¨ Cada momento cuenta ¨ dicen los maestros zen, cada instante es una manifestación que debemos elevar a la categoría de sublime.  El sopor del día a día es un arrastre de nuestra mente condicionada, que regida por pares de opuestos, salta de lo agradable a lo desagradable; de lo placentero a lo displacentero; de la euforía al abatismo.
    Sin cargar con la memoria del pasado, sin proyectar cómo debe ser un futuro idealizado, la mente toma consciencia de que cada paso cuenta, que el camino ya es en sí la meta , que el hecho más corriente lleva una carga de realización, y que los actos cotidianos pueden ser magnificados si los iluminamos con la  ¨ lampara de la atención ¨.
    Cuando sentimos rutina en el día a día, debemos chequear el material de dentro. Todo un mundo de miedos, temores, frustraciones, entremezclandose entre si y alternandose el protagonismo para recrearse en nuestro espacio mental. ¿Acaso eso no es rutina? ¿Es que no se repiten los mismos automatismos?
    Pretender hacer de nuestro exterior un entretenimiento continuo es alienarse del centro que nos ancla y no potenciar ciertos desarrollos que tenemos en latencia. La actitud de vivir el instante es un bálsamo para no caer en el sopor de lo cotidiano, y de ese modo elevar cualquier acto aparente al escalafón de la sublimidad.



     

 Nota: artículo publicado el 20 de junio de 2011 en la página de entrenadores de fútbol:    http://www.modernsoccer.net/                                                                                      

                        


lunes, 20 de junio de 2011

Los aparentes retrocesos.

    En toda senda se producen altos en el camino, que inesperadamente nos detienen y que apavorados por su brusquedad, nos desestabiliza del recorrido que nos habíamos marcado.

    A veces, el alto es debido a un cúmulo de acontecimientos que nos producen  una sensación de enemistad con todos los planos que nos configuran. Se produce una fisura entre lo acumulado y lo esperado por obtener. Un paréntesis que en muchos casos se vuelve abrumador, pues como en mitad de un túnel, uno pierde de vista los dos extremos que componen un recorrido.

    Nos asaltan las dudas, la desidia, la anergia. Se produce un cambio de sintonía, una distorsión en la frecuencia que teníamos ajustada. Se despiertan una multitud de yoes, que hasta ahora en latencia, terminan por desgarrar buscando una orientación o salida. Los yoes descontrolados nos asaltan dándonos perspectivas distintas y perdiéndose en elucubraciones, que no hacen más que entorpecer la fluidez en el estancamiento aparente.

    La mente se convierte en una pantalla donde se proyecta todos los estados de ánimo, convirtiendo al espectador en parte del espectáculo. La persona cuestiona hasta su propio aliento, pues inmerso en el desánimo, no encuentra un sentido a la marcha que había emprendido. Siente que ha abierto una puerta que no puede cerrar, una frase que no puede terminar, una palabra que no puede articular.

    La desazón hace de la existencia un escondite cósmico, donde sin objetos donde esconderse, el sujeto se encuentra expuesto ante sí mismo, y las reglas que hasta ahora les servía, pierden validez.

    El retroceso es en apariencia, pues incluso la detención forma parte del recorrido. El trabajo interior es observar los yoes y reconciliarlos. En algunos casos sobre la estima, en otros, empero, rendir el ego. Enfriar las emociones para quitar la densa bruma de ignorancia que no permite ver la realidad tal cual es.

   La persona trata de buscar orientación dentro de la desorientación, sendero en el barro, movimiento en lo estático, sentido en el despropósito. Asume con dolor el recordatorio de que nada se puede controlar excepto la actitud, y es ahí donde se produce un hervidero de dudas. El camino recorrido aparentaba cierta seguridad, pero de repente todo se desbarata, se descompone para volverse a componer. En nuestras manos están las piezas de un juego que debemos encajar. En ese momento nos cuesta correr la cortina de la ofuscación, y es ahí, donde debemos rendir lo que hasta ahora nos sostenía y emerger, como el intrépido Ave Fénix, de las cenizas.

    Una vez pasada la tempestad, el buscador se sitúa en un peldaño por encima. Ha mudado la piel como la más genuina de las serpientes. El camino se vuelve a despejar para recorrer la senda sin senda, como señalan los antiguos sabios. Se trata de recapitular lo extraído para, como de la más legendaria alquimia, transformar lo sucedido en aprendizaje vital y experiencial, sin quedarse en el mero conocimiento intelectivo.


    El buscador adquiere ¨algo¨ que no es prestado. Se ha rellenado de sí mismo, comprende que escapa a la lógica, y entiende de manera supraconsciente, que si vuelve a sentir vacío será para llenarse de nuevo.








martes, 31 de mayo de 2011

El compromiso deportivo.


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    En el deporte como en cualquier otro ámbito, el grado de compromiso debe prevalecer para afianzar la unión entre las distintas personas que conforman un equipo.
    El compromiso comienza siendo individual (pues qué es un equipo sino un conjunto de individuos), para después fundirse en el global. Por eso es importante, en el caso de un entrenador, por ejemplo, tener las dos perspectivas a la hora de tratar situaciones, pues en algunas imperan al conjunto y otras, empero, al individuo.
    El sentimiento de compromiso es un valor que emerge ante los acontecimientos que se van presentando, pues en última instancia, es la rama a la que agarrarse ante la corriente de los hechos. Para ello, la coherencia debe impregnar la atmósfera en la que se trabaje, pues será un valor seguro ante el escepticismo que puedan tener algunas partes del equipo. Sin coherencia no hay unidad, no hay dirección en la que remar pues todo está basado en rarezas, oportunismos, estrechos puntos de vista y, en suma: falta de lucidez.
    La motivación es vital para avivar la llama del compromiso, pues este tiende a remitir en momentos de derrotas y frustraciones. Se tiene que dar gran valor al esfuerzo personal e informar que derivará al colectivo, donde acopiando todos los esfuerzos, estos terminarán por germinar.
    ¿Por qué puede haber pérdida de compromiso?

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     Cada ser humano dispone de su propia naturaleza. Cuando se llega a un punto de no encontrar sentido a lo que hacemos, cuestionamos nuestro compromiso que nos aferra a él, pues lo que comienza con un apego desmesurado puede derivar en una aversión considerable. La actitud de las personas que componen un equipo debe ser en miras a una finalidad común, pues las aspiraciones egocentristas solo entorpecen el equilibrio global.
    Las aspiraciones no son las mismas para todo el mundo, pues dependen de la madurez personal y etapa vivencial actual. Un manager o entrenador debe detectar cuales son las inquietudes de sus componentes, para así, sintonizar con cada uno de ellos y hacer crecer al equipo. Todo debe girar a una finalidad que no se vea entorpecida por impositivismos, decisiones dictatoriales y afanes de protagonismo, y en cambio, se debe manifestar una ética genuina, una visión cabal y unas decisiones basadas en la reflexión consciente y ecuánime.

 Mou    La sensación de unidad se irá creando a medida que el compromiso es más profundo, y por ende, la fuerza será más direccional, ya que la energía sólo es poderosa cuando está canalizada. No olvidemos que un compromiso genuino parte de las emociones y no de las racionalizaciones, y que el sentimiento puede ser muy poderoso a cualquier nivel deportivo. Una persona que haya perdido la confianza en lo que hace no sentirá el empuje necesario para crear un camino a cada paso, sino que tratará de crear el suyo propio interno, acopiando sus energías y alejándolas del resto.
    La ambición debe ser también canalizada sabiendo fluir con el curso de los acontecimientos, sin querer adelantar las cosas antes de tiempo ni forzar las situaciones a nuestra conveniencia.
    La complicidad es el ancla que sostiene un barco al que todos deben remar al mismo compás. La firme determinación de creer en lo que se está haciendo será un aval para componer un sentimiento en lo que se ha hecho, se hace, y nos proponemos hacer.

          NOTA:    
          Este artículo me lo publicaron el 29 de mayo de 2011 en http://www.modernsoccer.net/