lunes, 10 de noviembre de 2014

El error.

 
 El error es la parcela censurada del equívoco. Su sola pronunciación ya hace clasificar la palabra en una dimensión de fatalidad y prejuicios negativos.
    El ser humano, en su intencionalidad y quehacer, dispone de diversas vías para desarrollar y desarrollarse. Unas son más acordes y diestras, y otras, se alejan de ser acertadas.
    Se achaca el error a la fatalidad, lo injustificable y lo contrario a la eficiencia. Una vez cometido el error, se busca al responsable directo y, en muchos de los casos, se penaliza o reprime al sujeto. A veces, el error, ha llegado a ser tachado de pecado, generando con ello el exceso de culpa. Nos educan para evitar el error, cuando en el fondo, es principio de aprendizaje.
    El error repetitivo es negligencia, pero el ocasional y fortuito, oportunidad de crecimiento. Sin error no puede haber un reconocimiento para descartar. Saber todo de antemano sería un suicidio psicológico y alimentaría el enaltecimiento del ego. Si no existiera un margen para errar, nuestras acciones estarían predestinadas y sus conclusiones determinadas.
    Eso que en un principio parece liberador, no es más que la construcción de una burbuja invisible de seguridad, sustentada por nuestra creencia ciega de lo que consideramos perfección. Errar es de sabios, pero lo es más si se le incorpora nuestro grado de consciencia.

    El error produce rechazo, aversión, y precisamente por miedo nos preocupamos más de no caer en el error que de realizar algo bien. Desde pequeños nos inculcan lo que es erróneo, dejando en nosotros la huella de la reprimenda. La educación dada reprime el error, convirtiéndolo en un saco donde entra la falta de atino en la acción, la torpeza o los condicionantes en nuestras cualidades a desarrollar. Todo ello genera inseguridad en la persona, viendo el error como algo catastrófico sin intuir que es fundamental para el crecimiento y desarrollo.
    Si cuando debemos optar, todas las puertas fuesen válidas, caeríamos en un sueño psicológico lejos de acrecentar nuestra capacidad de elección basado en nuestra experiencia, el discernimiento, el descarte de lo que menos nos interesa, y el factor clave, reconocer la que ya hemos abierto en otras ocasiones y nos perjudica. El error, una vez convertido en factor transformativo, es el recordatorio, el historial que nos permite ir por delante para reconocer la acción negligente y menos diestra.
    Pero no podemos pensar que los errores se agotan. Si fuera así, deberíamos plantearnos si estamos arriesgando lo suficiente, viviendo con coraje -sin perder la prudencia-, o por contra, nos hemos estancado y cobijado en un punto por miedo al fracaso. A mayor valentía, mayor posibilidad de error, porque las posibilidades se configuran por lo acertado o lo erróneo, dependiendo de cómo lo interpretemos y cómo procedamos a la ejecución y desarrollo.

    Tener miedo al error es evitar la vida en su conjunto. En el momento en que demos un paso se abre la hipótesis de si es o no lo correcto. Por ello, también debemos ampliar nuestra visión para no tender a clasificar tan rápidamente y dejar fluir los acontecimientos para observar cómo se van resolviendo sin etiquetar tajantemente. Lo que puede parecer un error puede convertirse en una bendición, y viceversa.
    La sabiduría no es ausencia de error, sino lucidez para detectarlo cuando se produce, reconducirlo y transformarlo conscientemente. Eliminemos nuestros juicios y estemos en apertura con el error. Que se convierta en un huésped puntual que sabemos recibir. Veamos qué puerta ha quedado abierta para que pudiera colarse, y despidámoslo con la mayor de las amabilidades. Si fallamos cien veces, tendremos el conocimiento de cien maneras que no debemos volver a hacerlo. El acierto está sumergido en las profundidades de lo idóneo, y se accede atravesando las capas de errores, que tan sólo nos guían para escarbar más en profundidad.

    En la búsqueda interior, el rastreo de implica toparse con el error una y otra vez, desviarse de la senda en más de una ocasión, pero el buscador, con ánimo firme, amiga con su lado más inclinado a errar para darle las gracias por reorientarle de nuevo hacia su dirección de autoconocimiento












miércoles, 1 de octubre de 2014

La ira.

    La ira es un estado emocional destructivo, donde el primer perjudicado es el sujeto en el que brota y se manifiesta.
    La ira surge y obnubila la visión, desencadenando una furia incontenible. Es una emoción negativa, donde sus raíces se esconden en las profundidades de nuestros códigos evolutivos y de nuestra psicología más visceral. El desencadenante puede ser múltiple o aislado, dejando una fuerte impronta, tanto en el estado emocional, como en los actos ejecutados que se puedan producir.
    Es un torbellino que nos va acaparando hasta cegarnos y conseguir poseernos, quedando a merced de pensamientos irracionales o disparatados. El acceso a veces es tan directo que nuestra consciencia no es capaz de captar, ni mucho menos, controlar. Es un arrastre a nuestro lado más conflictivo, hambriento de saciar su malestar.
    Su hermano pequeño es la irascibilidad, donde parece que todo nos molesta, todo nos sobra. Se crea así un panorama de rareza, de rabia a punto de ser desbordada. Si se acrecienta da paso a la ira, donde la energía a su disposición erupciona queriendo expandir su esfera de negatividad. El margen de escapatoria se estrecha, pues el volcán está dentro de nosotros mismos, su lava poco a poco nos va alcanzando. Podremos culpar, podremos señalar, pero es en nuestro interior donde se libera el estado emocional.
    Un hecho externo puede ser el detonante, como algo que nos parezca injusto o donde nos sintamos ofendidos o agredidos, pero no son pocas las veces que la batalla se experimenta en nuestro universo interior, mezclándose las sensaciones con el enredo de imágenes y ensoñaciones. Es ahí donde el recuerdo de lo que nos hicieron, la impotencia de no haber actuado o la impunidad que goza lo que consideramos injusto, suscite una liberación de ira contenida. El desfogue se asocia a una realidad alternativa, donde acometemos los actos o ponemos los medios para reajustar aquello que ha quedado impreso en nosotros como una herida abierta.
    Una vez pasado el vendaval, nos damos cuenta de la transitoriedad de todo el asunto. La ira ha venido, nos ha tomado y se ha marchado. Nos hemos ausentado de nuestro eje, de nuestro quicio, porque la emoción nos ha arrastrado. En ese zarandeo hemos experimentado una parte de nosotros que no es la habitual. Es una voz reivindicativa, un modo de violentarnos que no es nuestro comportamiento ordinario, pero que en su disolución, nos deja una sensación de liberación, de haber expulsado un huésped que nos somete y nos mantenía poseído.
    Si llegamos a la conclusión de que la ira no nos beneficia en absoluto - aunque creamos que descargamos un malestar -, debemos comenzar a investigar sobre la misma para desenmascararla. No hay que confundir carácter o cierto temperamento, respuestas firmes acordes a la situación del momento, como tampoco ser contundentes o salvaguardar nuestros intereses. La ira es un arrebatamiento de nuestra lucidez, nuestro discernimiento y una solapación de nuestra consciencia. Es actuar de una manera desmedida -salvo casos extremos, como por ejemplo, defender nuestra vida- por dejarnos abrazar por nuestro instinto más irracional.
    El ego es uno de los principales asesores, pues su consejo continuo de cómo debemos actuar o tomarnos las cosas, deliberan una acción justificada al pensar, sentir o ejecutar llevados por la ira. Su repercusión en lo que nos encontremos después, una vez pasada la tormenta, puede ser encontrar nuestro plano existencial devastado, pues ya no se puede volver atrás, y cómo hayamos actuado dejará un antes y un después en el propio devenir.
    Por ello, luchar contra la ira puede convertirse en algo más difícil que en tratar de debilitar todo aquello que lo provoca: enfoques erróneos, manera de tomar las situaciones, falta de estima, nula asertividad, condicionantes de cómo deben ser las cosas, irritabilidad continua, y un largo etcétera.
    Una persona iracunda buscará pretextos para salpicar con su ira que se cuece a fuego lento en su interior. Los canales por los que se manifiesta no son sólo violencia física, sino también violencia verbal, ademanes, acoso, bullying, mobbing..., y otros más sutiles como la indiferencia o el silencio excluyente.


    La ira debe estar bajo control, amparado por nuestro grado de consciencia frente a la misma, dejando cierta distancia para que no nos salpique. Es como ver un tornado desde lejos, observar desde un avión el mar enfurecido. La energía de esa manera no se disemina, quedando a buen recaudo para otros fines más constructivos. Esa vehemencia puede quedar resguardada - tampoco reprimida -, para derivarla en otros objetivos, como realizar deportes que requieran de explosividad, o para ser más pro-activos en nuestro día a día.
    En la búsqueda del autoconocimiento, deberemos sortear el escollo de la ira, para que no nos estanque y prosigamos con fluidez. Además, tendremos que profundizar para ver qué lo desencadena, sin obsesionarnos por sus raíces, y sí en cambio, por elevar nuestro umbral de consciencia para que el tigre que nos somete, tan sólo sea un cachorrillo ladrando.










domingo, 14 de septiembre de 2014

El perdón consciente.

    Perdonar puede ser un gesto noble, pero incluido en un formalismo, el acto queda en un trámite burocrático superficial.
    Así entonces, el perdón se desliza por el barniz de las situaciones y, las emociones, quedan marcadas a lo largo de nuestra vida. Un perdón así es estéril, franqueable, vulnerable, y tan sólo parchea lo que verdaderamente sentimos o pensamos.
    Este tipo de perdón es, en apariencia, sin peso específico, teniendo el mismo valor que hacer una firma en el agua -desaparece mientras se hace-.
    Perdonar no significa olvidar, pero nos libera de arrastrar. Perdonar porque sí, no transforma en nada, y se requiere de mucho poder interior para soltar todo ese nudo de sensaciones que nos mantiene enredados anímicamente.
    El perdón consciente no es justificar ni empatizar, ni relativizar al máximo hasta disolver el hecho que consideremos injusto. Tampoco es ofrecer impunidad ni quedar al alcance para que nos vuelvan a hacer daño. No es significado de acallar ni ser sumisos ante abusos, ni está reñido con una asertividad sana. Es soltar la brasa que mantenemos en puño cerrado y mirar de frente para sentir de nuevo la brisa fresca en el rostro.

    Si el perdón no va acompañado de consciencia, no hay verdadera alquimia, es como realizar un acto desde la somnolencia. El perdón mecánico es un placebo que nos aleja de la realidad y alimenta nuestro autoengaño. Es lanzar un boomerang que nos es devuelto por la espalda.
    El perdón comienza en uno. Algo antagónico a lo que realmente pasa, pues a veces somos nuestro principal torturador. El latigazo viene con nuestros pensamientos obsesivos, nuestra demanda de cómo deben ser las cosas, y así un largo etcétera. El conflicto que anida en nuestro interior se retroalimenta con nuestra manera de roer las cosas, y esa fricción impide desarrollar la capacidad de perdonar.
    El perdón no nace de un desinterés, sino de una capacidad muy profunda de comprensión ligada a la fluidez. Guardar rencor es un veneno que fluye por nuestras células, encapota nuestra visión y nos estanca en un suceso. Odiar sólo daña al que lo siente, pues la persona odiada se mantiene al margen de cómo nos sintamos. Lo justo e injusto se debate en nuestro juicio interior, donde a veces somos víctima y acusado. Parece que perdonar beneficia a todos menos a nosotros, pero es una ilusión que nos atrapa, pues el lastre nos mantiene anclado.
    Es muy difícil soltar aquello por lo que nos sentimos heridos, pero ejercitar un perdón consciente nos libera de un sufrimiento inútil. Esto es muy debatible, porque en este mundo se cometen actos muy atroces donde es imposible quedarse indiferente. Ahí el perdón queda en utópico, en un acto que jamás puede llegar a consumarse. Pero en un nivel más cotidiano, más ordinario, el ejercicio del perdón consciente nos puede liberar de nuestra cárcel emocional.
    Arrojar consciencia al hecho en sí, lejos de pares de opuestos, no es tarea fácil, pero debemos atestiguar para no implicarnos en un círculo vicioso de emociones negativas. Proceder a un perdón interior es cerrar, de algún modo, capítulo. El hecho de querernos lo suficiente nos debe motivar para proceder a esta liberación que sólo podemos hacer nosotros.
    ¿Y, entonces todo el daño cómo se repara?
    Extrayendo el aprendizaje y haciendo lectura de qué aspectos podemos cambiar, o aceptar lo que es inmodificable rindiendo el ego que reclama venganza.

    No es fácil, ni algo que se aprenda de la noche a la mañana, pero si queremos paz interior, debemos reparar el daño emocional que interpretamos que nos han hecho. Hay que ser realistas, ya que la impotencia que sentimos ante la impunidad de ciertas personas parece que no nos va a dejar desarrollar esta parcela de autoconocimiento.
    El perdón consciente es fortaleza psíquica, sabiduría y un bálsamo para el espíritu. El buscador sabe que lo debe desarrollar, pues es un obstáculo no debilitar sus crispaciones dadas, e impide recorrer el camino hacia dentro que luego debe conciliar con el plano exterior.
    La carga de odio procura una ausencia de aroma en nuestro ser, se agotan nuestras mejores energías y se merma la capacidad de disfrutar con lo que uno es. Las personas aviesas que carguen con lo que son, pero que no deterioren nuestro florecimiento interior.
    De ese modo, el perdón que se produce con consciencia, es el mayor aliado para esquivar el propósito de aquel, o aquello, que quiso hacernos daño.











martes, 22 de julio de 2014

Reseña Cartas desde el Nirvana. Blog: ¨Anescris¨

Reseña Cartas desde el Nirvana de Raúl Santos Caballero

     Bueno vamos al segundo libro de mi participación en el  tour Anescris. Sí, yo también participo y ahí va mi opinión:


     MI OPINIÓN:

     Bueno aquí tengo el segundo libro de Raúl Santos, que la verdad me ha sorprendido otra vez. Son de esos libros que hacen pensar, igual que su primer libro "El vecino de al lado", nos lleva desde sus historias a conocer un poco la doctrina del  Yoga, que muchas veces sin seguir esa doctrina hace que quieras interesarte más y, aunque no te interese mucho, es un libro interesante, ya que te da por pensar en tu vida cotidiana que es lo que puedes cambiar para disfrutar un poco más de tu alrededor sin que nuestra peor enemiga, nuestra mente o EGO,nos fastidie y nos amargue la existencia.

     Así que os recomiendo que conozcáis a Daniel y las cartas que su padre, Julián , le dejó para que le conociera y supiera de la vida que llevó hasta su fallecimiento. Creo que si supiera que me voy a morir, también le dejaría una carta a mi hija para que se la entregara alguien en un futuro, no creáis, yo lo he pensado y no es que me vaya a morir , tocamos madera, pero si pudiera hacerlo lo haría. El libro tiene 372 páginas y lo puedes encontrar en http://www.libreriacirculorojo.com/, aunque también puedes leer si te apuntas a nuestro Libro Tour Anescris.



     MI PUNTUACIÓN: 
10

viernes, 18 de julio de 2014

La felicidad.

   Al hablar sobre la felicidad, primero, habría que preguntarse qué es, porque cada uno a nuestra interpretación, podemos ofrecer connotaciones distintas.

    La felicidad, comúnmente, es lo que constantemente buscamos, lo que deseamos o anhelamos según nuestro paradigma, entendiéndolo como una experiencia culmen permanente e idónea, para así transitar el recorrido en esta vida.
    Es una aspiración humana, un estado que nadie aborrece y con el que, según entendemos, concluiría todo el sufrimiento o gran parte de él. La felicidad puede ser enfocada desde muchos puntos de vista. Para unos puede ser momentos de entusiasmo; para otros, obtención material, y así un largo etcétera.
    ¿Pero realmente existe la felicidad como tal? ¿Es una quimera? ¿Es una dicha que nos pertenece como derecho propio?
    Cada persona tenemos una manera de entender y vislumbrar lo que consideramos ser felices. Hay quien lo establece como lograr una estabilidad, rango o un cierto estatus. Desde otra visión, el alcanzar un cierto equilibrio o armonía, también puede ser catalogado como felicidad o como predisposición a la misma. Quizás la felicidad no sea el mismo tipo de cima para todo el mundo, pues cada uno recorre su propia montaña. Lo que sí debería de ser un común denominador es que no dañemos por alcanzar lo que consideremos en ese momento por felicidad, pues teñida de dolor o sufrimiento ajeno, nunca podrá ser una felicidad noble.
    Existe el fenómeno de que el resultado de ser felices siempre viene dado por un esfuerzo requerido o un sacrificio llevado a cabo. Así, la felicidad, se convierte pues, en una recompensa merecedora, y en muchas ocasiones, diferenciada del resto. Pero ¿y qué sucede cuando la felicidad no llega o cuando creemos haberla encontrado se evapora?
    Puede ser una antesala a la frustración, o una desmotivación total ante el recorrido empleado en esa búsqueda incansable de la dicha suprema. También cabe valorar que vivimos en una vida de fenómenos transitorios, que puede hacer que un estado que consideremos de felicidad cambie, y por otro, que el contexto que empleamos para rellenar la etiqueta de felicidad también esté sujeto al cambio.
    Podemos profundizar e indagar en qué es lo que en un momento nos pudo haber hecho felices y por ello ya no lo somos tanto. ¿Por qué esa felicidad no perdura hasta nuestros días? Primero tendríamos que ver si realmente éramos felices o nos lo parecía; y segundo, que también nosotros estamos en ese cambio permanente y las predilecciones van variando como todos los aspectos que conforman la felicidad ensoñada.
    ¿Podría ser entonces el sosiego o la paz interior -como dijera Buda- la verdadera felicidad? Dependerá todo ello de la escala de valores del sujeto. También surgen más preguntas: ¿Es la felicidad un derecho, una opción o un espejismo? ¿Existe la felicidad innata? ¿Es una actitud para encarar la vida que elegimos a cada instante?
    Y otra de las preguntas que más nos puede asediar sería: ¿Qué nos impide ser felices en este momento?
    Investigar sobre este tema es complejo, porque a cada paso salen más caminos y a cada respuesta se formulan más preguntas. Quizás ser feliz sea la cosa más simple, la más sencilla y fácil, pero puede convertirse en la zanahoria que está delante del burro. Puede que proyectemos una felicidad futura acorde a unas circunstancias favorables en las que entendemos no se dan en el instante presente. Solemos estar en una espera de ser merecedores de la ansiada felicidad que nos debe de llegar como justicia a como somos o nos comportamos.

     Podemos sentir felicidad cuando algo va a nuestro favor. Nos elogian y nos sentimos pletóricos, efusivos, todo vuelve a vibrar. La felicidad, entonces, se convierte en exaltación febril  y momentánea, que puede dar paso a otros estados de ánimo o emociones. Es difícil no caer en comparativas de otras personas y buscar paralelismos para ¨valorar¨ esa felicidad que se nos escapa de las manos.
    Puede, por seguir ahondando, que incluso teniendo la felicidad de frente, no estemos capacitados para sentirnos acorde a ella, o no nos parezca el instante lo más preciso para abrazarla. Pero esa incapacidad para hacer un espacio a la felicidad en este momento presente tampoco se podrá dar en momentos futuros, porque llegará como el ¨ahora¨, del que no aprendemos a relacionarnos por completo. Ello deriva a que a lo mejor debemos ¨adiestrarnos¨ para ser felices. Puede sonar raro: ¨Aprender a ser felices¨, pero lo cierto es que muchas personas tienden a desarrollar una gran capacidad para ser infelices.
    Nuestra percepción, nuestro grado de consciencia, nuestra manera de relativizar, el apego a ideas preestablecidas o la facilidad de culpar a todo lo externo de nuestro malestar, todo ello y más, se conglomera para darnos un informe de cómo nos sentimos y que proximidad o lejanía existe con lo que consideramos ser felices.
    Quizás se nos escape por no tener bien definida su naturaleza, o porque cuando la sentimos, lo damos por sentado creyendo que es lo mínimo que podemos merecer. Cuando sentimos la desdicha, toda una fila de supuestos nos sirven como motivo de nuestra infelicidad, y ahí empieza el círculo vicioso de la queja.
    Tengamos propósitos, motivaciones... Quizás la felicidad no sea una suma, sino una ausencia. Quizás se componga de un equilibrio que vamos ajustando a cada instante, entre lo que sentimos e interpretamos, con lo que nos va llegando y vivenciando. Un exceso de externalización y embote de los sentidos, nos aliena y aleja de nuestro eje; un exceso de interiorización y retraimiento también nos puede separar del corazón de la vida.


    Por ello hagamos de la felicidad, no una meta que concluye un camino, sino la manera en que damos los pasos. Disfrutemos de las opciones, de las alternativas y las preferencias en cada etapa. Lo que en un momento nos pudo haber hecho felices no significa que nos haga ahora, por ello no tratemos de estirar lo que ya no nos alcanza. Rastreemos el sendero sintiendo la pisada que vamos dejando.
    Al fin y al cabo, cómo nos sintamos, será la huella impresa que marque nuestro estado.
















lunes, 30 de junio de 2014

El diálogo mental.

    Si algo nos acompaña en todo momento cotidiano, es sin duda alguna, la charla continua del pensamiento. La voz espectral que nos envuelve y acapara se va ligando hasta conseguir un encadenamiento de pensamientos, creando un dialogo interior como sonido de fondo en nuestras vidas.
    De manera constructiva o inspiracional, el pensamiento enriquece nuestro bienestar y, alimenta el sinfín de ideas para un correcto uso de las mismas. En ese caso, el dialogo interior está a favor y nos acompaña amistosamente como un buen amigo a nuestro lado. De esa manera, el pensamiento y su discurso íntimo, se encuentra en armonía sin tratar de acaparar más de lo que le pertenece. Es un aliado que nos orienta, nos inspira y edulcora con su presencia.
    Pero la mayoría de nosotros podemos caer presa de ese tráfico pensante. No vemos la manera de cruzar la vía entre un vehículo y otro, pues llega a ser tan mínimo el espacio entre ellos, que ni una rendija se genera para poder colarnos. Llevado a un contexto pensante, el pensamiento y su discurso puede llegar a ser asfixiante, acaparador y sabotear nuestros mejores momentos.
    El diálogo nos hipnotiza, y lo que es peor, nos hace adictos al mismo. El pensamiento se corona como rey de nuestro reino interior y su discurso nos arrastra de un lado hacia otro. A su servicio se presta el ego menos cooperante, que mediante la vía de la construcción del pensamiento, utiliza dicha herramienta para condicionar y sobreponer sus argumentos.
    El sujeto cree ser el gobernador cuando, en el fondo, es el gobernado. El dialogo pensante se convierte en un continuo río de caudal alto, donde se saca a la luz una y otra vez, temas que nos torturan y frustran cualquier intento de fluidez en la circunstancia presentada. Así, de esa manera, muchos instantes son derrochados en la atención prestada al pensamiento discursivo.
    Las energías son malgastadas en esa escucha permanente, como a la espera de algo nuevo, de alguna resolución no antes creada. Lo cierto es, que un dialogo no sometido a la luz de la consciencia, se convierte en un jinete salvaje y difícil de domar. ¿Cuántas son las personas que sienten truncadas su felicidad por una mente caótica y difícil de manejar?

    El problema no es pensar, sino en no manejarnos con el pensamiento. El problema no es el pensamiento, sino el pensamiento incontrolado. No es fácil darse cuenta, porque es mucho tiempo siendo esclavos de una mente en la que nos identificamos por completo. Se ha convertido en dueña y trata de engatusarnos constantemente con consejos poco fiables. El pensamiento no dominado es un asesor del cual hay que desconfiar, pues no está regido por la lucidez ni la reflexión consciente, sino por impulsos egocéntricos donde predominan ciertos afanes vengativos o maneras de ajusticiar lo que consideramos injusto.
    Las emociones acompañan, son el detonante de lo que sentimos al identificarnos con estas corrientes pensantes. Se disparan sensaciones que pueden ser gratas o ingratas. Las ingratas alimentan el dolor almacenado y sirven de catapulta para que de nuevo el motivo surja para que un dialogo se repita. Así es como se produce en nosotros cierto hastío, cierto agotamiento y asfixia ante el run run mental. Nos vemos acorralados sin un espacio que nos libere de prestar atención al pensamiento impositivista que se crea en nosotros. Parece que no hay elección, mucho menos, escapatoria, y se merma en nosotros la posibilidad de una transformación, de una opción de libertad interna, donde el ¨yo¨ quede un poco al margen de lo que se piensa, y donde pueda observar sin ser arrastrado, sin identificarse y con la posible elección de desviar la mirada de esa autopista de pensamientos.

    Parece utópico porque no entendemos ser, sentir o vivir, sin el ruido de fondo del pensamiento. Parece que sin él no somos nadie, es más, parece que lo que realmente somos es el pensamiento y nada más. Pero al ser tomados por el ruido pensante ya no estamos presentes, porque el pensamiento se maneja en pasado o futuro, ya que el instante tal y como es, no le ofrece un espacio para situarse. El presente no da cabida para un dialogo rumiante de pensamientos inconclusos. El poder transformativo de estar presente genera un espacio ante el pensamiento, donde toma una posición más secundaria. Ya no arrebata nuestra mirada, ya no ensordece nuestra consciencia embotándola y agotándola. Ese espacio, al observar el pensamiento sin identificarnos, nos da cierto respiro, una brisa fresca y reparadora, y una ruptura de las cadenas que antes nos forjaban.
    La atención consciente facilita que cuando somos arrebatados por una corriente pensante, podamos alejarnos interiormente para situarnos en un puesto de observancia. Desde ahí, el poder hipnotizador del pensamiento no es tan imantador, pues al haber distancia, cierta lejanía, se rompe una identificación que nos sometía por completo y nos empañaba la visión haciéndonos creer que no había otra cosa donde dirigir nuestra mirada.
    El espacio entre pensamientos es la esperanzadora dimensión donde se vislumbra una percepción de una realidad lejos de la dualidad en la que somos zarandeados por falta de ubicación interior. Cuando emerge el estado de presencia se eleva la consciencia, y con ello, una manera de distanciarnos de todo ese contenido asfixiante y ruidoso.

    El entrenamiento mental, como la meditación, permite esa observación que nadie puede hacer por nosotros. Es la identificación ciega la que nos hace creer que nuestra esencia es lo que pensamos, cuando paradójicamente, su cesación revela otro modo final de ser y existir.











jueves, 22 de mayo de 2014

La insatisfacción.

    La insatisfacción es la insoportable sensación de sentirnos vacíos, de tener un hueco en nuestro interior que no termina de ser colmado.
    El sentimiento de insatisfacción viene acompañado del desconcertante entendimiento de que, aun teniendo cubiertas nuestras necesidades, queda algo por llenar. Miramos hacia afuera y vemos todo acompasado, a un ritmo, pero adentro hierve el desasosiego incesante de que algo está a medio camino. Es difícil mirar con claridad ese hervor que nos hace oscilantes y que nos arrastra del momento presente y su disfrute, pero ese punto de ebullición acapara nuestra atención como una llamada a gritos.

    Dependiendo de la persona, ésta puede hacer caso omiso, o por el contrario, despertarse un deseo de colmar ese sentimiento de profunda insatisfacción en el que parece que nada puede servir para mitigarlo. En un estado así, la felicidad parece una utopía, Se produce una gran capacidad de malestar interior muy permanente, y donde todo estimulo exterior queda reducido a un juguete abandonado por el aburrimiento de un niño.
    Nada parece que pueda rescatarnos de esa insatisfacción. Las dudas giran sobre nosotros mismos porque ponemos en tela de juicio nuestra actitud y agradecimiento con todo aquello por lo que deberíamos estar contentos. Suponemos que nuestro estado actual es más que suficiente para tener saciadas todas nuestras expectativas y que, como no, son muchas las personas que están en peor estado.
    Pero eso no consuela a la persona alcanzada por la insatisfacción profunda o interior, porque su sentimiento no viene dado de todo lo orquestado en el exterior, ni de los logros, ni de lo conseguido ni adquirido. Su sensación promueve una movilización hacia adentro, pues es ahí el núcleo, la boca del volcán que estalla en erupción como una señal, como una alarma que trata de desviar la mirada del sujeto hacia una profundidad lejos del alcance de los ojos.

    No hay nada que se pueda poner delante que sacie o colme la insatisfacción. Tampoco el compararnos con otras personas, pues la batalla es interna y nadie la puede resolver por nosotros. Las sensaciones se van turnando; unas son de vacío, otras de malestar e incluso cierta ira ante la falta de comprender lo que nos sucede; otras son las intuiciones que se van generando de que podemos rellenar ese cuenco que habita dentro de nosotros, pero que por poca capacidad de visión, nos es ajeno a nuestra percepción.
    A nada que observemos, la insatisfacción tira de nosotros, nos ancla a un mundo interior al que no queremos mirar, pero que sí debemos ordenar si deseamos optar por utilizar estas sensaciones como un trampolín para nuestra evolución consciente.
    ¿Por qué en unas personas sí y en otras no? Es todo un misterio, porque en muchos individuos este estado no se produce, y si fuera así no lo toman con consciencia. La persona que lo experimenta y además toma consciencia, ya consigue un gran logro, porque de ahí se pasa a dar los primeros pasos de una movilización a mirar aquello que hemos dejado descuidado en nuestro interior. No es nada fácil ni cómodo, porque ya el movimiento, el desplazamiento no es hacia adelante, sino hacia adentro.
    Una insatisfacción bien instrumentalizada convierte las sensaciones vividas en combustible para sumergirnos en una búsqueda que nada tiene que ver con alcanzar logros o estatus. Sentirnos completos ya no es una quimera, pues si algo está vacío, es que puede ser rellenado.
    Es difícil no asociar una sensibilidad mística sin ser abordados por la insatisfacción. Son las llamas que desprenden un deseo de hallar algo que se escapa a nuestra razón, una sed que no se disuelve con cualquier agua.


    La insatisfacción es la llave en marcha que activará un rastreo en el buscador. Sin dicha sensación no hay combustible para iniciar un camino de realización espiritual, y quien rastrea dicho sendero, entiende que ese vacío experimentado, puede ser colmado por sí mismo.