domingo, 22 de septiembre de 2013

El pensamiento.

   

El pensamiento es esa voz espectral que nos envuelve y acapara. Sin duda alguna es una herramienta del proceso de la evolución humana, convirtiéndose en imprescindible para el progreso y la diferenciación con otros seres que nos acompañan en la existencia.
    El pensamiento ha dado cabida a avances, discriminaciones, sentido de las necesidades y se ha manifestado a través de las palabras y los gestos. El pensamiento bien encauzado se ha materializado en arte, poesía, música, escritura, tecnología... A través de él se produjo el lenguaje, el raciocinio, la cognición, la lógica y el intelecto.

    Pero también un pensamiento mal empleado ha dado pie a todas las atrocidades que el ser humano haya podido realizar. Todas las guerras, todo el destrozo en la naturaleza, la codicia, la envidia, el afán imperioso de poder... Todo ello comenzó con un pensamiento, que lejos de la luz de la benevolencia, se plasmó en dolor ajeno y propio. Es también por todo ello un doble filo en el ser humano, pues puede sacar todo lo peor de nosotros, o por el contrario, incitarnos a verdaderos horrores.
    El pensamiento, como lo es la mente, es todo un misterio. Un misterio que no puede resolver otro misterio, como lo es el sentido de la vida. El pensamiento puede traducir, revelar, desvelar, profundizar y alcanzar en estados altos de lucidez, significados ocultos entre las apariencias de las cosas. Pero en lo que se refiere a designios existenciales, el pensamiento encuentra su limitación. Hay algo más en lo que el pensamiento pierde su poder, su utilidad. En las regiones de lo ignoto, el pensamiento no logra alcanzar la altitud donde se desvelan las interrogantes que aplastan al ser humano y le dejan en un punto de un puente que no puede cruzar. El pensamiento, pues, en planos de mística o búsqueda interior, llega un momento que se puede convertir en una carga, pues su peso específico pierde significado.

    La vida filtra a través del pensamiento, que es lo que lo edulcora y colorea, dándonos un informe a veces distinto de la realidad tal cual es. Será entonces en el dominio del pensamiento donde consigamos su máxima utilidad, porque a merced de él, nos manipula y zarandea constantemente. Entonces el pensamiento puede llegar a ser obsesivo y convertirse en un ruido de fondo infernal. Como un pedalear constante que coge inercia, el pensamiento se apodera de nosotros haciéndonos caer en su hipnosis y tendiéndonos la trampa de que nos identifiquemos con el mismo, dejando aprisionado al ser y solapando la verdadera naturaleza que no se manifiesta por ese ruido ensordecedor.
    La batuta la lleva el ego, que escondido detrás del pensamiento, orquesta su intencionalidad de alimentar la idea de separatividad. El pensamiento toma un dueño lejos de nuestra voluntad más directa. Convierte la vida en una descripción continua de lo que nos sucede, lo que nos es injusto o de lo que nos debería pasar y que merecemos. El pensamiento va describiendo cómo se siente el ego, la mayoría de las veces herido en su orgullo y buscando la estrategia de que algo no vuelva a suceder. El pensamiento va cayendo en un círculo cerrado, donde quedamos atrapados sin intuir una escapatoria. Un pensamiento así nos absorbe las mejores energías, siempre prestas a presagiar o confabular nuestros derechos (que no hay que confundir con el análisis lúcido de nuestros intereses), mutila apreciar lo que tenemos de frente porque no estamos en el presente, y no libera potenciales armónicos ni despliega habilidades.

    El pensamiento repercute y enlaza en cómo nos sentimos. Las emociones y las reacciones generan un tipo de pensamiento y viceversa. Así como nos sentimos, así pensamos. Así como pensamos, así nos sentimos. Controlar el pensamiento no es tarea fácil, porque hasta ahora ha campado a sus anchas con nuestro permiso. Poner orden a tanta manifestación pensante significa tener la intrepidez de dejar distancia con los mismos, y en esa lejanía observar y enfriar el pensamiento que al igual que surge, se desvanece. Entonces uno comienza a entender que el pensamiento tiene la realidad que nosotros queramos darle, y que la realidad que vivenciamos estará más o menos nutrida de los pensamientos que queramos aportarle.

    Si el pensamiento nos esclaviza, tenemos que ganar astucia sobre el mismo. Aprender a pensar encauzadamente y a dejar que los pensamientos se debiliten por sí solos negándoles nuestra atención. Es nuestra atención prestada a los pensamientos lo que les alimenta y atrae. EL pensamiento nos seduce y fascina, y eso hace que nos arrastremos ante su magnetismo oculto. Parece imposible estar sin pensar, y no hay que volverse amnésico, pero entender y comprender que la vida es mucho más que pensamientos.
    Cuando somos capaces de vivir sin el velo de los pensamientos, la experiencia es más directa. No hay tantos juicios de valor, ni tanta dualidad de a favor o en contra. La brisa en el rostro es experimentada, la rosa y su aroma no necesita lógica y un cielo estrellado no tiene por qué ser racionalizado.
    El pensamiento tiene su función y su importancia. Hablamos en todo momento del pensamiento discursivo e incontrolado. El no-pensamiento es la habilidad que proviene de intuir otra realidad no conceptuada. Saber en momentos determinados dejar el pensamiento a un lado, es aceptar la vida tal y cómo viene, sin adornos ni embestiduras. Es estar en apertura en el  aquí y ahora, y no dejarnos alejar de un presente que requiere de toda nuestra atención. Alejarnos del pensamiento ordinario es explorar otras zonas de la mente donde no se requiere de ese charloteo incesante y acaparador. Es entender con comunicación directa la existencia, entablar un dialogo silencioso pero cargado de información. Es reconciliarse con lo más genuino de nosotros sin llevar a cuestas tanta información que no es útil para acceder a nuestro recogimiento interior.

    El buscador sabe que el pensamiento, como han indicado muchas tradiciones de autorrealización, puede convertirse en un obstáculo, pero también sabe la importancia y el poder de un pensamiento bien empleado. A través de él hallará conocimientos, caerá en la cuenta de muchos aspectos, le permitirá indagar en el modo final de ser de todo lo aparente, le permitirá también no quedarse en la superficialidad de las cosas y tratar de hallar respuestas coherentes a su incesante búsqueda. Mediante el pensamiento procederá a efectuar prácticas para controlar y dominar su mente, y sobre el pensamiento, paradójicamente, catapultarse para subyugar el proceso pensante. Entenderá mediante el mismo el mensaje de personas o maestros realizados, comprenderá sus parábolas, analogías y ejemplos para facilitar el acceso que depende del nivel de comprensión de la persona.
    Así el pensamiento se convierte en un compañero de fatigas en el viaje interior, pero lo que ya sabe el buscador es que en un momento de ese viaje, el pensamiento no podrá acompañarle. Será entonces cuando le agradezca su cooperación, pero el camino entonces será más estrecho y el pensamiento con su funcionalidad no coge por ese sinuoso sendero.

    La vida está ahí, esperándonos, en apertura para recibirnos. No nos enredemos tanto en lógicas aplastantes y dejemos el pensamiento a un lado cuando lo estimemos oportuno. Para ello la técnica de la meditación nos enseña a manejar ese pensamiento incontrolado y a observar su proceso de surgir y desvanecerse.
   

    Sepamos aparcar el pensamiento cuando realmente lo merece; utilicémosle cuando su utilidad sea necesaria. El pensamiento puede estar un rato sin nosotros, nosotros podemos vivir y experimentar un rato sin él.








lunes, 16 de septiembre de 2013

Reseña ¨El vecino de al lado¨. Blog: Anescris.



     


     SINOPSIS:

     Sergio, recién divorciado de Yolanda, se va a vivir a un piso él solo, aunque
aparentemente parece
 que esta bien en el fondo su alma vive sus días más negros, cree que se va a
volver loco, pero un día 
conoce a su vecino Vicente, y desde ese momento su vida cambia. Vicente desde
 su experiencia le 
empieza a abrir su mente al yoga, también le ayuda cuando tiene días malos ,
y le explica que intente 
ser como su gato siamés, tranquilo pero alerta siempre.

     Sergio se da cuenta que no solo tiene que poner en orden su vida sino también
 la mental, intentar
 ganar a su mente y ser un observador, para poder disfrutar de la vida.

     MI OPINIÓN:

     Bueno primero dar gracias a Editorial Círculo Rojo por haber cedido el libro
para poder reseñarlo, 
es de agradecer que se hayan fijado en nosotros para ello. Y ahora como no,
mi opinión:

     Primero de todo, aunque había elegido yo la lista de los libros estaba un poco e
scéptica en cuando 
qué esperar de este libro , por lo único que sabía, Sergio y un vecino anciano,
y bueno un gato, no 
sabía qué podía esperar, pero me he llevado una grata sorpresa, me ha encantado y
 disfrutado mucho 
con el libro, decidí cuando lo estaba leyendo darle su tiempo al libro, leerlo,
tranquilamente y saborear 
sus palabras. Así que con Sergio he sufrido sus ataques de locura como dice él,
pero con Vicente 
disfrutaba escuchando sus palabras sabias e incluso te relajabas a la vez que Sergio,
y sufrí por Vicente 
como sufrió Sergio . Creo que todo el mundo somos un Sergio donde nos domina
la mente, 
posiblemente porque me identifico y a veces tengo que callarla, me han llenado mas
 las palabras
 de Vicente, e incluso de intentar investigar un poco más el yoga.

     Diréis está loca por sólo leer un libro vas a investigar un poco más el yoga,
bueno a veces un libro
 nos lleva por caminos que no habías pensado, un libro nos lleva a viajar a distintos
lugares del mundo, 
a distintas épocas, a muchas historias, por qué no nos iba a enseñar este libro un
poco, aunque sea por 
encima, la esencia del Yoga. A veces sientes que la vida y nuestra mente no te ayuda
a disfrutar de la vida
 y si con el yoga consiguiera eso, ¿por que no?, a lo mejor lo que quiero es ser un gato
 y no lo he dicho.

    MI PUNTUACIÓN: 10


                                           photo cabeceras-para-blogs-vintage-corazo3010n_zpsf0457f04.jpg

                  http://anescris.blogspot.com.es/2013/09/resena-de-el-vecino-de-al-lado-de-raul.html






domingo, 4 de agosto de 2013

La autoestima.

    Quererse a uno mismo en su justa medida es síntoma de equilibrio emocional. La autoestima no es egolatría, ni altivez ni altanería. Es el sano amor hacia uno mismo al margen de las estructuras del ego.
    Quererse implica observarse, corregir, protegerse y robustecer el simple hecho de que somos irrepetibles en esta existencia, tanto en lo bueno como en lo que no lo es tanto. Cuando la autoestima es genuina, su origen no es el halago externo, ni las recompensas materiales ni el reconocimiento de los demás.
    La autoestima eclosiona con la aceptación de uno mismo y en la firme voluntad para buscar los medios que nos permitan evolucionar y desarrollarnos. En esa senda de autoconocimiento y perfeccionamiento es importante desarrollar estima, porque ese lado de nosotros que nos negamos a ver, termina por ponerse de frente. La autoestima entonces se encarga de abrazarlo, de no excluirlo y de tenerlo en cuenta para mejorarlo.
    Una falta de estima genera en la persona una deficiencia emocional que le hace vivir de espaldas a sí mismo, siempre buscando el agradar y la aprobación de los demás, todo ello generado desde su propia inseguridad. Busca verse en el reflejo que proyectan los otros, hace una descripción de sí misma sobre las opiniones que le van llegando y sólo ve su imagen en espejos ajenos. La baja autoestima lanza una información negativa sobre uno. Desde que no está a la altura de las circunstancias, a que no es capaz de realizar cualquier tarea o que su propia presencia desencadena incomodidad en las demás personas.
    La vida entonces está mermada, anulada. Uno se convierte en presa de sus propias convicciones y acaba por ajustarse a un papel creado. En una baja autoestima existe un ego, pero es miedoso. No saber decir no, no saber mostrar firmeza cuando las circunstancias lo requieren, no determinar su actuación en este mundo..., todo ello esconde un ego herido en su orgullo, atrincherado y deseoso de alabanzas y consideraciones.
    La falta de estima a la larga genera resentimiento, rabia contenida y rencor hacia aquellos que se aprovecharon en un momento dado. Puede hacer creer a la persona que está actuando bajo el comportamiento de la prudencia, pero esto es sólo un parche para no ver la realidad que se esconde. La falta de estima es falta de confianza, de no creer en los potenciales de uno, de sentirse sin los mismos derechos que los demás. Sin estima la persona se desvincula de sí misma, mendiga afecto y anhela reconocimiento.
    Cuando esa piel adherida se va deshaciendo, el sujeto empieza a respirar. Se da cuenta que quería protegerse de algo que se ha desvanecido. Factores como la seguridad, el equilibrio de ánimo, la aceptación de nuestra parte negativa por resolver, el aprendizaje para saber desenvolvernos en ciertas confrontaciones, aprender a expresar lo que uno llega a sentir..., todo ello son herramientas para salir de la estrechez de la falta de estima.
    El ego no tiene por qué abanderar nuestra estima. Éste puede estar al margen, pues querernos a nosotros mismos es querer dar lo mejor a los demás, sin ese sentimiento de separatividad que propone el ego. Si uno no está bien, menos lo estará con nadie más. Si uno no se aprende a amar, poco sabrá hacerlo hacia alguien. El amor nace en uno, y ese es el primer escalón a rellenar.
    La factura de no saber apreciarnos puede venirnos aumentada. La ausencia de aceptación queda rellenada por sentimientos de animadversión incluso hacia nosotros mismos. Nos culpamos enormemente por ser como somos, por no saber atajar de una vez por todas. Cierta ira puede ser retroalimentada, porque al final denotamos que el único culpable de sentirnos así está en nuestra actitud pasiva y permisiva.
    Uno puede quererse y ser inocente, compasivo, presto y solícito. De hecho estará más capacitado, pues lo que comparta lo hará desde cierto desprendimiento sin la espera de recompensa alguna, porque haciéndolo ya lo recibe. En esa integridad psicológica la persona está más capacitada para comprender, entender y no juzgar, porque anteriormente lo habrá hecho sobre sí mismo. Eso permite ampliar las miras para que así el amor hacia uno no nos haga sentir diferentes al resto, sino todo lo contrario, pertenecer a una unidad de seres que sienten y padecen como nosotros.
    Si no sabemos aprender a cuidar nuestros intereses, nuestras motivaciones, luchar por nuestros sueños, poco sabremos apreciarnos en grado sumo. Somos autores de nuestra propia existencia, somos quienes damos los pasos en nuestro camino, somos el milagro asombroso de estar vivos. Si la vida no nos asombra, se vuelve de blanco y negro y sus planos son líneas paralelas que nunca se encuentran; poca diferencia habrá en estar muertos.
    Evitemos que nos impongan un modelo de vida, que nos relaten un guión al que ajustarnos. Tenemos nuestras propias prioridades, necesidades y anhelos que no tienen por qué parecerse a los del resto. Somos maestro y discípulo en esta vida. ¿Podemos aceptar consejos? Claro que sí, pero no seguirlos al pie de la letra por complacer a alguien. Si una persona no nos acepta por cómo somos, algo en ella tampoco se ha aceptado. Si no aceptamos a alguien por cómo es, chequearemos que nos incomoda y así observaremos lo que despierta en nosotros.
    La autoestima se va desarrollando a medida que vamos aprendiendo a valorarnos sin caer, insistimos, en la burocracia del ego. El sosiego será despertado, la visión más esclarecida y con ello un comportamiento más maduro y que sabrá ajustarse a la inmediatez del momento.


    En la senda de la búsqueda interior, la estima debe estar regada constantemente, pues es la motivación de querer mejorar la que debe renovarse constantemente. No para buscar el sentirnos superiores ni alabados, sino para ir despojándonos de todo aquello que no nos sirve y no nos pertenece,  y acoger renovadas actitudes y conceptos que distan de los petrificados.
    El buscador comprende que sin estima solo hay alienación. Sin llegar a entenderse se pierde en el camino; sin su propio cariño hacia sí, pierde el rumbo y la orientación. Trata de ganarse, de conquistarse, porque es lo único que tiene. Quiere poner a prueba su amor y compasión en el banco de pruebas de uno mismo, y una vez así, desplegarlo hacia los demás.
    La autoestima nos reencuentra, nos integra y nos defiende de personas poco recomendadas. Evita también la desdoblegación y nos hace encontrar esa comunión que sólo puede producirse en el interior de uno.














sábado, 20 de julio de 2013

Las expectativas.

    La expectativa es la proyección que reviste un anhelo. Es el decorado que otorgamos a las cosas, una suma de cualidades a alguien o un final de etapa para un esfuerzo.
    La expectativa seduce, fascina y embelesa. Despierta una proyección y sobre la misma se retroalimenta. Aparta cualidades o bien las descarta; dibuja sobre el lienzo de la realidad un cuadro paralelo.
    La expectativa es la pieza en el aire a la espera de ser encajada.

    Otras, despiertan pavor, temor y anticipación temérica. Es la expectativa lo que insufla un futuro no alcanzado. Son las miras depositadas en cómo pueden, o deben ser las cosas. La expectativa despierta interés, y ese exceso de atención en muchos casos nos aleja de cada paso en el presente. Puede servir como un reajuste sobre lo que buscamos, un final perfecto de nuestro capítulo personal.
    La expectativa se puede vivir con o sin consciencia. Con consciencia la expectativa se convierte en un deseo que puede ser alcanzado si ponemos los medios de los que dispongamos; sin consciencia, la expectativa se transforma en compulsión, deseo de acelerar el paso del tiempo y una necesidad imperiosa de que el contenido de la expectativa se cumpla bajo pronóstico.

    Una expectativa incierta o alejada de parámetros reales, no hace más que codificar la realidad y manipularla a nuestro antojo. Así entonces se deteriora la capacidad de manejarnos con los planos imprevisibles de las circunstancias, ya que la expectativa se convierte en un petrificado ¨algo por llegar¨. Es sana aquella que se va reajustando sin ningún tipo de parche. Nos sirve para diferenciar los distintos tipos de frutos que vamos recogiendo en los senderos que nos propongamos.
    Vivir la expectativa es dejar cierta distancia con la misma, sabiendo que se pueda cumplir o no, pero que se mantenga en nuestra visión para no distanciarnos del rumbo. Crear una expectativa para rellenar algún vacío interior es caer en la mayor de las frustraciones, aparte de acarrear disgustos, fricciones y malestar. La expectativa malentendida puede llegar a incrustarnos la idea de nuestro destino, excluyendo completamente la ley del cambio y los procesos transitorios.
    Una expectativa alumbrada por la luz de la consciencia, hace del espacio/tiempo una doblez en la esquina de la página que queremos alcanzar. Se convierte en un punto en el que se dirigirá nuestra expectación, uno de nuestros mayores impulsos de movilización. Sin expectativa correcta el impulso puede quedar en el aire, porque la dirección se diluye a cada paso.

    Las expectativas también alcanzan el revestimiento de las personas, pues creamos en ellas un personaje que se ajusta a nuestros deseos y los aleja de nuestros miedos. Ahí es cuando idolatramos y creamos toda una esfera brillante que envuelve al sujeto. No vemos pues a la persona en sí, con sus virtudes y defectos, sino una proyección creada a un antojo que busca la recompensa si consigue ser acertada. En ese caso nuestro ego se siente fuerte, pues de alguna manera anticipó cómo debía ajustarse la persona sin más criterio que el propuesto por nosotros.
    Otras veces ese revestimiento es a la contra, es decir, dotamos de negatividad y falsas especulaciones dejando inerme la propia valía de la persona. Entonces, a nuestros ojos, las personas quedan estancadas sin capacidad de avance ni desarrollo. Quedan sembradas en una proyección que impide su crecimiento, aunque se produzca igualmente a un lado de este estrecho punto de vista.
    La expectativa nos debe servir, pero no obsesionar ni confundir. Debe estar para situarnos, no para alienarnos a simplemente alcanzarla. Debemos entender que lo que en un momento pudo ser expectación, quizás se elimine con el tiempo, como cambian también nuestros deseos y anhelos.
    En la senda espiritual y de Búsqueda, la expectativa debe estar muy detectada y arropada de consciencia. Aunque el objetivo puede ser muy noble, como es el de la libertad interior, desarrollar compasión o alcanzar la iluminación, debemos tener cuidado con quedar enredados en la expectativa (más con lo último nombrado). Si no alcanzamos la expectativa deseada quizás aflore cierto desagrado, cierto arrepentimiento por embaucarnos a un desarrollo espiritual que es paulatino y sin aceleraciones imprevistas. Podemos sentir desfallecimiento, sensación truncada en el objetivo y resentimiento incluso al deseo noble de automejorarnos.


    Un buscador dejar espacio entre su esencia y la expectativa que se recrea en su mente. Sabe que es más que lo que la expectativa le empuja a alcanzar, aunque sea grato alcanzarlo. El buscador noble trata de no caer en la ciega identificación de su anhelo, prefiere instrumentalizarlo como el que juega con fuego pero no se quema. Entiende que a lo mejor alcanzar no es más que retornar y reconocerse.
    Hagamos de la expectación algo más que un querer llegar a ningún sitio. Que nos sirva pero no nos engatuse, pues al final lo que llegue llegará, y será nuestra predisposición y actitud lo que permita recibir y transformar el alcance de nuestros esfuerzos y la constancia en el resultado.








domingo, 9 de junio de 2013

Reseña de ¨El vecino de al lado¨. Blog ¨Un libro para leer¨.

OPINIÓN:

Hace unas semanas mantuve conversaciones con Raúl Santos, y decidí leer su novela para poder reseñarla. A continuación os dejo con mis sensaciones.

Conoceremos a Sergio, recién divorciado y que está pasando una difícil etapa. Ha decidido mudarse y se instala en un nuevo piso donde intentará recomponer su vida.

Pronto se dará a conocer Vicente, su vecino, un anciano entrañable que no duda en tender la mano a Sergio para reconducir su situación a través de la meditación y el yoga. A priori, esta presteza de Vicente por ayudarle a cambio de nada, le resultará un tanto singular a Sergio y recelará un poco de su vecino.

He de decir que la novela en mi opinión ha ido de menos a más. Las primeras decenas de páginas me han resultado narradas demasiado deprisa, un tanto repetitivas en cuanto a la continua relación entre los dos personajes, creo que motivado por relatar en seguida lo que Raúl quiere contar; se nota que conoce el tema y apabulla un tanto con la información.

La novela está escrita de forma clara y sencilla y es fácil de leer. He visto alguna falta ortográfica que podría corregirse en futuras ediciones. Los personajes están bien definidos, y puedes hacerte una buena idea de ellos, en especial de los dos principales.

Conforme avanzamos en sus páginas, Vicente conseguirá que Sergio confíe en él, y le irá mostrando las virtudes que la meditación y el yoga pueden producir en su confusa mente, e intentará cambiar la percepción que tiene del mundo.Hay frases que de forma individual el lector puede tomar como consejos aplicables al día a día. A veces parecerá que estamos leyendo un libro de autoayuda, por cómo se  narra la forma en que comienzan a meditar y las palabras sabias que le transmite en sus diálogos.

Me gustaría destacar la dificultad que debe suponer escribir sobre algo, cuya práctica es la única forma de llevarlo a cabo. Es decir, podemos teorizar sobre el yoga pero realmente será practicándolo cuando lo descubriremos en esencia.

Raúl nos enseñará también a conocer o distinguir lo más fundamental de Buda  o del Tao, pero será en la parte más avanzada del libro cuando he podido leer entre líneas al Raúl más escritor.  Las frases resultaban mejor estructuradas y las explicaciones mucho más desarrolladas. Los personajes que van apareciendo le dan mayor riqueza al conjunto, y así podemos conocer mejor su vida social, circunstancias…, en fin, algo que dota de  más cuerpo  a la novela.

En definitiva un libro que puede ayudarnos a recordar lo verdaderamente importante y descubrir quién es nuestro verdadero yo, así como reflexionar si verdaderamente estamos a gusto con nosotros mismos.

                                       

http://unlibroparaleer.com/2013/06/07/resena-el-vecino-de-al-lado-raul-santos-caballero/

sábado, 1 de junio de 2013

El sentimiento de urgencia.

    Todos de alguna u otra manera nos hemos sentido empujados por ese sentimiento afanoso de urgencia. El impulso cobra fuerza en nosotros y nos arrastra inexorablemente a ningún lado. Es éste un irrefrenable anhelo de movilizarnos pero bajo la sombra de la pulsión y no de la ejecución consciente.



    El sentimiento de urgencia viene aromatizado por el frenetismo interior, la compulsión desorbitada y la necesidad de dejarnos atrapar en la red de nuestras voliciones. El sentimiento de urgencia no debe ser confundido con el propósito noble, pues éste está supeditado y regido por afanes constructivos y encauzados, lejos de la diseminación de las energías disparadas.

    El sentimiento de urgencia está ensombrecido por un querer abarcarlo todo y un querer llegar a ninguna parte. Es un frenetismo, un momento culmen de querer desplazarnos, quizás maquillando una huida, pero sin la menor capacidad de planificación. Todo ello es fruto de huecos interiores, de un vacío que nos inquieta y que no nos permite mantenernos anclados en nuestro eje. El ansia juega un papel indiscutible, pues al no ser saciada, deposita después la fragancia de la insatisfacción, la amarga frustración y el ánimo derrotista, y de ese modo la persona siente más que nunca su propia soledad interior.

    Todos esos vacíos interiores o falta de integración en nosotros mismos propician un sentimiento de rechazo absoluto a la simplicidad del momento, no siendo suficiente para ajustarnos al mismo y friccionando con la humilde instantaniedad del instante. Es una energía que se dispara pero de manera centrifuga y dispersa. Cualquier lugar parece ser la meta, pero al fin y al cabo al arrastrar esa deficiente capacidad de disfrutar el momento, ningún sitio parece el idóneo.

    En el momento de la compulsión desmedida deberíamos hacer un alto introspectivo, una parada en el andén de nuestro yo. Desde ahí, aplicar cierto sosiego, cierto remanso. Poner los medios para permitir dejar que aparezca la claridad en nuestra visión y proceder a que emerja un equilibrio que se mantiene dentro, pero del que no intuimos ni siquiera su procedencia. Para ello debemos preparar nuestro terreno emocional, y así en la medida de lo posible fortificar nuestros deseos para no dejarlos alcanzar por el impulso visceral que reluce del transfondo de nuestra volición.

    Este sentimiento se puede dar en muchas facetas. Desde la amistad, en la que de repente nos dejamos llevar por un sentimiento de apego al comienzo, la obtención consecutiva de resultados, la excesiva necesidad de sentirnos seguros, y un largo etcétera. La urgencia desmedida diluye energías, pierde la capacidad de discriminar nuestros intereses más vitales y nos zarandea en la dimensión de la probabilidad. Nada más nos aleja tanto como el desertizante anhelo desmesurado que tanto puede llegarnos a invadir.

     En la senda de la autorrealización, este impulso de querer automejorar también se puede convertir en febril. El buscador se pierde en querer anticiparse a la naturaleza del tiempo, extraer cuanto antes lo que busca, y no dejar que el curso normal de los acontecimientos revelen las cosas por sí mismas. En las sendas que nos propongamos, como en el núcleo de la vida misma, debemos redireccionar constantemente los irrefrenables impulsos para alquimizarlos en constructivos senderos que nos lleven más acompasádamente a los fines propuestos.

    Sin calma no hay capacidad de disfrute consciente. Sin sosiego no existe la posibilidad de ver un reflejo sin que esté distorsionado. El poder interior comienza cuando uno es capaz de sujetarse a sí mismo, con la capacidad a su vez de disfrutar sin querer multiplicar el disfrute en sí. Desde esa ubicación lejos del afanismo, la movilización es más unidireccional y permite un transito más firme y seguro a los objetivos emprendidos.

    La urgencia sin sentido debe quedar a un lado. Se debe desplegar la acción sin agitación y aprender a movilizarnos sin perder nuestro punto de quietud.


















sábado, 20 de abril de 2013

La despersonalización.

    La despersonalización junto con la desrealización, son sin duda alguna, los estados más álgidos de la ansiedad. Alcanzan el grado de delirium tremends, y se escenifica el estado ansiógeno en su versión más fantasmagórica.
    Si en la desrealización es el exterior lo que pierde consistencia, en la despersonalización es el propio cuerpo, la persona, el yo, la envoltura corpórea en la que estamos inmersos lo que se insustanciabiliza, o bien, lo aprisiona dejando al sujeto preso de su estructura psicofísica. En ese culmen derivado por factores de ansiedad, la percepción de nuestro yo alcanza otro relieve sintiendo cómo se fracciona desgarrando un malestar indescriptible.
    La persona se despersonaliza, se trocea todo su ser y pierde la capacidad de asirse a sí mismo. Se produce un sentimiento de, por unos momentos, dejar de reconocerse en uno adquiriendo una sensación de desintegración, de nulo control de desbordamiento que produce una crisis de estas características.
    Las sensaciones son de las más variadas. A veces son unos segundos, pero de una carga de intensidad que parece interminable. Explicarlo no es fácil, pues parece sacado de una película de ciencia ficción. La palabra pierde alcance, no está capacitada para transportar el significado que sólo es reproducible en el interior de uno.
    La emoción es arroyada, los razonamientos fuera de contexto, la percepción no diferencia lo percibido, no ajusta lo que es vivido a los patrones establecidos. La persona siente una desorientación descomunal, pues no se siente perdido en un lugar, sino dentro de sí mismo. Quiere escapar pero no puede, pues es su sí mismo lo que se convierte en su peor prisión. La angustiosa sensación de por instantes sentir cómo se disuelve el cuerpo, o bien cómo nos aprisiona, crea una conmoción de parálisis temérica, ya que se retroalimenta el miedo a que vuelva a producirse. El reajuste a la realidad no deja indiferente al sujeto. Ha transitado por las calles del infierno. Ha conocido de primera mano la angustia más radical.

    Ese extremo abrupto de desrealidad produce desconcierto y dubitativas sensaciones sobre lo experimentado. La despersonalización cala en lo más profundo de un ser. El yo se siente vulnerable, frágil, zarandeado sin previo aviso, diluido.
El pavor, el pánico, el sentimiento de huida..., son características comunes de este tsunami invisible hacia los ojos de los demás. La experiencia vivida sobrecoge, atrinchera y trata de predecir constantemente el suceso. Se despierta una predisposición de alerta rígida, una suposición anticipativa alimentada por la imaginación descontrolada, donde toda situación vivida despierta sospechas inherentes a una conclusión fatalista.
    Definir este estado no es sencillo, porque en ese momento el que observa ve un cataclismo que derrumba la cognición habitual. Se puede sentir una separatividad y un desreconcocimiento de uno mismo. Es como si uno se hallara de súbito inmerso en un cuerpo-mente que no le corresponde y que desconoce por completo. Atestigua sobrecogido como sus extremidades -por ejemplo- operan sin ningún control, pues es como si le hubieran retirado de su control de sí.
    El yo parece inmolarse. Es como si la estructura corpórea de la persona quedara translucida. La huella, la impronta, quedan registradas de una manera muy profunda y vivencial. Cambia el enfoque, el prisma, la manera de ver la existencia, pues nos hemos zambullido en un laberinto que no parece tener fin. Algo se transforma en quien lo vive. Ha topado con una crudeza de la que nadie le puede salvar. Puede llegar a sentirse marginado, excluido de la normalidad de lo que él consideraba que era vivir. Esa noche oscura del alma no deja indiferente. Es un shock de saberse vivo, una fiebre que delata un espíritu fragmentado.
    La despersonalización aborda cuando menos lo esperamos. Se produce una contradicción entre lo que creemos ver y lo que percibimos o sentimos. Vemos el cuerpo, pero parece desintegrarse, desmenuzarse. La agitación parece eternizarse. Se puede llegar a proyectar una sensación de locura pasajera, un atisbo de muerte inminente. Pero nada de ello ocurre, ni ha ocurrido jamás. Nadie ha traspasado el umbral de la locura ni menos aún ha muerto por experimentar crisis de angustia pánica.
    ¿Entonces, qué sentido tiene experimentar algo tan atroz? Dependerá de la persona y de su manera de arrojar sentido a lo vivido. Habrá quien lo quiera derivar a factores exclusivamente ansiógenos o predepresivos, u otras querrán incluirlas al saco de los interrogantes existenciales y con ello despertar una búsqueda en sí mismo. Dependerá de la sensibilidad o de los anhelos de carácter místico-espiritual, lo que determinará el origen de estos factores el hecho de tomarlo como una llamada a la autorrealización. De esta manera, lo experimentado de manera tan angustiosa toma un relieve distinto, se emplea para despertar interiormente a un rastreo de sentido fuera de lo ya adquirido.
    No hay adónde acudir, dónde resguardarse. De uno emerge todo y en uno debe solucionarse. Aunque lo que lo provoque pueda venir de afuera, la crisis de despersonalización se produce dentro y se vive dentro, dejando inerme la capacidad para evadirlo. Es por ello que las miras se deben dirigir al interior, a las brasas que aún no se han enfriado. Ese trabajo urge, pues lo que se experimenta no es un plato de buen gusto, y con ello, si las crisis persisten, tomarlo como un termómetro que nos alerta cada vez que se disparan las mismas.


    A nivel personal he de decir, que estas crisis angustiosas, junto con otras sensaciones, son las que me hicieron determinar el emprender senderos de búsqueda interior. Solía acabar en urgencias con veinte años, y me iba del hospital igual que como entre, sin ninguna respuesta. Las preguntas engordaban dentro de mí. Me preguntaba qué era lo que me pasaba, si eran rasgos de locura que nadie podía catalogar por mí. Llegaban a sacudirme de tal manera, que llegué a convencerme de que no iba a ser capaz de hacer vida normal como yo la entendía. Era tal su brusquedad que me petrificaba en el momento en que realizaba cualquier tarea, cualquier función. Cuando menos quería, más me daba, porque mi mente hacía de aliado anticipando lo que pudiera ocurrir.
    Es un sufrimiento innecesario. Solo conduce a una agitación desmesurada en el que el cuerpo físico también paga un coste elevado. Por ello, ahora, puedo decir que puede ser controlable, que hay esperanza, que no es la maldición de la vida haciéndonos vudú.
    Hay que movilizarse y apuntar a la mente para que se convierta en aliada nuestra y no quede en manos de la ansiedad. Hay métodos. Hay yoga, tanto físico como mental, ejercicios de control respiratorio -estos son con los que he notado bastante mejoría-, realizar ejercicio físico, cambio de actitudes y de tomar las cosas, y una larga enseñanza que nos va transformando y realizando. También, cuando a veces me asalta este tipo de crisis, trato de vivirla -que es muy difícil- o de recordar a la mente que si hace tan sólo cinco minutos me encontraba bien, ¿por qué no ahora? Es un truquillo que de alguna manera me vuelve a reajustar a mi realidad presente. Después trato de olvidarlo y simplemente recordarme que debo intensificar mis prácticas porque aún quedan residuos.
    Si estás leyendo este artículo y todo esto te sucede, no te sientas víctima, al contrario, tienes ante ti la mayor excusa para comenzar a conocerte e investigarte. No veas a la existencia como un teatro en el que no representas nada, quizás te lance pistas para integrarte en un camino.
    Yo quise llevar estas experiencias al marco de la espiritualidad, del autoconocimiento, de realizar una realidad que aún se me escapa... Jamás pensé siquiera que lo reconociera, pero es algo que ha conformado mi personalidad y mis anhelos, mis prioridades y mis afanes.
    ¿Y tú? ¿Qué sentido piensas darle?