sábado, 20 de julio de 2013

Las expectativas.

    La expectativa es la proyección que reviste un anhelo. Es el decorado que otorgamos a las cosas, una suma de cualidades a alguien o un final de etapa para un esfuerzo.
    La expectativa seduce, fascina y embelesa. Despierta una proyección y sobre la misma se retroalimenta. Aparta cualidades o bien las descarta; dibuja sobre el lienzo de la realidad un cuadro paralelo.
    La expectativa es la pieza en el aire a la espera de ser encajada.

    Otras, despiertan pavor, temor y anticipación temérica. Es la expectativa lo que insufla un futuro no alcanzado. Son las miras depositadas en cómo pueden, o deben ser las cosas. La expectativa despierta interés, y ese exceso de atención en muchos casos nos aleja de cada paso en el presente. Puede servir como un reajuste sobre lo que buscamos, un final perfecto de nuestro capítulo personal.
    La expectativa se puede vivir con o sin consciencia. Con consciencia la expectativa se convierte en un deseo que puede ser alcanzado si ponemos los medios de los que dispongamos; sin consciencia, la expectativa se transforma en compulsión, deseo de acelerar el paso del tiempo y una necesidad imperiosa de que el contenido de la expectativa se cumpla bajo pronóstico.

    Una expectativa incierta o alejada de parámetros reales, no hace más que codificar la realidad y manipularla a nuestro antojo. Así entonces se deteriora la capacidad de manejarnos con los planos imprevisibles de las circunstancias, ya que la expectativa se convierte en un petrificado ¨algo por llegar¨. Es sana aquella que se va reajustando sin ningún tipo de parche. Nos sirve para diferenciar los distintos tipos de frutos que vamos recogiendo en los senderos que nos propongamos.
    Vivir la expectativa es dejar cierta distancia con la misma, sabiendo que se pueda cumplir o no, pero que se mantenga en nuestra visión para no distanciarnos del rumbo. Crear una expectativa para rellenar algún vacío interior es caer en la mayor de las frustraciones, aparte de acarrear disgustos, fricciones y malestar. La expectativa malentendida puede llegar a incrustarnos la idea de nuestro destino, excluyendo completamente la ley del cambio y los procesos transitorios.
    Una expectativa alumbrada por la luz de la consciencia, hace del espacio/tiempo una doblez en la esquina de la página que queremos alcanzar. Se convierte en un punto en el que se dirigirá nuestra expectación, uno de nuestros mayores impulsos de movilización. Sin expectativa correcta el impulso puede quedar en el aire, porque la dirección se diluye a cada paso.

    Las expectativas también alcanzan el revestimiento de las personas, pues creamos en ellas un personaje que se ajusta a nuestros deseos y los aleja de nuestros miedos. Ahí es cuando idolatramos y creamos toda una esfera brillante que envuelve al sujeto. No vemos pues a la persona en sí, con sus virtudes y defectos, sino una proyección creada a un antojo que busca la recompensa si consigue ser acertada. En ese caso nuestro ego se siente fuerte, pues de alguna manera anticipó cómo debía ajustarse la persona sin más criterio que el propuesto por nosotros.
    Otras veces ese revestimiento es a la contra, es decir, dotamos de negatividad y falsas especulaciones dejando inerme la propia valía de la persona. Entonces, a nuestros ojos, las personas quedan estancadas sin capacidad de avance ni desarrollo. Quedan sembradas en una proyección que impide su crecimiento, aunque se produzca igualmente a un lado de este estrecho punto de vista.
    La expectativa nos debe servir, pero no obsesionar ni confundir. Debe estar para situarnos, no para alienarnos a simplemente alcanzarla. Debemos entender que lo que en un momento pudo ser expectación, quizás se elimine con el tiempo, como cambian también nuestros deseos y anhelos.
    En la senda espiritual y de Búsqueda, la expectativa debe estar muy detectada y arropada de consciencia. Aunque el objetivo puede ser muy noble, como es el de la libertad interior, desarrollar compasión o alcanzar la iluminación, debemos tener cuidado con quedar enredados en la expectativa (más con lo último nombrado). Si no alcanzamos la expectativa deseada quizás aflore cierto desagrado, cierto arrepentimiento por embaucarnos a un desarrollo espiritual que es paulatino y sin aceleraciones imprevistas. Podemos sentir desfallecimiento, sensación truncada en el objetivo y resentimiento incluso al deseo noble de automejorarnos.


    Un buscador dejar espacio entre su esencia y la expectativa que se recrea en su mente. Sabe que es más que lo que la expectativa le empuja a alcanzar, aunque sea grato alcanzarlo. El buscador noble trata de no caer en la ciega identificación de su anhelo, prefiere instrumentalizarlo como el que juega con fuego pero no se quema. Entiende que a lo mejor alcanzar no es más que retornar y reconocerse.
    Hagamos de la expectación algo más que un querer llegar a ningún sitio. Que nos sirva pero no nos engatuse, pues al final lo que llegue llegará, y será nuestra predisposición y actitud lo que permita recibir y transformar el alcance de nuestros esfuerzos y la constancia en el resultado.








domingo, 9 de junio de 2013

Reseña de ¨El vecino de al lado¨. Blog ¨Un libro para leer¨.

OPINIÓN:

Hace unas semanas mantuve conversaciones con Raúl Santos, y decidí leer su novela para poder reseñarla. A continuación os dejo con mis sensaciones.

Conoceremos a Sergio, recién divorciado y que está pasando una difícil etapa. Ha decidido mudarse y se instala en un nuevo piso donde intentará recomponer su vida.

Pronto se dará a conocer Vicente, su vecino, un anciano entrañable que no duda en tender la mano a Sergio para reconducir su situación a través de la meditación y el yoga. A priori, esta presteza de Vicente por ayudarle a cambio de nada, le resultará un tanto singular a Sergio y recelará un poco de su vecino.

He de decir que la novela en mi opinión ha ido de menos a más. Las primeras decenas de páginas me han resultado narradas demasiado deprisa, un tanto repetitivas en cuanto a la continua relación entre los dos personajes, creo que motivado por relatar en seguida lo que Raúl quiere contar; se nota que conoce el tema y apabulla un tanto con la información.

La novela está escrita de forma clara y sencilla y es fácil de leer. He visto alguna falta ortográfica que podría corregirse en futuras ediciones. Los personajes están bien definidos, y puedes hacerte una buena idea de ellos, en especial de los dos principales.

Conforme avanzamos en sus páginas, Vicente conseguirá que Sergio confíe en él, y le irá mostrando las virtudes que la meditación y el yoga pueden producir en su confusa mente, e intentará cambiar la percepción que tiene del mundo.Hay frases que de forma individual el lector puede tomar como consejos aplicables al día a día. A veces parecerá que estamos leyendo un libro de autoayuda, por cómo se  narra la forma en que comienzan a meditar y las palabras sabias que le transmite en sus diálogos.

Me gustaría destacar la dificultad que debe suponer escribir sobre algo, cuya práctica es la única forma de llevarlo a cabo. Es decir, podemos teorizar sobre el yoga pero realmente será practicándolo cuando lo descubriremos en esencia.

Raúl nos enseñará también a conocer o distinguir lo más fundamental de Buda  o del Tao, pero será en la parte más avanzada del libro cuando he podido leer entre líneas al Raúl más escritor.  Las frases resultaban mejor estructuradas y las explicaciones mucho más desarrolladas. Los personajes que van apareciendo le dan mayor riqueza al conjunto, y así podemos conocer mejor su vida social, circunstancias…, en fin, algo que dota de  más cuerpo  a la novela.

En definitiva un libro que puede ayudarnos a recordar lo verdaderamente importante y descubrir quién es nuestro verdadero yo, así como reflexionar si verdaderamente estamos a gusto con nosotros mismos.

                                       

http://unlibroparaleer.com/2013/06/07/resena-el-vecino-de-al-lado-raul-santos-caballero/

sábado, 1 de junio de 2013

El sentimiento de urgencia.

    Todos de alguna u otra manera nos hemos sentido empujados por ese sentimiento afanoso de urgencia. El impulso cobra fuerza en nosotros y nos arrastra inexorablemente a ningún lado. Es éste un irrefrenable anhelo de movilizarnos pero bajo la sombra de la pulsión y no de la ejecución consciente.



    El sentimiento de urgencia viene aromatizado por el frenetismo interior, la compulsión desorbitada y la necesidad de dejarnos atrapar en la red de nuestras voliciones. El sentimiento de urgencia no debe ser confundido con el propósito noble, pues éste está supeditado y regido por afanes constructivos y encauzados, lejos de la diseminación de las energías disparadas.

    El sentimiento de urgencia está ensombrecido por un querer abarcarlo todo y un querer llegar a ninguna parte. Es un frenetismo, un momento culmen de querer desplazarnos, quizás maquillando una huida, pero sin la menor capacidad de planificación. Todo ello es fruto de huecos interiores, de un vacío que nos inquieta y que no nos permite mantenernos anclados en nuestro eje. El ansia juega un papel indiscutible, pues al no ser saciada, deposita después la fragancia de la insatisfacción, la amarga frustración y el ánimo derrotista, y de ese modo la persona siente más que nunca su propia soledad interior.

    Todos esos vacíos interiores o falta de integración en nosotros mismos propician un sentimiento de rechazo absoluto a la simplicidad del momento, no siendo suficiente para ajustarnos al mismo y friccionando con la humilde instantaniedad del instante. Es una energía que se dispara pero de manera centrifuga y dispersa. Cualquier lugar parece ser la meta, pero al fin y al cabo al arrastrar esa deficiente capacidad de disfrutar el momento, ningún sitio parece el idóneo.

    En el momento de la compulsión desmedida deberíamos hacer un alto introspectivo, una parada en el andén de nuestro yo. Desde ahí, aplicar cierto sosiego, cierto remanso. Poner los medios para permitir dejar que aparezca la claridad en nuestra visión y proceder a que emerja un equilibrio que se mantiene dentro, pero del que no intuimos ni siquiera su procedencia. Para ello debemos preparar nuestro terreno emocional, y así en la medida de lo posible fortificar nuestros deseos para no dejarlos alcanzar por el impulso visceral que reluce del transfondo de nuestra volición.

    Este sentimiento se puede dar en muchas facetas. Desde la amistad, en la que de repente nos dejamos llevar por un sentimiento de apego al comienzo, la obtención consecutiva de resultados, la excesiva necesidad de sentirnos seguros, y un largo etcétera. La urgencia desmedida diluye energías, pierde la capacidad de discriminar nuestros intereses más vitales y nos zarandea en la dimensión de la probabilidad. Nada más nos aleja tanto como el desertizante anhelo desmesurado que tanto puede llegarnos a invadir.

     En la senda de la autorrealización, este impulso de querer automejorar también se puede convertir en febril. El buscador se pierde en querer anticiparse a la naturaleza del tiempo, extraer cuanto antes lo que busca, y no dejar que el curso normal de los acontecimientos revelen las cosas por sí mismas. En las sendas que nos propongamos, como en el núcleo de la vida misma, debemos redireccionar constantemente los irrefrenables impulsos para alquimizarlos en constructivos senderos que nos lleven más acompasádamente a los fines propuestos.

    Sin calma no hay capacidad de disfrute consciente. Sin sosiego no existe la posibilidad de ver un reflejo sin que esté distorsionado. El poder interior comienza cuando uno es capaz de sujetarse a sí mismo, con la capacidad a su vez de disfrutar sin querer multiplicar el disfrute en sí. Desde esa ubicación lejos del afanismo, la movilización es más unidireccional y permite un transito más firme y seguro a los objetivos emprendidos.

    La urgencia sin sentido debe quedar a un lado. Se debe desplegar la acción sin agitación y aprender a movilizarnos sin perder nuestro punto de quietud.


















sábado, 20 de abril de 2013

La despersonalización.

    La despersonalización junto con la desrealización, son sin duda alguna, los estados más álgidos de la ansiedad. Alcanzan el grado de delirium tremends, y se escenifica el estado ansiógeno en su versión más fantasmagórica.
    Si en la desrealización es el exterior lo que pierde consistencia, en la despersonalización es el propio cuerpo, la persona, el yo, la envoltura corpórea en la que estamos inmersos lo que se insustanciabiliza, o bien, lo aprisiona dejando al sujeto preso de su estructura psicofísica. En ese culmen derivado por factores de ansiedad, la percepción de nuestro yo alcanza otro relieve sintiendo cómo se fracciona desgarrando un malestar indescriptible.
    La persona se despersonaliza, se trocea todo su ser y pierde la capacidad de asirse a sí mismo. Se produce un sentimiento de, por unos momentos, dejar de reconocerse en uno adquiriendo una sensación de desintegración, de nulo control de desbordamiento que produce una crisis de estas características.
    Las sensaciones son de las más variadas. A veces son unos segundos, pero de una carga de intensidad que parece interminable. Explicarlo no es fácil, pues parece sacado de una película de ciencia ficción. La palabra pierde alcance, no está capacitada para transportar el significado que sólo es reproducible en el interior de uno.
    La emoción es arroyada, los razonamientos fuera de contexto, la percepción no diferencia lo percibido, no ajusta lo que es vivido a los patrones establecidos. La persona siente una desorientación descomunal, pues no se siente perdido en un lugar, sino dentro de sí mismo. Quiere escapar pero no puede, pues es su sí mismo lo que se convierte en su peor prisión. La angustiosa sensación de por instantes sentir cómo se disuelve el cuerpo, o bien cómo nos aprisiona, crea una conmoción de parálisis temérica, ya que se retroalimenta el miedo a que vuelva a producirse. El reajuste a la realidad no deja indiferente al sujeto. Ha transitado por las calles del infierno. Ha conocido de primera mano la angustia más radical.

    Ese extremo abrupto de desrealidad produce desconcierto y dubitativas sensaciones sobre lo experimentado. La despersonalización cala en lo más profundo de un ser. El yo se siente vulnerable, frágil, zarandeado sin previo aviso, diluido.
El pavor, el pánico, el sentimiento de huida..., son características comunes de este tsunami invisible hacia los ojos de los demás. La experiencia vivida sobrecoge, atrinchera y trata de predecir constantemente el suceso. Se despierta una predisposición de alerta rígida, una suposición anticipativa alimentada por la imaginación descontrolada, donde toda situación vivida despierta sospechas inherentes a una conclusión fatalista.
    Definir este estado no es sencillo, porque en ese momento el que observa ve un cataclismo que derrumba la cognición habitual. Se puede sentir una separatividad y un desreconcocimiento de uno mismo. Es como si uno se hallara de súbito inmerso en un cuerpo-mente que no le corresponde y que desconoce por completo. Atestigua sobrecogido como sus extremidades -por ejemplo- operan sin ningún control, pues es como si le hubieran retirado de su control de sí.
    El yo parece inmolarse. Es como si la estructura corpórea de la persona quedara translucida. La huella, la impronta, quedan registradas de una manera muy profunda y vivencial. Cambia el enfoque, el prisma, la manera de ver la existencia, pues nos hemos zambullido en un laberinto que no parece tener fin. Algo se transforma en quien lo vive. Ha topado con una crudeza de la que nadie le puede salvar. Puede llegar a sentirse marginado, excluido de la normalidad de lo que él consideraba que era vivir. Esa noche oscura del alma no deja indiferente. Es un shock de saberse vivo, una fiebre que delata un espíritu fragmentado.
    La despersonalización aborda cuando menos lo esperamos. Se produce una contradicción entre lo que creemos ver y lo que percibimos o sentimos. Vemos el cuerpo, pero parece desintegrarse, desmenuzarse. La agitación parece eternizarse. Se puede llegar a proyectar una sensación de locura pasajera, un atisbo de muerte inminente. Pero nada de ello ocurre, ni ha ocurrido jamás. Nadie ha traspasado el umbral de la locura ni menos aún ha muerto por experimentar crisis de angustia pánica.
    ¿Entonces, qué sentido tiene experimentar algo tan atroz? Dependerá de la persona y de su manera de arrojar sentido a lo vivido. Habrá quien lo quiera derivar a factores exclusivamente ansiógenos o predepresivos, u otras querrán incluirlas al saco de los interrogantes existenciales y con ello despertar una búsqueda en sí mismo. Dependerá de la sensibilidad o de los anhelos de carácter místico-espiritual, lo que determinará el origen de estos factores el hecho de tomarlo como una llamada a la autorrealización. De esta manera, lo experimentado de manera tan angustiosa toma un relieve distinto, se emplea para despertar interiormente a un rastreo de sentido fuera de lo ya adquirido.
    No hay adónde acudir, dónde resguardarse. De uno emerge todo y en uno debe solucionarse. Aunque lo que lo provoque pueda venir de afuera, la crisis de despersonalización se produce dentro y se vive dentro, dejando inerme la capacidad para evadirlo. Es por ello que las miras se deben dirigir al interior, a las brasas que aún no se han enfriado. Ese trabajo urge, pues lo que se experimenta no es un plato de buen gusto, y con ello, si las crisis persisten, tomarlo como un termómetro que nos alerta cada vez que se disparan las mismas.


    A nivel personal he de decir, que estas crisis angustiosas, junto con otras sensaciones, son las que me hicieron determinar el emprender senderos de búsqueda interior. Solía acabar en urgencias con veinte años, y me iba del hospital igual que como entre, sin ninguna respuesta. Las preguntas engordaban dentro de mí. Me preguntaba qué era lo que me pasaba, si eran rasgos de locura que nadie podía catalogar por mí. Llegaban a sacudirme de tal manera, que llegué a convencerme de que no iba a ser capaz de hacer vida normal como yo la entendía. Era tal su brusquedad que me petrificaba en el momento en que realizaba cualquier tarea, cualquier función. Cuando menos quería, más me daba, porque mi mente hacía de aliado anticipando lo que pudiera ocurrir.
    Es un sufrimiento innecesario. Solo conduce a una agitación desmesurada en el que el cuerpo físico también paga un coste elevado. Por ello, ahora, puedo decir que puede ser controlable, que hay esperanza, que no es la maldición de la vida haciéndonos vudú.
    Hay que movilizarse y apuntar a la mente para que se convierta en aliada nuestra y no quede en manos de la ansiedad. Hay métodos. Hay yoga, tanto físico como mental, ejercicios de control respiratorio -estos son con los que he notado bastante mejoría-, realizar ejercicio físico, cambio de actitudes y de tomar las cosas, y una larga enseñanza que nos va transformando y realizando. También, cuando a veces me asalta este tipo de crisis, trato de vivirla -que es muy difícil- o de recordar a la mente que si hace tan sólo cinco minutos me encontraba bien, ¿por qué no ahora? Es un truquillo que de alguna manera me vuelve a reajustar a mi realidad presente. Después trato de olvidarlo y simplemente recordarme que debo intensificar mis prácticas porque aún quedan residuos.
    Si estás leyendo este artículo y todo esto te sucede, no te sientas víctima, al contrario, tienes ante ti la mayor excusa para comenzar a conocerte e investigarte. No veas a la existencia como un teatro en el que no representas nada, quizás te lance pistas para integrarte en un camino.
    Yo quise llevar estas experiencias al marco de la espiritualidad, del autoconocimiento, de realizar una realidad que aún se me escapa... Jamás pensé siquiera que lo reconociera, pero es algo que ha conformado mi personalidad y mis anhelos, mis prioridades y mis afanes.
    ¿Y tú? ¿Qué sentido piensas darle?







jueves, 28 de marzo de 2013

La intrepidez del buscador.

    Cuando en la vida de una persona se despierta la interrogante existencial, ésta queda subyugada bajo el mecanismo misterioso de la búsqueda. El sin fin de motivos que pueden desencadenar esta movilización de querer hallar pistas que revelen otro modo de vivenciar las cosas, se mantiene descifrado en la dimensión de lo ignoto.
    La persona no puede seguir traicionándose a sí misma, y menos aún desviar la mirada ante los signos que se le presentan y le invitan a rastrear ¨algo¨ que no reposa en el marco de las apariencias. Todas las energías comienzan a encauzarse para obtener y aclarar respuestas a todo aquello que se mantiene ocultado y por desvelar.
    El primer enigma que se le plantea es el más esencial: ¨¿Quién soy yo?¨. Se da cuenta que la respuesta nunca provendrá del exterior, y es ahí donde hasta ese momento a depositado todos sus afanes. Se siente obligado a girar, pero para tomar esa determinación debe aún seguir tropezando en la externalización. Fuera de uno existe un nombre, una posición, un empleo, un status... Quizás seamos mayores, o jóvenes, pero todo ello pertenecerá a la ubicación que nos sitúe la demarcación en la existencia.
    La persona comienza a desarrollar la intuición, esa parte operable de nuestra mente al margen de los razonamientos, la lógica y la dualidad. Cuando la posibilidad de rastrear afuera es fallido es cuando se despierta el afán de viajar hacia adentro. Esa decisión en sí ya es intrépida, pero puede llegar a ser solo el comienzo, pues una pregunta lleva a otra, y lejos del raciocinio de la especulación se produce un sentimiento desgarrador: la insatisfacción.

    La insatisfacción es la sensación desgarradora de ¨falta de...¨ y que golpea fuertemente en nosotros, dejándonos inermes ante la inmensidad de la existencia. La insatisfacción puede pasar de ser una fuerte carga de dolor a una toma de redirección que nos sirva de trampolín para alcanzar otros niveles de perspectiva. La insatisfacción viene muy edulcorada del sentimiento de soledad que en sus grados más ulteriores alcanza el rango de separatividad cósmica.

  La soledad cósmica va más allá de una soledad por ausencia de personas o entretenimientos. La soledad profunda de estas características deja huérfano al ser, privándole del reconocimiento de su propia naturaleza. Esto produce un sentimiento de marginación, de exclusión del Todo. Ese atisbo tan profundo revela o deja entrever salpicaduras de lo efimero, lo finito, de la contingencia.
    Todo ello se va desplegando bajo la atónita mirada de quien lo padece y le alcanza. Todo entremezclándose en el escenario vital, donde parece que la ausencia de sentido invite a que lo obtengamos por nosotros mismos. El sujeto embaucado en la búsqueda de su ser -porque intuye que en ese establecimiento de su yo real le permitirá desplegar otra óptica-, decide transitar por las sendas que se presentan y que va descubriendo a sabiendas de que tropezará una y otra vez, sentirá el retroceso, caerá, y volverá a retomar los pasos para descifrar la dirección en mitad de la neblina. Todo ello golpea con dureza como lo hace el frío en un rostro. Se producen amagos de abandono, frustraciones, desvío en el camino. Pero la vida vuelve ha hacer palpitable la necesidad de reconciliarnos con nosotros mismos.

    Se retoma el camino, un camino que propicia el asfalto cuando ya hemos depositado el paso. El avance será paulatino y en base a cómo nos manejemos en la vida de cada día, nos veremos en cierta progresión o no. En ella saldrá a relucir toda nuestra parte más conflictiva y es donde utilizaremos las enseñanzas para su posterior drenaje. Irán cayendo gran parte de nuestras expectativas alejadas de la realidad, las que son adornadas con fantasías proyectadas. Miedos, traumas y un gran ropaje se irá al menos detectando y enfriando en el transcurso del viaje interior. Iremos viendo una parte de nosotros que no queremos ver, pero necesaria para ampliar un conocimiento más global y acaparador.
    Buscar ya es encontrar, y encontrar, una invitación a rastrear. Entonces de ese modo, la persona queda marcada por el sello de la búsqueda, el autoconocimiento y el desarrollo de sus mejores potenciales. Todo ello sin salirse de su vida, sino todo lo contrario, abarrotándola de un sentido que le permite renovar un ánimo anteriormente inimaginable.
    El camino que muchos ya han transitado, ahora se convierte en el nuestro. Muchas huellas nos podrán orientar, pero son nuestros pasos los que nos llevarán de un lado hacia otro. Las enseñanzas están ahí, las técnicas y la práctica de distintas modalidades que nos servirán para ajustarlas a nuestra manera de ser también.
    El buscador ya no puede ignorar lo que se ha activado. Ya no puede traicionarse a sí mismo ni darse la espalda. Ahora se tiene de frente y necesita silenciar su mente. Así, de esa manera, se rebelará su esencia que no es más que la que nunca dejó de ser.





domingo, 10 de febrero de 2013

El duelo.

    La vida, en sus múltiples variables, ofrece una de las más desgarradoras: perder a un ser querido. La muerte alcanza a todo ser sintiente, y hasta que llegue a nosotros, nos tocará vivenciar cómo interviene en los seres más allegados.


    La muerte nos arrebata, se lleva y nos deja la brisa del desconsuelo y la tristeza más profunda. La muerte de un ser querido, o cercano, es un tremendo shock envuelto de desconcierto. Ante una noticia de fatal pérdida, la conmoción queda palpable en el ambiente. Es la fricción que refleja el lado más amargo de la vida, el golpe más duro, la huella que nunca se borra.

    Ante lo que desbarata la muerte se produce algo consistente y duradero: el duelo. Vivir el duelo es permitir que la propia vida siga su curso con un pasajero menos, es continuar hacia otro andén a sabiendas de que la persona duelada no está entre los viajeros. El duelo convierte la existencia en un momento que se repite sin color.
    En el comienzo aún uno no ha recaído en creer en el suceso tal y como ha sido. Se mantiene cierta esperanza inconsciente de que quizás se produzca el encuentro. Es en la crudeza del tiempo que va pasando, cuando se va tomando consciencia de la falta, y es en el sobresalto de la realidad en donde se va incorporando esa ausencia de la persona desencarnada.  Esos choques de recordatorio van terminando por encajar una pieza invisible inmersa en la cotidianiedad.


   No sólo embarga la tristeza y el penar, también la indignación y la resignación. La falta de aceptación en comprender la conclusión final del devenir, pone en marcha el mecanismo del dolor profundo y sentido de la pérdida. El desánimo y la falta de energía insuflan el duelo con su manto acaparador.

    El duelo puede ser vivenciado de muchas maneras. Desde el duelo convencional, tradicional, duelo multitudinario, y luego está el duelo individual de cada uno y donde nadie puede vivenciarlo por otro.

    Cuando se vivencia un duelo se puede percibir el roce del aroma que deja al pasar la cercanía de la muerte. Por momentos nos recuerda la futilidad de nuestras preocupaciones, lo insustancial de nuestras cuitas. Pero todo ello se diluye cuando nos sumergimos de nuevo en el afán diario. Entonces el recuerdo se convierte en nuestro fiel acompañante.

    El duelo trae consigo diversos mensajes. Desde el que hemos mencionado de sentir de cerca la presencia de lo contigente y recordarnos que todo trayecto alcanzará su fin, y también, el valorar las cosas en vida y no esperar a que alguien no esté para engrandecerle. La muerte con su duelo nos previene de que no serán las cosas para siempre y, aunque nunca hay que caer en la hipocondría ni mucho menos, sí al menos extraer el aprendizaje de dar valor a la vida.

    El duelo va más allá de una despedida. Es la reconstrucción de un tsunami tanto exterior como interior. Dependerá de la demarcación en la que estemos con la persona extinguida lo que nos llevará a un tipo de dolor u otro, además, cómo no, del cariño o afinidades que tengamos. El duelo convierte el sendero de la vida en un camino de barro. Es difícil hacer algo sin el recordatorio presente, y difícil aún más no caer en la lamentación de que el tiempo que transcurre, y del que disfrutamos, ha dejado excluido al ser que añoramos.

    La sensación de lo injusto, de impotencia, entre otras, no es más que el hecho incontrovertible de que la vida ofrece giros, descolocaciones. La muerte atraviesa eliminando expectativas, desarticulando ilusiones. Pero también nos recuerda nuestra fragilidad, nuestra finitud, y nos debe servir hasta su encuentro para querer mejorarnos y desarrollarnos. El duelo debe ser vivido con consciencia -que es lo más difícil- y por sí mismo hará que el paso del tiempo permita recuperar su cotidianiedad incorporándola en el día a día por añadidura.

    El recuerdo doloroso debe, poco a poco, dejar paso a la memoria imborrable de la persona. Su recuerdo será perdurable en nuestros corazones. Su historia finalizada pasará a formar parte de la nuestra. Su ejemplo, sus valores, su ser..., todo ello debe prevalecer en nuestra memoria.
    Su huella no será borrada por la marea. Simbolizará su paso en este plano de vida; habrá dejado su firma. De ese modo el duelo alquimiza la muerte convirtiéndola en orgánica, dejando entonces que la esencia del ser querido o cercano, se esparza en cada recoveco de la existencia.
 









lunes, 7 de enero de 2013

Presentación ¨El vecino de al lado¨ sala Gea.



    El pasado sábado 29 de diciembre de 2012, se realizó la presentación de la novela ¨ El vecino de al lado¨ de la editorial Círculo rojo.


    La presentación estuvo a cargo de su autor Raúl Santos, y acompañado del profesor de yoga Jorge Santos. Ambos grandes amigos y << como hermanos >> , broma que suelen emplear por la coincidencia de sus apellidos.

    El acto se realizó en la sala Gea, muy cerca de la zona del rastro de Madrid, y siendo ésta una sala cálida y acogedora. En la misma acudieron como unas treinta personas, la mayoría pertenecientes al círculo más cercano del autor, y pudieron escuchar de primera mano la exposición sobre el proceso que le llevó a decidirse por escribir la novela.

    Antes de todo ello, Jorge Santos del Burgo realizó una intervención que encantó a todos los asistentes. Jorge habló de su experiencia con el yoga, práctica que lleva realizando durante veinte años y que descubrió a través de su padre y abuelo. Jorge nos insistió en la necesidad de conectar con nuestra respiración, para poco a poco interiorizarnos y recogernos en nosotros mismos. También nos detalló la importancia de dar la bienvenida a las ansiedades para desde ahí descubrir nuevos puntos de apoyo. Sobre ello dio pie a la relación con el argumento principal de la novela y como el personaje protagonista va descubriendo nuevos puntos de vista.


    Tocó el turno a la intervención del autor Raúl Santos, donde tras agradecer la asistencia y dar la bienvenida quiso propiciar un clima familiar invitando a que en el final de la charla preguntaran sobre todo lo que quisieran y se realizara un coloquio. Raúl Santos abrió su exposición afirmando que el sentido de la misma era el de compartir el proceso. Según él, el libro ya estaba hecho, materializado, pero lo bonito, lo que realmente quería compartir, era el proceso realizado que fue empujado por una necesidad de expresar que le permitiera a su vez ordenar su mundo interior. En ese mundo interior, el autor revelaba las vivencias en primera persona de la insatisfacción, la ansiedad, las crisis de despersonalización, etc. Esas sensaciones angustiosas y de la mano de lo que él describe como ¨llamada mística¨ (alejada de instituciones o dogmas) le hacen inclinarse en lecturas de todo tipo, y en ellas va descubriendo el yoga, la mística y la autorrealización. En ese punto, Raúl Santos declaraba abiertamente su excepticismo hacia dichas sendas, pero donde al final la fuerte insatisfacción que le embargaba, -independientemente de tener cubiertas sus necesidades básicas- y esa ¨llamada¨ tan abrupta, hicieron que decidiera optar a conocer vías de indagación y autoconocimiento. En ese proceso de redescubrimiento se da cuenta de la dificultad de centrar su mente, siendo ésta una fuente inagotable de sufrimiento extra. Decide probar métodos de manera autodidacta ( vía que emplea para la gran mayoría de sus facetas), entre ellas la meditación, y descubre despavorido la imposibilidad de mantenerse tan sólo un minuto manteniendo la atención a la respiración sin que sea arrastrado por ningún pensamiento. Todo ello le hace decidirse a apuntarse a clases de yoga, en este caso con el autor que le ha inspirado a través de muchos de sus libros: Ramiro Calle.



    Comienza entonces una vía de aprendizaje y exploración contínua. Inmerso en ese proceso siente con mucha fuerza la necesidad de expresar, de contar, de compartir, y por qué no, de ayudar. Entonces un día se decide a sentarse frente al ordenador para ¨a ver qué sale...¨, y en ese momento comenzó la gran aventura. Una aventura que fue espontánea, sin estructurar, donde al principio de la novela se nota la ingenuidad y que el autor ha querido mantener y respetar. Le inspiró la idea de que a pocos metros alguien te puede ayudar, de que la persona más cotidiana, la que te encuentras yendo a comprar el pan, esconde en sí misma una sabiduría extraída en todo momento de su propia experiencia, lejos de acumular conceptos y conocimientos prestados y sin pasarlos por el filtro de su discernimiento. Raúl explicaba que la novela se ve a través de los ojos de Sergio, y que por ello, por estar en primera persona, iba a ser difícil para quien le conoce no crear una relación paralela entre el autor y el personaje, pero no obstante Raúl invitaba a leer la novela evitando el familiarizar al personaje y tratando de observar la historia sin juicios de valor y alejándolo de quien lo ha escrito.

    En la novela se plasma lo cotidiano, sensaciones, angustías, excepticismo. Se habla de la mente, del aquí y ahora, de lo transitorio, de la necesidad de observarnos y de no culpar tanto a lo exterior de nuestra propias deficiencias. Se habla de celos, asombros, encuentros, desencuentros...

   La novela se centra en el poder de la conversación. En la fuerza de las palabras que pueden derribar los más duros conceptos. Que pueden destrozar por completo los cimientos de una vieja psicología para dejar en el sujeto,  la tarea de reconstruir a través de nuevos enfoques y percepciones. Todo ello conglomerado en la vida diaria, de la de cualquier persona, y donde hay cabida para salpicar de cierta espiritualidad lo más cotidiano de un individuo.

    Raúl Santos quiso por último hacer participe a todos del libro, porque quien más, quien menos, ha ¨sufrido¨en primera persona sus ensoñaciones, sus proyectos, su repetitiva inclinación a acercar a todos lo que a él en un momento le ha podido servir. Con el libro, según él, se hace más fácil, porque un trocito de esa difusión la tienes en tus manos, porque en sus páginas nos podemos identificar tanto con Sergio como en Vicente, porque en algún momento todos somos discípulos y maestros de nuestra propia vida.





                                                ¨El vecino de al lado¨ Editorial Círculo rojo.





Raúl Santos Caballero.  Nacido en Madrid, difícil de catalogar por extraer su aprendizaje lejos del academicismo, ya de pequeño intuía y sentía esa llamada que hoy día le permite evolucionar en múltiples facetas.
Raúl Santos se desarrolla, por un lado, como profesor de peluquería, y por otro, como practicante y estudioso del Yoga, disciplina que trata de acercar y compartir a sus más allegados y a todo aquel que así lo desee. Raúl Santos no sólo se considera ¨buscador¨ espiritual, sino también ¨encontrador¨, porque según él de todo se puede extraer alguna revelación que ayude a transitar el camino del autoconocimiento. Para ello se sirve de lo cotidiano, viajar, leer, tocar el piano de manera autodidacta, escribir y experimentar la vida por sí misma.
   ¨El vecino de al lado¨ se convierte en su primera obra, fruto de una necesidad de expresar lejos de lo que pueda representar una palabra. 
   raulyogos@gmail.com



Jorge Santos del Burgo.Practica Yoga 

desde hace 20 años, cuando su 

padre y su abuelo comenzaron a practicarlo. Formado y federado

por la Federación Nacional de Yoga Sadhana y por Universal Yoga

 Center (Power Yoga) en India.


En sus cursos y clases combina Asanas (posturas y ejercicio
 físico), Pranayama (Ejercicios respiratorios) y Dhyana (meditación), con juegos y ejercicios de 
psicomotricidad, así como danzas y meditaciones activas y dinámicas, creando una conexión mágica 
en el grupo.
Actualmente preside la Asociación de Yoga para el Bienestar y la Conciencia y es tutor de la 
formación de profesores de Yoga de la Federación Nacional de Yoga Sadhana.

jorgeyogui@gmail.com













         Agradecer a Círculo rojo por su gran trabajo. A la sala Gea por su amabilidad. A Jorge Santos por su disponibilidad, y a todos los que hicieron posible el encuentro.