domingo, 9 de octubre de 2011

La llamada de la Mística.

    Toda persona con inquietudes o sensibilidad mística ha experimentado en algún momento una llamada o toque de atención, que descolocándole por completo, ha removido algo en su interior.
    La razón queda doblegada ante la inmensidad de anhelo hacia aquello que no es visible en el plano ordinario. El por qué de que algunas personas dispongan de la capacidad para intuir algo que está más allá de lo que pueden de ver sus ojos, es un misterio. La persona, bombardeada por algo que no se explica, acaba suscitando cierta consciencia para descifrar sensaciones que se van presentando y procede a dejar de darle la espalda.
    A veces la llamada puede ser tan incesante que uno termina por rendirse hacia ella y emprende la larga búsqueda de sí, pues la llamada nunca proviene del exterior, sino del interior, y hacia ahí se dirigen todos los esfuerzos y poder acceder hacia la fuente que dispara la alarma.
    Unas veces hay quien experimenta la inclinación espiritual desde pequeño, otras empero, a la edad adulta. La mía experiencia es que desde pequeño tendía al ensimismamiento y a la necesidad de refugiarme en soledad. Era ya una sensación de incomprensión por parte del resto y la incapacidad de reflejar en palabras algo que se manifestaba en vislumbres muy fugaces. Quizás lo que realmente me desveló con los años de mi sonambulismo psíquico, era el recordad algo que en su momento inadvertí por completo, no queriendo dada mi edad, darle mayor peso específico. Entre los trece y catorce años tuve unos presentimientos muy fuertes hacia la extinción de un ser querido. No oía voces, nadie me decía nada, no se presentaba ante mí ninguna figura celestial a darme ningún mensaje. Simplemente estando en compañía del ser querido, experimentaba en lo más profundo de mí que debía aprovechar lo máximo que pudiera el tiempo con él, pues inevitablemente acabaría por desaparecer. Todo esto irrumpía en medio de lo cotidiano y dejándome perplejo por instantes, quedaba preso de un bloqueo que duraba segundos. A todos les pasaba inadvertidos, nadie caía en la cuenta de lo que sucedía en mi interior. Al no ser este un mensaje claro y conciso reducido a la lógica, no era capaz de darle significado alguno. Por ello y por aquél entonces trataba de ignorar esas sensaciones y seguir mi vida de aquellas edades. Al tiempo, se diagnosticó un cáncer en la persona intuida, pero inmerso en mi tsunami emocional no le daba ningún enlace a lo anteriormente presagiado. La enfermedad duró dos meses, y mi padre con tan solo cuarenta y cinco años de edad, murió inmerso en una sedación de morfina. En ese momento mi recorrido existencial quedo quebrado debido al terremoto que produce la extinción de un familiar. Sin ser consciente utilicé a lo largo de todos estos años en adelante, los cimientos del derrumbe para volver a construir. No hay nada peor que limpiar escombros, y mucho más los del interior. Necesité la adolescencia para incorporar la ausencia de mi padre a una vida en plena reconstrucción. Experimenté que el verdadero duelo es el que se lleva dentro y no el moral o religioso que trata de exponer hacia los demás un penar que dignifique y justifique. De ahí en adelante la vida dio giros muy bruscos que en mi mano estaba equilibrar.
    Las intuiciones o llamadas se sucedían con los años, pero igualmente me eran ajenas viviendo externalizado en el mundo exterior y dando por hecho que el interior se reorganizaba solo. Independientemente a las etapas o situaciones de vida, la llamada mística me asaltaba en cualquier instante, dejándome una fisura que me revelaba una realidad más allá de la meramente aparente. Era como si algo me susurrase que no me conformara con lo que se ve o se materializa, sino que algo oculto aguardaba y esperaba mi atención. ¿Por qué motivo? Aún no lo sé pero trato de ser yo quien le de sentido.
    Por otra parte, algo de mí recelaba con lo instituido o religiones petrificadas que caían en rituales estériles. Cada vez desconfiaba más de adoctrinamientos y creencias impuestas desde pequeño. No conseguía dar en la diana. Desorientado continuaba un camino de oscuridad que se juntaba con las adversidades de la vida cotidiana.
    Era mi fascinación por la figura de Jesús, cuando salía en las películas proyectadas de Semana Santa; pero no por ese Jesús que viene a salvarnos, no por ese Jesús que se proclama en dones, sino por el Jesús que ha conectado con una esencia que se me escurría de las manos. Más adelante serían las figuras de Buda, Lao-tsé, Sócrates…, las que me llamarían profundamente la atención.
   Años más tarde caigo en la cuenta de mis intuiciones de la adolescencia, que sumadas a otras de menor relieve, consigue avivar las llamas de la indagación. Me decido a expresarlo, convenciéndome a mí mismo de que si se toma como objeto de burla o escepticismo me sería de lo más indiferente. Había sido una experiencia vivencial que escapa a ideas o creencias, con lo cual esa huella perdurará hasta mi final del recorrido.
La suma de experiencias de este tipo más la convicción de que sufría más de lo necesario, me hizo caer en la cuenta de que necesitaba girar mi mirada hacia dentro y penetrar en lo más profundo de mí ser. No es fácil, no es sencillo. Había temporadas antes de mi decisión de indagar, que me sentía invadido por una mística inconmensurable, otras en cambio me inclinaba hacia el mayor de los tormentos debido a la confusión de mi mente, experimentando algo que me sirve de despertador: las crisis de ansiedad.
    Ese huracán ya era el determinante de que algo en mí no estaba bien, y no era cuestión de purificar el exterior ni de auto convencerse de que todo va bien, sino de limpiar todo lo almacenado y drenar la mente de sus condicionamientos. Aunque tocaba fondo constantemente, me iba dando cuenta de todo un mundo de aprendizaje por desplegar. Apuntaba a la mente como principal causa de sufrimiento innecesario, y no iba mal encaminado, pues las grandes sendas de autorrealización de todas las épocas se dirigen hacia ella en primer lugar. Era ver algo de luz en medio de una oscuridad en la que nada ni nadie me podía orientar.
    Comencé a leer libros que me mantuvieran ocupados, pero aún así nada se removía en mí. Fue en unas vacaciones en Punta Cana, cuando visitando la librería del hotel me llamó la atención uno titulado: ¨ Revolucione su calidad de vida ¨ del Dr. Augusto Cury. Lo ojeé pero su precio me hizo descartar su compra, ya lo compraré al llegar a España, pensaba para mis adentros. Me dirigí a la sala de espera donde nos iba a recoger un bus y llevarnos al aeropuerto para tomar el avión. Nuevamente experimenté la ensordecedora llamada que en este caso se manifestaba con la impulsividad de hacerme con el libro. No se acallaba la atracción y no tuve por menos que comprarlo dejándome indiferente el precio que momentos antes me promovió a descartarlo. Una vez en España me decidí a leerlo, faceta todavía no desarrollada y que por aquél entonces me exigía un gran esfuerzo. Ni que decir tiene que el libro despertó en mí el disfrute de la lectura, y que sus consejos sobre el cuidado de la emoción terminaron por despertar en mí una curiosidad inacabable. 
    Ese fue un salto de gigante, pues de alguna manera se acoplaba a mi intuición el deseo de mejora interior. Más adelante, en mi faceta de ojear libros en cualquier tienda o grandes almacenes, descubrí una gran cantidad procedentes de Ramiro Calle, pionero del yoga en España y mi actual maestro de dicha disciplina. Me sonaba de haberle visto en la televisión, pero me era un gran desconocido. Veía mucha relación con el yoga, y mis prejuicios y mi alergia a todo lo soteriológico hacia que de igual modo descartara su adjudicación. Pero un día un libro me llamó la atención, se titulaba: ¨ El arte de la paciencia ¨. Algo en mí se volvía a remover. Me preguntaba ¿cómo es que alguien se preocupa por la paciencia, que para mí es muy valiosa? Decidí comprarlo, y nuevamente algo se modificaba en mi mundo interior. Fue comenzar a leerlo, y aunque una gran cantidad de palabras me eran desconocidas, sentía una profundidad que me atravesaba. Me decía mi mismo que, o bien él me entiende o bien, yo le entiendo. Desde luego veía en palabras lo que ni por asomo yo era capaz de expresar. Sentía una verdad colosal y de alguna manera ya fui capaz de identificar la fuente que podía aplacar mi sed. La esperanza se abrió paso en mí. La sensación de dar con algo que realmente me sacara de mi dormidera emocional no me dejaba indiferente.
    Todo ello se fue ajustando hasta conocer la práctica del yoga, meditación, etc, que no antes de haber pasado por un riguroso sentido de experimentación, no fui capaz de incorporarlo a mi vida. Fue la indocilidad de la mente lo que me enganchó a su práctica para aquietarla. Todo ello me ha permitido por un lado, desarticular una mente fluctuante y aportar un sentido a la vida proveniente de lo más interno.
    Todavía queda mucho, muchísimo por recorrer… Pero jamás imaginaría, cuando estaba en profundas depresiones, que acabaría narrando lo que me ha empujado a indagar en lo más escondido de uno. Jamás imaginaría que utilizaría el medio de la escritura (yo que no había cogido un libro en mi vida)  para expulsar mis sensaciones y poder compartirlas. Lo que menos me imaginaría es que fuera capaz de compartirlo sin sentir los prejuicios del qué pensarán. Lo más gracioso es que una vez emprendí la senda de la búsqueda, esas llamadas han desaparecido. Es como estando inmersos en el agua, ésta no te puede salpicar.
    A veces me siento buscador, otras encontrador, porque de todo se aprende y el sentido místico (no soteriológico) hace que todo se vuelva instrumento y se convierta cada momento en un caudal de sabiduría. He perdido toda enemistad con la existencia, y ahora trato de profundizar en ella.
    El yoga te hace descubrir no solo una practica o una disciplina para agotar un tiempo, sino que el cuerpo o la mente, tan cercano a nosotros, se puede volver un laboratorio, y que la vida siendo tan misteriosa e imprevisible, puede ser una manantial de madurez y un banco de pruebas de lo  Uno. Todo es aprovechado, todo son planos a desarrollar, uno se desenvuelve disfrutando de una completud que no experimentaba con lo procedente del exterior (eso no significa que no se disfrute de lo proveniente de fuera), y una renovación de la mente que apropia energías sin derrochar.
    No sé lo que durara esta etapa, tampoco me importa. La vida no me ha cambiado, sino el enfoque y la actitud que tenía hacia la misma. Todo sigue su curso, su dinámica. No estoy excluido, también me asaltan las dudas, el miedo, la inseguridad, el sufrimiento… Pero al menos dejo en lo posible una distancia y sé que el hecho de querer llegar ya me empuja a ir. Ardua es la empresa de querer automejorarse, y más la de querer encontrar un significado último a todo lo existente. Sin caer en abstracciones que nos alejen los pies del suelo, debemos tratar de caer en la cuenta de aquello que nos pasaba por alto, no por el hecho de descifrarlo, sino porque su transformación nos aporta destellos de un conocimiento profundo y revelador. Una transformación que luego deberá ser aplicable a la vida de cada día, pues ahí, como reza el adagio zen: ¨ se esconde la verdad que unos ven y otros no ven ¨.
    Cada uno es su maestro y su discípulo. Me siento aprendiz en todo momento. El mecanismo lleva tiempo activado, lo que dure a durado. He conseguido guiñarle un ojo a la vida, ahora es cuestión de que ella me lo devuelva.

lunes, 3 de octubre de 2011

El contento interior.

    Toda persona desea hallar estados de dicha y felicidad, y por contra, alejar todo lo que se pueda el dolor y el sufrimiento.
    Al buscar la felicidad estamos proyectando hacia el futuro, y es más, posponiendo la que podríamos disfrutar ahora. La felicidad sería otro gran tema a tratar, pero sucintamente... ¿Qué es la felicidad? ¿Ausencia de sufrimiento? ¿Alegría eterna?

    Son cuestiones que parecen enfocadas a que llegarán más tarde o temprano, si hacemos esto o lo otro, o si alcanzamos estos objetivos o aquellos. La verdad es que, aun logrando lo que nos propongamos, algo en nosotros no varía. Todos los esfuerzos nos han permitido ir, pero no llegar.




    Habría entonces que diferenciar entre goce y gozo.

    El goce está influenciado por factores externos y su cambiante dinámica. Éste se verá coloreado en función de los acontecimientos externos,  y además,  de nuestra interpretación mental, ya que para lo que algunos no es preocupante , para otros es la mayor de las fatalidades. El goce, que también puede ser sensorial, llega a veces a ser muy exaltado, provocando un posterior decaimiento debido a un reequilibrio de opuestos. Entonces, lo que se torna como una felicidad perdurable se convierte en pasajera, ya que al igual que los acontecimientos, está sometida a la transitoriedad. Además de disolverse dicha felicidad, nos deja el anhelo de la misma, ya que se provoca un apego al disfrute y un rechazo de su ausencia .
    El gozo viene de dentro. No está sometido al exterior, aunque eso no impida que el sujeto experimente todo tipo de sensaciones. No es alegría desbordante, no es felicidad compulsiva por consecución de resultados. Es un estado de contento equilibrado que no oscila entre sus extremos, permitiendo disfrutar con claridad mental y sin crear resistencias a las influencias del exterior. Nace de lo más interno; por ello es necesario el cultivo interior y su armonización. Éste permanece como un poso mientras se van sucediendo las eventualidades que ya no nos arrastran ni nos colorean.

    Alcanzar el contento interior siempre se verá precedido por cultivar la ecuanimidad, el discernimiento y la visión clara. Es cuestión de actitud, de dar a la cosas su peso específico sin enredar más de la cuenta.
    Un discípulo siempre veía contento a su maestro y éste le preguntó:
    - Maestro, ¿cómo que siempre que te veo estás contento?
    El maestro sin perder la media sonrisa, contestó:
    - Cada mañana al despertar me propongo dos opciones para durante el día. Estar contento o no estar contento, y mira, siempre elijo estar contento.

    Para muchos de nosotros esta actitud se nos resiste constantemente, pues nos vemos arrastrados una y otra vez por lo que nos sucede y no terminamos de anclarnos en nuestro eje. El contento debe surgir tan espontáneamente como una flor exhala su aroma. Debemos drenar la mente de impurezas, descodificar condicionamientos y, algo muy importante, evitar reacciones que producen samskharas, es decir, latencias subliminales. Ésta definición en el yoga es muy importante, ya que dichas latencias o impresiones que se van depositando en el inconsciente son muy poderosas y roban paz interior. La huella queda a través de la reacción, precedida de una percepción y una sensación. Para erradicar dichas impresiones se necesita la herramienta de la meditación, ya que ésta que consiste en la observación sin reacción, permite ir resolviendo conflictos del inconsciente y no permitiendo su incorporación al consciente.

    La persona que intuye un mejoramiento vital se pregunta una y otra vez cómo alcanzar ese contento, pues de todo lo que ha experimentado, no consigue sentir la plenitud que dicha experiencia debe proporcionar. Todo lo que hasta ahora denominaba contento estaba basado en exaltaciones que después daban paso a decaimientos; otras, alegrías que eran muy fugaces y en su desgaste afloraba y daba paso a la implacable insatisfacción.
    A veces, el buscador,  accede a estados de ánimo renovado y de completud, y trata en las vicisitudes de mantener un talante sosegado y equilibrado. Esos estados los experimenta de manera intermitente y no consigue alcanzar la vía directa hacia aquello que no esta sujeto a condiciones y se le denomina incondicionado.
    Una esfera donde la pantalla se mantiene al margen de lo proyectado en ella. Se proyecta fuego pero ésta no se quema, se proyecta lluvia, pero nunca es salpicada por el agua.

    El trabajo espiritual germina la semilla del contento interior, pues no se alcanza, sino es el resultado de un florecimiento. Las emociones negativas se van enfriando y las reacciones, grandes causadoras de sufrimiento, se van debilitando. Todo ello permite el acceso de estados más ecuánimes que no dejan ser interferidos por aquellos que agitan y roban la paz interior. La ecuanimidad, deja a su vez, paso a la visión clara y la mente ubicada en el aquí y ahora. Todo ese desarrollo hace percibir en el sujeto que las vivencias pueden ser catalogadas desde otro prisma allende a ley sujeta de los opuestos.

    En definitiva, el contento interior hay que ganarlo, y a su vez, dejarse ganar por él. No es cuestión de idealizar un estado de dicha permanente, porque no hay nada que no esté sujeto al cambio, sino corregir actitudes para no inclinarse en extremos estados de ánimo y mantenerse en el centro de quietud. Ese puesto permite atestiguar todo aquello que surge y se desvanece, no dando mayor sustancia a lo insustancial, y no tomando por permanente aquello que se disolverá.
Así se gana menos distancia a la libertad interior, y permitimos que brote en nosotros mismos aquello que nos pertenece, que no es más que un estado pleno de contento y satisfacción interior.

martes, 13 de septiembre de 2011

La relación con los demás.

    Somos seres de relación, y eso es algo indudable. Todos estamos abocados a relacionarnos con el resto de personas y seres que ocupan este planeta. Desde que nacemos requerimos atenciones; mientras vivimos podemos prestar las mismas y, en las postrimerías, necesitaremos nuevamente cuidados de los demás. Esto indica que, de uno u otro modo, la vida se encarga de acercarnos a los demás, y es ahí donde la calidad de las relaciones dará sus frutos.

    La relación, a diferencia del encuentro, debe ser moldeada y perfeccionada, pues el encuentro es casual y el modo de relacionarnos, causal. Esto indica que muchas veces el resultado de una relación es la mezcla de los contenidos de las personas que la componen, y otra parte, es la ley de impermanencia que también condiciona el desgaste de las relaciones, pues éstas no escapan a su naturaleza de transitoriedad.


    Por ello, las relaciones son el claro reflejo de nuestra capacidad de manejarnos e interactuar con las demás personas, ya que permite en muchos casos, dejar visibles nuestras carencias o erróneos puntos de vista, y trazan una vía de aprendizaje que comienza siempre en uno mismo.

    Nos podemos relacionar desde el ser o desde el ego. Si permitimos que el ego medie, nos veremos atravesando continuas veces una neblina que no nos dejará ver la otra persona en cuestión, pues ésta se verá coloreada, rotulada, etiquetada y le arrogaremos cualidades incluso de las que carece. El ego desde su autodefensa, tratará de proyectar en los demás connotaciones que surgen muchas veces de nuestras propias deficiencias, pues ante la inseguridad y el miedo de enfrentarnos a ellas, preferimos verlo argumentado en los demás. Esa visión empañada nos hace creer lo que no es y no nos permite ver lo que es. Así se pierde la fluidez en el canal de comunicación (que no siempre es verbal), pues con tanto tráfico de ideas, se produce un alejamiento de la realidad.

    Este motivo nos dirige, primero, a amigar con nosotros mismos. Eso permitirá que la relación no se convierta en una negociación, y no se produzca la excesiva demanda de ajustar a los demás nuestras ideas preestablecidas y configuradas. De otro modo, la otra persona lo deja de ser para convertirse en un objeto con la responsabilidad de rellenar aquello que, por nosotros mismos, no somos capaces de insuflar.

    Otras veces, uno puede ser la víctima de esa transacción, viendo que nuestras necesidades siempre están solapadas por la de los demás y convirtiéndonos en meros figurantes de la escena. Entonces queda mermada nuestra participación en la relación, siempre a merced de la figura que resalta, y haciendo de la misma, una inclinación hacia el mismo lado y perdiendo lo genuino de lo que podría ser un encuentro de seres. Es cuando la relación se torna una pose, un teatro de títeres, una fotografía que nunca termina de ser enmarcada.

    En otras ocasiones, las relaciones o amistades pueden ocultar un interés escondido, pues lo que se ve en la otra persona es en sí los beneficios que nos reporta asociarnos a ella a través de fijar unos lazos que, aunque son en apariencia, se maquilla al exterior como de únicos y genuinos. En ese caso todo estará en la superficie de las apariencias y no habrá capacidad de ahondar en la esencia. La relación se convierte en un escondite, un juego de ahora sí y ahora no, pues no hay base donde sustentarla y al no haber sido sembrado en terreno fértil, jamás podrá dar sus frutos.

    Hay otras relaciones que observamos empiezan con un exacerbado apego por ambas partes, como si su canal de enlace fuera desconocido para el resto. Esa exaltación acaba declinando con el tiempo, pues también se observa con qué facilidad el amigo se convierte en enemigo. Otra cosa es la sensación de familiaridad que uno experimenta con un determinado tipo de personas que escapa a la comprensión racional, ya que más que un conocer, se trata de un reconocer, y queda creada una cercanía adelantada al patrón general de la amistad.

    Muchas más relaciones se van cruzando en el recorrido existencial, desde las de trabajo o la paterno/filial, que pueden servir, en el caso de un padre,  para hacer de la vida de un hijo una extensión de la suya propia, que al no haber alcanzado diversos propósitos, lo proyecta como parte de la responsabilidad que debe ser acometida y rellenada por su descendiente.

    Si comenzamos por integrarnos en nosotros mismos será más fácil la interrelación con los otros, pues en esa abundancia, estaremos más capacitados para dar sin la necesidad de ser rellenados por los demás.

    Hay incluso en las relaciones de pareja que el principal sentido es conocer a la otra persona, ¡qué paradoja! Uno pretende conocer a otro cuando apenas hace por conocerse a sí mismo, y lo que es más curioso, uno quiere conocer a otra persona que tampoco se conoce a sí misma. ¿Entonces, dónde quedaría la fusión? Serían dos hojas a merced del viento, y en este caso, de las circunstancias.

    Relacionarnos es compartir el mismo escenario vital con los demás seres. Hagamos por reconciliarnos primero con nosotros mismos y estaremos más capacitados para intercalar con los demás. Hagamos del ego un secretario, pero que no se inmiscuya más de lo necesario. Hagamos de las relaciones un aprendizaje para explorarnos y aprender. Todos tenemos algo que contar. Veamos que emociones negativas emergen cuando nos relacionamos, como envida, rabia, celos..., y tratemos de amplificar otras cualidades positivas como paciencia, comprensión, ecuanimidad... Relacionémonos desde la firmeza, sin aprovecharnos y sin ser aprovechados, sin desconsiderar y sin ser desconsiderados.



    Somos un planeta conformado por seres sintientes que necesitamos todos de todos. Hagamos por equilibrar y armonizar cada una de nuestras relaciones, para así, enriquecernos de las mismas.

    El buscador entiende que en el camino no se halla solo, pues parte de él se basa en interactuar con los demás. Sabe que es de todos y de nadie,  y que aunque ha emprendido un viaje de relación hacia dentro, comprende que son las externas en donde se verá reflejado el equilibrio que emana de uno.

domingo, 14 de agosto de 2011

El destino.

    ¿Qué es el destino? ¿Es un camino ya instalado que sólo consiste en recorrerlo, o un camino que creamos a cada paso? ¿Libre albedrío o determinismo?
    Todos estamos inmersos en una corriente empujada hacia una dirección, pero ésta a veces ofrece alternativas o desvíos que escapan a nuestra comprensión. Querer profundizar en ello es afinar la agudeza de la atención, para no dejar escapar ninguna pista que deje al descubierto, el posible mecanismo que permita orientarnos hacia lo que consideramos que es bueno para nosotros. En ese momento, todo puede tener sentido, o quizás tendrá el que le demos nosotros.

    Si todo está determinado, en cierto modo es una imposición, pues no hay posibilidad de elección, ya que todo está supeditado a un orden superior. Si fuera así, habría que desarticular cuáles son las reglas del juego y predecir cuál es el sendero ya marcado, para adelantarnos a los sucesos que puedan producirse.
 ¿Qué o quién regiría esas pautas? La respuesta está oculta en el mundo de lo ignoto; lo cierto es que tendríamos que manejarnos con esas reglas para sincronizar más con las pruebas que se van presentando, y así no perder la sintonía que nos hace fluir con los acontecimientos. Habría que detectar cuáles son verdaderamente nuestros objetivos y nuestros potenciales, pues como en un juego, éstas serían nuestras cartas, y deberíamos elegir con certeza en que momento arrojarlas.
    Si todo está ya organizado, queda poca capacidad de acción, pues incluso la que realizáramos ya estaría predestinada. Y si aun descubriendo la manera de acoplarnos a ese ritmo, desistiéramos de hacerlo, también entraría dentro del marco de lo determinado.

    Otra posibilidad es el libre albedrío. Sería no estar sujeto a ninguna ley invisible, y desenvolvernos de una manera individual en un escenario que no esté compuesto de una observación que dicte nuestras conductas.
    Todo cabe en el libre albedrío, no hay represalias futuras que evidencien nuestras faltas, no hay un equilibrio aparente que pretenda corregir una y otra vez hasta dejarnos situados en nuestro sendero correspondiente. El libre albedrío representa la individualidad de cada ser dentro de un colectivo, y el manejarse con esa libertad, implica un miedo inherente que, a través de los siglos, se ha visto solapado por toda clase de inclinaciones soteriológicas.
    El libre albedrío puede producir indignación, pues lo que muchas veces consuela en un mundo despiadado es que al final la persona malevolente purgue sus faltas en presencia de un régimen superior y, en cambio, la persona de acciones nobles, estará condicionada por la retribución de sus buenos actos. En el libre albedrío se debe potenciar la responsabilidad, porque sin ella, la libertad se convierte en libertinaje.

En el libre albedrío también hay cabida para la evolución, porque por ejemplo, si venimos al mundo con ciertos rasgos de carácter que imposibilitan nuestra relación con los demás, eso estaría determinado, pero si lo modificamos a través de nuestras conductas, estaríamos manejándonos en el libre espacio para nuestro favor y el de los demás.

    De ahí que para muchos sabios, yoguis y gente realizada, el destino sea como un río que fluye y en el que estamos inmersos. El río empuja hacia adelante, eso está determinado y no tenemos elección. Luego inmersos en la corriente podemos optar y decidir nuestro avance, fluir a la velocidad de la corriente, o sin embargo, resistirnos en la misma. De ahí que en la vida cotidiana experimentemos ir a contracorriente y perdamos la sensación de rumbo. A veces, la fluidez es más lenta, otras, mucha más acaudalada; de ahí que nos pille por sorpresa y sintamos el agua hasta el cuello. Nosotros optamos a veces por bucear, sumergirnos en lo más profundo, ver sobre qué se mantiene todo, de ahí que por instantes nos separemos del resto. Otras, nos impulsamos hacia arriba para ver hacia dónde nos dirigimos y captar una visión más panorámica de todo el asunto, ahí estaríamos sacando pecho. Todo un mundo de opciones que se van abriendo a cada instante y que se van entrelazando entre sí, para con su consecuencia, deliberar un resultado a nuestro favor o en contra.
    Pistas que se van presentando y a lo que Jung llamó ¨Casualidades significativas¨, y que se funden en el inconsciente colectivo.



    Cabría observar dentro de la particularidad del destino, la gran necesidad que experimentamos de exigir seguridad en un mundo donde nada es seguro, excepto la inseguridad. Esa demanda puede anestesiar el desarrollo de la intuición y el manejo con la misma, perdiendo el potencial de desenvolvimiento en el plano vivencial de cada instante.
    Hay que aprender a manejarse con la imprevisibilidad, pues siendo el destino determinado o no, se ejecutará sin previo aviso y nuestra capacidad de elasticidad en los acontecimientos hará que no quebremos frente a ellos.
                                         
    En la vía de la búsqueda y realización de sí, el destino abruma por su capacidad de ser escurridizo y sentirnos siempre con las manos vacías, dejando a veces entrever destellos de orientaciones, y otras, sin embargo, sumiéndonos en una oscuridad absoluta en la que nos sentimos absorbidos por completo. Sea como fuere, no debería ser: ¨¿por qué estamos aquí?¨, sino ¨ya que estamos aquí¨, y hacer del destino un inquebrantable aliado, pues aun con sus caprichos, siempre nos tiende algún recoveco para no estancarnos.




domingo, 7 de agosto de 2011

La soledad.

    La soledad es algo inherente al ser humano, pues a través de ella venimos al mundo y sobre ella le abandonamos. En ella nos relacionamos con nosotros mismos, por eso muchas veces la rechazamos por completo.

    La soledad que no es deseada puede ser abrumadora y absorber por completo al sujeto que la padece. No es la soledad en sí la que puede desagradar, sino el sentimiento que produce la misma. Inmersos en ella no hay escapatoria ni con lo que entretenerse, por ello, emergen todas las sensaciones de insatisfactoriedad, sobreponiéndose ante la persona y eliminando por completo la capacidad de disfrute consigo misma.
    Por no disponer de un sosiego interior y un talante equilibrado perdemos la oportunidad de relacionarnos con la soledad, ya que como hemos dicho, se verá entorpecida con impedimentos que brotan de lo más profundo de nosotros mismos, y sabotearán toda intención de establecernos en ella. La soledad provoca vernos cara a cara excluidos del escaparate exterior.

    Si amigamos con ella podemos ver la otra cara de la moneda, pues es en esa dimensión donde nacen todos los potenciales creativos. Es en ella donde la inspiración encuentra su canal de acceso, y es en ella donde hallamos la puerta hacia el silencio interior.


     El poeta, el místico, el pintor... Todos ellos se dejan abrazar por ella para después sentirse renovados, rellenos, realizados... En ella encuentran el manantial de lo que todo brota y la dimensión en la que poder expresarse.
    La soledad siempre está ahí, a veces solapada por los acontecimientos del exterior, pero en el momento en el que se disipan nos vuelve a envolver y acaparar.

     A veces, frente a la soledad se produce lo contrario, es decir, en vez de rechazo o aversión, un profundo apego, pues en ella encontramos un refugio más elevado que el puramente renovador. Lo que puede ser un espacio para uno, se convierte en una armadura infranqueable o un refugio donde aislarnos. Entonces la soledad sirve de escapatoria ante los hechos del exterior, queriéndolos excluir y provocar mediante su propio desgaste, extinguir.



     La inclinación a la soledad constante es fruto de miedos, evasión y falta de disponibilidad para enfrentar los sucesos que se van presentando en el escenario exterior. La persona se vuelve más y más adicta a ese refugio, creyendo que está segura de acontecimientos negativos, cuando en realidad no hay nada seguro y todo sigue su dinámica fluctuante. La persona inmersa en esa burbuja, aun teniendo deficiencias anímicas, ha aprendido a familiarizarse con ellas y pierde la oportunidad de, mediante esa soledad, poner los medios para remediarlos, pues identificada con sus automatismos mentales pierde la intuición de mejoramiento vital. La soledad se desvanece entonces como instrumento válido para la instrospección consciente y se pierde en el sonambulismo psíquico. La persona convierte su rutina en una foto en blanco y negro, mutila sus posibilidades de relación, debilita el crecimiento que deriva de la interactuación de relacionarnos con los demás, y convierte
su libertad en un grillete que le encadena, pues lo que comenzó sintiéndose como dueño de su libertad, acaba siendo presa de la misma. En el estancamiento ha perdido la capacidad de fluidez, permanece repostando en vez de continuar su viaje, ha caído en la tela que anteriormente ha tejido.

    La soledad debe ser un apartado más de nuestra configuración existencial. Nos debe servir como ¨un alto en el camino¨, reorganizar nuestro mundo interior y nuestra psiquis. Es signo de salud emocional no darle la espalda a la soledad, sino saber darle su peso especifico. En ella pondremos a examen todo lo que se vaya presentando: tedio, aburrimiento, angustia, rabia, pensamientos repetitivos... Y después, mediante técnicas de interiorización como el yoga o la meditación, purificar dichos estados para enfriarlos en lo posible. Es un gran autoconocimento observar qué reacciones se producen estando inmersos en la soledad, pues se abren todas las compuertas que, mediante entretenimientos y quehaceres cotidianos, manteníamos cerradas.

    En ella se revela la angustia existencial, el vacío que en algún momento todos hemos sentido. Gracias a ella chequearemos nuestras deficiencias emocionales para, constructivamente, darles un giro y armonizarlas. En ella veremos nuestra radiografía, veremos lo que aflora de nosotros mismos, que hasta ahora cubierto por el  ruido de fuera, no éramos capaces de escuchar.
   En ella sentiremos plenitud una vez nos pongamos manos a la obra en trabajar nuestro interior; completud una vez desarrollada. En ella encontraremos el espejo que nos refleja fielmente. Será nuestra fiel confidente, nos procurará renovación anímica y un espacio para poder así, desplegar las alas de la Sabiduría.


lunes, 25 de julio de 2011

La muerte.

     La muerte ha sido, es, y será, el mayor misterio jamás vivido por nadie. La muerte conlleva el recordatorio de finitud, y ante ella, como diría Buda, todo palidece.
    Ante ella no hay distinciones, todos somos iguales y hacia ella nos dirigimos. Nadie la vence, sólo por capricho te  deja tu vida de ventaja. Es la aduana hacia lo desconocido, es el paso fronterizo o el final de un recorrido, y ahí la mente se golpea contra el muro de lo incognoscible.

     La muerte no puede ser comprendida mediante racionalizaciones ni especulaciones, sino mantener el recordatorio de que ésta llegará dejando cosas sin terminar, palabras sin pronunciar y vivencias sin experimentar. Ese recordatorio hace que no caigamos en sus engaños que son: ¨Los demás son los que mueren¨ y ¨Cuando muramos siempre será mañana, nunca hoy¨.
     Vemos en lo demás la muerte como algo ajeno a nosotros, como algo que siempre sucede de miras al exterior. Pensamos (sin que nadie nos diagnostique lo contrario) que la muerte está muy lejos y que ni siquiera ha reparado en nosotros, que nos ha excluido de su programa de actividades. Tomar conciencia de que en cualquier momento se puede presentar no es obsesionarse por el tema ni recrearse en pensamientos mortificantes, sino avivar la llama que se mantiene encendida para vivir con mayor plenitud cada instante.


         
    Para aprender a morir, primero se debe aprender a vivir. Cara a cara con la muerte sólo nos encontraremos con nosotros mismos, y ahí veremos en que hemos invertido o en que nos hemos convertido. Jerarquías, posesiones, estatus ¿dónde quedan ante la muerte? Queda todo en la antesala, pues hay que pasar desnudos y sin lo que apoyarse. Atrás habrá quedado todo con lo que nos identificábamos y tendremos que soltar todo aquello en lo que nos reflejábamos. Ante ella, al igual que en un paredón, todos tenemos el mismo valor y eso debe humildarnos. ¿Realmente es miedo a la muerte o a perder lo que conlleva con la misma?

    Nadie puede morir por nosotros. Es algo que nos concierne de forma individual. Aun en el caso de que varias personas muriesen a la vez cada uno lo haría en su propia vía de muerte.
    La muerte no sólo afecta a la persona que desencarna, sino los que quedan en vida, pues uno de los sufrimientos más profundos es el de la perdida de un ser querido. Cada persona tiene su propia manera de vivenciar su duelo, más allá de petrificados convencionalismos y patrones morales, pues el dolor será vivenciado por uno, aunque los demás se empeñen en acompañarnos en el sentimiento. Las personas que quedan se enfrentan a la gran tarea de aceptar lo inexplicable y de ir, poco a poco, incorporando esa ausencia en sus vidas cotidianas. Asumir la muerte de una persona afín no es fácil, pues se necesita una gran dosis de aceptación y ecuanimidad, rota en la mayoría de los casos por el shock adicional y el estado de aturdimiento que provoca en nosotros asistir a la bajada de telón, en la representación final, de una persona allegada.      

    La muerte puede tener su lado constructivo aunque no lo creamos, pues ese recordatorio es el que nos debe motivar para hacer de nuestro recorrido una senda y un instrumento constante de aprendizaje. Que haya algo después o no debería ser lo de menos, pues lo que realmente hay, es lo que debe ser vivido. Dependiendo de cómo hayamos instrumentalizado el recorrido estaremos más capacitados, para como un buen anfitrión, recibir la muerte como una parte más de nuestra circunstancia vital.
En la antigüedad los buscadores espirituales utilizaban métodos de alquimia para alargar la vida, pero no por apego a la existencia, sino para disponer de un tiempo extra en el que autorrealizarse. Esa actitud de aceptación es la que libera de ese miedo inherente a la última exhalación.

     
    El buscador trata de no perderse en teorías referentes al abandono de la envoltura carnal a la que pertenece y al plano fenoménico en el que se desenvuelve. Trata, en cambio, de utilizar el recordatorio de disolución para hacer un trabajo interior de desapego, incremento de la consciencia y desarrollo de la sabiduría. Como la ola que acabará fundiéndose en la totalidad del mar, no trata de resistirse ni de defenderse, pues es en la misma inmensidad de la que surgió, donde acabará desvaneciéndose.

    La muerte iniciática ( la que siempre han insistido todos los sabios desde la noche de los tiempos ), es la que se trata de llevar a la práctica, aún estando insuflado de vida. Es morir a cada instante, dejando atrás nuestra petrificada psicología, renaciendo a cada momento, nuevos, renovados, sin condicionamientos y experimentando la frescura vivencial. Es no acarrear la mente anquilosada. La mente y su charloteo es lo primero que ha de morir, junto con su representante que es el ego, porque frente a la muerte no hay ningún discurso que le haga convencer, ni ningún ego que le haga empequeñecer.
    Esa muerte es la que utiliza el buscador para renovarse a cada momento y la que le sirve de familiarización, para así llegar más integrado en sí mismo a su punto y final de su trayectoria vivencial.

jueves, 21 de julio de 2011

Elevar lo cotidiano al rango de sublime.


    Por identificación tendemos a colorear nuestro mundo interior con las acciones que llevamos a cabo en el plano exterior. Por querer renovar nuestra capacidad de asombro a cada instante, nos perdemos la frescura del momento, dejando pasar aquello que ya no podemos atrapar y por lo que tanto habíamos esperado.
    La verdadera monotonía no es aquella que rige la repetición de nuestros actos, pues es deber de uno el rotularlo como novedoso y no tedioso, como es la mayoría de los casos. La monotonía se halla en el pensamiento repetitivo, en la mecanicidad de nuestras actitudes.
    Vemos el mundo tal como refleja el nuestro propio. Según nos sentimos, nos relacionamos, desarrollamos , etc. No hay que esperar un derby para vivir un partido con intensidad. No hay que esperar al seleccionador para entregarnos en un entrenamiento.. No hay que esperar un pase para meter un gol.
    ¨ Cada momento cuenta ¨ dicen los maestros zen, cada instante es una manifestación que debemos elevar a la categoría de sublime.  El sopor del día a día es un arrastre de nuestra mente condicionada, que regida por pares de opuestos, salta de lo agradable a lo desagradable; de lo placentero a lo displacentero; de la euforía al abatismo.
    Sin cargar con la memoria del pasado, sin proyectar cómo debe ser un futuro idealizado, la mente toma consciencia de que cada paso cuenta, que el camino ya es en sí la meta , que el hecho más corriente lleva una carga de realización, y que los actos cotidianos pueden ser magnificados si los iluminamos con la  ¨ lampara de la atención ¨.
    Cuando sentimos rutina en el día a día, debemos chequear el material de dentro. Todo un mundo de miedos, temores, frustraciones, entremezclandose entre si y alternandose el protagonismo para recrearse en nuestro espacio mental. ¿Acaso eso no es rutina? ¿Es que no se repiten los mismos automatismos?
    Pretender hacer de nuestro exterior un entretenimiento continuo es alienarse del centro que nos ancla y no potenciar ciertos desarrollos que tenemos en latencia. La actitud de vivir el instante es un bálsamo para no caer en el sopor de lo cotidiano, y de ese modo elevar cualquier acto aparente al escalafón de la sublimidad.



     

 Nota: artículo publicado el 20 de junio de 2011 en la página de entrenadores de fútbol:    http://www.modernsoccer.net/