Los acontecimientos se suceden, las acciones se llevan a cabo, pero parece que las piezas no terminan de encajar.
A veces, la vida parece ser un teatro que nunca termina de levantar el telón. Uno proyecta a través de ideas lo que debería ser, pero algo oculto a una apreciación lógica termina por regir con sus inexorables leyes.
Hasta ahí hablamos de un plano externo, que incluso nos podríamos extender más, pero ¿y el interno?
Sentimos como dentro se cruzan deseos, temores, frustraciones y un sin fin de extremos que nos hacen oscilar de una lado para otro. Es como si dos personas tiraran de los brazos, y nosotros espectadores, sintiésemos cada desgarro.
Si una contradicción es un cambio de dirección o la alternancia de los extremos, ¿dónde situarnos? ¿Cómo descifrar el significado de los mismos? ¿Cómo afrontar cada circunstancia contraria para hacerla a nuestro favor? ¿Cómo crear una misma dirección en la que fluya de forma armónica los acontecimientos?
Quizás, la armonía se base en una actitud de centro, de no arrastrarse, de una imperturbabilidad consciente, de un entendimiento de desprendimiento ante los factores de cambio o contradictorios.
Ahí, la meditación es una ayuda, porque no resuelve, sino disuelve todo aquello que nos desgarra. Es un desinfectante para la mente ¨ herida ¨ y sus ambivalencias.
Dentro de ese margen ¿cómo actuar? ¿Cómo desarrollar la idoneidad? ¿Cómo saber que el ego no se inmiscuye? Hay un gran material que observar e ir desarticulando. La vida fluye a través de su dinámica y debemos descifrar su ritmo.
En el interior hay veces que se celebra una gran batalla. Como un zapping constante. Todo ello lleva a un desconcierto, una inestabilidad que se refleja en el estado anímico. No hay sincronicidad ante lo interno y lo externo, creando una densa bruma de confusión en el sujeto. Uno quiere avanzar, pero no puede; uno quiere escapar, pero está atrapado. La película existencial se vuelve un escenario de luz y de sombra, y nosotros sin ningún tipo de poder de decisión, nos quedamos absortos en ese formato.
Todo desequilibrio tiende al equilibrio. Todo pasa. La contradicción se desanuda y sólo quedará el aprendizaje extraído de él. Quizás, la próxima vez tendríamos que ser más ecuánimes; quizás, más pacientes; quizás,...
Lo que está claro es que el centro de un tornado es la parte más inmóvil, y ese centro es el que debemos de hallar en los momentos de tempestad. Ese centro es el ¨bunker¨ donde refugiarnos, el colchón, el amortiguador.
La actitud de alerta promueve hacia una consciencia más lúcida y clara, donde ante las dificultades nos exhorta un vislumbre de comprensión y nos permite no quedarnos en el barniz de los hechos, sino penetrar en su naturaleza más intima y reveladora.
domingo, 15 de mayo de 2011
Las contradicciones.
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martes, 3 de mayo de 2011
El arte de parar.
¿Por qué nos costará tanto parar al momento?
Podríamos decir: ¨Si estoy quieto, ¡parado en mi sofá!¨.
Lo cierto es que aunque podamos parar el cuerpo, no se termina de detener el run run mental. Hoy mismo estaba en casa practicando hatha yoga ( yoga físico), disponía de tiempo y de un silencio exterior que pocas veces uno puede hallar, pero ¿por qué no cesaba el ruido de dentro? ¿Cómo es que era capaz de mantener los asanas ( posturas corporales), regular la respiración y tomar consciencia de la misma, y no podía detener el tráfico de mi mente?
De hecho, pensaba: después lo conseguiré en meditación. Pero ya estaba enredado en postergar acciones para el futuro, perdiéndome la frescura del momento. En los instantes en que serenaba la mente con el ir y venir de la respiración, observaba cómo se colaba un pensamiento intruso a recordarme cosas pasadas o por hacer. ¿Qué curioso? Me decía una y otra vez, aunque la observancia de los pensamientos es lo más común en el yoga, pero esta vez era capaz de profundizar un poco más...
Tumbado en savasana intentaba captar el impulso que nos empuja a hacer. Sentía como una inercia, como el giro de los pedales de una bicicleta impulsado momentos antes. Notaba como una programación instalada, en la que nos incita continuamente a rellenar espacios futuros de quehaceres, y de la que nos cuesta enormemente separarnos.
Seguía reflexionando en la misma posición, como tratando de alcanzar el sentido último de todo el asunto. Como queriendo llegar al tope de la cuestión. El caso era que, maquinalmente, la tendencia es a extraviarnos en proyectos, ideaciones, ensoñaciones... Que todo ello, dándole su peso específico, es vital para el desarrollo de un ser humano, pero que tomaba tanta fuerza en nosotros que no eramos capaces de quitar el automático. Ya no estaba en nuestra voluntad frenar el anhelo de hacer, la sed de saciar un impulso subliminal difícil de detectar.
Seguía indagando y llegaron más interrogantes. ¿Será una trampa de la mente para su supervivencia? ¿Será que sentimos que somos cuando hacemos? ¿Si dejamos de hacer ( en el sentido mental ), dejaremos de ser? o ¿Realmente somos cuando tenemos capacidad de dejar de hacer? Y ¿dónde surge la voluntad cuando ya no eres?
Las respuestas lógicas serían que, queramos o no, siempre estamos haciendo, incluso a nivel orgánico el cuerpo se las ingenia para abastecerse de oxigeno, crear la sangre... La profundidad que quería alcanzar era la impuesta por la mente, su gran afición por recordarnos las cosas a medias que no hemos acabado y que nos impone su recuerdo en contra de nuestra autoridad.
Recordaba la afirmación de Buda ( que trataremos en otro artículo) y es que la vida es dukka, es decir, sufrimiento, insatisfacción. Producida por el deseo, fruto de avidya ( ignorancia básica de la mente ). Será que tanto impulso de hacer no nos termina de colmar y nunca nos vemos saciados ni completos. Ahí quería llegar, a la esencia que en ese momento le pude dar a la lectura de la afirmación de Buda. Porque realmente, creo interpretar, el deseo al que se refería como fuente de sufrimiento, no es sólo al deseo que conocemos en apariencia, sino al más intrínseco, al más profundo, al que nos termina de controlar y dominar, y por más que queramos no es rellenado.
Puede que en el espacio mental en el que se representa las ideaciones, nos lleven a basarnos en una personalidad que las lleve a desarrollar, pero ¿y si cesan? No habría nadie para anhelar, no habría identificación con el impulso de hacer. Entonces qué se revela, en qué nos sostenemos que no sea nuestra aportación de acción. El yoga diría que lo que surge bajo las capas que nos aprisionan es el ser. Éste no se dejaría arrastrar sobre las corrientes pensantes que nos llevan de un lado para otro, sino que su propia manifestación es el reflejo de una presencia que no puede estar en desintonía con el presente.
De ahí nos iríamos al wu wey que es el hacer sin hacer, de los maestros taoistas, pero para entonces mis músculos se habían enfriado y no podía continuar con los ejercicios. ¡Qué paradoja! ¡Todo lo qué he hecho sin hacer!
Saqué en claro la importancia de detenerse, pero no de manera racional, sino vivencial, a modo de vislumbre, que como siempre duran poco, pero que reportan un conocimiento experiencial procedente de dentro, sin la etiqueta de ser ¨ prestado ¨.
Ahora había que volver a ponerlo en práctica, porque si no se quedará en teoría.
¿Seré capaz de aquietarme ahora?, o luego, ¡que tengo muchas cosas qué hacer!
Podríamos decir: ¨Si estoy quieto, ¡parado en mi sofá!¨.
Lo cierto es que aunque podamos parar el cuerpo, no se termina de detener el run run mental. Hoy mismo estaba en casa practicando hatha yoga ( yoga físico), disponía de tiempo y de un silencio exterior que pocas veces uno puede hallar, pero ¿por qué no cesaba el ruido de dentro? ¿Cómo es que era capaz de mantener los asanas ( posturas corporales), regular la respiración y tomar consciencia de la misma, y no podía detener el tráfico de mi mente?
De hecho, pensaba: después lo conseguiré en meditación. Pero ya estaba enredado en postergar acciones para el futuro, perdiéndome la frescura del momento. En los instantes en que serenaba la mente con el ir y venir de la respiración, observaba cómo se colaba un pensamiento intruso a recordarme cosas pasadas o por hacer. ¿Qué curioso? Me decía una y otra vez, aunque la observancia de los pensamientos es lo más común en el yoga, pero esta vez era capaz de profundizar un poco más...
Tumbado en savasana intentaba captar el impulso que nos empuja a hacer. Sentía como una inercia, como el giro de los pedales de una bicicleta impulsado momentos antes. Notaba como una programación instalada, en la que nos incita continuamente a rellenar espacios futuros de quehaceres, y de la que nos cuesta enormemente separarnos.
Seguía reflexionando en la misma posición, como tratando de alcanzar el sentido último de todo el asunto. Como queriendo llegar al tope de la cuestión. El caso era que, maquinalmente, la tendencia es a extraviarnos en proyectos, ideaciones, ensoñaciones... Que todo ello, dándole su peso específico, es vital para el desarrollo de un ser humano, pero que tomaba tanta fuerza en nosotros que no eramos capaces de quitar el automático. Ya no estaba en nuestra voluntad frenar el anhelo de hacer, la sed de saciar un impulso subliminal difícil de detectar.
Seguía indagando y llegaron más interrogantes. ¿Será una trampa de la mente para su supervivencia? ¿Será que sentimos que somos cuando hacemos? ¿Si dejamos de hacer ( en el sentido mental ), dejaremos de ser? o ¿Realmente somos cuando tenemos capacidad de dejar de hacer? Y ¿dónde surge la voluntad cuando ya no eres?
Las respuestas lógicas serían que, queramos o no, siempre estamos haciendo, incluso a nivel orgánico el cuerpo se las ingenia para abastecerse de oxigeno, crear la sangre... La profundidad que quería alcanzar era la impuesta por la mente, su gran afición por recordarnos las cosas a medias que no hemos acabado y que nos impone su recuerdo en contra de nuestra autoridad.
Recordaba la afirmación de Buda ( que trataremos en otro artículo) y es que la vida es dukka, es decir, sufrimiento, insatisfacción. Producida por el deseo, fruto de avidya ( ignorancia básica de la mente ). Será que tanto impulso de hacer no nos termina de colmar y nunca nos vemos saciados ni completos. Ahí quería llegar, a la esencia que en ese momento le pude dar a la lectura de la afirmación de Buda. Porque realmente, creo interpretar, el deseo al que se refería como fuente de sufrimiento, no es sólo al deseo que conocemos en apariencia, sino al más intrínseco, al más profundo, al que nos termina de controlar y dominar, y por más que queramos no es rellenado.
Puede que en el espacio mental en el que se representa las ideaciones, nos lleven a basarnos en una personalidad que las lleve a desarrollar, pero ¿y si cesan? No habría nadie para anhelar, no habría identificación con el impulso de hacer. Entonces qué se revela, en qué nos sostenemos que no sea nuestra aportación de acción. El yoga diría que lo que surge bajo las capas que nos aprisionan es el ser. Éste no se dejaría arrastrar sobre las corrientes pensantes que nos llevan de un lado para otro, sino que su propia manifestación es el reflejo de una presencia que no puede estar en desintonía con el presente.
De ahí nos iríamos al wu wey que es el hacer sin hacer, de los maestros taoistas, pero para entonces mis músculos se habían enfriado y no podía continuar con los ejercicios. ¡Qué paradoja! ¡Todo lo qué he hecho sin hacer!
Saqué en claro la importancia de detenerse, pero no de manera racional, sino vivencial, a modo de vislumbre, que como siempre duran poco, pero que reportan un conocimiento experiencial procedente de dentro, sin la etiqueta de ser ¨ prestado ¨.
Ahora había que volver a ponerlo en práctica, porque si no se quedará en teoría.
¿Seré capaz de aquietarme ahora?, o luego, ¡que tengo muchas cosas qué hacer!
martes, 19 de abril de 2011
La armonía en el deporte.
Desde tiempos inmemoriales el deporte ha conseguido la unión entre seres humanos, independientemente de las culturas, razas y procedencias.
El deporte a nivel físico proporciona un bienestar en la persona a través de las endorfinas, producidas por la práctica del mismo.
A nivel de superación se podría hablar de dos planos, el individual y el colectivo. El individual corresponde a una evolución y un afán de superación, mientras en el colectivo es la dualidad de victoria o derrota la que constata una consecución de logros o ausencia de los mismos, ya que el término fracaso mutila las expectativas puestas en el evento.
Un deporte consciente e instrumentalizado a una evolución, no sólo en el contexto competitivo, sino como herramienta válida para el autoconocimiento, provoca un arsenal de pistas para conocer, además del deporte, quien lo practica. Para ello la actitud debe ser muy equilibrada y realista entre las limitaciones y los posibles objetivos que se puedan alcanzar.
Las expectativas deben ser fiables y no al servicio de un ideal que creamos de nosotros mismos y en el que nos arrogamos cualidades de las que carecemos. Entonces el deporte se vuelve un alimento para el ego, perdiendo su equilibrio entre sueños, disfrute, victoria o derrota.
El equilibrio se halla pues, en la actitud que permite manejarnos entre las polaridades
que se van alternando entre las múltiples variables que ofrece la competición. El ego no debe interferir en la percepción que se nos muestra como bueno o malo, porque entonces el resultado del esfuerzo será supeditado por las influencias externas y que desencadenan una obsesión en la consecución de resultados.
La armonía se consigue en la observancia de lo que se va presentando y desde una actitud de ecuanimidad y de reflexión consciente, para que lo que se puede mejorar se mejore, y lo que no se pueda cambiar, se acepte. Así el deportista no fluctúa en sus estados de ánimo, reservando la energía para fines constructivos.
Entonces todo adquiere su peso específico. Cuando se gana no se produce una exaltación desmedida, y cuando se pierde no se cae en la mayor de las lamentaciones. Nada pierde su frescura. Todo se acepta con ánimo renovado, no con memorias fatalistas y recuerdos dolorosos.
Los valores que se ensalzan en el deporte como el respeto, la tolerancia o la deportividad, deben llevarse de la mano hacia valores que también se instalen en
elpracticante. Si el deportista hace hincapié en la disciplina, no debe ser como escapismo o evasión, porque entonces ésta se torna neurótica y lo que permite ser una vía de evolución se convierte en grilletes hacía uno mismo. Por ello el esfuerzo y la perseverancia debe ser bien medida, para así no caer en excesos o extremos y su consiguiente alejamiento de los objetivos. Por ello la energía que vamos a aplicar también se verá sujeta a un armonioso esfuerzo, para así sin alejarnos de nuestro centro podamos ir resolviendo todo tipo de contratiempos que se puedan presentar.
La competición debe estar cargada de presencia vivencial, es decir, de una
instalación en el momento presente que nos permita vivirlo y disfrutarlo. El ansia de resultados elimina toda capacidad de vivir el momento, dejando para luego lo que podemos disfrutar ahora, y así nos perdemos cada momento que cuenta, como dicen los maestros Zen. El camino es en sí la meta. Si solamente nos obsesionamos por resultados favorables, es como perderse el paisaje en un viaje hacia ningún destino. El anhelo de logros no debe oponerse por la satisfacción en sí de querer realizarlos, exprimiendo cada circunstancia e instrumentalizándola hacia nuestro favor. Entonces la armonía se instala impregnando su fragancia y no alejando al deportista del espíritu competitivo.
En resumen vivir el deporte en plenitud implica no cargarse en exceso por los resultados obtenidos, aunque esta motivación es indispensable como punto de inicio, pero muy frustrante cuando se vuelve voraz sin distinciones. El deportista verá en su larga senda como debe ir afrontando sus situaciones vitales, que deberá ir resolviendo a la vez que madura interiormente, ya que tomará consciencia que la verdadera competición está en uno mismo.
NOTA:
Este artículo fue publicado el 17 de abril de 2011 en www.modernsoccer.net
sábado, 16 de abril de 2011
El Aquí y Ahora.
Desde tiempos inmemoriales los grandes místicos han puesto el énfasis directo en la instalación presencial en el aquí y ahora. Vivir el momento, como si fuera el primero y el último, es una tarea que precede de un gran trabajo interior, ya que el alejamiento del instante lo crea la mente a través de su dispersión. No hay nada malo en poner la imaginación al servicio de lo constructivo, ni de anticipar proyectos o recordar algo ya pasado, pero cuando nos es imposible anclarnos en el presente, vivimos como una hoja a merced del viento, de un lado para otro sin ubicarnos en cada situación o instante.
¿Y qué problema hay en no vivir el presente?
Mucho más del que imaginamos, pues es como si no estuviéramos en nosotros mismos, perdidos en ensoñaciones e ideaciones, y que en el peor de los casos, se torna completamente destructivo y nos mortifica con pensamientos repetitivos.
Captar el momento de forma directa y penetrando en la realidad tal cual es, significa desarrollar una visión pura, descodificando nuestros condicionamientos que ¨condicionan¨ lo que percibimos, y nos impiden ver una realidad en su naturaleza real y desnuda.
Una mente instalada en el presente no produce reacciones anómalas, sino respuestas vivas al momento, quedando en su justo lugar y sin tornarse repetitivas.
La mente se vuelve un espejo; refleja las cosas tal cual son, pero no retiene, no se apropia, no trata de dar forma a su antojo. No refleja el pasado, no refleja el futuro; refleja lo que se presenta a cada momento sin juzgar.
Sin atención no hay presente, sin consciencia no hay vivencia. La atención nos instala aquí y ahora, y muchas son las herramientas de las que se puede servir como soporte, como: la atención al cuerpo, las sensaciones que se producen en el cuerpo,la respiración y la mente. Desde el cuerpo a la mente vamos pasando de lo más burdo a lo más sutil. La atención unida a la consciencia permite unidireccionar la observación y permite atestiguar el surgir y desvanecer de todos los fenómenos.
- La atención al cuerpo.
Todos disponemos de un esquema corporal en el que podemos apreciar las distintas partes del cuerpo, su ubicación y postura circunstancial en la que estemos en ese momento. Sentir el bloque del cuerpo es más sencillo y facilita un anclaje en la situación presente.
- La atención a las sensaciones.
Una vez sentimos la envoltura del cuerpo, desplegamos la atención a las sensaciones que se van produciendo, como calor, frío, cosquilleo, tensiones... La atención implica en observar sin juzgar, sin estar a favor o en contra, simplemente observar como aparecen y se van desvaneciendo.
- La atención a la respiración.
Somos seres respirantes, es lo primero que hacemos al nacer y lo último que haremos antes de morir. No hay vivencia que no esté acompañada de respiración. Nadie puede respirar por nosotros, es el puente entre el mundo exterior con nuestro mundo interior. La respiración es la que es a cada instante. No es la respiración pasada, no es la respiración que está por llegar, sino la que se va presentando a cada momento. Te enlaza con lo más íntimo de ti mismo. Te da el acceso directo a la realidad tal cual es. Al dormir nos vamos y la respiración puede seguir sin nosotros, en cambio nosotros no podemos estar sin ella. En la vida diaria y en momentos de gran tensión, atender la respiración nos puede servir de bálsamo y de aquietamiento.
- La atención a la mente.
Centrarse en la mente es explorar la pantalla en la que se van representando ideas, pensamientos, ensoñaciones... Todo ese tráfico no permite ver la pantalla en sí, como las nubes no dejan ver el cielo claro. Atender la mente es observar sin reaccionar, porque la reacción en sí da energía a los pensamientos que se retroalimentan. El pensamiento trata de sobrevivir con su incesante discurso y tratando de captar nuestra atención. Por eso la atención es muy poderosa, porque la podemos emplear en desidentificarnos de los procesos mentales,sus enredos e ideaciones. Observar la mente es situarnos en el puesto de observador, inafectados, viendo como los pensamientos vienen y parten. Como sentarnos en la orilla de una playa y ver como las olas vienen y van, pero no nos afectan, no nos mojan. Las energías no se escapan, se acopian. No somos pensados, sino pensamos. Alcanzar el grado de no implicarnos tanto en corrientes pensantes, permite que no saltemos tanto de pasado al futuro y podamos ubicarnos de forma más presente.
Queridos amigos, todos estos ejercicios en sí son meditacionales. Son grados de meditación que favorecen
nuestra relación con el presente y permiten familiarizarnos con nuestro mundo interior. Todos estos ejercicios se pueden hacer de forma sentada (que es lo idóneo) o también aplicarlo a nuestra vida cotidiana, sin desviar la atención de nuestros quehaceres, pero que una parte se desvíe hacia dentro.
Sentiremos que se desarrolla una presencia en nosotros que hasta ahora no percibíamos. Una presencia instalada e inafectada, pues observa sin juzgar y sin perderse el instante.
Más integrados en nosotros mismos facilitará manejarnos con el fluir de la existencia, pues como bien estamos explorando, no hay otro lugar que ¨Aquí¨, ni otro momento que ¨Ahora¨.
¿Y qué problema hay en no vivir el presente?
Mucho más del que imaginamos, pues es como si no estuviéramos en nosotros mismos, perdidos en ensoñaciones e ideaciones, y que en el peor de los casos, se torna completamente destructivo y nos mortifica con pensamientos repetitivos.
La persona se pierde la frescura del momento y toma una inercia de posponerlo todo al mañana; la enfermedad del mañana es pensar en sí que existe cuando realmente no se sabe si llegará, y es más, pensar que solamente seremos felices a su llegada, pues el futuro no viene en forma de futuro sino de presente y si no sabemos vivir el presente, éste cuando llegue nos pasará inadvertidos, pues estaremos proyectando lo que aún no ha llegado.
Entonces la mente se retroalimenta constantemente con saltos al pasado y al futuro. La mente detesta el presente, pues muere al mismo instante, no tiene dónde sujetarse, no hay dónde ir. Pierde cualquier posibilidad de supervivencia, pues su sustento basado en espacio y tiempo queda estrechada y no puede proyectar su propia solidez. La mente/ego crea su existencia en pos de un pasado en el que crear su imagen, y su proyección en un futuro en el que permanecer seguro. El instante queda reducido a un plano muy escurridizo, pues en sí mismo ya ha pasado y su vivencia se basa en acoplarnos a su ritmo en constante cambio, donde nada permanece, donde su fluidez se capta presenciándola, sin interferencias mentales y sin ideaciones que falsean o colorean la realidad.Captar el momento de forma directa y penetrando en la realidad tal cual es, significa desarrollar una visión pura, descodificando nuestros condicionamientos que ¨condicionan¨ lo que percibimos, y nos impiden ver una realidad en su naturaleza real y desnuda.
Una mente instalada en el presente no produce reacciones anómalas, sino respuestas vivas al momento, quedando en su justo lugar y sin tornarse repetitivas.
La mente se vuelve un espejo; refleja las cosas tal cual son, pero no retiene, no se apropia, no trata de dar forma a su antojo. No refleja el pasado, no refleja el futuro; refleja lo que se presenta a cada momento sin juzgar.
Sin atención no hay presente, sin consciencia no hay vivencia. La atención nos instala aquí y ahora, y muchas son las herramientas de las que se puede servir como soporte, como: la atención al cuerpo, las sensaciones que se producen en el cuerpo,la respiración y la mente. Desde el cuerpo a la mente vamos pasando de lo más burdo a lo más sutil. La atención unida a la consciencia permite unidireccionar la observación y permite atestiguar el surgir y desvanecer de todos los fenómenos.
- La atención al cuerpo.
Todos disponemos de un esquema corporal en el que podemos apreciar las distintas partes del cuerpo, su ubicación y postura circunstancial en la que estemos en ese momento. Sentir el bloque del cuerpo es más sencillo y facilita un anclaje en la situación presente.
- La atención a las sensaciones.
Una vez sentimos la envoltura del cuerpo, desplegamos la atención a las sensaciones que se van produciendo, como calor, frío, cosquilleo, tensiones... La atención implica en observar sin juzgar, sin estar a favor o en contra, simplemente observar como aparecen y se van desvaneciendo.
- La atención a la respiración.
Somos seres respirantes, es lo primero que hacemos al nacer y lo último que haremos antes de morir. No hay vivencia que no esté acompañada de respiración. Nadie puede respirar por nosotros, es el puente entre el mundo exterior con nuestro mundo interior. La respiración es la que es a cada instante. No es la respiración pasada, no es la respiración que está por llegar, sino la que se va presentando a cada momento. Te enlaza con lo más íntimo de ti mismo. Te da el acceso directo a la realidad tal cual es. Al dormir nos vamos y la respiración puede seguir sin nosotros, en cambio nosotros no podemos estar sin ella. En la vida diaria y en momentos de gran tensión, atender la respiración nos puede servir de bálsamo y de aquietamiento.
- La atención a la mente.
Centrarse en la mente es explorar la pantalla en la que se van representando ideas, pensamientos, ensoñaciones... Todo ese tráfico no permite ver la pantalla en sí, como las nubes no dejan ver el cielo claro. Atender la mente es observar sin reaccionar, porque la reacción en sí da energía a los pensamientos que se retroalimentan. El pensamiento trata de sobrevivir con su incesante discurso y tratando de captar nuestra atención. Por eso la atención es muy poderosa, porque la podemos emplear en desidentificarnos de los procesos mentales,sus enredos e ideaciones. Observar la mente es situarnos en el puesto de observador, inafectados, viendo como los pensamientos vienen y parten. Como sentarnos en la orilla de una playa y ver como las olas vienen y van, pero no nos afectan, no nos mojan. Las energías no se escapan, se acopian. No somos pensados, sino pensamos. Alcanzar el grado de no implicarnos tanto en corrientes pensantes, permite que no saltemos tanto de pasado al futuro y podamos ubicarnos de forma más presente.
Queridos amigos, todos estos ejercicios en sí son meditacionales. Son grados de meditación que favorecen
nuestra relación con el presente y permiten familiarizarnos con nuestro mundo interior. Todos estos ejercicios se pueden hacer de forma sentada (que es lo idóneo) o también aplicarlo a nuestra vida cotidiana, sin desviar la atención de nuestros quehaceres, pero que una parte se desvíe hacia dentro.
Sentiremos que se desarrolla una presencia en nosotros que hasta ahora no percibíamos. Una presencia instalada e inafectada, pues observa sin juzgar y sin perderse el instante.
Más integrados en nosotros mismos facilitará manejarnos con el fluir de la existencia, pues como bien estamos explorando, no hay otro lugar que ¨Aquí¨, ni otro momento que ¨Ahora¨.
domingo, 3 de abril de 2011
El silencio interior.
El silencio interior es algo que nos pertenece, y sin embargo, parece ser algo ajeno a nosotros mismos. Acceder a él es asomarse a lo desconocido, atravesar un umbral distinto de consciencia y permanecer anclado en una esfera de recogimiento y dicha. Se puede llegara él, pero es a veces él, el que de manera abrupta irrumpe en nosotros.
Nos envuelve un ensimismamiento que nos hace paralizar la corriente de pensamientos, que hasta ese momento, nos arrastraba de una lado hacia otro. En ese instante, la persona queda absorta en sí misma, completamente ajena al exterior y experimentando una presencia hasta ahora desconocida. Esos accesos a la quietud interior son más provechosos cuando la persona quiere acceder a ellos de forma consciente y lúcida.
Acceder al silencio es cavar en uno mismo hasta que todas las capas que nos configuran quedan por encima. Es regresar al origen de sí. Conectar con las raíces de la existencia, reconciliarse con la fuente. Es llegar a un plano intemporal donde uno se afinca siendo espectador de todo lo que le orbita a su alrededor.
Se necesita esos baños de silencio interior, observando así la cesación del pensamiento y dejando paso a otro tipo de revelación. Se revela algo que no puede ser analizado, racionalizado; simplemente es experimentado. La mente y su discurso pierde su eficacia ante la inmensidad de un regocijo interno.
Hasta ahora, el consuelo se hallaba ante el plano externo y sus logros, pero éste, ineficiente en una parte, obliga a la persona a sondear en aquello que hace posible su propio sondeo. Profundiza en el origen que todo lo sustenta y halla refugio en su propio hogar interior, crea lazos consigo mismo, ha eliminado cualquier tipo de enemistad y emerge al plano fenoménico con ánimo renovado y con firmeza de mente.
Toma consciencia de forma supraconsciente del espacio que habita entre un pensamiento y otro, alargándolo en lo posible mientras se instala en un puesto en el que observa a los mismos, pero no juzga ni etiqueta, debilitándolos de tal manera que el hueco entre un pensamiento y otro se amplia, creando una esfera omniabarcante que todo lo impregna. Esa experiencia se instala en el sujeto, pues ha sido capaz de ver la pantalla en la que se proyecta la película existencial.
A partir de ahí, el silencio se torna locuaz, revelando en sí todo lo que puede ser revelado. El aspirante espiritual comprende de manera vivencial, que el silencio nunca ha dejado de estar y que llegar a él es cuestión de asiduidad. El ejemplo que se pone es el de una habitación llena de gente hablando toda a la vez. Si por un momento, un segundo o un instante todo el mundo se callara, el silencio que hasta ahora se ignoraba, se manifestaría en toda su totalidad.
Al principio, el silencio crea incomodidad, insatisfacción. Acostumbrados al griterío no sabemos desenvolvernos con espacios de interiorización. La mente pierde su charloteo, con lo cual no tiene donde apoyarse. El ego pierde su herramienta que es el pensamiento, con lo que en ausencia de tanto figurante solo queda el verdadero actor.
Como se dice en el yoga: ¨ Cuando cesa el pensamiento, se revela la luz del ser ¨.
Los espacios en blanco (por llamarlo de algún modo) que se producen en la mente sirve para drenar todo tipo de samskaras ( impresiones subliminales) y condicionamientos del subconsciente. Es como el ejemplo que pone Ramiro Calle del radiocassette, que cada vez que queremos eliminar algo lo hacemos regrabando en silencio.
En silencio todo se vive de manera menos juzgada, como dicen los maestros Zen: ¨ El color adquiere más color, el sonido más sonido¨. Si tú observas una flor, su sola presencia te bastará, su frescura, su viveza. Pero cuando el silencio es sucumbido por una corriente de pensamientos, se añadirán etiquetas y se coloreará en función de el informe que nos redacte nuestra mente. Así se mata el instante, pues no lo vivimos tal cual es, sino a través de filtros mentales.
El silencio puede llegar a ser un punto de reflexión, pues como diría Buda: ¨Cuando no tengas nada más relevante que decir, guarda el noble silencio¨. Dando a entender que un discurso sin ser reflexivo no ejendra nada provechoso, y en cambio, proceder a un silencio externo conlleva un acercamiento al silencio interno, éste mucho más sabio sin imponer ningún criterio.
El buscador sabe que para hallar la paz interna debe manejarse con el silencio interior, pues una da acceso a lo otro y viceversa. Se sirve de la meditación como método de introspección, y a través de la práctica asidua, comprende su verdadera naturaleza. Hace del silencio su refugio, su verificación de lo Inefable, y accede a él cuando en el exterior todo es un caos y una suma de confusión. Entiende que, como dirían los sabios desde la noche de los tiempos, la mente de superficie es como el océano, revuelto, con olas y marejada, pero en sus profundidades se encuentra la tranquilidad del abismo, su silencio y su calma.
En su larga marcha hacia dentro debe reconciliarse con su silencio interno, pero sin volverse adicto a él, pues sabe que es en lo cotidiano donde se pone a prueba su experiencia liberadora.
Nos envuelve un ensimismamiento que nos hace paralizar la corriente de pensamientos, que hasta ese momento, nos arrastraba de una lado hacia otro. En ese instante, la persona queda absorta en sí misma, completamente ajena al exterior y experimentando una presencia hasta ahora desconocida. Esos accesos a la quietud interior son más provechosos cuando la persona quiere acceder a ellos de forma consciente y lúcida.
Acceder al silencio es cavar en uno mismo hasta que todas las capas que nos configuran quedan por encima. Es regresar al origen de sí. Conectar con las raíces de la existencia, reconciliarse con la fuente. Es llegar a un plano intemporal donde uno se afinca siendo espectador de todo lo que le orbita a su alrededor.
Se necesita esos baños de silencio interior, observando así la cesación del pensamiento y dejando paso a otro tipo de revelación. Se revela algo que no puede ser analizado, racionalizado; simplemente es experimentado. La mente y su discurso pierde su eficacia ante la inmensidad de un regocijo interno.
Hasta ahora, el consuelo se hallaba ante el plano externo y sus logros, pero éste, ineficiente en una parte, obliga a la persona a sondear en aquello que hace posible su propio sondeo. Profundiza en el origen que todo lo sustenta y halla refugio en su propio hogar interior, crea lazos consigo mismo, ha eliminado cualquier tipo de enemistad y emerge al plano fenoménico con ánimo renovado y con firmeza de mente.
Toma consciencia de forma supraconsciente del espacio que habita entre un pensamiento y otro, alargándolo en lo posible mientras se instala en un puesto en el que observa a los mismos, pero no juzga ni etiqueta, debilitándolos de tal manera que el hueco entre un pensamiento y otro se amplia, creando una esfera omniabarcante que todo lo impregna. Esa experiencia se instala en el sujeto, pues ha sido capaz de ver la pantalla en la que se proyecta la película existencial.
A partir de ahí, el silencio se torna locuaz, revelando en sí todo lo que puede ser revelado. El aspirante espiritual comprende de manera vivencial, que el silencio nunca ha dejado de estar y que llegar a él es cuestión de asiduidad. El ejemplo que se pone es el de una habitación llena de gente hablando toda a la vez. Si por un momento, un segundo o un instante todo el mundo se callara, el silencio que hasta ahora se ignoraba, se manifestaría en toda su totalidad.
Al principio, el silencio crea incomodidad, insatisfacción. Acostumbrados al griterío no sabemos desenvolvernos con espacios de interiorización. La mente pierde su charloteo, con lo cual no tiene donde apoyarse. El ego pierde su herramienta que es el pensamiento, con lo que en ausencia de tanto figurante solo queda el verdadero actor.
Como se dice en el yoga: ¨ Cuando cesa el pensamiento, se revela la luz del ser ¨.
Los espacios en blanco (por llamarlo de algún modo) que se producen en la mente sirve para drenar todo tipo de samskaras ( impresiones subliminales) y condicionamientos del subconsciente. Es como el ejemplo que pone Ramiro Calle del radiocassette, que cada vez que queremos eliminar algo lo hacemos regrabando en silencio.
En silencio todo se vive de manera menos juzgada, como dicen los maestros Zen: ¨ El color adquiere más color, el sonido más sonido¨. Si tú observas una flor, su sola presencia te bastará, su frescura, su viveza. Pero cuando el silencio es sucumbido por una corriente de pensamientos, se añadirán etiquetas y se coloreará en función de el informe que nos redacte nuestra mente. Así se mata el instante, pues no lo vivimos tal cual es, sino a través de filtros mentales.
El silencio puede llegar a ser un punto de reflexión, pues como diría Buda: ¨Cuando no tengas nada más relevante que decir, guarda el noble silencio¨. Dando a entender que un discurso sin ser reflexivo no ejendra nada provechoso, y en cambio, proceder a un silencio externo conlleva un acercamiento al silencio interno, éste mucho más sabio sin imponer ningún criterio.
En su larga marcha hacia dentro debe reconciliarse con su silencio interno, pero sin volverse adicto a él, pues sabe que es en lo cotidiano donde se pone a prueba su experiencia liberadora.
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miércoles, 23 de marzo de 2011
El sufrimiento.
El sufrimiento es un gran tema a tratar. Forma parte de una polaridad de la vida que engendra un dolor en la persona que lo padece. Porque hay dicha hay desdicha; porque hay alegría hay tristeza; porque hay placer hay dolor. Todo forma parte del curso de los acontecimientos, donde se van alternado toda clase de sensaciones y dependiendo de nuestra percepción, las clasificamos como gratas o ingratas.
Somos seres sintientes y como sentimos, el sufrimiento tarde o temprano nos alcanza y, de alguna manera será nuestro trabajo interior el que lo neutralice o enfríe.
Se puede catalogar el sufrimiento de varias maneras: el inevitable, el evitable, y el que provocamos a los demás. Hay muchos tipos de sufrimiento y entre ellos el que crea la mente de manera inútil y descontroladamente.
El inevitable es aquel sufrimiento que viene dado por la dinámica existencial y su condición de flujo continuo. La enfermedad, la vejez y la muerte ( como anticipaba Buda ) son los mensajeros que vienen a recordar la vulnerabilidad y finitud en este plano de vida. Son hechos incontrovertibles, y aunque podemos poner los medios para ralentizar, y mediante el cultivo de la salud evitar su alcance prematuro, el hecho es que estamos yendo ya hacia ellos y será nuestra actitud la que no causará más conflicto innecesario.
El evitable es aquel que sumamos con nuestra mente incontrolada. Como dice mi maestro de yoga Ramiro Calle: ¨¡Cuanto sufrimos por no querer sufrir!¨ . La reactividad que produce nuestra mente conlleva samskaras, que es la impresión subliminal que queda como un poso. Es como dejar un huella en la arena y con el pensamiento repetitivo lo que hacemos es endurecer ese surco que acaba fosilizándose. Se retroalimenta con nuestra atención, que hace una aportación extra de energía hacia el pensamiento neurótico. El sufrimiento evitable es el que tenemos la opción (aunque no lo parezca por la identificación) de no implicarnos. Supongamos que alguien nos insulta. El insulto lo recibimos y reaccionamos ante la sensación de aversión. Etiquetamos el insulto como algo que no tenía que haber pasado, con lo que nuestra inclinación de rechazo es lo que hace que nos esclavice en sí. La reacción da paso a la sensación desagradable que experimentamos y si lo alimentamos con el pensamiento, conseguimos que para el próximo insulto se despierte el samskara. La huella deja un recuerdo de dolor, y ante ese recuerdo evitaríamos que nos insultaran, siendo lo más terrible que nos podía pasar. Este ejemplo puede ser extensible a cualquier otro. El insulto dura segundos, el recuerdo constante puedes ser días, meses e incluso años. Quién es el enemigo, el que nos ha insultado, que lo ha hecho una vez, o nosotros mismos que nos lo repetimos constantemente tratando de buscar justificación alguna.
La mente juega un papel fundamental en este tipo de sufrimiento, ya que acarrea condicionamientos (vasanas) que interfieren en nuestra percepción, distorsionándola y añadiendo un extra de dolor.
El que proporcionamos a los demás es el resultado (si se hace sin intención) de negligencia y falta de atención, más que por perversión consciente. El hecho de existir ocupa un espacio en la existencia que puede crear conflicto de intereses con las demás personas. Falta de comunicación, males entendidos, rencores, críticas y una largo etcétera, crean una desarmonía en el ámbito de las relaciones. Si cada uno se preocupara de su universo interior sería más fácil la relación con los demás , pues sería de ser a ser y no de ego a ego.
Cabría preguntarse hasta qué punto el sufrimiento esconde una señal, un indicativo de hacia dónde dirigirnos. Una cosa es el sufrimiento estéril e innecesario, fruto de una exarcebada sensiblería, y otro, el que se nos presenta de súbito y nos termina por alcanzar. El sufrimiento acarrea códigos evolutivos que nos hacen percatarnos del mismo, y así asegurar la evolución de la especie. Pero ¿qué sucede con la gran masa de sufrimiento innecesario que todos acarreamos y del que nos es imposible desprendernos?
Indagar en el sufrimiento es viajar hacia dentro. Ver quién es realmente el que sufre, por qué sufre, qué condiciones se presentan para sentir dicho sufrimiento. El sufrimiento se presenta y nos identificamos ciegamente, tomamos el hecho de una manera tan vivencial que dejamos de ser nosotros mismos para ser el sufrimiento.
Hay quien por querer explorar este tema se le tacha de pesimista y negativo. Yo no lo creo así. Si los médicos no se hubieran enfrentado a las enfermedades mirándolas a la cara, que duda cabe que no se habrían puesto los remedios para enfrentarlas. De la misma manera, hay que encarar el sufrimiento, saber que existe, que no sólo sufren las demás criaturas sintientes, sino que tarde o temprano también nosotros. No hay que caer en la aprensión, sino ejercitar el trabajo interior para que una vez llegue, como un buen anfitrión, podamos recibirlo.
Con ánimo firme, con mente serena, con equilibrio interior. Así el sufrimiento se vivirá de manera más consciente, incluso tratando de instrumentalizarlo. Hasta la persona más sabía sabe que el sufrimiento no le excluye, pero vive con tranquilidad sin apesadumbrarse. Perteneciendo a una entidad psicosomática, sabe que sus agregados están expuestos a la extinción, pero no se aflige, simplemente observa como un testigo inafectado.
Buda ya declaraba, hace dos mil quinientos años, las Cuatro Nobles Verdades. Éstas indican que el sufrimiento existe, que hay un motivo por el que se sufre, que el sufrimiento se puede extinguir, y la manera o vía que conduce a ese estado es el Óctuple Sendero o Camino del medio. Buda se centró de lleno en el sufrimiento, pues para él, cualquier tipo de abstracción o discusión metafísica le resultaba irrelevante. Exhortaba a sus discípulos a quitarse la espina que es el sufrimiento y en referencia a esto contaba la siguiente anécdota:
<< Supongamos que un hombre es alcanzado por una flecha, y sus compañeros, amigos y parientes hubiesen traído un cirujano para curarle, y el herido le dijese: ¨Ah, no! Nada de sacarme la flecha mientras no sepa quién me ha herido: si es de casta de guerreros, de sacerdotes, de plebeyos o de siervos; cómo se llama y cuál es su linaje; si es alto, bajo o mediano...¨ ¿Qué duda cabe de que éste moriría antes que pudiesen contestarle a todas sus preguntas?>>
Lo que verdaderamente urge es eliminar el sufrimiento, o dicho de otro modo, aprender a relacionarnos con el mismo. El sufrimiento también salta del pasado al futuro con memorias dolorosas, preocupaciones anticipadas... Para la mente, el caso es enredar y enredar, tejiendo su propia tela de araña y acabando prendida en ella.
Para el buscador, el sufrimiento es el recuerdo de estar recorriendo una senda sin senda (como dirían los maestros Zen) donde el anhelo de libertad impera ante los obstáculos que se van presentado. El sufrimiento viene, pero también se va, porque también está sometido a la ley de lo inexorable. El sufrimiento no se desea, pero cuando se presenta no se reacciona con sentimiento de aversión, porque la reacción en sí conlleva más sufrimiento.
Según el Tantra: ¨El mismo suelo que te hace caer también te ayuda a levantarte¨. La atención mental es muy válida para anticiparnos al sufrimiento y no dejarnos arrastrar por sus corrientes. El estado de alerta nos previene para estar más conscientes y no dejarnos tanto identificar por banales preocupaciones, y así, ir ganando espacio entre nuestro centro de quietud y los torbellinos que se producen en la periferia.
Volviendo a Buda, declaraba:
<< El dolor es inevitable, el sufrimiento opcional>>.
Somos seres sintientes y como sentimos, el sufrimiento tarde o temprano nos alcanza y, de alguna manera será nuestro trabajo interior el que lo neutralice o enfríe.
Se puede catalogar el sufrimiento de varias maneras: el inevitable, el evitable, y el que provocamos a los demás. Hay muchos tipos de sufrimiento y entre ellos el que crea la mente de manera inútil y descontroladamente.
El inevitable es aquel sufrimiento que viene dado por la dinámica existencial y su condición de flujo continuo. La enfermedad, la vejez y la muerte ( como anticipaba Buda ) son los mensajeros que vienen a recordar la vulnerabilidad y finitud en este plano de vida. Son hechos incontrovertibles, y aunque podemos poner los medios para ralentizar, y mediante el cultivo de la salud evitar su alcance prematuro, el hecho es que estamos yendo ya hacia ellos y será nuestra actitud la que no causará más conflicto innecesario.
El evitable es aquel que sumamos con nuestra mente incontrolada. Como dice mi maestro de yoga Ramiro Calle: ¨¡Cuanto sufrimos por no querer sufrir!¨ . La reactividad que produce nuestra mente conlleva samskaras, que es la impresión subliminal que queda como un poso. Es como dejar un huella en la arena y con el pensamiento repetitivo lo que hacemos es endurecer ese surco que acaba fosilizándose. Se retroalimenta con nuestra atención, que hace una aportación extra de energía hacia el pensamiento neurótico. El sufrimiento evitable es el que tenemos la opción (aunque no lo parezca por la identificación) de no implicarnos. Supongamos que alguien nos insulta. El insulto lo recibimos y reaccionamos ante la sensación de aversión. Etiquetamos el insulto como algo que no tenía que haber pasado, con lo que nuestra inclinación de rechazo es lo que hace que nos esclavice en sí. La reacción da paso a la sensación desagradable que experimentamos y si lo alimentamos con el pensamiento, conseguimos que para el próximo insulto se despierte el samskara. La huella deja un recuerdo de dolor, y ante ese recuerdo evitaríamos que nos insultaran, siendo lo más terrible que nos podía pasar. Este ejemplo puede ser extensible a cualquier otro. El insulto dura segundos, el recuerdo constante puedes ser días, meses e incluso años. Quién es el enemigo, el que nos ha insultado, que lo ha hecho una vez, o nosotros mismos que nos lo repetimos constantemente tratando de buscar justificación alguna.
La mente juega un papel fundamental en este tipo de sufrimiento, ya que acarrea condicionamientos (vasanas) que interfieren en nuestra percepción, distorsionándola y añadiendo un extra de dolor.
El que proporcionamos a los demás es el resultado (si se hace sin intención) de negligencia y falta de atención, más que por perversión consciente. El hecho de existir ocupa un espacio en la existencia que puede crear conflicto de intereses con las demás personas. Falta de comunicación, males entendidos, rencores, críticas y una largo etcétera, crean una desarmonía en el ámbito de las relaciones. Si cada uno se preocupara de su universo interior sería más fácil la relación con los demás , pues sería de ser a ser y no de ego a ego.
Cabría preguntarse hasta qué punto el sufrimiento esconde una señal, un indicativo de hacia dónde dirigirnos. Una cosa es el sufrimiento estéril e innecesario, fruto de una exarcebada sensiblería, y otro, el que se nos presenta de súbito y nos termina por alcanzar. El sufrimiento acarrea códigos evolutivos que nos hacen percatarnos del mismo, y así asegurar la evolución de la especie. Pero ¿qué sucede con la gran masa de sufrimiento innecesario que todos acarreamos y del que nos es imposible desprendernos?
Indagar en el sufrimiento es viajar hacia dentro. Ver quién es realmente el que sufre, por qué sufre, qué condiciones se presentan para sentir dicho sufrimiento. El sufrimiento se presenta y nos identificamos ciegamente, tomamos el hecho de una manera tan vivencial que dejamos de ser nosotros mismos para ser el sufrimiento.
Hay quien por querer explorar este tema se le tacha de pesimista y negativo. Yo no lo creo así. Si los médicos no se hubieran enfrentado a las enfermedades mirándolas a la cara, que duda cabe que no se habrían puesto los remedios para enfrentarlas. De la misma manera, hay que encarar el sufrimiento, saber que existe, que no sólo sufren las demás criaturas sintientes, sino que tarde o temprano también nosotros. No hay que caer en la aprensión, sino ejercitar el trabajo interior para que una vez llegue, como un buen anfitrión, podamos recibirlo.
Con ánimo firme, con mente serena, con equilibrio interior. Así el sufrimiento se vivirá de manera más consciente, incluso tratando de instrumentalizarlo. Hasta la persona más sabía sabe que el sufrimiento no le excluye, pero vive con tranquilidad sin apesadumbrarse. Perteneciendo a una entidad psicosomática, sabe que sus agregados están expuestos a la extinción, pero no se aflige, simplemente observa como un testigo inafectado.
Buda ya declaraba, hace dos mil quinientos años, las Cuatro Nobles Verdades. Éstas indican que el sufrimiento existe, que hay un motivo por el que se sufre, que el sufrimiento se puede extinguir, y la manera o vía que conduce a ese estado es el Óctuple Sendero o Camino del medio. Buda se centró de lleno en el sufrimiento, pues para él, cualquier tipo de abstracción o discusión metafísica le resultaba irrelevante. Exhortaba a sus discípulos a quitarse la espina que es el sufrimiento y en referencia a esto contaba la siguiente anécdota:
<< Supongamos que un hombre es alcanzado por una flecha, y sus compañeros, amigos y parientes hubiesen traído un cirujano para curarle, y el herido le dijese: ¨Ah, no! Nada de sacarme la flecha mientras no sepa quién me ha herido: si es de casta de guerreros, de sacerdotes, de plebeyos o de siervos; cómo se llama y cuál es su linaje; si es alto, bajo o mediano...¨ ¿Qué duda cabe de que éste moriría antes que pudiesen contestarle a todas sus preguntas?>>
Lo que verdaderamente urge es eliminar el sufrimiento, o dicho de otro modo, aprender a relacionarnos con el mismo. El sufrimiento también salta del pasado al futuro con memorias dolorosas, preocupaciones anticipadas... Para la mente, el caso es enredar y enredar, tejiendo su propia tela de araña y acabando prendida en ella.
Para el buscador, el sufrimiento es el recuerdo de estar recorriendo una senda sin senda (como dirían los maestros Zen) donde el anhelo de libertad impera ante los obstáculos que se van presentado. El sufrimiento viene, pero también se va, porque también está sometido a la ley de lo inexorable. El sufrimiento no se desea, pero cuando se presenta no se reacciona con sentimiento de aversión, porque la reacción en sí conlleva más sufrimiento.
Según el Tantra: ¨El mismo suelo que te hace caer también te ayuda a levantarte¨. La atención mental es muy válida para anticiparnos al sufrimiento y no dejarnos arrastrar por sus corrientes. El estado de alerta nos previene para estar más conscientes y no dejarnos tanto identificar por banales preocupaciones, y así, ir ganando espacio entre nuestro centro de quietud y los torbellinos que se producen en la periferia.
Volviendo a Buda, declaraba:
<< El dolor es inevitable, el sufrimiento opcional>>.
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viernes, 11 de marzo de 2011
Desenmascarando el Ego.
Según los antiguos sabios, el ego es una etiqueta pegada a ninguna parte. El ego es el proceso de identificación hacia una individualidad separada de lo Uno. Su principio se basa en la autoafirmación de su existencia.
Todos tenemos un ego, incluso el más -sabio, si no, no respondería al ser llamado. Una cosa es el ego funcional, y otro, el voraz y acaparador. El problema en sí no es el ego, sino la inclinación o apego hacia el mismo. Por apego al ego nos autodefendemos, nos autoengañamos, y nos arrogamos méritos de los que carecemos.
El ego, como un buen arquitecto, ha ido estructurando su burocracia hasta tal punto que, la esencia del ser acaba estando aprisionada por sus capas de personalidad. Creamos una imagen de nosotros a los demás, y mediante el ego, otra imagen de los demás hacia nosotros. En el armario del ego hay gran variedad de ropajes, todas ellas nos sirven para esconder nuestras debilidades y afianzar las que consideramos genuinas. La imagen del ego debe ser sustentada, por ello, nos empeñamos en tener siempre la razón; si vemos que la perdemos se pondría en duda la existencia oculta egotista.
El ego dispone de un gran secretario: el pensamiento. Éste, a su servicio, ejecuta sus ordenes de tal manera que el informe que recibimos puede llegar a ser bastante distorsionado de la realidad. Es tal la interferencia que produce, que la realidad directa y penetrativa queda coloreada y etiquetada ante su dictado.
Buscar el ego es como buscar un fantasma. Se torna escurridizo, se escapa ante nuestra presencia. Se esconde, pero crea un ruido en nosotros que nos atolondra y embauca.
Apoyarnos en el ego es como querer agarrarnos a algo que consideramos fijo, cuando en sí, todo es transitorio y cambiante. La seguridad que nos da el hecho de creer que nuestra identidad se basa en una realidad sólida y constante, nos aleja a su vez de vislumbrar una impermanencia - que paradójicamente es lo único permanente- que cambia cíclicamente sin excluirnos. Si todo cambia ¿a qué apegarse? i todo es transitorio ¿a qué aferrarnos? Pero el ego se alimenta del conflicto; es su banco de pruebas. El ego observa la transitoriedad en los demás, pero no la suya intrínseca. El ego necesita de lo otro para afirmarse, y de la misma manera que una ola se desidentifica del océano, el ego se separa de la totalidad, ignorando al igual que la ola, que acabará fundiéndose en el mismo océano.
Nos creamos una imagen de nosotros mismos ante la necesidad de aposentarnos en una idea de un yo permanente. Después viene una identificación que nos separa del resto. A su vez se produce en el ego un sentimiento de amenaza constante. Se ve envuelto en una atmósfera donde todo puede cuestionar su valor, y por ello, reúne todas sus argumentaciones para poder existir. Una vez creado el papel, lo interpretamos con todas sus consecuencias; de hecho hay veces que nos vemos defendiendo opiniones, obligados bajo unas circunstancias que se han dado, pero no desde una consciencia elevada.
Nos agarramos al estatus, a la personalidad, a un puesto determinado, como si todo ello nos diera cierta seguridad perenne ante los hechos que Buda llamaba incontrovertibles, que son los que tienen su propia dinámica existencial. Ante esos hechos, el ego no tiene nada que hacer, porque por ejemplo, ante la muerte, el ego se aterra, quizás no por el hecho en sí, sino por lo que conlleva, es decir, la perdida de todo lo que cree tener: casa, amigos, familia... Lo que el ego ignora es que, lo que realmente nunca puede perder, es lo que verdaderamente tiene: su propio ser.
El ego nos hace maquinales; si nos pulsan un botón nos encendemos. Estamos a merced de las influencias tanto externas como internas. A un Buda no le enciendes, le insultas y guarda silencio, pero no es un silencio evasivo a una confrontación directa, sino fruto de una comprensión profunda. Esto no significa que tengamos que dejar que se aprovechen personas con maldad, porque esa también puede ser otra trampa del ego, quizás más sutil.
El ego es astuto y se puede tornar débil, suspicaz, susceptible... Es como el gran ojo que todo lo ve. Todo le hiere, todo le roza, tan importante se cree, que piensa tener derecho a ofenderse por todo. También está el ego que se sirve del victimismo para sacar partido, consciente o inconscientemente. Tanto cree que ha sufrido que piensa que los demás tienen que estar a su disposición. También está el ego que se esconde bajo sus conocimientos, lo utiliza como tarjeta de presentación y sirve, en muchas ocasiones, para ocultar una fragilidad escondida en una masa de datos.
Un discípulo fue a casa de un maestro. Llamó a la puerta y el maestro preguntó:
- ¿Quién eres?
- Soy yo - respondió el discípulo-.
- Ve al bosque a meditar durante un año y luego vuelve - insistió el maestro-.
Al año, como le había indicado el maestro, volvió el discípulo a acudir a casa del maestro y llamó nuevamente a la puerta.
- ¿Quién eres? - preguntó el maestro-.
- Soy tú - respondió el discípulo-.
El maestro abrió la puerta y dirigiéndose al discípulo le dijo:
- Pasa joven amigo, aquí no había sitio para dos yoes.
En efecto, a veces no hay sitio para tantos yoes. Por eso hay que debilitarlo e ir enfriando poco a poco sus latencias. El ego debe ser nuestro fiel secretario y hay que aprender a tenerlo como ruido de fondo, no como nuestra banda sonora existencial.
Para ello, la práctica de la meditación es muy valiosa en cuanto que nos ofrece una visión más panorámica del proceso egotista. En meditación observamos como nuestro ego va de un lado a otro tratando de captar nuestra atención, vemos como se alimenta de nuestra energía cuando nos implicamos en su charloteo constante. Mediante la práctica meditativa nos convertimos en observadores de todos los procesos que se van presentando. Estos, sometidos a la ley de la impermanencia, se ven sujetos a un proceso de surgir y desvanecer, pero con nuestra actitud meditativa no nos arrastra y nos permite seguir en nuestro puesto de testigo. Esta arreacción produce una debilitación en el ego, que hace a su vez que acopiemos energías y que el mismo, en este caso frustrado, se vaya poco a poco disolviendo. A través del ejercitamiento, el ego, pierde en fiabilidad, se vuelve menos impulsivo y su voz pierde en magnitud, dejando paso a otro nivel de consciencia alejado de los patrones de pares de opuestos. El ego se echa a un lado, y solo queda presencia. Una presencia instalada en el momento y en el lugar. Una presencia tan sutil como la dimensión escurridiza del presente.
Para el buscador de la última realidad, el ego es un gran obstáculo. Durante años ha sido su portavoz y eso le ha dado una fuerza que poco a poco tiene que ir menguando. El buscador intuye una totalidad de la que se ha separado y del que quiere regresar de camino a casa. Buscando la fuente de lo que todo emana, tiene que ir muriendo a cada instante, como los místicos llaman: la muerte iniciática. Al ego, ello le produce un choque adicional y termina por, al igual que un elefante atado a un poste, reclinarse y acallarse.
El ser, hasta ahora sucumbido por capas de personalidad, emerge insuflando todo cuanto lo envuelve, y rellenando un presente hasta ahora desconocido para nosotros mismos.
Todos tenemos un ego, incluso el más -sabio, si no, no respondería al ser llamado. Una cosa es el ego funcional, y otro, el voraz y acaparador. El problema en sí no es el ego, sino la inclinación o apego hacia el mismo. Por apego al ego nos autodefendemos, nos autoengañamos, y nos arrogamos méritos de los que carecemos.
El ego, como un buen arquitecto, ha ido estructurando su burocracia hasta tal punto que, la esencia del ser acaba estando aprisionada por sus capas de personalidad. Creamos una imagen de nosotros a los demás, y mediante el ego, otra imagen de los demás hacia nosotros. En el armario del ego hay gran variedad de ropajes, todas ellas nos sirven para esconder nuestras debilidades y afianzar las que consideramos genuinas. La imagen del ego debe ser sustentada, por ello, nos empeñamos en tener siempre la razón; si vemos que la perdemos se pondría en duda la existencia oculta egotista.
El ego dispone de un gran secretario: el pensamiento. Éste, a su servicio, ejecuta sus ordenes de tal manera que el informe que recibimos puede llegar a ser bastante distorsionado de la realidad. Es tal la interferencia que produce, que la realidad directa y penetrativa queda coloreada y etiquetada ante su dictado.
Buscar el ego es como buscar un fantasma. Se torna escurridizo, se escapa ante nuestra presencia. Se esconde, pero crea un ruido en nosotros que nos atolondra y embauca.
Apoyarnos en el ego es como querer agarrarnos a algo que consideramos fijo, cuando en sí, todo es transitorio y cambiante. La seguridad que nos da el hecho de creer que nuestra identidad se basa en una realidad sólida y constante, nos aleja a su vez de vislumbrar una impermanencia - que paradójicamente es lo único permanente- que cambia cíclicamente sin excluirnos. Si todo cambia ¿a qué apegarse? i todo es transitorio ¿a qué aferrarnos? Pero el ego se alimenta del conflicto; es su banco de pruebas. El ego observa la transitoriedad en los demás, pero no la suya intrínseca. El ego necesita de lo otro para afirmarse, y de la misma manera que una ola se desidentifica del océano, el ego se separa de la totalidad, ignorando al igual que la ola, que acabará fundiéndose en el mismo océano.
Nos creamos una imagen de nosotros mismos ante la necesidad de aposentarnos en una idea de un yo permanente. Después viene una identificación que nos separa del resto. A su vez se produce en el ego un sentimiento de amenaza constante. Se ve envuelto en una atmósfera donde todo puede cuestionar su valor, y por ello, reúne todas sus argumentaciones para poder existir. Una vez creado el papel, lo interpretamos con todas sus consecuencias; de hecho hay veces que nos vemos defendiendo opiniones, obligados bajo unas circunstancias que se han dado, pero no desde una consciencia elevada.
Nos agarramos al estatus, a la personalidad, a un puesto determinado, como si todo ello nos diera cierta seguridad perenne ante los hechos que Buda llamaba incontrovertibles, que son los que tienen su propia dinámica existencial. Ante esos hechos, el ego no tiene nada que hacer, porque por ejemplo, ante la muerte, el ego se aterra, quizás no por el hecho en sí, sino por lo que conlleva, es decir, la perdida de todo lo que cree tener: casa, amigos, familia... Lo que el ego ignora es que, lo que realmente nunca puede perder, es lo que verdaderamente tiene: su propio ser.
El ego nos hace maquinales; si nos pulsan un botón nos encendemos. Estamos a merced de las influencias tanto externas como internas. A un Buda no le enciendes, le insultas y guarda silencio, pero no es un silencio evasivo a una confrontación directa, sino fruto de una comprensión profunda. Esto no significa que tengamos que dejar que se aprovechen personas con maldad, porque esa también puede ser otra trampa del ego, quizás más sutil.
El ego es astuto y se puede tornar débil, suspicaz, susceptible... Es como el gran ojo que todo lo ve. Todo le hiere, todo le roza, tan importante se cree, que piensa tener derecho a ofenderse por todo. También está el ego que se sirve del victimismo para sacar partido, consciente o inconscientemente. Tanto cree que ha sufrido que piensa que los demás tienen que estar a su disposición. También está el ego que se esconde bajo sus conocimientos, lo utiliza como tarjeta de presentación y sirve, en muchas ocasiones, para ocultar una fragilidad escondida en una masa de datos.
Un discípulo fue a casa de un maestro. Llamó a la puerta y el maestro preguntó:
- ¿Quién eres?
- Soy yo - respondió el discípulo-.
- Ve al bosque a meditar durante un año y luego vuelve - insistió el maestro-.
Al año, como le había indicado el maestro, volvió el discípulo a acudir a casa del maestro y llamó nuevamente a la puerta.
- ¿Quién eres? - preguntó el maestro-.
- Soy tú - respondió el discípulo-.
El maestro abrió la puerta y dirigiéndose al discípulo le dijo:
- Pasa joven amigo, aquí no había sitio para dos yoes.
En efecto, a veces no hay sitio para tantos yoes. Por eso hay que debilitarlo e ir enfriando poco a poco sus latencias. El ego debe ser nuestro fiel secretario y hay que aprender a tenerlo como ruido de fondo, no como nuestra banda sonora existencial.
Para ello, la práctica de la meditación es muy valiosa en cuanto que nos ofrece una visión más panorámica del proceso egotista. En meditación observamos como nuestro ego va de un lado a otro tratando de captar nuestra atención, vemos como se alimenta de nuestra energía cuando nos implicamos en su charloteo constante. Mediante la práctica meditativa nos convertimos en observadores de todos los procesos que se van presentando. Estos, sometidos a la ley de la impermanencia, se ven sujetos a un proceso de surgir y desvanecer, pero con nuestra actitud meditativa no nos arrastra y nos permite seguir en nuestro puesto de testigo. Esta arreacción produce una debilitación en el ego, que hace a su vez que acopiemos energías y que el mismo, en este caso frustrado, se vaya poco a poco disolviendo. A través del ejercitamiento, el ego, pierde en fiabilidad, se vuelve menos impulsivo y su voz pierde en magnitud, dejando paso a otro nivel de consciencia alejado de los patrones de pares de opuestos. El ego se echa a un lado, y solo queda presencia. Una presencia instalada en el momento y en el lugar. Una presencia tan sutil como la dimensión escurridiza del presente.
Para el buscador de la última realidad, el ego es un gran obstáculo. Durante años ha sido su portavoz y eso le ha dado una fuerza que poco a poco tiene que ir menguando. El buscador intuye una totalidad de la que se ha separado y del que quiere regresar de camino a casa. Buscando la fuente de lo que todo emana, tiene que ir muriendo a cada instante, como los místicos llaman: la muerte iniciática. Al ego, ello le produce un choque adicional y termina por, al igual que un elefante atado a un poste, reclinarse y acallarse.
El ser, hasta ahora sucumbido por capas de personalidad, emerge insuflando todo cuanto lo envuelve, y rellenando un presente hasta ahora desconocido para nosotros mismos.
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